¿A dónde se fue la revolución?

1965–1969: la revolución del rock

Los sesenta, una época destinada a marcar un cambio en nuestras costumbres, moral y forma de entender el mundo encontró en el rock la mejor vía para difundir sus ideas.

Dylan

Se dice que cada siglo es marcado por su séptima década, y en el caso del siglo XX esta frase imponderable encontró la excepción que confirma la regla. Los años sesenta despertaron en medio de una profunda incertidumbre creada a causa de los falsos ideales de la vida próspera y aburguesada que los años cincuenta habían pretendido vender a las clases trabajadoras; buenas costumbres y un apego casi maternal a las posturas más conservadoras retratadas en las clases altas de la posguerra se comenzaban a derrumbar ante la realidad de un mundo que, lejos de coincidir con la imagen proyectada, mostraba que la humanidad aún tenía pendiente el saldar las cuentas truncadas de la II Guerra Mundial.

La llamada Guerra Fría ni siquiera dio respiro a una cultura que todavía se cuestionaba la naturaleza de la maldad humana encarnada en el nazismo alemán y el fascismo italiano. La historia oficial tenía que darse a la tarea de mitificar a los vencedores y condenar a los vencidos, de suavizar la realidad de Hiroshima y Nagasaki y de estereotipar al comunismo soviético, cuando de repente ya estaba siendo absorbida por un nuevo enfrentamiento entre dos colosos de la cultura bélica. Si los cincuenta fueron vistos como una cortina de algodón plisado que pretendía fungir como sedante social, los sesenta estaban destinados a marcar un punto de quiebre en el devenir histórico de nuestra sociedad ya desde su nacimiento.

No es mi intención exponer una visión maniquea en torno a la inabarcable serie de acontecimientos que marcaron a esta década e hicieron de ella un periodo medular para entender el sobrevenir cotidiano de nuestros días. Sin embargo, es importante plantear, al menos desde un punto distante, el entorno que serviría como campo de cultivo del que a mi parecer fue el movimiento revolucionario más sólido de aquellos años. Para ello, la realidad de Vietnam, Cuba, San Francisco, Ciudad de México, Praga, París, etc., merece ser entendida como un hecho colateral que influyó de manera directa en ese movimiento: el de la música popular y la contracultura.

Así, “Highway 61 Revisited” llevó a la música popular a un nuevo nivel. Elvis Presley, Chuck Berry y Little Richards no lograron años antes ponerse a la altura de Miles Davis y la escuela del jazz fusión que siguió manteniendo su distancia en un grado de complejidad y técnica mayor.

Corría el año de 1965 cuando Robert Allen Zimmerman, absorbido ya por el personaje de Bob Dylan, estableció las bases de lo que debería ser la música popular de una nueva generación. Si ya en la segunda mitad de la década anterior Elvis Presley le había dado imagen a la voz de tantos y tantos intérpretes que no alcanzaron a exhibir sus rostros ante el calor de los reflectores por el simple hecho de ser afroamericanos, lo cierto es que luego de un periodo muy corto el antes llamado sonido del mal que había cambiado la percepción ideológica y conductiva de los jóvenes estadounidenses fue tomado por la gran industria que pronto se encargo de colocarlo a la par de cualquier otro producto de consumo.

The Beatles fueron en un principio sólo una extensión de aquel ardid publicitario; cuatro inquietos jóvenes de Liverpool que eran manejados cual marionetas por una industria que en aquel entonces podía presumir de tener el poder absoluto. Pero el nuevo sonido de Dylan, quien electrificó sus canciones sin importarle que con ello estuviera renunciado a su público más influenciado por el folk, estaba ahí para cambiarlos incluso a ellos.

Así, “Highway 61 Revisited” llevó a la música popular a un nuevo nivel. Elvis Presley, Chuck Berry y Little Richards no lograron años antes ponerse a la altura de Miles Davis y la escuela del jazz fusión que siguió manteniendo su distancia en un grado de complejidad y técnica mayor. Dylan, por su parte, cambió el estilo de vida de toda una sociedad. Nacía el rock en toda la extensión de la palabra, no sólo como un género musical, sino también como una filosofía de vida. Atrás quedaban el romanticismo de los peinados y el baile típico del rock and roll, la música salió a las calles, reclamó como suya la herencia de los olvidados del río Delta y puso en marcha su pujante maquinaria.

No es coincidencia que la etapa más prolífica de Lennon y compañía se da partir de ese mismo año, desde Rubber Soul (1965) hasta Abbey Road (1969) pasando por Revolver (1966), Sgt. Pepper And The Lonely Hearts Club Band (1967) y The Beatles White Album (1968), la banda encargada de portar la bandera del nuevo sonido urbano emergía de entre su propia inmundicia y se centraba en la creatividad sin pretensión. A la par de ellos, la invasión británica, su correspondiente respuesta estadounidense y el espectáculo de una sociedad que mientras prestaba atención a la invasión a Vietnam acogía estos nuevos movimientos contraculturales que se hacían presentes.

Con ellos llegó el cambio

Hendrix

Si por algo se caracteriza la música de la segunda mitad de los sesenta es por su constante innovación y originalidad, no existió un sonido en particular con el cual se pueda identificar a esta generación. Jimi Hendrix cambió la manera de ver a un sujeto tocando la guitarra arriba de un escenario, era único desde la forma en que la tomaba. Frank Zappa se burlaba de los cánones establecidos mientras iba de aquí para allá musicalmente, The Beach Boys se atrevieron a grabar a sus mascotas en “Pet Sounds” y The Rolling Stones empezaron a hacer música en serio. Pink Floyd nació aquí, de ellos nació una nueva corriente que encontró respuesta en la fábrica imaginativa de Andy Warhol y The Velvet Underground, y para recordar queda su irreverente manera de presentar la música en vivo.

No solo ellos. King Crimson, el proyecto de Robert Fripp y Michael Giles dieron inicio al llamado rock progresivo con In The Court Of The Crimson King (1969), y por demás está hablar acerca de sus repercusiones, a la vez que Van Morrison, Neil Young, Nick Drake y un sinnúmero de cantautores le daban poesía y mensaje al rock. Si ellos le daban poesía a su música, en Inglaterra Leonard Cohen también le daba una de las voces más privilegiadas que la música popular haya escuchado jamás. En 1969 Led Zeppelin sorprendió al mundo con un sonido potente que mezclaba a su vez la estridencia del rock con la estructura del blues estadounidense más básico, al mismo tiempo el inclasificable Don Van Vliet y su inseparable banda, mejor conocidos como Captain Beefheart And His Magic Band, realizaban un trabajo tan genial como injustamente olvidado: Trout Mask Replica (1969).

Los orígenes del camaleónico David Bowie, así como del llamado proto-punk de The Stooges y MC5, se encuentran también en este periodo. No importa lo que la juventud de entonces buscara, tal parece que sólo era cuestión de tiempo para que sus más heterodoxos deseos sonoros fueran cumplidos.

El rock no creó a la contracultura en la década del sesenta, fue una juventud insatisfecha y con hambre de ser escuchada la que lo adoptó como estandarte en la revolución que intentaban crear a lo largo del mundo occidental.

El rock no creó a la contracultura en la década del sesenta, fue una juventud insatisfecha y con hambre de ser escuchada la que lo adoptó como estandarte en la revolución que intentaban crear a lo largo del mundo occidental. Martin Luther King y Jean-Paul Sartre pueden representar los ideales de ese momento histórico con mucha mayor profundidad intelectual, pero se quiera o no, es John Lennon y la imagen de Jimi Hendrix entonando el himno de Estados Unidos en Woodstock lo que las décadas siguientes mantuvieron en su recuerdo más inmediato de la rebelión juvenil de esos años.

Cobra mayor relevancia la frase alguna vez expresada por John Lennon: “No sé lo que los sesenta hicieron por los Beatles, lo que sé es que los Beatles hicieron los sesenta”, a la distancia, los sesenta comienzan a diluirse entre generaciones que van pasando entendiendo cada vez menos de lo que representaron esos años convulsos. Respaldar el hecho de que fue la música el único sobreviviente ideológico de la última revolución occidental no es del todo grato. Lamentablemente hoy me pregunto a dónde se fueron las ideas que hicieron explotar el mayo francés, la primavera de Praga o el movimiento estudiantil del 68 en México. En la realidad con la que convivo hoy en día, los llamados anarquistas buscan generar un cambio aun sin saber para qué, los líderes de opinión siguen tal o cual línea editorial y la presunta contracultura se consume en las tiendas departamentales más exclusivas de las grandes capitales.

El rock por su cuenta, aunque no ajeno a la manipulación mercadología propia de este sistema, logró mantener su esencia más pura, tanto que cuando la perdió tuvo que regresar sobre sus pasaos y retornar a sus raíces para evitar su extinción. The Strokes, The White Stripes, Wilco y demás nos enseñaron en el despertar de un nuevo siglo que no por retomar la naturaleza de un pasado brillante se tiene que restar innovación a la creación musical. Los ecos del rock posterior a 1965 aún retumban en los oídos de todos aquellos que conservan en el fondo ese espíritu combativo y rebelde propio de las personas que no se dejan arrastrar por lo establecido, así como aquellos músicos que en auténtico estado de gracia le dieron voz a los reclamos de toda una generación. ®

Archivado en Febrero 2011, Música

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