A 75 años de una tarde perfecta

75 años de Body & Soul, de Coleman Hawkins

El 11 de octubre cumplió 75 años la grabación que hasta hoy muchos entendidísimos consideran la improvisación más perfecta del jazz desde que el jazz es jazz. Y sí, puede que esta apreciación sea exagerada. Pero lo cierto es que la versión de Body & Soul que Hawk grabó ese día de 1939 fue —como dicen los políticos— un verdadero parteaguas.

Coleman Hawkins.

Coleman Hawkins.

“Si el tiempo es circular, da lo mismo empezar por cualquier lado.” Ésa fue la única frase que quedó de la nota que iba hacer sobre quién era y qué hizo Coleman Hawkins; cómo les marcó el rumbo a todos los saxofonistas del jazz; cómo señaló la puerta de entrada al bebop en plena época del swing; cómo con veinte minutos de su enorme talento recuperó el título que Lester Young había ostentado mientras él estuvo fuera de Estados Unidos —aunque eso fue en otra oportunidad—; cómo se pasó tres días seguidos emborrachándose y hablando de música con un guitarrista conocido mío que me contó detalladamente el encuentro, y alguna que otra anécdota más. Pero la verdad es que esas cosas a nadie le importan un carajo.

Más relevante, en cambio, es que el 11 de octubre cumplió 75 años la grabación que hasta hoy muchos entendidísimos consideran la improvisación más perfecta del jazz desde que el jazz es jazz. Y sí, puede que esta apreciación sea exagerada. Pero lo cierto es que la versión de Body & Soul que Hawk grabó ese día de 1939 (¡mil novecientos treinta y nueve!, ¿me explico?, cuando las progresiones armónicas y la escala alterada dominante parecían más asunto de los físicos que de los músicos!) fue —como dicen los políticos— un verdadero parteaguas, cualquier cosa que eso signifique.

(Un paréntesis de estricta justicia: ese día integraba el grupo que Hawk tenía por entonces el módico pianista Gene Rodgers, quien quedó así casualmente pegado en los registros históricos, porque aunque había tocado con Chick Webb y con Teddy Hill nunca grabó nada perdurable. Fin.)

A veces me pregunto cuántos aficionados al jazz conocen la importancia de Coleman Hawkins, pero como soy incapaz de responderme me olvido del asunto. Tiendo a pensar, sin embargo, que al menos un buen porcentaje de saxofonistas tenores, quienes lidian a diario con esa indócil bestia afinada en B (si bemol, vamos), deben tener idea de lo que Hawk sabía y de lo que Hawk hacía. Y si se interesan por el jazz, de lo que Hawk aportó con su Body & Soul, una pieza que según dijo siempre ni siquiera tenía pensado tocar cuando entró en los estudios de RCA en Nueva York —según he leído, el grupo llegó a media mañana y empezó a hacer las tomas por la tarde—.

El aporte tiene un doble carácter: técnico y estético. El técnico se relaciona con el trabajo que, en los tres minutos que dura la grabación, hace Hawkins sobre las armonías del tema que Johnny Green compuso —tiene letra, pero no es de él ni nos importa aquí— en 1930. Antes de ese momento —como apunta el muy especializado Bob Bernotas en un interesante artículo sobre el asunto— nadie había unificado tan bien en una estructura musical improvisada elementos como dinámica, ritmo, timbre y tesitura. Y especialmente, nadie había fraseado sobre un tema tan audazmente en materia de variaciones, conservando a la vez su estructura armónica básica.

Yo sé que todo esto suena un poco abstruso y es un precario modo narrativo de señalar cuáles son los puntos fuertes del tema grabado por Coleman Hawkins, que además escuchado ahora no parece particularmente revolucionario. Lo siento, qué quieres que te diga: la única manera que tienes de apreciar de veras una obra musical es escuchándola.

El aporte estético, consecuencia del primero, se relaciona con el lirismo, la fuerza expresiva y la coherencia con que el músico que convirtió al saxo tenor en un instrumento solista —antes de él servía para colorear la sección de alientos en bandas marciales y orquestas populares— reinventa la composición de Green.

Porque Hawkins no reproduce linealmente la melodía, sino sólo la insinúa, la glosa brevemente. Tras cuatro compases de Rodgers comienza un Body & Soul reconocible, que apenas al tercer compás empieza a desarrollar una lógica propia, al principio mesuradamente, pero ganando rápidamente en intensidad con una métrica impecable e incorporando repentinas notas altas que se acentúan en la última parte de la interpretación.

Yo sé que todo esto suena un poco abstruso y es un precario modo narrativo de señalar cuáles son los puntos fuertes del tema grabado por Coleman Hawkins, que además escuchado ahora no parece particularmente revolucionario. Lo siento, qué quieres que te diga: la única manera que tienes de apreciar de veras una obra musical es escuchándola. Pero, bueno, si los antecedentes no le añaden nada a la grabación, quién quita y sirvan para ubicarla en el tiempo, porque también ahí estriba gran parte de su mérito.

En cuanto a Hawkins —a quien más gente lo apodaba Bean que Hawk— era un tipo solitario que nació en 1904 y dos décadas más tarde ya tenía credenciales de mito. Del 34 al 39 vivió en Europa; seguido subía al escenario con un maletín que solía ocultar detrás de la batería —whisky de centeno—; durante cuarenta años tocó solos monumentales y nunca repetidos, y fue reverenciado por todos los grandes músicos de jazz mucho más jóvenes que él —miren ustedes en este video

los visajes y la cara de admiración de Charlie Parker cuando lo escucha—.

Un mal día de 1969 Hawk sencillamente murió de neumonía. Y yo nunca pude recuperar una grabación de Let My Heart Alone matrizada por un raro sello italiano en un disco que se me perdió en alguna mudanza, y de cuya existencia a veces me hacen dudar. Así que si alguno la tiene, ahí le encargo. ®

PD: El Body & Soul de 1939 se encuentra fácilmente. Pero hay una versión muy nítida aquí.

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Publicado en: Música, Noviembre 2014


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