Al final todos hablan de amor

De decepciones y libros

Quería evadir mis angustias amorosas, por lo que al salir del trabajo decidí ir a leer a un bar para relajarme un poco. El libro que llevaba en ese momento no era el ideal para mi propósito pues la trama básicamente se centraba en los delirios de un joven psicópata obsesivamente enamorado de su novia.

Compartimento-C-coche-293-1938-rUna lectura como aquélla no era lo que más me aliviaría. Compraría, entonces, un libro (no muy caro, ya que sólo era para salir del paso) en algún lugar rumbo a mi destino.

Cualquier texto distractor sería bueno para calmar mi desconsuelo. Recordé una ocasión similar cuando, intentando activar la función de la lectura como medio de evasión, compré una revista de reptiles en un puesto de la calle Corrientes. Al principio me sentí cautivada por la glándula de Duvernoy, el órgano de Jacobson, el proteroglifo y el opistoglifo, pero lo cierto es que mi interés en las características reptilianas sólo tuvo vigencia durante las dos horas que estuve sentada en el café. La revista fue lo suficientemente meritoria como para no tirarla y, en cambio, hacerle un lugar en el estante de lecturas del baño de mi casa.

Aquel día, ya fuera del trabajo y dentro de la librería, pensé que no tenía por qué llegar al extremo de adquirir una revista de reptiles. Quizá podría comprar un libro de narrativa, con la condición de que la temática no tuviera nada que ver con el amor. Comencé mi búsqueda tomando un libro al azar. En el dorso leí la reseña del argumento: “Shimamura regresa durante tres inviernos a la región más fría del país atraído por la belleza de la estación y el tradicional estilo de vida…” (Puede ser interesante, pienso. Estampas costumbristas al estilo oriental). Continúo la lectura: “Pero vuelve especialmente por Komako, una joven aprendiz de geisha que conoció en un viaje anterior”.

Indignada, dejo el libro.

Tomo otro, del mismo autor, y leo la solapa: “Impulsado por la nostalgia, Oki Toshio, un escritor casado, decide viajar a Kioto para oír las campanas del templo en el Año Nuevo…” (Suena bien, me digo. Religiosidad y ritos humanos). Sigo leyendo: “Pero además quiere ver a Otoko, antigua amante a la que había humillado”.

Internamente, a este segundo libro también lo califiqué como lectura perturbadora, además de que el autor me pareció un tanto tramposo por utilizar la misma fórmula narrativa en ambos textos: hombre arrepentido que vuelve a un lugar del pasado en busca de un amor idealizado.

Despechada como estaba, cruzaban por mi mente episodios de mis relaciones anteriores, todos marcados —para mi gusto— por cierta falta de delicadeza. Recordé cómo un novio, para expresar que la voluntad y el deseo mutuo debían ser las razones que nos mantuvieran juntos, y no la obligación o la rutina, solía decirme: “A la fuerza ni los zapatos entran”. O cuando mi amorcito de la adolescencia, para preguntarme si quería ser su novia, me recitó: “¿Quieres ser la dueña de mis quincenas?” Pensé también en otro novio, definitivamente el menos delicado de todos, que, poniendo por primera vez sobre la mesa el tema de la monogamia, simplemente me espetó: “Si un día de fiesta bebes de más y te pones de caliente, usa condón”.

Quizá podría comprar un libro de narrativa, con la condición de que la temática no tuviera nada que ver con el amor. Comencé mi búsqueda tomando un libro al azar.

Aquel día, durante mi recorrido por las librerías de la Avenida Corrientes, también evoqué cierta ocasión en que, cansada de los tormentos que un amante me causaba con sus indeterminaciones y mentiras, quise librarme simbólicamente de él. Desesperada, llamé a una amiga bruja y tarotista explicándole mi situación. Me dijo que pensaría en algún acto psicomágico, y tres días después me escribió con sus indicaciones: yo debía comprar varias cajas de diferentes tamaños. En un papel escribiría el nombre de mi amante para después guardarlo en la caja más pequeña. En otros papeles escribiría razones por las cuales no quería estar con él; lo que no me gustaba, lo que me convencía de alejarme de él. Cada uno de estos papeles los iría guardando en las cajas —que iban aumentando de tamaño— hasta tener una sola caja grande llena de defectos desplegables en cajas cada vez más pequeñas que conducían a la última y más diminuta: la que contenía el nombre de mi amante. Las palabras de mi amiga fueron: “Al final te quedarás con una gran caja, yo te recomiendo que la destruyas. Tal vez te gustaría quemarla, ver cómo se la lleva el camión de la basura, que la rompa una aplanadora, no sé, pero la idea es que tú veas cómo te deshaces de esa caja. Ahí tienen que ir todas tus razones para no estar con él”.

Yo debía hacer todo eso en un ambiente ritual. En ese entonces me encontraba en México, próxima a volver a Buenos Aires. La noche anterior a mi vuelo, contando con apenas unas horas para empacar, me acordé de la encomienda. Quería hacer el rito antes del viaje, así que improvisé. No tenía las cajas, pero sí una calceta de mi amante. La corté en varios pedazos y metí en ellos los papeles con su nombre y sus rasgos negativos. No elaboré, pues, una caja, sino una bola de calcetín destazado lleno de defectos. Era de madrugada y, dado que había decidido quemar la calceta, el único lugar en casa de mis abuelos —donde me hospedaba— que consideré apto para hacer el ritual fue el cuarto de lavado. Previendo la posibilidad de un incendio —finalmente estoy manipulando fuego, pensé—, me encargué de tener agua cerca. Súbitamente doté a la ceremonia de un dudoso e intuitivo sentido ritual bebiendo un vaso con agua y enunciando en voz alta mi intención. Acto seguido, le prendí fuego a la calceta. Pero no se deshizo ante mis ojos, tal y como yo esperaba. Resultó que la prenda era de nylon, por lo que tan sólo la cubierta exterior ardió brevemente, para después apagarse y formar una capa dura de plástico derretido, dejando intactos a Rafael y sus defectos.

Todo esto rememoraba yo en mi recorrido por las librerías hasta que me distraje al ver a un hombre con una sola pierna y sin muletas, cruzando la calle a saltitos.

Aquel día me decidí por un libro de relatos del mismo autor que había criticado internamente al principio. La solapa prometía que los temas eran el paso del tiempo, los rituales y la muerte, pero al final la mayoría hablaban del amor.

Después de la sesión de lectura, mientras volvía a mi casa, traté de pensar en cosas divertidas que me hubieran pasado en los últimos días. Venía riéndome sola y un hombre con tapete de yoga que esperaba a mi lado para cruzar me dijo: “Vos estás en otra dimensión, ¿verdad?” No, por qué. “Veo que estás riendo, disfrutando. ¿Estás feliz?” No, de hecho estoy bastante enojada, le respondí. “Ah bueno. No te creo. Pienso que sólo me estás llevando la contraria”. (No contesto.) “Yo también, a veces cuando estoy triste me río y cuando estoy feliz lloro”. El hombre insistía en hablarme, pero sinceramente yo no estaba para pensamientos pseudo zen en pleno cruce de la Avenida 9 de Julio.

Mucho menos aquel día. ®

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Publicado en: Apuntes y crónicas, Diciembre 2013


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