¿POR QUÉ SUBVENCIONAR A LAS ARTES Y LA CULTURA?

Generar nuevas y efectivas políticas culturales, una tarea urgente

¿Qué hace falta para convencer a los políticos y buena parte de la ciudadanía para mejorar y aumentar los incentivos económicos a la cultura y las artes?

¿Por qué debemos pagar con nuestros impuestos la investigación que permite los avances científicos y tecnológicos? Un científico seguramente nos escupiría una carcajada. Los gobiernos tienen la obligación de incentivar la investigación (en universidades públicas, por ejemplo, como sucede habitualmente), de lo contrario, dejar que se privatice por completo significaría la desaparición del conocimiento científico y el nacimiento de la oligociencia. Regocijo de multimillonarios y políticos de todos los signos: empresas dedicadas a mitigar sus enfermedades (yo soy yo y mi esperanza de vida) y diseñar más cómodos medios de transporte sólo para ellos, únicos consumidores posibles.

Parecería absurdo que exclusivamente una empresa privada se encargara de hallar/comercializar/distribuir una medicina contra el VIH o para aminorar el cáncer. Son patentes que deben universalizarse a través de sistemas de salud públicos, como las campañas de vacunación. Y los gobiernos, desde la educación inicial, buscan crear esa cadena sensible de seres humanos que detonen más y mejor conocimiento.

Gracias a la investigación científica nuestra esperanza de vida ha crecido más de cuarenta años en escasos dos siglos (y continúa al alza), nuestro conocimiento del entorno es suficiente como para controlar epidemias y cruzar un océano en pocas horas a bordo de un avión.

Con las artes, el patrimonio cultural, histórico y lingüístico la ecuación es más o menos la misma: los artistas son, a su manera, los científicos de la sociedad, pero de un modo menos tangible y más complejo. Sus investigaciones y el particular desarrollo de éstas dependen de su repercusión en la sociedad desde el consumo espontáneo, casi nunca parten de la necesidad.

Los objetos/procesos artísticos que los creadores ofrecen se asemejan a una vacuna que se inyecta en la hipotética psique de una elite y se filtra después hacia la cultura popular: ahí explota en cambios sociales, autocrítica, cohesión social y resistencia política. El arte, la comunicación, el patrimonio cultural e histórico son mucho más que ocio y tiempo libre, son las coordenadas de un grupo social, de un pueblo (o de varios), de una civilización entera: sus avances, sus retrocesos, sus dudas y contradicciones.

Proteger un monumento histórico no sirve únicamente para conmemorar el pasado y atraer turistas, crea en el imaginario de una comunidad un precedente exitoso: los que estuvieron antes hicieron esto, qué eres capaz de hacer tú. Obras de arte que a pesar de haberse convertido en tarjetas postales son recordatorios: no todo en el género humano apesta, hubo genios.

El arte y la cultura además tienen efectos inmediatos en el medio social: contribuyen a preservar los rasgos comunes y singulares de las colectividades (tradiciones), alimentan el estado de bienestar (al crear infraestructura y riqueza), ayudan a descubrir o mitigar ciertas patologías sociales (violencia, incomunicación, desesperanza, inestabilidad), incluso en adecuados medios de educación artística contribuyen al sistema de salud, como terapias orgánicas o alternativas. También producen goce en los ejecutantes, ya sean profesionales o aficionados. Una sociedad que consume arte y disfruta de la cultura tiene más posibilidades de ser/estar feliz.

¿Qué hace falta para convencer a los políticos y buena parte de la ciudadanía para mejorar y aumentar los incentivos económicos a la cultura y las artes? La evidencia gubernamental: sólo en un régimen autoritario se limita el acceso a las artes, las verdaderas democracias no sólo garantizan el acceso a los bienes culturales y artísticos de sus ciudadanos, también los protegen y, lo que es mejor, los confrontan.

¿Quieren parecer demócratas y modernos? Estimulen el arte y la cultura, desde el Estado (con leyes, normativas, excepciones fiscales, introducción del arte en el modelo educativo, difusión y producción).

Todo esto, que es muy básico para cualquier persona medianamente culta, parece encajar cada vez menos con las (pseudo)democracias occidentales y lamentablemente con los propios creadores que habitan en ellas, pues han dejado de significar su papel en la sociedad (un papel de clara resistencia pública, esto es, crítica desbordante) para alimentar el juego del regionalismo, el nacionalismo y las identidades que el político de turno exige, o mercantilizar alevosamente su trabajo a cambio de dádivas (no de empleos estables y proyectos amplios). Es decir, el artista únicamente como vendedor de identidad nacional, su creatividad (espontánea, claro) se reduce a decorar las banderas y los escudos nacionales de quien paga sus propuestas y llevar alegre por el mundo los blasones de un conjunto administrativo.

Por si fuera poco, la siempre inteligente y santa sociedad civil prefiere que la inversión que hace el Estado con el dinero que paga de sus impuestos sirva para entretenerlo, para hacerlo reír en su tiempo libre, para acercarlo al parnaso de la televisión. El arte aburre porque no lo entiendo, porque no es sencillo, porque no es cool. El Estado pasó de incentivar la creación artística a dinamitar el proceso productivo: se convirtió en el dueño (y comercializador) de la poética. Aristóteles perdió la batalla frente a Adam Smith. La estética noqueada frente al éxito televisivo.

Y nació la oligocultura. Desde el Estado campañas para la privatización de los teatros públicos, mercado editorial sin regulación ni incentivos fiscales, escuelas de artes para formar más desempleados, galerías vacías: público disperso, desinformado y abúlico.

Artistas y políticos (en varios países) están pactando: el arte y la cultura pertenecen en exclusiva al ámbito del tiempo libre. El artista es un vendedor de naderías, un ser despreciable, quiere vivir del Estado: vamos a desaparecerlo, el capitalismo lo obligará a trabajar en un McDonalds o tendrá que competir/adaptarse a la industria del entretenimiento.

En países donde la cultura y la educación no van de la mano (al contrario, se repelen) es imposible que haya ciudadanos/electores que demanden tener al alcance arte y cultura de calidad. Al respecto, un maestro del arte teatral hacía un símil perfecto: claro que a los niños les gustaría comer todos los días sólo dulces y macarrones, pero no pueden alimentarse así, tienen que aprender a comer frutas, verduras  y proteínas.

El Estado paternal no quiere que su hijo se alimente sanamente, es más conveniente —y fácil y rápido— llenarlo de chatarra, atiborrarlo de azúcar y fritangas.

No exigir, como ciudadanos/creadores la inversión del Estado en políticas culturales es defender la obesidad mórbida de la sociedad hacia la ignominia y la pasividad, la victoria del desierto sobre el jardín de la civilidad. ®

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Publicado en: Abril 2010, Purodrama

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