
Esto va dedicado a las dos almas nobles que me enseñaron a leer: Don Rosa y Carl Barks. En ese entonces los cómics para niños tenían entre veinte y sesenta páginas, historias multidimensionales, sólidas referencias históricas y científicas y eran dibujados y coloreados a mano. “Donald y el tesoro pirata”, la primera historia del pato donde debutaron Hugo, Paco y Luis tras los pasos del bucanero Henry Morgan, sería la primera de muchas fantásticas patoaventuras arqueológicas que hoy trato de encontrar vanamente en Indiana Jones.
Pronto se les sumaría el tío Rico, personaje con una construcción de carácter que ya quisiera cualquier personaje de novela de Televisa. Ése y todos los demás: Ciro Peraloca, los Chicos Malos y la fabulosa Mágica, quien fuera mi primera mirada al mundo de las
femmes fatales empoderadas, sexys e independientes.
En un mundo de dibujantes anónimos en el incipiente imperio Disney, la calidad del trabajo de Carl Barks, su humor negro e irónico y su trazo cálido, seguro y expresivo no pasaron inadvertidos para sus fans que, antes de saber su nombre —y de que se le permitiera firmar sus historietas, honor que sólo se le concedería a él y a Rosa— le bautizaron como
The good duck artist: el artista del pato bueno. Rosa sería uno de sus principales admiradores y, luego, su continuador; aunque sus escenografías son mucho más detalladas y elaboradas, los argumentos de Rosa permanecieron siempre fieles al universo de Barks, y todas sus patohistorias se sitúan, como las del maestro, alrededor de los años cincuenta.
En algún mágico punto de mi infancia esos monitos hicieron que las burbujas de letras tuvieran sentido y, desde un desván de mi casa donde se acumulaban montones de cómics con su firma, Barks, Rosa y Donald hicieron posible que mi mundo se volviera infinito.
Y Ariel Dorfman puede decir misa.
—Roberta Garza