¿Dinero, dijo usted?

¿Y eso con qué se come?

Una divertida y erudita historia del dinero, desde la edad de piedra a nuestros días, y algunos consejos prácticos para gastarlo con prudencia, amén de citas y referencias que elevarán el nivel cultural del lector.

I. Preguntar, ¿es malo?

Cuando uno pregunta una vez, es ignorante sólo esa vez. Cuando uno no pregunta, es ignorante toda la vida.

¿Qué cosa es el dinero? ¡Vaya pregunta! Todo mundo lo sabe. Hasta un niño de kínder puede responder esta duda.

Los autorizo, entonces, a que se rían de mí, a que piensen: ¿quién es este despistado que en pleno siglo XXI no sabe lo que es el dinero?

Y ya que se hayan reído les diré: este despistado que tienen ante ustedes es un escritor y un intelectual que piensa que cada cosa que sabemos hay que volver a pensarla para comprobar si es verdad o mentira lo que nosotros creemos.

© Eugene Atget

Yo prefiero seguir haciéndome preguntas, sencillas y fundamentales: ¿El dinero vale lo que vale o es un acuerdo entre personas y Estados, una decisión? ¿Quién hace el dinero, sólo los gobiernos? ¿El dinero caduca? ¿Hay dinero “privado”, diferente del dinero cívico? Estas cuestiones fáciles, tienen sus aristas: no sólo los gobiernos emiten dinero, también los bancos lo hacen, bajo forma de “dinero plástico”; los Bancos también generan su propia divisa: los puntos, a los que les dan el equivalen a su conveniencia en pesos; las tiendas departamentales también hacen dinero de plástico, y lo aceptan según su propias cotizaciones y reglas: “su dinero” caduca, porque bajo la forma de “monedero electrónico” u otro, si no se usa hasta cierta fecha límite, ese dinero se pierde, desaparece; cuando cae una dictadura, o quiebra un sistema económico, o sobreviene una devastadora inflación, el dinero deja de valer, se vuelve nada; las compañías aéreas también tienen su propio dinero de plástico en puntos, canjeable por sus servicios, o sea es dinero “interno” como en las tiendas de raya del porfiriato y las monedas de los casinos, quienes, a su gusto y placer, fabrican dinero en fichas que valen según su voluntad, en las cantidades que quieran, y sólo es aceptado por ellos mismos en sus propias instalaciones y cajas; las UDIS son dinero de referencia, inexistente, que sólo existe como una idea relacionada con el peso; las multas y penalidades, cotizadas en una moneda que se llama “días de salario mínimo” son unidades que no existen como billete. El Linden Dollar del videojuego Second Life cotiza en la bolsa; el World of Warcraft, un juego en línea, tiene su moneda, el Gold (World of Warcraft Gold), que funciona como moneda en Internet, y se compra como se compra una divisa. De niños nosotros fabricamos dinero sirviéndonos de las corcholatas; de adolescentes aceptamos como dinero “real” en el ámbito del juego los billetes del Turista o el Monopolio, y fuimos ricos o pobres por un momento. La Universidad de Guadalajara podría fabricar su propio dinero ─se opondría el Banco de México, me dirán─; no, si le llamamos de otro modo: vales, bonos, Padillólares, Leones Negros, o como sea: serviría como dinero interno en todos los campus de la UdeG, y eso les daría estatus de dinero.

O sea que pensar el dinero no es tan sencillo como pareciera.

El dinero caduca, se invalida, tiene límite de tiempo, su representación toma múltiples formas y nombres, y, en la práctica, lo puede fabricar cualquiera. El dinero es un capricho personal o colectivo. Yo, en este momento, soy muy rico, porque tengo muchas corcholatas, con las que me puedo comprar una casa, un coche, un viaje, un circo; sólo necesito que los dueños de todas esas cosas quiera tener mis corcholatas para ser, como yo, ricos teniendo abundantes corcholatas. Así empezó la historia del valor del dinero, con las monedas hechas de oro y plata, cuando muchos estuvieron de acuerdo en que tener esos metales era ser rico; con la única diferencia de que el oro y la plata se extraen de las profundidades de la tierra, y las corcholatas vienen con los refrescos.

Yo prefiero seguir haciéndome preguntas, sencillas y fundamentales: ¿El dinero vale lo que vale o es un acuerdo entre personas y Estados, una decisión? ¿Quién hace el dinero, sólo los gobiernos? ¿El dinero caduca? ¿Hay dinero “privado”, diferente del dinero cívico?

A ver, a ver, a ver, Dante Medina, ¿esto de las corcholatas va en serio? Déjenme pensarlo. Cuando el escritor Julio Verne describió, en el siglo XIX, el FAX, nadie supo de qué hablaba, porque el FAX se inventó un siglo después. Cuando el mismo Julio Verne describió la computadora y su uso en la contabilidad, como un libro en el que se podía borrar una y otra vez, y cuando luego, el escritor Isaac Assimov ─sí, el mismo que imaginó Yo, robot─ predijo hacia mediados del siglo XX que tendríamos, dentro de poco, computadoras, les hicimos, a ambos, poco caso, así que a propósito de corcholatas les digo: hace unos veinte años apareció el videojuego Nuclear Fallout, que cuenta que hubo una guerra nueclear entre China y Estados Unidos: la humanidad perece; algunos sobreviven bajo tierra, en refugios antinucleares; 200 años después, pasado el invierno nuclear, salen a la superficie, y ¿qué moneda usan, qué dinero? Usan “Caps”, objetos que, como se han acabado las fábricas de refrescos, se han vuelto escasos y ya nadie los fabrica. “Caps”, corcholatas. Un vaso de agua cuesta 100 caps. Así que no se rían de mí si les regalo corcholatas que el día de hoy les parecen despreciables y ridículas: les aconsejo que las guarden, y se las hereden a sus tataranietos: algún día, en el futuro, cuando tengan sed, se acordarán amorosamente de ustedes, sus tatarabuelos, cuando compren un vaso de agua con estas corcholatas que yo les regalo hoy, gratis.

Bueno, creo que ya calentamos motores y entramos en materia.

II. Economía formal / economía informal

Mi sirvienta gana 5,000 mil pesos al mes, y yo gano como profesor en la UdeG (con el 65% de aumento porque tengo 35 años de antigüedad) 25,000 pesos. ¿Quién es más pobre? ¿Quién puede comprar más cosas con esos bienes?

Su sentido común les dirá que yo.

© Marilyn Minter

Pero el sentido común, en economía y finanzas, no siempre funciona. ¿Saben ustedes jugar pókar, saben lo que es un petate? La economía y las finanzas son petateras. Uno gana en la bolsa con cincos y seises si hace creer al contrincante que uno trae ases y comodines. Al mercado agrícola de Chicago ─clásico ejemplo patriarca de la especulación financiera─ le bastaba anunciar mal tiempo en el sur de Estados Unidos para que las acciones de la naranja se dispararan; cuando Felipe Calderón, hace tres años, anunció la inminente baja de producción de nuestros pozos, el barril de petróleo multiplicó su precio. El día que a un astuto se le ocurra decir que comer moscas vivas hace que se nos pongan los ojos azules habrá en los mercados frascos con moscas, etiquetadas según su mayor o menor pedigrí, y pagaremos dinero por ellas, lo mismo que ya sucedió cuando un listillo inventó que nos curaría de cualquier enfermedad bebernos nuestros propios orines (¡qué bueno que no se le ocurrió decir que nos bebiéramos los orines de nuestros enemigos, porque…!) No me veo persiguiendo a mi enemigo con un frasquito, rogándole que, por el amor de Dios, me regale una miadita…

Así de arbitrarias, así de caprichosas, así de dadas a la entelequia, son la economía y las finanzas; así de blandas y veleidosas ─por más que sus acólitos las llamen “ciencias duras”. Nunca pierdan de vista que “economía” y “finanzas” son palabras femeninas: ¡cuándo se ha visto que se pueda confiar en las mujeres, pues!

Aun en estas adversas circunstancias, volvamos a mi sirvienta que gana 5,000 pesos y a mí que gano 25,000 ─y que hago esta conferencia gratis. ¡Mi sirvienta nunca trabajaría, ni siquiera una hora, gratis!

¿Saben ustedes jugar pókar, saben lo que es un petate? La economía y las finanzas son petateras. Uno gana en la bolsa con cincos y seises si hace creer al contrincante que uno trae ases y comodines.

Ella tiene 5 y yo 25. ¿Quién es más rico? Yo, en términos numéricos; ella, en términos reales. Una vez que yo he pagado 900 pesos de internet y cable, 700 de teléfono fijo, 500 de celular, 2000 de gasolina, 900 de electricidad, 800 de seguro automotriz y 600 de mantenimiento, 200 de agua, 6000 de renta, 4000 de supermercado, 100 de propinas al de la basura (a 5 pesos diarios por veinte días), 1000 pesos de ropa y zapatos míos, de mi mujer e hijos prorrateados a un año, lo mismo otros 1000 en vacaciones ídem, otros 300 en comida de gato o perro o canario o pez, // tacos, torta, refresco o café o jugo de naranja en la calle de vez en cuando: 300 pesos, // los cumpleaños de la familia: 400 al año tacañamente, // enamorarme poquito: 100 en flores, enamorarme muchísmo: 1000 en flores, // mi hijo en escuela privada, 5000 mil, // dos salidas al cine 100 (si voy solo), // propinas a franeleros o pobres en las esquinas: 70, // estacionamiento diario: 50, // cambio de llantas, prorrateado mensual: 150 pesos, // peluquero una vez al mes: 70, // cantina / café / cumpleaños / salida a desayunar / comida de compromiso / regalos día del padre, día de la madre, rosca de reyes, halloween, tamales de la candelaria, día del maestro, antojos, y ofertas que uno no puede perderse porque suceden “una vez en la vida” o “una vez cada año”, 400 pesos, // e imprevistos, ¡ah, los imprevistos!, a razón de un choque a mi cargo cada tres años, una hospitalización de alguien de mi familia cada cinco, un divorcio mío cada diez, un sepelio directo cada veinte, una devaluación ─visible o invisible─ cada sexenio presidencial, un mal negocio o una pendejada cada dos años, y un amigo al que le presto y no me paga cada tres años, entonces tengo un gasto, mensual ─prorrateado─ de 2000 pesos, si no me apendejo mucho… Hasta aquí mis gastos… y eso suponiendo que nunca necesitara Prozac para la depresión, anticonceptivos y condones para la felicidad, ansiolíticos para equilibrar mi ego, tequila para mi machismo, o compras compulsivas para sentirme guapo… 25,540.00 pesos. ¡Ay, traigo un faltante de 540 pesos! ¡Y eso que no fumo, ni me drogo ni colecciono nada!

Total, que me salgo debiendo. Y: o mis finanzas están mal administradas o la UdeG me paga mal. De cualquier manera: el dato duro es éste: mi sirvienta, ganando menos que yo, dispone de más dinero, teniendo menos, del que yo puedo disponer: su nivel de compra es menor que el mío, pero el suyo no está amarrado ni comprometido.

¡Mi sirvienta tiene sus 5,000 completitos porque la mantiene el marido, ¡como debe de ser!, y al cabo de un par de años tiene coche, y ahorros, con los 5 mil pesos mensuales que salieron, gastados, de mi trabajo!

¿Qué le pasa a la economía, en dónde se volvió loca mi amiga la Finanza?

III. Divertimento del dinero y con el dinero

Los billetes de banco: “Esto sí que es bueno ─solía decir─. No hay nada mejor. No piden de comer, ocupan tan poco sitio que siempre caben en el bolsillo, y si se caen no se rompen”.
—Nicolás Gogol (1809-1852), “La nariz”

© Lewis Wickes Hine

Divertimento 1: El cacao

En México, como es bien sabido, se utilizó el cacao como moneda. Cuando un Estado, un casino, una Casa de Moneda, un Imperio, un Banco, una sociedad, decide ya no reconocer una divisa, billete o moneda (como el billete del Gobierno Provisional de México de principios de siglo, como el billete de varios ceros en México de hace poco, como el billete de 10,000 intis de Perú) o decide nunca reconocer un papel moneda (como las monedas del bloque comunista, como el peso o el “dólar” cubano…), uno se queda con papelitos pintados que sólo tienen valor para el recuerdo…

Mientras que el cacao, si en alguna región o régimen no nos lo aceptan como dinero, siempre queda el consuelo de hacerse con él un sabroso chocolatito. La diferencia entre el papel-moneda y el cacao-moneda, para que me entiendan, es lo mismo que viajar acompañado de una mujer o de un hombre. Sirve igual, de compañía, pero en caso de alguna necesidad nocturna, pues ahí está la mujer… ¡sin ningún asquito! En cambio, si el compañero es hombre, no queda otra que aguantarse o ¡entrarle al asco!

Divertimento 2: El diamante

¿Qué pesa más, un kilo de plomo o un kilo de algodón?

Un kilo de plomo es un bulto pequeño, un kilo de algodón es un bulto grande, pero pesan lo mismo ambos: un kilo.

Con el valor de un diamante del tamaño de un grano de maíz, que se venda, digamos, en siete mil dólares, equivalentes a 87,500 pesos (a 12.50 el cambio), puedo comprar (a 20 pesos) 4,375 kilos de frijol, que llenarían dos camionetas de carga o nueve volskwagens repletos, y le podrían quitarle el hambre un día a 21,875 personas, o a una persona 59 años. Con el diamante, no le quitaré a su dueño ni siquiera el hambre de belleza.

El agua, el estado natural, es gratis. Y puede salvar la vida. En dinero, no vale nada. Un diamante, en estado natural, vale muchísimo dinero, pero no puede quitar la sed.

Divertimento 3: billetes de capricho

Si yo decidiera ser el Estado haría exactamente lo que el Estado ha hecho: acuñar moneda, imprimir billetes.

Y si me la creen, si confían en mí, si se fían de mí ─¡ah, Fiduciaria maligna!─, entonces tengo dinero que todos aceptan, soy rico, hacen transacciones conmigo, existo en la economía y las finanzas… y coloco bonos de deuda en la bolsa, ¡eso sí que es ganar sin trabajar: ¿quién habló de ganarse el pan con el sudor de la frente?!

El Gobierno Provisional de México, carrancista de tiempos de la revolución, emitió “billetes provisionales”, con una leyenda que decía en el frente, “México, 20 de octubre de 1914” (o “septiembre 28 de 1914”), y en el reverso, se leía: “Este billete circulará de acuerdo con el decreto de 19 de septiembre de 1911”, y, en el frente, sobre el águila, le estamparon con un sello, en tinta roja, esta leyenda “Revalidado por el decreto del 17 de septiembre de 1914”… La gente los llamaba “bilimbiques”. Y como circulaba mucho el papel moneda falso, imitación de estos billetes, en 1916, el gobierno de Venustiano Carranza decide que en Estados Unidos le fabriquen su dinero, y le hace el encargo al American Bank Note Company de Nueva York. Yo tengo aquí un billete de cinco pesos de 1969, “mexicano” que trae la leyenda de fabricación: American Bank Note Company.

Es para reírse. Pero no nos daría risa si, en un revés del capricho financiero gringo, un buen día, Washington y Nueva York dijeran que, según ellos saben, el peso mexicano no existe, ni nunca, que ellos se acuerden, ha existido. ¡Y a tragar papel con leche, los mexicanitos!

En México, como es bien sabido, se utilizó el cacao como moneda. Cuando un Estado, un casino, una Casa de Moneda, un Imperio, un Banco, una sociedad, decide ya no reconocer una divisa, billete o moneda, uno se queda con papelitos pintados que sólo tienen valor para el recuerdo…

Pero al revés y a la bisconversa, lo mismo podría sucederle al dólar: que el yen japonés, el euro poderoso, o el yuan chino, decidieran, o todos juntos o cada uno por su lado, que el dólar, porque les da la gana, no vale, y guárdense sus papeles porque, para venderles, tiene que pagarnos con papelitos de los que nosotros imprimimos. Ah, que ustedes, entonces, no nos van a vender más que con dólares porque recíprocamente, no reconocen nuestra moneda impresa en papel-moneda, bueno: no problem, tenemos un guardadito en millones de dólares que, como no vale nada, les daremos a cambio de mercancía, igual que como los españoles, en el siglo XVI, les daban espejitos sin valor por perlas valiosas a los indígenas de México y Mesoamérica.

¿Estaré desvariando? ¿De veras?

¿Y qué otra cosa hacen los casinos de Guadalajara y Las Vegas cuando, a la entrada, nos dicen que nuestro dinero no vale, de la puerta pa dentro sino sólo el que ellos producen? ¡Agarran nuestros billetes y nos dan fichas! ¡Fichas que ni el más tonto abarrotero de Tesistán aceptaría para darnos a cambio leche o tortillas! ¡O sea: dinero que ellos fabrican y que sólo ellos, como y cuando les dé la gana reconocen!

Divertimento 4: El dinero y la salvación

Felipe II (1527-1598), el poderoso rey de España del siglo XVI, temiendo el fuego de la condenación eterna, dejó ordenadas y pagadas 20,000 misas para la salvación de su alma, y asegurar su entrada al cielo.

Cristóbal Colón, acorde con sus recursos, instruyó en su testamento que se pagara por 3,000 misas por su alma.

Dinero terrenal para comprar un lote de los bienes celestiales.

Es la misma vieja tradición de pagar acceso al paraíso con dinero de acá abajo: así se compraban bulas papales, e indulgencias ─incompletas o plenarias.

Divertimento 5: Trabajar mucho no es lo mismo que ganar mucho

Pancho Madrigal publicó un curioso libro, Olor a mezcla, con historias breves de albañiles. Una de ellas, tiene que ver con este tema. La cito:

Onde se declaró que no siempre el que trabaja más… ¡quién sabe cómo va el dicho!, Pero ¡qué gacho!, ¿no?

Chinchol, que es pintor, y el Sapo, ques albañil, taban alegando a ver quién se fregaba más en el trabajo; el Sapo decía:

─Ónde vas a andar comparando, tú, que te la pasas meniando atole con un palito y embarrándolo en las paderes, a yo, que tengo que andar todo el día cuchariando mezcla y cargando ladrillos, y ai con las manos ampolladas y el pellejo todo cuartiado por la cal…

─¡Pero yo gano más que tú! ─dijo Chichol, de coraje que el otro le bía matado el gallo─. Tú ganas cuarenta y yo cincuenta…

─¡¡Ah, chingá!! ─dijo el Sapo─ ¿Y eso por qué, si yo trabajo más?

─¡Pos por eso mismo, güey! ─contesta el Sapo─. A ver… ¿quién gana más en toda la obra?

─Uuuh…! ¡Pos Alfonso, ques el contratista!, ¿quién más iba a ser?

─Y, a ver… ¿él trabaja?, ¿a ver?

Y el Sapo se quedó pensando, se echó un suspirote, y se fue pa otro lado rascándose la cabeza.2

IV. Dinero, metal precioso, y monedas, desde otra óptica

El dinero no da la felicidad. Pero la compra.
—Letrero en un puesto del mercado Misir Çarsis de Estambul, Turquía

En la utopía de Tomás Moro (1478-1535), verdadero tratado sobre la sociedad perfecta, escrita en 1516, dice:

En Utopía no se usa ninguna moneda en las transacciones mutuas […] El oro y la plata no tienen, en ese país, más valor que el que la naturaleza les ha dado, por lo que se precian esos dos metales por debajo del fierro, tan necesario al hombre como el agua y el fuego. En efecto, el oro y la plata no tienen ninguna virtud, ningún uso, ninguna característica natural que nos los hagan indispensables. Es la locura humana la que le ha dado tanto precio a su rareza.

© Irving Penn

¿Para que usan, entonces, el oro y la plata en Utopía?, pregunto.

Moro contesta: para hacer cadenas para los esclavos, para ponerles a los condenados anillos de oro en los dedos y en las orejas, collares de oro en el cuello, freno en la cabeza.3

Por su parte, Tommaso Campanella (1568-1639) habla así, en 1623, del oro y la plata en su utopía, la ciudad perfecta, titulada La Ciudad del Sol: “No se aprecia el oro y la plata, a no ser como material para vasos o para guarniciones comunes a todos”.4

Voltaire, el gran filósofo francés (1694-1778), en su ciudad utópica, llamada El Dorado (o Eldorado), situada en América del Sur (en la zona inca), describe esta escena. Cándido y Cacambo acaban de llegar:

Se detuvieron en la primera que encontraron. Les llamó la atención unos niños que jugaban a la rayuela [avioncito, en México] a la entrada del lugar: los dos hombres se quedaron mirándolos: los tejos [piedra, en México] eran grandes piezas redondas, amarillas, rojas y verdes, que despedían un brillo fantástico. Picados por la curiosidad levantaron algunas: unas eran de oro, otras de esmeralda y de rubí, la menor de las cuales hubiera sido un valioso adorno del trono del gran mogol.

─Estos niños deben de ser hijos del rey del país que juegan a la rayuela ─dijo Cacambo.

En aquel instante apareció el maestro para indicarles que entraran en la escuela.

─Y éste debe de ser el preceptor de palacio ─repuso Cándido.

Los niños dejaron de jugar al instante, tiraron al suelo los tejos que les habían servido de diversión y se retiraron.

Cándido los recogió todos y se acercó humildemente al preceptor, indicándole por señas que sus altezas reales habían olvidado aquel oro y la pedrería. Mas el maestro se limitó a sonreír, los dejó caer de nuevo al suelo, clavó la mirada en el rostro de Cándido, hizo un gesto de sorpresa y prosiguió su camino.

Los viajeros se apresuraron a recoger el oro, los rubíes y las esmeraldas.

Más tarde, los viajeros entran a una posada, comen cóndor cocido, monos asados, colibríes en guiso; cuando se disponen a pagar…

Terminada la comida, Cándido y Cacambo creyeron pagar con largueza echando sobre la mesa dos de aquellas piezas de oro que habían recogido. El posadero y la posadera soltaron la carcajada y hubieron de sostenerse el estómago para no reventar. Cuando se calmaron dijeron:

─Señores, vemos que sois extranjeros y no estamos habituados a verlos. Perdonad si nos hemos reído al ver que intentabais pagar con las piedras de nuestros caminos.5

Por su parte, Tommaso Campanella (1568-1639) habla así, en 1623, del oro y la plata en su utopía, la ciudad perfecta, titulada La Ciudad del Sol: “No se aprecia el oro y la plata, a no ser como material para vasos o para guarniciones comunes a todos”.

En el siglo XVI, los viajeros al Nuevo Mundo y los invasores de España a México, que se llamaron a sí mismos “conquistadores”, se burlaban de que les cambiáramos oro por espejos, bolitas de vidrio, objetos brillantes sin valor en Europa, baratijas y abalorios. Aquellos soldadotes ignorantes, cuidadores de cerdos y toscos campesinos del empobrecido sur de España, creían engañar a los indios ignorantes, y se equivocaban. Para un mexicano de entonces era más valioso y más útil un espejo que un pedazo de metal amarillo; en el espejo podía ver su imagen, la imagen de su mujer, de sus hijos, el reflejo del paisaje. Era para él una especie de televisión personal y portátil, mientras que el oro no servía para nada.

A principios del siglo XX, Touiavii, el jefe de la tribu de Tiaréa, pronuncia algunos discursos sobre el mundo del hombre blanco, que recoge y traduce al alemán Erich Scheurman, con el título de “El Papalagui” (es decir, el Hombre Blanco, el Amo).

La verdadera divinidad de los Blancos es el metal redondo y el papel pesado que ellos llaman dinero. Cuando uno habla a un europeo de Dios y del amor, hace un gesto y sonríe. Se ríe de la ingenuidad de esta manera de pensar. Cuando uno le muestra un pedazo de metal redondo y brillante o un gran papel pesado, vemos sus ojos brillar y notamos que se le hace agua la boca. El dinero es el objeto de su amor, el dinero es su divinidad. Todos los Blancos lo tienen en la mente, aún durmiendo. […] Hay muchos que por el dinero ha sacrificado su risa, su honor, su conciencia, su felicidad y hasta a su mujer y sus hijos. Casi todos sacrifican su salud por el metal redondo y el papel pesado, por el dinero. […] El dinero es el verdadero Dios del Papalagui, si creemos que Dios es aquello que adoramos más.

Hay que decir que en el país del Blanco es imposible quedarse sin dinero, ni siquiera una vez, desde que el sol se levanta hasta que se pone. Si no tienes nada de dinero, no puedes saciar tu hambre, apagar tu sed, no encuentras petate donde acostarte por la noche, te meten a la cárcel y hablan de ti los periódicos, porque no tienes dinero. Tienes que pagar, dar dinero, por el suelo en el caminas, por el espacio donde se encuentra tu jacal, por el petate en el que duermes, por la luz que ilumina tu jacal. Tienes que pagar para que te dejen tirarle a una paloma o bañar tu cuerpo en el río.

[…]

Sólo encontré una cosa por la que todavía no se pide dinero en Europa, cosa que uno puede hacer todas las veces que quiera: la respiración del aire.

Después de esta sencilla y profunda reflexión, el Jefe Touiavii se hace la pregunta clave: “¿De dónde viene el dinero?”

¿De dónde viene el dinero? ¿Cómo le hacemos para tener mucho. Oh, hay muchas maneras, fácilmente o difícilmente: cuando le cortas el pelo a tu hermano, cuando quitas la basura de afuera de tu jacal, cuando conduces una piragua en el agua, cuando tienes una idea interesante.

[..]

Aquellos que tienen mucho dinero no trabajan mucho. (Todos quisieran incluso tener mucho dinero sin trabajar). La cosa es así: cuando un Blanco tiene mucho dinero para sus comidas, su jacal, su petate y algo más, inmediatamente hace trabajar a su hermano para él, gracias al dinero que tiene de más.

Finalmente, el Jefe Touiavii concluye su reflexión económica:

La importancia de un hombre no se determina en el mundo de los Blancos ni por su valentía, ni por su empeño, ni por la brillantez de su espíritu, sino por la cantidad de dinero que tiene.6

V. Origen y rápida historia del billete en Occidente

© Lewis Wickes Hine

En el año de 1295 llegaba a la ciudad de Venecia un hombre vestido extrañamente, hombre mayor de casi cuarenta años, barbudo. Los notables de Venecia fueron llamados para ver aquella novedad: un “extranjero” con ropas orientales, que hablaba veneciano como nativo. Se trataba de Marco Polo, nacido en Venecia, en 1254, que había partido, con su tío y con su padre, en 1271, en un viaje a China que duró 24 años.

Traía noticias y novedades de aquel lejano imperio, el reino del Gran Khan, el Gran Mongol; entre ellas, el papel-moneda.

Les dijo Marco Polo a los notables que ese papel valía dinero, igual que las monedas, que era dinero. Aquellos hombres, acostumbrados a las monedas, al oro y la plata, y al intercambio de joyas y metales preciosos, se burlaron de él. Le mostraron gráficamente cómo esos papeles se destruían con el fuego, cómo con sus propios dedos podían romperlos, cómo el agua los destruía. Demasiados inconvenientes tenía su moneda. Y se rieron de él. Fue, sin embargo, un momento histórico: Marco Polo acababa de traer a Occidente, ese día de 1295, el objeto y el concepto del papel-moneda, el billete, que se impondría en toda Europa ─por sus ventajas evidentes─ como la moneda de intercambio… unos cinco siglos después.

Así fue como, traído desde China, llegó a Europa, y luego llegaría a nuestro continente americano, el papel-moneda, el billete.

He aquí el relato de Marco Polo, en su libro conocido como Milione, Viajes, Libro de las maravillas, Las maravillas del mundo, Viaje a China

Puesto que yo sé que ustedes son cultos, educados en una universidad de primera ─la misma que me educó a mí─, les cito el original en italiano:

95

De la moneta del Grande Ka[ne]

Egli è vero che in questa città di Canbalu è.lla tavola del Grande Sire; e è ordinato in tal maniera che l’uomo puote ben dire que ’l Grande Sire àe l’archimia perfettamente; e mosterovilo incontanente.7

Pero, solamente para ir más rápido y no porque dude que ustedes, que hablan perfectamente lenguas tan difíciles como el inglés no conozcan una lengua tan sencilla como el italiano, doy la traducción al español:

XCVII8

De cómo el gran señor acuña moneda

También es Cambaluc la Seca del gran Señor. Arreglólo de tal manera que el Gran Khan posee el secreto del alquimista más avisado. Hace acuñar monedas del modo siguiente: toman la corteza de los árboles (moreras por lo general, de las que el gusano de seda devora la copa), y de la membrana que hay entre la corteza y el tronco hacen hacer una pasta como la del papiro, de color muy moreno, casi negro. A estos papeles o tarjetas las hacen cortar de varios tamaños, por lo general como tarjetas largas y estrechas. Una pequeña, a la cual le da el valor de la mitad de un sueldo; otra mayor, que vale un sueldo; otra de medio ducado de Venecia, y otra de dos ducados, y otra de cinco, y otra de diez. Otra hay que vale un bizancio, y otra de tres bizancios, y así hasta diez bizancios. Todos estos papeles o tarjetas son sellados por el signo del Gran Khan. Hace fabricar tal número de ellos, que puede comprar fácilmente todos los tesoros de la tierra. Y una vez estampillados, los hace repartir por todas las provincias, reinos y señoríos, y paga con todos ellos sus cuentas. Nadie puede desechar esta moneda, so pena de muerte. Y todos los mercaderes toman esos papeles en pago de sus mercancías y con ellos se pagan las perlas, las joyas, el oro y la plata. Y el papel que vale diez bizancios no pesa ni uno. Y mientras varias veces al año llegan los mercaderes con perlas, piedras finas, oro y plata, el gran señor llama a 12 sabios que son los elegidos para estas cosas y son muy duchos en la materia, les manda que examinen las cosas que traen los mercaderes y que las justiprecien y le paguen lo que valen. Y estos 12 barones les pagan el precio en esa moneda de papel.

Los comerciantes las aceptan con gran placer, porque con ellas pueden a su vez comprar cuanto quieran.

[…]

Y una vez al año se publica un bando diciendo que todos los que posean oro, piedras y plata, los lleven a la Seca y les serán trocados por ese papel moneda. De esa manera el gran señor acumula tesoros incalculables de plata, oro y piedras finas.

Cuando estos papeles se rompen, o ensucian, o deterioran, se los llevan a la Seca, donde los cambian por nuevos con una disminución del 3 por 100.9

Marco Polo muere en 1324. Y el libro que se le atribuye, aun siendo suyo, no lo escribió él. En su actividad de comerciante fue hecho prisionero por mercaderes genoveses. En la cárcel de Génova, en 1298, cuenta su vida a Rustichello de Pisa, un prisionero al que obligaban a trabajar de escribano llevando listas y cuentas de embarques y desembarques de mercancías, e impuestos. En el fondo, una especie de tenedor del libros, o contador público. Marco Polo hablaba veneciano, Rustichello hablaba pisano (o mejor dicho: toscano); aun así, en las largas y oscuras noches de encierro carcelario Marco Polo le contaba su viaje; a la mañana siguiente, de memoria, Rustichello sustraía papel y tinta para transcribir, a escondidas, (“en horas de oficina”, diríamos hoy), en su lengua, el maravilloso relato de su compañero de celda.

Mezcla de historia y literatura, viaje aventurero y fantástico, el libro de Marco Polo fue un éxito en su época, y ahora es un clásico de la literatura. Como es posible que frustrados maestros de la preparatoria refugiados en el pragmatismo ramplón les hayan dicho a ustedes que “la literatura no sirve para nada”, tendré que ser yo el que los saque del error con este ejemplo: Gracias al libro de Marco Polo, un lector suyo de la versión en portugués, el rey Enrique el Navegante de Portugal, emprende la conquista de la India mandando por la ruta trazada por Marco Polo al gran marino Vasco de Gama; gracias a este libro Cristóbal Colón, que era genovés y conocía la lengua del original Milione, se obsesionó con la búsqueda de las tierras del Gran Khan, y emprendió, por otra ruta, el viaje de Marco Polo, con el fin de llegar a China, y encontró América… todo esto, gracias a un libro compartido en la oscuridad nocturna de una prisión medieval por dos hombres que viajaban, libres, en las alas de la imaginación y la fantasía.

Ah, y algo más: por causa de ese libro hablamos español.

A finales del siglo XVII los franceses mandaron billetes sin ningún respaldo a Canadá, su colonia, donde faltaba la moneda circulante; lo mismo hicieron los españoles en el siglo XVIII en Luisiana; y en ese siglo, en Estados Unidos, varios bancos emitían, a su gusto, billetes.

En fin, ahí empezó la historia del papel-moneda en Occidente, aunque su uso es posterior. En 1661, más de tres siglos después, un banco de Estocolmo, suecia, puso a circular billetes manuscritos, y hacia 1662-1664 ya emitía billetes impresos. A finales del siglo XVII los franceses mandaron billetes sin ningún respaldo a Canadá, su colonia, donde faltaba la moneda circulante; lo mismo hicieron los españoles en el siglo XVIII en Luisiana; y en ese siglo, en Estados Unidos, varios bancos emitían, a su gusto, billetes. En primer billete de que se tenga noticia en México data de 1813, y era un cartón anaranjado de medio real. En términos generales, en el siglo XVIII lo que circulaba más no eran auténticos billetes sino “vales”, “promesas de cambio”, impresos por monarcas insolventes. Es en el siglo XIX cuando se generaliza el uso de los billetes, estrictamente respaldados por su equivalente en oro, hasta que ese valor metálico se vio suplantado, en el siglo XX, por un respaldo de otro metal: el plomo. En efecto, el verdadero garante que sostiene la circulación y el valor del dólar se llama Potencial del Ejército Estadounidense.

Antes de concluir este apartado, permítanme una reflexión sobre el soporte del valor del billete. ¿Qué es lo que vale en un billete? En una moneda, lo sabemos, su valor metálico era lo que pesaba en oro o plata en el mercado. Pero, ¿y los billetes? Tengo aquí un billete mexicano de 500 pesos; puedo comprar con él lo que yo quiera en México, es decir que puedo cambiarlo por quinientos pesos de cigarros, de gasolina, de cerveza, de tortas ahogadas… Tengo también muchos billetes de quinientos pesos que quisiera regalarles a ustedes… Pero, sorpresa, ustedes no podrán comprar con ellos ni siquiera galletas de animalitos, ¿por qué? ¿Cuál es la diferencia entre un billete y otros? ¿El impresor? ¿Que uno lo hizo el Estado y otro lo fabriqué yo? Ésa es sólo una diferencia social y legal. Lo que hace diferente a un billete que “no vale” y a otro que no “vale” (nótese que no digo verdadero y falso: ambos son verdaderos) es el papel y la tinta: ¡lo que hoy en día hace valer al billete es el papel y la tinta! O sea que somos tan convencionales, tan absurdos, y tan arbitrarios como los pueblos primitivos que cifraban el valor de sus bienes en rondelitas de metal escaso y brillante, en semillas de cacao, o en piedras hermosas.

Si los gobiernos y los banqueros fueran osados e inventivos, ya habrían ideado la manera de que cada quién, según sus fondos disponibles, y de forma completamente segura, imprimiera su dinero en casa, personalizado e imaginativo, como se hace con los diseños de algunas chequeras individuales.

Pero no todo es moneda y billetes. Más bien, el papel y el fierro son dinero del pasado. Ahora, en el siglo XXI, estamos ante el reto de inventar e introducir el dinero del futuro.

VI. El dinero del futuro: No todo es papel y moneda

¿Cómo será el dinero del futuro, del que ya tenemos varios antecedentes, pistas, anuncios, en el presente?

Lo primero que compitió con el papel-moneda fueron los cheques, esa especie de fabricación personal de dinero, a mano, con el respaldo ─casi siempre─ de dinero estatal existente en mi cuenta bancaria. Dije “casi siempre” porque hay países ─Francia, por ejemplo─, donde uno puede girar un cheque sin fondos, y el banco lo paga.

Omitiendo los sistemas de “transporte” del dinero ─giros postales y telegráficos, las transferencias electrónicas, entre otros─ el cheque fue, durante años, la única competencia y parangón del billete. Luego, siguió una auténtica innovación para las transacciones comerciales, equivalente al billete mismo: la tarjeta de crédito y la tarjeta de débito:10 una, respaldada por mi compromiso de pago a futuro ─como su ancestro el pagaré─; la otra, respaldada por mi capital resguardado por el banco ─como su ancestro el billete.

El dinero de plástico ─las tarjetas─ es un verdadero competidor del dinero de papel, que se resiste a morir como se siguen resistiendo a morir las monedas. Estamos, actualmente, en una encrucijada donde se juntan el antepasado (la moneda), con el pasado (el billete), y el presente (el plástico): metal, papel y plástico, tres estadios de la civilización de Occidente. ¿Qué sigue en el desarrollo humano para el intercambio de bienes?

Una de las rutas es la cibernética: el plástico ya trae un sistema de control por chip digital ─que ni siquiera es tan novedoso porque ya se utilizaba en Europa desde los años ochenta─. ¿Qué dinero, pues, nos depara el futuro? Creo que es una tarea que les toca a los profesionales de las finanzas, la economía, la banca, y la ciencia ficción.

Yo, por mi parte, tengo mis propuestas, que son, también, deseos.

Es inmensa la cantidad de dinero que circula por el ciberespacio, incalculable y escurridiza ─por instantánea─ la suma del dinero electrónico que se desplaza por internet. Pero eso es sólo un “transporte”; en algún lugar está el viejo dinero de papel que lo respalda ─¿O no está?

Los nuevos dineros que yo propongo, para desplazar por fin al metal y al papel, son el dinero humano y el dinero satelital. Dice Lionel Trilling11 que el dinero “Es algo que tiene vida propia”; entonces, unámoslo a nuestra vida. Usemos para el dinero nuestro propio cuerpo: que elementos de nuestra anatomía, infalsificables, sean nuestra caja de seguridad y nuestro dinero simultáneamente. ¿Qué nos impide, financiera y tecnológicamente, tener nuestro archivo económico completo en la huella digital del dedo índice de la mano derecha? Así como colocamos la huella para ingresar a algunos edificios y ser identificados, de la misma manera podríamos traer en el dedo, literalmente en nuestra mano, el límite de crédito, los ahorros personales, el saldo, la nómina, el préstamo del coche, la hipoteca, el teléfono, el seguro social, el monto de la jubilación, las colegiaturas, el pago de impuestos… ¿Inconvenientes? Ninguno. Salvo quizás alguna transferencia involuntaria y gravosa en un apretón de manos demasiado cachondo.

Cierto, nos pueden cortar el dedo. Pero es más difícil eso que clonarnos una tarjeta. También puede pensarse en el iris del ojo, con las mismas aplicaciones: así engrandeceríamos el mundo de la estética: ¿qué tal lucirían algunos miles de dólares en el brillo de unos hermosos ojos verdes? La huella es infalsificable, el iris del ojo es infalsificable. Aunque, al igual que el dedo, el ojo nos lo pueden sacar, pero esos niveles de crueldad humana requieren un nivel de inconsciencia delictiva muy superior a falsificar una firma o robarse una tarjeta.

Propongo, por último ─aunque habrá más─, en el rango de mi clasificación de Dinero Humano, una tercera opción: el dinero genético. Como ningún humano comparte totalmente su mapa genético, nuestro capital y capacidad de compra y almacenamiento de valores, podría estar disponible en nuestro código genético. ¿Inconvenientes? Se vería poco elegante que llegáramos a un cajero, a una tienda, a un banco, y en lugar de decirnos la dependienta “¿En qué puedo servirle?”, nos dijera, “Eche aquí una escupidita, por favor”. Tendríamos igualmente, para identificar nuestro ADN, otras opciones, como una gota de sudor, por ejemplo, y como sudar a voluntad es bastante difícil, no me imagino un almacén en el que alrededor de las cajas hubiera una pista de carreras para los clientes que se dispusieran a pagar.

Queda la opción del dinero satelital. La implantación de un chip con GPS (global positioning system) que cumpla con las funciones del dinero humano. Chips como los que usan los millonarios y los perros de raza, conectados a la red de satélites, con todo nuestro dinero listo para transferir o recibir números, porque eso sería este dinero del futuro: números, sólo números, entes cibernéticos que no tendrían más representación en la realidad que nuestra voz cuando los pronunciemos, y nuestra escritura cuando los escribamos en una pantalla.

¡Sólo entonces terminaríamos con la edad del metal, la edad del papel, y la edad del plástico, tan obsoletas, en las que vivimos actualmente! ®

Notas

1 Conferencia pronunciada en V Congreso Internacional de Contaduría, el Centro Universitario de Ciencias Económico y Administrativas (CUCEA), de la Universidad de Guadalajara, el 4 de noviembre de 2010, a las 11:00.

2 Pancho Madrigal, Olor a mezcla, Guadalajara: Con Versaciones Editorial, 2008, p. 18

3 Thomas More, L’Utopie, París: Nouvel Office d’Édition, 1965, pp. 106-107.

4 Tommaso Campanella, La Ciudad del Sol, Madrid: Akal, 2006, p. 155.

5 Voltaire, Cándido, Barcelona: Editorial Mateu, 1976 (Capítulo XVII, p. 79, pp. 80-81).

6 Le Papalagui, París: Aubier-Flammarion, 1981, pp. 34-39.

7 Marco Polo, Milione, Milán: Adelphi Edizioni, 2001, p. 151.

8 Dado el gran número de versiones que circularon y circulan, suele cambiar el número de un mismo capítulo.

9 Marco Polo, Viajes, México: Espasa-Calpe, 1958, pp. 97-98.

10 Me salto, voluntariamente, el uso de la tarjeta de débito en cajeros automáticos (ATM, Automatic Teller Machine, por sus siglas en inglés), al que se denomina “dinero electrónico”. Las tarjetas prepagadas (Telmex, por ejemplo) y el dinero electrónico son sistemas similares a las dos tarjetas que mencioné, y no merecen trato aparte.

11 Lionel Trilling, cit. por Jack Weatherford, La historia del dinero: de la piedra arenisca al ciberespacio, Madrid: Editorial Andrés Bello, 1997, p. 258.

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Publicado en: Apuntes y crónicas, marzo 2011


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  • Jejeje!, sí, me parece que la respuesta es sencilla, primero que nada el dinero es un milagro, explico:es el resultado de una abstracción. Una abstracción que condensa a su vez el universo de todas las otras abstracciones posibles, el dinero es capaz de convertir en realidad casi cualquier cosa que se desee, es un hecho 8ahí deja de ser un milagro y se convierte en ciencia).Y en segundo lugar y último, es el mejor ejemplo de la locura, quizá el más tangible, el rasgo más humano que conozco. En todo caso es un error.