A propósito de Heli

El corazón de las tinieblas

Heli podría ser justo lo que el espectador puede y quiere soportar en una sala de cine. Con eso tenemos para reflexionar, pero no con menos. Sería irrespetuoso con las víctimas aligerar demasiado la situación en que vive buena parte de la población. Hemos sido rebasados por la barbarie, y Heli es un gran testimonio de ello.

poster pelicula heliEn febrero acudí a las oficinas de Mantarraya para ver la copia de trabajo de la cinta más reciente de Amat Escalante, que a la postre mantendría el título original: Heli. Otra cinta producida por esa casa productora tenía un nombre similar y había dudas en cuanto a conservarlo. A mí me pareció que no podía llamarse de otra manera. Hay cierto misterio en ese nombre, no sólo del protagonista sino del proyecto: una producción mexicana, con una temática dolorosamente nacional, enmarcada por una rara combinación de cuatro letras. El personaje podría llamarse Eli, sin la hache muda, pero Escalante, quizá junto con Gabriel Reyes, su coguionista, se inclinó por un título críptico. Después de ver la película es fácil pensar en Heli como en una versión del infierno. A fin de cuentas, el angloparlante vecino del norte comparte la culpa de nuestro violento presente. La obstinada prohibición y satanización de las drogas que ha promovido y defendido a balazos es una de sus causas, quizá la más relevante.

Era el último día de Fiorella Moretti en México, el brazo derecho de Jaime Romandía —el productor— y la encargada de que la oficina funcionara bien. Al término de la plática posterior a la película tomó un avión a Francia, en donde ahora vive. Ésa era otra razón para que fuera un encuentro memorable para algunos de los involucrados en la realización de la película, en la que Moretti fungió como directora de producción. También estaba Eugenio Polgovsky, director, productor y fotógrafo de Trópico de cáncer, Los herederos y Mitote, esta última a estrenarse a fines de año. Los documentales de Eugenio son un respiro de aire fresco, arriesgados, comprometidos y, de una extraña manera, seductores. Es un pilar y un referente para el cine que se hace en este país. Ambos fuimos invitados como espectadores externos a la producción. Vimos el corte sin títulos ni los pocos efectos especiales que requería la cinta, pocos pero de vital importancia para la trama y para el efecto catártico que provoca en el espectador. Cuando terminó quedamos helados: por un lado sabíamos que habíamos sido testigos de algo cercano a una obra maestra y, por otro, lo estremecedor de la trama dejaba un nudo en la garganta. La fotografía de Lorenzo Hagerman es justa, de una belleza sobria y naturalista al estilo de Néstor Almendros, el fotógrafo cubano que conquistó al mundo con la simpleza de sus encuadres y la franqueza de la luz natural. Quizá Hagerman tenga un futuro similar. A la par, los decorados de Daniela Schneider hablan en susurros.

Fuimos convocados porque Amat tenía una duda de montaje. Natalia López armó un corte deslumbrante —el que se exhibe en salas— con un ingrediente místico o poético que finalmente desapareció. La charla duró un par de horas. El tema por discutir era decisivo, un detalle que tenía el poder de cambiar la percepción final de una película genial y necesaria. Polgovsky abogaba porque se quedara así, con ese momento paradójico que sin duda causaría controversia y del que se hablaría mucho entre críticos y espectadores. Pero el consenso era quitarlo para que el fondo de la cinta se transmitiera claramente, sin obstáculos. Al final Amat decidió irse por ese camino, y el resto, como se dice, es historia.

Más o menos al tiempo que Escalante preparaba Sangre, su primera película, fue asistente de dirección en Batalla en el cielo, la segunda de Carlos Reygadas, quien a su vez fue productor asociado en Sangre y Los bastardos, y co-productor, junto con Escalante, en Heli. Para el público informado la comparación es ineludible.

Heli humaniza las miles de víctimas que ha dejado la guerra. Es una voz consciente de la tragedia que se desenvuelve en el país, una mirada ácida porque la realidad, hoy, está así. Y aunque es una película fuerte, pudo haber sido peor.

Creo que el punto de encuentro más cercano es un enfoque un tanto realista, ingredientes de la vida diaria combinados con una estética particular, que en el caso de Reygadas es más evidente. Tiene un ojo épico al filmar. Los encuadres, la luz, los movimientos de cámara son, en ocasiones, elegiacos, y elevan la mirada del espectador hasta llegar a momentos sublimes. Sin embargo, su trabajo con el elenco se levanta como una barrera entre su obra y el público mexicano, a excepción de Luz silenciosa, a mi juicio su mejor película. El público internacional entiende su cine a partir de los subtítulos y nosotros, en Luz silenciosa, también, pero el resto de su filmografía la escuchamos a través de nuestro idioma y nuestra cultura. Si para Reygadas es necesario que exista esa separación entre el espectador y la obra para crear una distancia crítica, según la teoría de Bertolt Brecht, entonces su forma de tratar al elenco es un recurso atinado. Ignoro si es ésa su intención. Creo que la manera poco natural de hablar y de comportarse de sus personajes abre una brecha entre sus películas y el público mexicano que conoce la lengua, sus modismos y sus trabas. No abogo por actores y actrices profesionales, sólo creo que Reygadas lleva la no-actuación a un límite peculiar.

El caso del cine de Escalante es distinto. Los encuadres y los movimientos son más simples, menos grandiosos. Son dos maneras diferentes de hacer las cosas, ambas igualmente efectivas dentro de sus mundos particulares. En el cine de Reygadas la estética de la imagen es casi un personaje más dado el tamaño de su valor simbólico, en cambio la fotografía de Escalante está subordinada a contar la historia sencillamente, sobre todo en Heli, pero también en sus dos cintas anteriores. Reygadas resalta el sexo, Escalante la violencia.*

Los personajes de Heli cobran vida en la pantalla. Aunque hay momentos —pocos— en los que el diálogo no suena del todo bien, o en los que un gesto es capaz de distraer al público, durante gran parte de la cinta fluyen las actuaciones de los no-actores. Armando Espitia como Heli y Andrea Vergara como Estela, su hermana, lo hacen bien, en parte porque logran cierta naturalidad ante la cámara y en parte porque el método de Escalante, desde el guión, funciona. No hay diálogos grandilocuentes o melodramáticos. Hay situaciones suficientemente dolorosas que no necesitan más palabras. El drama se mantiene al mínimo en cuanto a diálogo, mientras los personajes se adentran en el corazón de las tinieblas.

Heli humaniza las miles de víctimas que ha dejado la guerra. Es una voz consciente de la tragedia que se desenvuelve en el país, una mirada ácida porque la realidad, hoy, está así. Y aunque es una película fuerte, pudo haber sido peor. Hay crudeza en la tortura, pero, por ejemplo, no somos testigos del siniestro periplo de Estela, lo más desgarrador. A decir verdad, si comparamos Heli con las fotografías en los diarios o en la revista Proceso, que se mete hasta el tuétano en el México bañado en sangre, la película de Amat parece un juego de niños. Los hechos de violencia en este territorio son mil veces peor que lo que pasa en la pantalla, pero serían inverosímiles si se trataran de recrear en la ficción. Heli podría ser justo lo que el espectador puede y quiere soportar en una sala de cine. Con eso tenemos para reflexionar, pero no con menos. Sería irrespetuoso con las víctimas aligerar demasiado la situación en que vive buena parte de la población. Hemos sido rebasados por la barbarie, y Heli es un gran testimonio de ello.

Al salir de la función previa al estreno, en la que vimos la versión final, con efectos, diseño sonoro y corrección de color, Polgovsky me dijo, como de paso: “Amat es un héroe”. He pensado en esas palabras, y quizá tenga razón. Se necesita mucho valor para hacer una película así, pero también corazón. Porque hacerlo bien no es nada fácil. El realizador de Heli está del lado de sus personajes. Llora con ellos con sutileza, los acompaña en su dolor. No los explota o los exhibe, sino que los cobija con una mirada seca pero comprensiva, y los acerca al espectador.

Amat Escalante se merece los aplausos que lo han acompañado, y quienes gobiernan necesitan escuchar su voz, otra más, que dice: “Ya basta”. ®

Nota
* Que hayan ganado el mismo premio en el certamen más prestigioso del mundo con un año de diferencia es increíble: la coincidencia de lo poco probable. Es una sincronía mundana que por su improbabilidad matemática borda con lo cósmico.

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Publicado en: agosto 2013, Cine

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  1. Estupendo escrito sobre la película y sus referencias al cine nacional. La fuí a ver con resquemores por su fama de violenta. En cierto momento estuve tentado a salirme. La historia está muy bien contada. Al punto y sin adornos o cursilerias inecesarias. La escena del cuarto de torturas con los niños jugando videos y la señora atrás en la cocina es aterradora y devastadora pero enseña la verdadera cara de la violencia la cual se asume como normal al paso del tiempo. Afortunadamente para los cineastas, el director nos evita ver la necesaria violencia que le toca a la hermana chica. Hubiera sido un exceso. La violencia hay que combatirla hasta en sus mas mínimas manifestaciones.

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