Acompáñame al agua

Crónicas musicales para un mundo mejor

Oídos al durmiente

Melt & Beas, Tijuana, México, 1 de septiembre de 2004

La voz del profesor Bengala es una prótesis de caucho, aluminio y madera que chasquea como los cárcamos del muelle. Es un soplo lingual, el remedo de un croquis urbano y oceánico donde las medusas se apersonan a hilar sus querellas, batir su ministerio, agitar el refajo. El profesor Bengala sufrió al menos una avería de consideración en la epiglotis, de ahí que al hablar emita esa emanación gravosa, femenina y senil. Acaso es una voz estándar, pero ¿y la anchura descomunal de su garganta? No ayuda: el eco que destartalan esos muros es tan vasto que lo menos que aparenta la voz del profesor Bengala, en un cálculo conservador, es el callejón empedrado de una facinerosa urbanidad donde las cigarras flirtean con los pachucos. Superado el accidente de la voz, viene la falta de luces: ¿de qué demonios habla el profesor Bengala? Razona al pulso de la dinamita. Finca su argumentación en una guanga noción del tiempo (no sabe si es miércoles, Año Nuevo, Día de Pascua), el espacio y la época (lo mismo se levanta con ansiedad por denunciar a Napoleón oculto en Santa Helena que pide un taxi a Harlem para asistir a la fundación del jazz). Nunca serán suficientes las burlas que tolera, la compasión que induce. El registro del tiempo es para él una vil ficción, y aunque esto es común en círculos académicos el profesor Bengala lo dice absolutamente en serio. Puede que no sepa la fecha de hoy, y puede que, si se entera, se afane en olvidarla, pero tal es su convicción de no pertenecer al momento que ha forjado una sórdida coartada. Mientras nosotros —dice el profesor Bengala—, los de hoy, tememos a suicidas que activan un cinturón con explosivos en apego a su fe, él sigue y seguirá temeroso de cobardes clásicos, archiduques rubios, verdugos distantes que escudan una bandera de franjas horizontales, decodifican los manazos del telégrafo y sobrevuelan la ciudad con un Little Boy en la zona de carga.

Aldo y Najdo fundaron el Melt & Beas en la zona centro de Tijuana, movidos por urgencias diáfanas, aunque antagónicas. Empecemos con Aldo Melt, quien diez años atrás cachó el permiso de alcoholes dejado por su padre al cierre del restaurante Amor y lo utilizó para revivir un billar en la Colonia Gabilondo; era un lugar arcano y feo, pero le dio para pagar la universidad, casarse y apoyar a su madre con el gasto corriente de una planchaduría. En 1999 apuntaló sus murallas a contraesquina el Pocket Garden y Aldo no pudo ni supo competir. Cuando se dio cuenta el billar había mutado en un discreto refugio para ejecutivos que merodeaban a mujeres que les doblaban la edad. Él tenía un cubículo en el segundo piso donde por las tardes preparaba exámenes, por las noches se dejaba follar y de madrugada escribía poemas pomposos y desangelados, así que tardó en figurarse la ruina. En el pío del 2003, una sospechosa escisión de gustos y placeres le forzó a malvender el billar, cansado de administrar el riesgo. Moderó su ambición financiera y permutó el permiso de alcoholes a un galerón encumbrado en el Soler que se ofrecía como eje de la escena musical emergente: en su plataforma ensayaban bandas locales de stalker pop, dust-dust y bit’o’ska. Le nombró Nuevo Melt y se hizo de una pronta cofradía de acólitos, aunque esta vez se mantuvo atento para jalar un socio. Una noche entró al lugar Najdo Beas, dentista y DJ que se dedicaba a escribir jingles. Venía con andar taciturno y hamacado: el gesto de quien especula un proyecto tóxico y genial. Aldo lo recibió con civilidad de andarín, sentándose en la misma mesa, e hicieron migas. Forjaron un acuerdo inmediato en función de los productos Marvel, el humor Dadá y el tercer álbum de los Stone Roses; un sábado de verano del 2004 se encendió por primera vez la coqueta marquesina del Melt & Beas.

El profesor Bengala tiene en su casa un mueble monstruoso, pesado como un tren, con cajones atiborrados de manecillas. Decenas de millares de minuteros de cualquier estilo y calibre, desmembrados de algún reloj de pared, báculos extraídos a un detector de metales, minúsculas saetas que se caen de la brújula. El profesor Bengala colecta, limpia y acumula estas manecillas en cantidades industriales, sin orden comprensible, desbordando la capacidad del mueble. Si uno logra adentrarse a la sala de estar del profesor Bengala se lleva una imagen fabulosa, espectáculo para peces e imbéciles. Siempre es desconcertante indagar cómo se organiza el profesor Bengala, qué lo motiva, dónde obtiene las cosas. ¿Es revelador comparar el mueble con su forma de vestir? Inténtalo: un potaje de prendas sonámbulas, acueductos sin cabeza, ojales corpulentos, mmh, no. ¿Y con el exterior de su casa? Tampoco, el profesor Bengala habita un cubo de dos plantas enclavado en una cañada del fraccionamiento Las Huertas, groseramente ladeada, a todas luces inestable, extraída de Beetlejuice. Los vecinos apenas se enteran de su presencia y se sorprenden cuando alguien lo visita o llama a la puerta. Tras veinticinco años de coexistir con esa rata escurridiza ninguno es capaz de elaborar dos enunciados para referirse a él. Frente a su casa bajan autobuses y calafias en torpe estampida, forzando desmesuradamente las balatas. Al recinto ingresa escasa luz natural; la única ventana se blinda por un armazón de varas paralelas que responden a jalón de polea. La persiana suaviza el vestir y el habitar del profesor Bengala, con el escrúpulo de un pájaro ciego. La medialuz dulcifica los volúmenes del mueble a un generoso y antiguo ocaso. El profesor Bengala está consciente de ello, a tal grado que se abstiene de invitar y recibir visitas y subordina el mueble con todo y manecillas al rincón de la sala de estar, en sospechosa diagonal abatida. En soledad, manosea el dorado contenido de los cajones; al paso de sus dedos las manecillas apuntan a cualquier Norte. Cada noche el profesor Bengala desliza los cajones adentro y cubre el mueble con un telón.

El profesor Bengala colecta, limpia y acumula estas manecillas en cantidades industriales, sin orden comprensible, desbordando la capacidad del mueble. Si uno logra adentrarse a la sala de estar del profesor Bengala se lleva una imagen fabulosa, espectáculo para peces e imbéciles. Siempre es desconcertante indagar cómo se organiza el profesor Bengala, qué lo motiva, dónde obtiene las cosas.

Tratándose de decisiones, Aldo Melt se asemeja a una antología poética escrita por y para las putas, y Najdo Beas es un tostón. En una de las primeras riñas que tuvieron —lejos de distanciarlos, cada pleito abonaba al rictus de lo que con los años se consolidó en una amistad lucrativa y juiciosa— Aldo se aferró a mantener las sillas de plástico y la cerveza macerada en Tijuana, así como a instalar un templete para los grandes éxitos de la novela rosa. “Yo tengo algunas”, afirmó cierta noche, segundos antes de lanzar un puñetazo. Najdo, bastante más leído, ninguneó radicalmente el género y se carcajeó de Aldo y de quienes afirman leer al mes cinco paperbacks que lucen en la cubierta al descomunal Fabio. A Najdo nunca le vino bien reírse de los amigos, esquivar golpes. Aldo tenía manos grandes: vaya chingadazos. La clínica del Soler los alojó en infinidad de ocasiones. En una de tantas, Aldo reformuló su propuesta: que no sean novelas rosa, pensó, sino clases de danza. Sí, explicó a Beas en cuanto pudo: en las mesas 7, 9 y 12 donde se reúnen a conspirar los integrantes de Trigal 66 y Digitaria Exilis pondremos un folletero de acrílico para que, entre acorde y acorde, los músicos tomen un ejemplar y aprendan a bailar. Najdo lo escuchó, bastante ondeado por la fractura de tabique; pero lejos de enfurecerse captó un derroche de confianza en los ojos de Melt, bañados en alminares de sangre. La idea cuajó, con aportaciones de ambos. Las clases de danza fueron bien recibidas por la clientela regular y resultaron divertidas a los usuarios peregrinos del Melt & Beas. Enfrentarse a las lecciones de danza y responder a los agudos tests fue un guiño de personalidad del bar y un ejercicio de simpatía para quien que lleva encima dos caguamas. Seleccione Ud. con una cruz la respuesta correcta, según su dominio del tema. En el tercer paso del segundo giro, ¿qué ha de recular: cadera o tobillo? Cruz en tobillo. Cuando estime Ud. que la pieza está por rematar, ¿ha de abrazar a la pareja con reconcomio o con dulzura? Cruz en reconcomio, etcétera.

El profesor Bengala cumplió la voluntad de su difunto padre al graduarse como sociólogo, disciplina que nunca ejerció profesionalmente y a la que pronto renunció. Enseguida optó por estudiar Ingeniería volcánica y cursó cuatro semestres, pero las decepciones amorosas lo llevaron a deducir que entre las capas geológicas y la fórmula que expresa la condensación del basalto algo emponzoñaba sus noviazgos. Quizás por ello, y por veintidós razones en las que no es grato indagar, el profesor Bengala es hoy un renombrado egiptólogo. El cruce de saberes que resulta de este itinerante viaje por las aulas universitarias jamás debe parecer fortuito. Según suele explicar el profesor Bengala, existe un razonamiento integral, un hilo conductor. A saber: las mujeres sometidas al liberalismo social, los borbotones de magma y las reinas-faraón que chapotearon el Nilo durante el Neolítico abrevan de los mismos canales. La unicidad es sorprendente, aunque también ha de considerarse que los vasos apuntan a un vórtex contradictorio. A las primeras se les aprecia por una piel enlutada y tersa, a los segundos se les prefiere en foto y a las últimas se les considera espantosas gracias a no sé qué conjuro. Aléjese a los carroñeros, que la egiptología encaja al dedillo con la flaca apariencia del profesor Bengala. Dígase también que estas consideraciones no llevan el aval de organismos internacionales pues para ello habría que establecer un grupo de control. Revélese, de una vez, que el profesor Bengala es de miembro mediano, no del todo respondón, que se yergue perpendicular al vientre cuando la sangre y el eros colman los vasos, lubrica en paralelo a la guarida vaginal que circunstancialmente lo aloja, y después de la eyección, ya dado, dormita como melancólico faro en aguas corrompidas. La silueta del profesor Bengala es simple y lineal, a dos dimensiones. No importa hacia dónde quiera ir el profesor Bengala, encara el hocico a un horizonte inmaterial (para nosotros) y dorado (para él, que lleva anteojos de títere) hasta apropiarse de toda ruta con su talante plano. No importa cuánto se acicale, si se asea el vientre con lajas de chapopote o se decora el pubis con sardina, tarde o temprano su jeta remeda a los chacales de Anubis.

El honor de tocar por primera vez en el Melt & Beas correspondió a la banda hondureña Oídos al Durmiente. Jamás fueron del agrado de Aldo y dejaron de gustar a Najdo hacía años, pero ambos estaban conscientes del estacazo que implicaba relacionar al Melt & Beas con el debut de Oídos al Durmiente en la frontera Tijuana-San Diego. La prensa especializada seguía el devenir de la banda con apremio, dada la estela animada por su reciente álbum con Darla Records, Juntaletras. Algo que no te quieres perder. El aullido predatorio del vocalista Juanjo Cruz no se parecía a nada: un lamento del subsuelo, el llamado mineral de los objetos hacia su poseedor, la semilla del miedo. Claro, era un discurso falso, y Najdo lo sabía: el exceso siempre acaba por disolver proyectos como el de Oídos al Durmiente. Aun así, los hermanos Juanjo y Mático Cruz tendrían suficiente para vivir si explotaban con serenidad la trilogía de Darla Records, compuesta por Fonios, Que hablen los Dogón y el citado Juntaletras. Oídos al Durmiente penetró en los Estados Unidos con altísimo impacto. Najdo los contactó a través de un viejo amigo que trabajaba en Darla Records, vendiéndole muy bien la idea del imaginario fronterizo: un tópico que atrae a los hermanos Cruz de forma natural. Mático (ternilla, flautas) y Juanjo (voz, lavativa y caja de ritmos) escriben canciones de corte selvático y social, con tópicos agrestes: el afecto al terruño, el amor cóncavo, el despertar de los muñecos y el “nomadismo racial”, término con que suelen referirse a la migración pues refutan este vocablo categóricamente. El sencillo “Petardo sin uñas” explora la sirena trashumante de Mesoamérica. La potente balada “Él conoce mis piernas” espolea con elegancia el garbo de los refugiados, hasta que un sobrado solo de flauta viene a estropear las cosas. Por último, y sólo por revisar el Juntaletras, “Luces de océano” mete todas sus hormigas al viacrusis de los migrantes que apuntan a California y pasan por (o se quedan en) Tijuana. Como referencia de peso, un reseñista del Los Ángeles Times echó a andar el mito de que Oídos al Durmiente pudo suplantar a Rage Against the Machine de contar con un publirrelacionista que vistiera de frac de vez en cuando. Puede ser, ya que Juanjo Cruz acude a citas ejecutivas con un boli de piña en la mano, chorreando de almíbar sus largos de pana, y Mático viste un conjunto desquiciante de sacos estampados, jeans y mocasín con abalorios. Más allá del soslayo estilístico, otro rasgo que distingue a Rage de Oídos es que, mientras Zack De la Rocha y Tom Morello evocan el petardo en los platillos Zildjian, los hermanos Cruz se entregan a las novelas de M. John Harrison y aprenden a tostar cacahuate entre los dientes cóncavos del hi hat. Algo de esto, y las ganas por trascender, hicieron que la visita de Oídos al Durmiente al Melt & Beas ubicara al bar tijuanense definitivamente en el mapa.

El profesor Bengala nació en un dispensario del ISSSTE que se ubica en cierta bisectriz; diríamos en cuál, pero no es fácil. El comité de dictámenes de ConaCyT tardó algunas semanas en averiguarlo cuando el profesor Bengala aplicó para una beca. Para ello se valieron de las correrías de una trabajadora social y las piruetas invisibles de un abrumado software. Con los datos en buchaca, el facultado de ConaCyT de cuya rúbrica pendía el dictamen para otorgar manutención parcial al profesor Bengala, mandó trazar un pendenciero isósceles con el que seguro iban a puntear la cuna del solicitante, formular la línea genealógica, revelar su origen. Fijemos el punto inicial en el Bol Corona de la Altamira Sur, bajo la mesa seis: ésta soportará el lado menor del polígono. Ahora trácese una recta que aterrice en el costillar de una res que deambula su aflicción en la carretera libre a Ensenada, por ahí de la Misión. Gírese al sureste, no mucho, y dispárese una trayectoria de luz pródiga que recorra, como acuosa parvada de tordos, la lejanísima ruta de Bolívar y acuatice en el estridente caudal que vierte el Machángara a las afueras de Quito. Obténgase la bisectriz. Se concluye que la madre del profesor Bengala sabe algo de trigonometría. La mujer llegó al dispensario del ISSSTE cuando las carnes así lo clamaron. Alumbró al varoncito, y en adelante fue cauta y hostil con los hombres que prometían arrumacos. Por lo demás, los apuros del parto causaron daños internos al niño, quien padeció un coctel de deficiencias y fue objeto de numerosos trasplantes. Excretar, digerir, transpirar, drenar y vascular con tejidos de otro no es como si uno saliera al balcón a fumar con deleite. Cuando el profesor Bengala quiso, un poco por clemencia, hallar al donador de riñón, el hospital dijo no estar facultado para mostrar expedientes; a fuerza de insistir, una enfermera dio pistas que apuntaban a una localidad del sur de Canadá. El profesor Bengala escuchó “sur” y “Canadá” y experimentó un golpe de vanidad: su donante podía ser un prestigioso sheriff de la British Columbia. Siguió rascando, para agradecer la generosidad del individuo que le permitió no solo seguir con vida y orinar a gusto, sino darse un lujo celestial: disfrutar del vino. Hasta que se llevó un chasco. No hubo donador voluntario, aunque tampoco un crimen ni una venta ilegal (hablando sólo del riñón, porque ¡de lo que se habría enterado al indagar en otros órganos!). Se le asignó la preciada habichuela por una reforma jurídica que permite a los centros de salud de Estados Unidos, Canadá, México y Mali automatizar el intercambio y traslado de órganos cuando un cadáver no reclamado presenta condiciones óptimas. Así, el riñón derecho gracias al que el profesor Bengala puede degustar las benditas creaciones de Cetto y Chris Ringland perteneció a un comerciante malí que cumplía sentencia en Seattle y se libró de otra en Chignahuapan por vender combustible con unas mangueritas que asomaban del jardín de su casa: éstas no corrían al reguero de agua, sino a una fístula en el ducto de Pemex.

La sucesión de ociosidades, rupturas y reuniones que fue apiñando el umbral del Melt & Beas —como antes la barra guáchara del Ranas, los equipales del Turístico, el bosque de neón del Don Loope— trazaron una suerte de cadena afectiva en la vida nocturna de Tijuana, un ideario gráfico en el tiempo.

El Melt & Beas se consolidó como sístole y diástole para los productores de música electrónica y cine documental en Tijuana, cuello de volcán para los pensadores, taberna para los centinelas, eje gravitatorio para seis núcleos delincuenciales, acopio de jerga y fuente de mandato para determinados clérigos, móvil de la gula y apalancamiento para otros; cerrojo de ideologías wagnerianas que adormece el detonador anímico de ciertos suicidas, no de todos, pues se sabe que la marea del Melt & Beas termina por catalizar a quien vacía cápsulas de Zolpidem en jugo de arándano o encorva las falanges en el codillo de las Remington; aroma de motín en torno a hackers, nido de curadores, albergue para surfos. Etcétera: individuos que ganan certidumbre o extravían la vocación, que se afilian a gremios o montan un disturbio. La sucesión de ociosidades, rupturas y reuniones que fue apiñando el umbral del Melt & Beas —como antes la barra guáchara del Ranas, los equipales del Turístico, el bosque de neón del Don Loope— trazaron una suerte de cadena afectiva en la vida nocturna de Tijuana, un ideario gráfico en el tiempo. Últimamente, ya con lana, Aldo y Najdo ampliaron el espectro del bar con una cava para entusiastas, sesiones quincenales de degustación de cavas mexicanas, francesas y australianas, y un bombérico cineclub dedicado a Blood for Drácula de Andy Warhol y los filmes de Dario Argento. Si a Najdo le preguntan, prefiere a Alex De la Iglesia y Víctor Erice, pero el temperamento de Aldo es un bicho liado entre los 87 y los 108 MHz de frecuencia radiada. Ya no se golpean; han cultivado un admirable sentido del perdón, y cuando uno de los dos se enciende y está que se lía a baquetazos, el otro sabe retirarse con el sinfín de las tortugas de Aldabra. Por motivos solemnes, Aldo es quien administra. Najdo es es anfitrión: un conversador espléndido que sabe extenderse en nimiedades, como también arrojarse al cogote de controversias ácidas. Por decir, una noche —en tanto Aldo clasifica y enfaja los billetes ganados— Najdo reúne en la barra a un grupo de dramaturgos locales e improvisa un coloquio sobre los meneos aleatorios en la cola de la ardilla, la consistencia de las donas Bimbo y la arquitectura de un paraguas abierto. A la noche siguiente aguarda a que se llene el bar y entonces se pone serio —opera también a la inversa: si anoche discutió con seriedad la concavidad de las varillas del paraguas y el dulce circuito de las donas, hoy se pone ligero y relaja a sus interlocutores— para abordar, con fieros tecnicismos, el calvario que viven los receptores de órganos cuando buscan la identidad del donador y resulta que la pieza fue apócrifa o robada. Justo allí, al compás del mismo azar que confabuló a Marx con Engels y a Reed con Cale, entre un trago al regio Boscarelli Montepulciano y otro al corpóreo Cuvée Kermit Lynch, el profesor Bengala escuchó con sacro silencio la valiosa reflexión de Najdo Beas. Estaba a punto de intervenir cuando un fulgor en el borde de la copa le recordó las manecillas del mueble. Lo duro que es vivir con un hígado asaltado, una córnea hostigada, un páncreas infeliz. ®

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Publicado en: Junio 2011, Narrativa

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