A FAVOR DE LAS BECAS ARTÍSTICAS

Y por la creación y renovación de públicos

Los estipendios invertidos en la cultura valen la pena. Al contrario de los festejos del absurdo bicentenario, donde la inversión está primordialmente en la multiplicación de basura patriotera, las subvenciones culturales son de los rubros que funcionan menos mal en la vida cultural mexicana.

Vampiros trovadores, © Chakz

Durante las últimas semanas, y muy especialmente a partir de los resultados de ingreso al Sistema Nacional de Creadores en México, varias voces se levantaron para exigir, lamentar e incluso proponer el abatimiento de los sistemas de incentivo económico a los artistas con trayectoria. Hubo quienes fueron más lejos y propusieron drásticamente refundar el Fonca: borrar y comenzar de nuevo.

Es curioso que la mayor parte de las voces que entraron en el debate se deban a escritores de prestigio y editores consagrados. Es decir, son los autores, los literatos mexicanos quienes —haciendo uso de un poder mediático histórico— quieren imponer su visión sobre el quehacer artístico. ¿Se han dado cuenta del funcionamiento del sistema de subvenciones en otras áreas de la creación? No, los escritores mexicanos se erigen automáticamente como los voceros de una comunidad artística que los rebasa por lo menos en cantidad.

Hay una certeza: los mecanismos de asignación de estímulos económicos a artistas —en distintos procesos y edades— tienen una función más allá del prestigio social y de la estabilidad monetaria que otorgan: es un ejercicio democrático. Ir más allá del simulacro, situar a los artistas frente a un dilema ético integral, ¿cómo distribuir el dinero público? ¿Con qué criterios?

Que un grupo de ciudadanos artistas le entregue dinero público a otro grupo de ciudadanos artistas para llevar a cabo un proyecto específico es el triunfo del jardín de la civilidad sobre el desierto de la inacción.

Después de conocer el diseño y la aplicación de políticas culturales en otras latitudes, la mexicana —con sus evidentes deficiencias burocráticas, las contradicciones propias de nuestro sistema educativo y el abuso de los fondos por parte de ciertos artistas públicos para su beneficio— es una de las mejores entre los países en vías de desarrollo.

Después de conocer el diseño y la aplicación de políticas culturales en otras latitudes, la mexicana es una de las mejores entre los países en vías de desarrollo.

Incluso en países “desarrollados”, como España o Italia, el gasto directo para producción artística (individual o colectiva) es inferior y menos democrática. Para muchos artistas latinoamericanos la financiación completa a proyectos artísticos según el modelo mexicano es un ejemplo a seguir. ¿Qué falla? La transparencia. Sólo los gremios artísticos podrán desvelar casos de corrupción y exhibir a los propios implicados. Es tarea de la administración pública tomar cartas en el asunto, pero al interior de cada decisión y cada designación hay nombres propios.

No nos confundamos. Las becas para artistas son un estímulo temporal, no una forma de vida. Las becas no resuelven el día a día de un poeta, de un pintor o un coreógrafo, pero ayudan a depurar los procesos artísticos de inserción de su trabajo en un núcleo social. ¿Qué falta? Que sus obras se verifiquen en la sociedad; que trasciendan más allá de la beca. La beca no es un fin, es un medio. El estímulo económico para creación de obra, individual, colectiva, en residencia artística, para edición o difusión de contenidos debe ser el comienzo de un camino.

Los escritores mexicanos se erigen automáticamente como los voceros de una comunidad artística que los rebasa por lo menos en cantidad.

Al final de la jornada las voces que reclaman un cambio en el sistema de asignación de estímulos económicos no se equivocan: hay que modificar los criterios, mejorar la elección de jurados y esperar dictámenes específicos —por puntuación, por ejemplo— a partir de estadísticas y datos duros para otorgar o no una beca. Depender sólo del paladar artístico de un reducido grupo de personas es alimentar el natural sospechosismo mexicano.

Habría que decirles a los inconformes escritores mexicanos —entre ellos, voces absolutamente notables y calificadas, cuya trayectoria es incuestionable— que el problema no está en la asignación de subvenciones. El tema de fondo debería ser la creación y renovación de públicos. Ir más allá del proceso artístico: discutir el efecto de la obra artística en el cuerpo social.

Las becas no son el problema, tampoco la solución y cuando funcionan —existen numerosas pruebas— los estipendios invertidos en la cultura valen la pena. Al contrario de los festejos del absurdo bicentenario, donde la inversión está primordialmente en la multiplicación de basura patriotera, las subvenciones culturales son de los rubros que funcionan menos mal en la vida cultural mexicana. ®

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Publicado en: Purodrama, Septiembre 2010


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  • Alejandro

    Realmente el tema de las subvenciones de la cultura es harto peliagudo, al final parece hasta casi más limpio promover la autoproducción para crear con libertad.
    Hay un certámen que en la actualidad está abierto y ha permitido la creación de proyectos artísiticos y tecnológicos muy interesantes a artistas latinoamericanos como Arcangel Constantini, Leandro Nuñez o Juan Gilberto Paza. Es el de Arte y Vida Artificial, sobre obras de arte que reproduzcan, simulen o reflexionen sobre la creación de vida y las diferencias entre los sistemas orgánicos y sintéticos. Para aquellos artistas interesados pueden ver la información aquí: http://www.fundacion.telefonica.com/arteytecnologia/certamen_vida/es/index.htm

    En este caso el jurado es internacional. La verdad es que en un mundo globalizado, pienso que la cultura también debería expandir sus fronteras políticamente nacionales.
    Un saludo.