¿Qué hora es en Barcelona?

Hay eventos a los que sería mejor no asistir: velorios, conferencias, premieres, presentaciones de libros, exposiciones de arte contemporáneo. Hablar, hablar, hablar. Manía terrible. Temor barroco a los espacios vacíos, al silencio necesario. Hablar por hablar.

© Melvin Sokolsky

Llueve. Lo que realmente quiero es estar en mi cuarto, fumando, hojeando cualquier cosa, oyendo la lluvia, con los pies bajo la cobija. Pero estoy aquí, en la inauguración de una exposición fotográfica que no me emociona más que un partido de segunda división retransmitido, y hablo y hablo, estupidez tras estupidez, y entre más hablo más ganas tengo de estar en mi cuarto, fumando, oyendo la lluvia con los pies bajo la cobija.

Pero ella parece estar pasándola bien. Conoce a varios, a muchos, a más de los necesarios. A todos hola cómo estás, qué te parece el trabajo de este güey, yo lo encuentro demasiado aséptico ¿no?, muy clavado en la textura, se nota la manipulación digital, pero el concepto es interesante ¿no?, el manejo de lo urbano como una especie de mosaico minimalista con un gusto irrefrenable por el color saturado, dan a la imagen una vitalidad bastante, digamos, atrayente, ¿no? Y así uno tras otro, todos artistas y cultos culitos.

Se lo pasa bien. Tiene los ojos rojos y la risa blanda. Nos sentamos bajo una arquería de cantera. El recorte de cielo nublado y nocturno tras el edificio tiene un color verde por el reflejo de las luces citadinas. Esto no está tan mal. Sigo hablando pero ya no me escucho. Una técnica trabajada durante años. Todo se trata de encontrar un cierto ritmo en las palabras, una tonadita que permita cambiar matices sin salirse nunca de esa primera tonadita y así puedes decir lo que sea tarareando, cantando una canción que trata del recuerdo más traumático en la infancia de un cuadrúpedo doméstico. Y luego, callo. Ella habla ahora y pongo en práctica la otra técnica para estos casos, la de oír sin escuchar. Ella dice lo que sea que está diciendo y yo sólo pongo atención a los gestos. Así sólo tengo que reaccionar con los monosílabos indicados para que continúe hablando. ¿Sí? ¿No? ¿Por? ¿Con? ¿Sin? Ah.

La gente no es lo que me molesta. O, mejor dicho, no estoy molesto, simplemente preferiría estar en otro lado. No conozco a nadie. Ella y yo venimos juntos, pero igual y se puede ir en cualquier momento con cualquiera. No me importaría. Después de tantos años de conocernos todo se trata de encontrarnos cada ciertos meses y pasar una noche de palabras tontas: de eso se trata, no?/ qué?/ el arte, de eso se trata, de lo que somos nosotros/ sí?/ y qué somos nosotros?/ un par de pendejos/ no güey, hablo de lo que somos como especie/ ah, entonces somos un chingamadral de pendejos/ estoy hablando en serio/ yo también/ por qué dices que somos pendejos?/ por qué tendría que decir lo contrario?/ crees que todo lo que ha hecho la humanidad son puras pendejadas?/ creo que la humanidad se vuelve cada vez menos humana/ explícate/ no puedo/ por qué?/ me da hueva/ menos humana por la casi extinta comunicación de persona a persona?/ menos humana porque pierde cada día su capacidad de asombro/ ese es un lugar común/ precisamente/ a ti qué te asombra?/ que ya no me asombra nada/ ambiguo/ lesbiana/ güey.

Ella estudia Arte. Muchos de los asistentes son sus condiscípulos, por eso se conocen. Me dice que aquel sotaco de allá es el líder de la banda de música folkloriconceptual denominada Átomo de Ixtle; que aquel otro con cara de maestro suplente de secundaria es el mega neo realista pintor Chucho Terrazas; que el par de gordas ataviadas con botas vaqueras y vestidos rosas son las gemelas de la lente Lula y Lula, y que —como información extra— son bien güilas; que el señor peloncito de lentes verdosos que no ha dejado de chupar es nada más y nada menos que el excelso poeta del terruño Ladislao Montegrande. Has leído algo de su obra?/ no/ es ENORME/ tanto como su sed?; que aquella rubia es la pintora Caramelo, sus trabajos son una exploración del cuerpo humano en un conteXto de seXualidad eXultante y que aquel que parece su hijo es su nuevo esposo; y que ese flaco que está a punto de expirar es el novelista – cuentista – ensayista – cronista – guionista en eterno proceso de creación conocido como El Mayo, becado, claro; y que ese montón de hippies digitales del rincón está conformado por los integrantes del Sindicato Blanco, un grupo de teatro performancero popular que nunca han podido retener la atención del pópulo por más de cinco minutos; y aquel otro, el grandote barbón, es Silence Dog, compositor de música atmosfericabrona, galardonado con la medalla de plata en el Concurso Internacional de Ruiditos Mamones llevado a cabo en Japón hace más de diez años…

La última vez que estuve en una de estas artísticas inauguraciones acabé emborrachándome con el velador del museo. El señor tendría como setenta años y, junto a un músico amigo suyo, nos acabamos tres charolitas de aperitivos y tentempiés, hasta decir basta, vamos a una cantina, y el músico, que iba con su hijo pequeño, dijo yo no voy, y el Don y yo nos fuimos a la cantina de la vuelta, cerveza, tequila y cacahuates, hasta salir zumbados después de haberme recetado su biografía interrumpida por hipos, eructos, idas a mear, mentadas de madre, para terminar frente a su casa, viendo la fachada en la que tenía una locomotora hecha de lámina suspendida en la azotea, la cual se iluminó con su conductor de lámina, pitando y saludando al que lo viera, luego que el viejo manipulara un switch dentro de su cochera. Él había trabajado cuarenta años en Ferrocarriles Nacionales y yo regresé a mi casa después de vomitar.

Se lo pasa bien. Tiene los ojos rojos y la risa blanda. Nos sentamos bajo una arquería de cantera. El recorte de cielo nublado y nocturno tras el edificio tiene un color verde por el reflejo de las luces citadinas. Esto no está tan mal. Sigo hablando pero ya no me escucho. Una técnica trabajada durante años.

Ha cesado la lluvia y con ella hemos callado. La veo de perfil y es hermosa. Después de tantos años me sigue asombrando la línea de su nariz, como aletas de pez en una forma dura y fina. Y sus cejas, alas de negra gaviota, ciernen ligeras la almendra limpia de sus ojos. Tiene el pelo negro y corto, sujeto con una liga. Su frente es un espejo blanco al que recurro para verme viéndola, recortándola del tiempo, guardándola así, en el cajón más pequeño de la memoria, porque en él sólo cabe una cosa. Viene vestida completamente de negro. Sabe que se ve bien, sabe que la estoy viendo. Sonríe y continúa así, en silencio. ¿Cuánto tiempo para vernos de nuevo? Nunca sabemos. Tal vez mañana vayamos a un bar y nos emborrachemos. Tal vez dentro de siete meses nos encontraremos en la calle menos pensada. Tal vez en dos años ninguno sepa nada del otro hasta verlo retratado en el periódico (¿sociales?, ¿policiaca?). Por eso la guardo antes de que se me pierda entre la nata amarilla de su ausencia. Todo lo que puede repelerme de sitios como éste se vuelve soportable —y hasta divertido— en su compañía sin amor y sin deseo. Es como estar con la persona que serías si tu sexo no fuera lo que es. Ella soy yo en cuerpo y lengua de mujer, y yo soy ella en huesos y humores masculinos. Por eso me pregunta que si no encuentro guapo al tipo que nos acaba de pedir un cigarro y yo le contesto que no lo he visto bien. Y yo le pregunto que qué le parecen las nalguitas de la que también nos acaba de pedir encendedor y ella las aprueba con entusiasmo. Estamos de acuerdo.

Expongo dentro de quince días, me informa. Dónde?/ En el vagón – comedor del tren – museo/ Fotografía?/ Sí/ Algún tema en específico?/ Huevos/ De gallina?/ Sí, huevos.

Hace años expuso una serie de aguafuertes de pequeño formato. En todos aparecía una niña de espaldas al espectador, una niña con vestido corto viendo un árbol muerto, un incendio violeta, una parvada de cuchillos negros. A mi me gustó la colección. Eran radiografías de su personalidad, la que yo conozco tan bien y que se afana por recubrir de pedantería frontal. Ella siempre está de espaldas a los demás y jamás se sabe si está contemplando aquellos tristes paisajes o simplemente tiene los ojos cerrados. Yo lo sé: tiene los ojos cerrados para retener más claramente esos tristes paisajes.

Sí, huevos/ A color?/ Sí, las fotografías las tomé dentro del mismo vagón, acomodé los huevos sobre las mesas, las sillas, el suelo. Lo que quiero es poner las imágenes en el sitio exacto donde las tomé y volver a acomodar los huevos para/ Para que “entres en la foto”/ Exacto/ Me gusta la idea/ Claro güey, es mía/ Espero que no quieras decir nada, que no estés representando metafóricamente nada, que no haya filosofía trascendental en ese montón de huevos/ Nada de eso, sólo son un montón de huevos/ Perfecto.

No iré a la exposición y ella lo sabe. Y no me lo dice para que yo vaya. Me lo dice porque eso la pone de buenas. Es como descubrir de vez en cuando ideas propias escritas en la pared y saber que, cuando el mundo apague la luz, hay una vela que servirá para calmar al insomnio. Solos, los dos, aferrados a nuestros propios naufragios, pareja perfecta que jamás coincidirá en la cama, en el secreto, en la huída a otra ciudad, aburridos y a la defensiva, necios asistentes a los rituales huecos de la nada, enamorados de nosotros mismos, asqueados de nosotros mismos, mentirosos y llenos de silencio. Ella se levanta y me dice vámonos.

Subimos a su auto. Conduce lento por las calles estrechas del centro y un humo agridulce va saturando la cabina y nuestros pulmones. A dónde vamos?/ A donde quieras / Traes dinero?/ Sí, algo/ Vamos a la Cabaña Morada?/ No, gracias, estoy satisfecho de intelectualidad provinciana/ Entonces? Vamos a mi casa/ Qué tienes allá?/ Caguamas frías/ Y tus jefes?/ No hay problema, nomás no pujes muy fuerte/ Güey.

Llegamos a mi casa. Algo se ha roto en su mirada. Se ha arrepentido de venir acá y no sabe cómo decírmelo. No me importa. Estoy donde quiero estar. Pasamos a mi recámara en la planta baja y sirvo cerveza. Está enfadada. Bebe y fuma sin mirarme, sin decirme, sin escucharme. Todo lo que sigue es mi voz y mi estúpida risa cayendo en el aire. Al fin, una hora después, decide irse. Ha comenzado a llover nuevamente y se apresura a subir a su auto. Así, sin más contacto. Adiós.

Antes de dormir prendo un cigarro, hojeo un libro y escucho la lluvia con los pies bajo la cobija.

* * *

Hoy me ha vuelto a llamar por teléfono. Qué haces?/ Veo la tele/ Y por qué tan prendido?/ Nada por hacer/ Todavía tienes la otra caguama?/ No/ En serio?/ En serio/ Y dinero?/ Ni un peso/ Nada?/ Nada/ Bueno, tienes yerba?/ Eso sí/ Ok, yo pongo un vino tinto/ Perfecto/ Estoy en tu casa a las 9/ Te espero.

Bajé a preparar algo de botana, busqué música que sabía que le gustaba y me senté a esperarla. Ya no supe si llegó o no; esperándola me quedé dormido. ®

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Publicado en: Julio 2011, Narrativa

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