Al Qaeda y el odio a Occidente

Europa en la cadena del odio terrorista

Los terroristas fundamentalistas han hecho perder el sentido del disfrute de la seguridad y eso no hay que esconderlo, esa realidad hay que afrontarla y entender que no se le puede dar libertad y democracia a quienes quieren destruir la libertad y la democracia.

Después del 11-M

Los atentados de 2005 al sistema de transporte masivo de Londres mostraron que la red Al Qaeda proseguía en su política de descargar su fanatismo contra todo lo que represente a Occidente y en particular a aquellos países que hacen parte de la alianza que interviene en Afganistán y en Irak. La técnica de los atentados hizo pensar que la red prefería objetivos fáciles, de poca inversión, de poco riesgo, aunque letales en materia de descomponer y humillar el estado de ánimo de la población civil. Esta hipótesis es en apariencia muy atractiva y parece lógica si se miran las acciones de la red en el mundo después del gran ataque del 11-S, aunque cojea en su consistencia porque niega una posibilidad: la de que Al Qaeda esté débil y ciertamente golpeada por las políticas de seguridad aplicadas por los países aliados de Estados Unidos que le han restado capacidad de respuesta y de acción ofensiva. Pero también cojea en el sentido de inducir a creer que Al Qaeda ha abandonado sus objetivos macro: doblegar, castigar y humillar a los paganos de Occidente, a los pecadores, a los enemigos del islam y de Alá. Que esto lo piense algún analista despistado no tiene ningún problema, pero que lo sostengan especialistas en seguridad es lamentable y peligroso porque desconoce el propósito letal de estos grupos fundamentalistas de obtener o construir armas de destrucción masiva como cohetes, misiles o bombas nucleares para dispararlas contra alguna gran urbe de Estados Unidos o de Europa. Que no lo hayan logrado hasta ahora no quiere decir que no lo estén intentando o que lo hayan dejado de lado. Esta red, que actúa inspirada en la versión wahabita del islam procedente del Egipto de los años sesenta del siglo pasado, no pretende negociar algún objetivo político en particular: para ellos lo que vale es que el islam en su peculiar interpretación sea una religión dominante en tanto es la verdadera. Sólo por ello, los gobiernos de Occidente no pueden descuidar ni un ápice la seguridad de sus fronteras y de sus espacios.

Los grupos terroristas también buscan objetivos mediáticos de tipo psicológico y de tipo político. Con los primeros tratan de asustar y amedrentar a la población civil apelando a la técnica de generar pánico colectivo y degradar la confianza en las instituciones de tal forma que se imponga una sensación de abatimiento y desprotección. En el segundo campo, España después del 11-M es un buen ejemplo de cómo un ataque terrorista produce cambios en el comportamiento de los ciudadanos. De otra parte, los terroristas buscan socavar el modo de vida de los occidentales, tanto en lo que se refiere a la vivencia de la libertad como en lo atinente a su régimen democrático. Cuando el entonces primer ministro Tony Blair declaró que los atentados no cambiarían el modo de vida de los ingleses se refería precisamente al disfrute de la libertad y de la democracia como valores fundacionales de la cultura occidental que es preciso defender. Pero el hecho cierto es que los terroristas se aprovechan de las ventajas ofrecidas por el régimen de libertades y democracia del cual ellos abjuran y contra los cuales predican en las mezquitas que han levantado con total libertad en Occidente, llaman a destruir la “corrupta cultura occidental” apalancados en nuestras ciudades, ordenan a sus mujeres en Londres, Madrid, París a gestar familias numerosas, los mulás o ayatolas condenan a los migrantes que quieren adaptarse a las leyes y a las reglas de juego del país que les ha dado abrigo. De tal suerte que los gobernantes de Occidente nada logran con esconder el problema de fondo que traen estas sectas y sus avanzadas redes de terror que no es otra cosa que poner en entredicho valores como la libertad y la democracia.

Los grupos terroristas también buscan objetivos mediáticos de tipo psicológico y de tipo político. Con los primeros tratan de asustar y amedrentar a la población civil apelando a la técnica de generar pánico colectivo y degradar la confianza en las instituciones de tal forma que se imponga una sensación de abatimiento y desprotección.

En efecto, el terrorismo de corte fundamentalista y global nos plantea algunos interrogantes ineludibles, por ejemplo: ¿cómo perseguir, espiar, combatir y desarticular bandas y células que funcionan en el más estricto sigilo y secreto y con todas las ventajas que da el hecho de actuar a escondidas, sin usar prendas militares, fingiendo de paisanos por las calles de cualquier ciudad cargados de bolsas que aparentan ser mercancías? ¿Cómo pueden los organismos de policía y las fuerzas de seguridad combatir con medidas regulares y ordinarias a organismos clandestinos y a acciones extraordinarias? Este dilema hay que planteárselo sin eufemismos y sin hipocresías porque no estamos en un juego de marionetas sino que estamos enfrentados a la peor amenaza que haya sufrido la libertad y la democracia desde la II Guerra Mundial, cuando tocó enfrentar al nazismo y al fascismo que precisamente se habían valido de esos valores para atacarlos y destruirlos. Desde entonces el debate quedó en la mesa y se puede resumir en un interrogante que muchos líderes políticos se han formulado en diversas coyunturas: ¿Tiene derecho la democracia a defenderse de los enemigos que la quieren destruir? ¿Se le deben restringir las libertades y los derechos a aquellos grupos que con su discurso y con sus acciones amenazan las libertades y la democracia? Para responder a estas inquietudes es claro que no podemos partir del supuesto de que Occidente debe convertirse en el reino del despotismo para combatir el terror, es claro que no se puede llegar a ese sacrificio, pero tampoco es aceptable que se siga pensando ingenuamente que la democracia y la libertad se defienden por sí solas y sin apelar a medidas extremas cuando los enemigos de ella usan medios extremos. La Alemania de la posguerra es un buen ejemplo de cómo proceder en estos casos, allí están prohibidos los grupos de ideología nazi, allí está proscrita la propaganda racista, lo mismo que en Suráfrica. Parece que lo que importa es identificar muy bien qué es lo que se quiere defender y el peligro del cual nos debemos proteger. Hay analistas que piensan que defenderse del fascismo y del nazismo apelando a medios extremos (p.e. con la insurrección) se justifica plenamente, pero cuando se trata de organizar la respuesta contra estos grupos fundamentalistas que usan el terrorismo se limitan a decir que basta con medidas atenuantes y apaciguadoras como salir de los territorios ocupados, hacer justicia en el mundo, acabar con el hambre, es decir, no reconocen el carácter letal de la amenaza de estos grupos, lo dañino de sus ideales extremistas y que son una amenaza contra la humanidad incluidos los gobiernos y los pueblos de Oriente que practican una versión moderada de la religión que aquéllos dicen defender. A este respecto es muy ilustradora una reflexión del gran intelectual socialista Gerardo Molina, quien en su libro Proceso y destino de la libertad advertía que “para orientarse en el excitante problema de las limitaciones de la libertad, el hilo conductor está en analizar en cada caso la situación de la sociedad de que se trata y las finalidades que se buscan con las medidas represivas […] partiendo de la idea básica de que la democracia es una empresa en movimiento, cuánto tienda a activarla y a hacerla más sólida es por ese hecho democrático, aunque limite transitoriamente el ejercicio de ciertas libertades” [p. 139].

La masacre de los inocentes, Rubens

Es deprimente que todavía existan mentes chamberlainescas después de las lecciones que deja el pasado inmediato de la humanidad. El reto de los defensores de la libertad y de la democracia es encontrar una fórmula eficaz que impida la política de entregárselas a sus enemigos en bandeja de plata sin la menor resistencia. Así como se prohiben los grupos nazis en Alemania, así como se han adoptado legislaciones antiterroristas en casi toda Europa, así como en España se le quita la personería al partido Batasuna por su apoyo a los terroristas de ETA, así como Francia prohibió el uso del velo y de otros signos religiosos agresivos en las escuelas públicas, así como en Sudáfrica es ilegal agitar ideas racistas, es menester que se prohiba la prédica y justificación del terror, la agitación de ideas religiosas de corte maximalista, la invocación a la eliminación de los adversarios religiosos, la organización de grupos y de redes que se escudan en la religión para impulsar y financiar el terrorismo.

Occidente está ante un dilema y sus gobiernos deben ser sensatos y francos con sus pueblos, no les pueden mentir acerca de la gravedad de la amenaza del fundamentalismo terrorista pro islámico. Hay que aceptar que estamos viviendo una etapa de zozobra e incertidumbre y que ella será más larga o más corta dependiendo de la actitud y de las medidas que se adopten para combatir la amenaza. Los terroristas fundamentalistas han hecho perder el sentido del disfrute de la seguridad y eso no hay que esconderlo, esa realidad hay que afrontarla y entender que no se le puede dar libertad y democracia a quienes quieren destruir la libertad y la democracia, ¡pendejos nunca! ®

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Publicado en: Destacados, marzo 2011, Terrorismo

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