Alberto Fuguet y su novela “canalla”

El escritor como fabricante de amigos

Una cosa que me da un poco de pereza de estar acá en México hablando es que he hablado mucho de Carlos Fuentes; porque en el resto de los países me hablan de Rafa, de Alf, del Factor Julián; de los personajes y sus historias y de lo que pueden conectar con los lectores.

 

A Paulina Arancibia, la Alf que todo escritor desea.

Alberto Fuguet fotografiado por Andrés Herrera.

En años mexicanos recientes pocas novelas han tenido un backstage más resonante que Sudor (Literatura Random House, 2016) del periodista y cineasta chileno Alberto Fuguet. Aunque es un libro que ha sido acogido en Hispanoamérica como una de las obras más maduras del autor de Mala Onda, en México su publicación ha sido incómoda.

No porque el gueto literario nacional haya reparado en el contenido sarcástico de ese universo editorial que plasma una mirada irreverente como la de Fuguet, en esa exploración de las relaciones íntimas, incesantes e insatisfactorias a partir de las redes sociales y aplicaciones como Grindr, o en la posibilidad de mostrar un escenario gay en el que los homosexuales pueden ser muy varoniles.

La razón parecería más simple y compleja: el autor de la estética McOndo y novelas como Tinta Roja, Missing o Por favor, rebobinar; el guionista y director de películas como Se arrienda, Música campesina, Velódromo e Invierno narra la fallida y lastimera vida privada de una vaca sagrada de las letras, una relación de padre e hijos que terminará de forma trágica, y para cuya ficción Fuguet se basó en la figura de Carlos Fuentes y su hijo Carlos Fuentes Lemus, lo que no ha agradado a las buenas conciencias de nuestro ámbito intelectual.

El retraso de la presentación original de Sudor en la Ciudad de México, un encuentro fortuito y singular de Fuguet con Silvia Lemus, la viuda de Fuentes, que terminó con flores y el deseo de suerte desde la cuenta oficial del autor de La región más transparente, así como una amenaza de muerte anónima al narrador chileno vía Twitter en pleno marco de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara en ese año de 2016, son líneas que forman parte de ese backstage que dice más de nuestro mundillo literario que de una novela que es mucho más profunda y variada que el affaire Fuentes.

En ese contexto, Alberto Fuguet conversó para los lectores de Replicante. Nos reunimos en la librería Rosario Castellanos, en la colonia Condesa de la Ciudad de México. Dialogamos entre malteadas, agua y una suculenta bolsa de gomitas.

—Es curioso: viniste a presentar una novela que circula, que te ha ganado lectores, pero que el mundillo literario mexicano simula que no existe.

—Mi impresión es que el mundillo literario sí la ha tomado en cuenta. Quizá hasta la han leído pero han callado. No la han promocionado aunque creo que han hablado de ella, molestándose. Me imaginaba que eso iba a ocurrir, sin embargo mi idea siempre ha sido tener lectores más que tener artículos de prensa. Éstos no sirven de nada si los autores son aceptados, pero sus libros no están en manos de los lectores. Al final, ésa es la peor condena.

—Tus libros han despertado todo tipo de reacciones. Desde Sobredosis, McOndo y Mala Onda en los que fuiste cuestionado por extranjerizante, globalifílico y asesinar el realismo mágico, hasta Missing o ahora Juntos y solos, donde hubo encomio y respetabilidad a tus temas y estructuras narrativas. ¿Cómo imaginas que debería ser recibido un libro?

Mi impresión es que el mundillo literario sí la ha tomado en cuenta. Quizá hasta la han leído pero han callado. No la han promocionado aunque creo que han hablado de ella, molestándose. Me imaginaba que eso iba a ocurrir, sin embargo mi idea siempre ha sido tener lectores más que tener artículos de prensa. Éstos no sirven de nada si los autores son aceptados, pero sus libros no están en manos de los lectores.

—Un libro tiene que provocar cosas. Por lo menos, un diálogo positivo o negativo. El silencio de los lectores es el que debería ser preocupante, no el de la crítica especializada. Creo que está sobrevalorada la importancia de la prensa. Hay autores que salen en revistas y que después de ello siguen siendo tan desconocidos como antes. Un artículo no te cambia la vida, te la cambian los lectores. Tiene que armarse una masa crítica, desde luego, un diálogo y al final tienen que estar todos involucrados: lectores, prensa, libreros. A veces deseé que no hubiera pasado tanto con Sobredosis, que ojalá hubiese sido más fácil, pero después veía a un montón de escritores que con sus libros no pasaba nada y eso sí que es fuerte. Es fuerte que te peguen y es fuerte que te aplaudan. Pero es mucho más tremendo y casi irrecuperable que no pase nada.

—¿Qué es lo que irritó de Sudor en el contexto mexicano? ¿El que te inspiraras en Carlos Fuentes y su hijo?

—Es el punto de partida, la inspiración, es el morbo. Pero me parece que el libro es mucho más que eso. El personaje que se parece a Carlos Fuentes tiene una cierta nobleza, un grado de complejidad que demuestra que no se trata de una caricatura, de una venganza. Yo no estoy ajustando cuentas con nadie. Simplemente me llamaron la atención ciertos aspectos de una historia de un padre célebre y su hijo. Me interesa la gente que tiene poder y que sin embargo pierde. Me parece que Carlos Fuentes tiene algo de héroe caído, pero la gente aquí lo asume como una vaca sagrada. Por eso en otros países el libro no ha irritado a nadie, sólo en México. Yo veo a Fuentes como alguien que tropezó y mal. Y me fascina esa idea, que de hecho he tratado en varios libros míos, sobre todo a partir de la obsesión que tuve en alguna época con el colombiano Andrés Caicedo.

—Debo acotar que no en todo México. Porque he visto que mucha gente, incluso la no literaria, te ha conocido gracias a Sudor.

—Éste es un libro que me ha traído placer y diversión; es un libro que disfruté mucho escribiendo y promocionando. Y la he pasado muy bien con la opinión de los lectores. Creo que el libro se ha leído mucho más, primero, por el tema gay, el lado millennial, el choque de culturas entre una generación y otra. Siempre he dicho que quería hacer una novela histórica sobre el presente y Sudor es un libro que ha gustado incluso en el nivel verbal; mucha gente está fascinada con la idea de que se pueda escribir usando un lenguaje que está más conectado a las redes sociales. En ese sentido, es uno de mis libros que más me ha generado consenso positivo. Incluso la gente entiende lo obsesivo que es, puesto que tiene seiscientas páginas; se ha leído muy rápido; ha llegado a público muy nuevo; ha abierto puertas hacia el mundo femenino y es, de hecho, mi primer libro en el que siento que como autor me apoyan cien por ciento. Dicho eso, México resultó la excepción a la regla. Pero me parece que el mayor nivel de conexiones que ha habido con México es por la conexión mexicana, no por Carlos Fuentes; muchos lectores me dicen: “Cómo sabes tanto de México”, “Me gustó el libro y la ambientación mexicana”, por lo cual considero que le ha ido muy bien con el público intelectual joven que no pertenece a las elites; me ha ido súper bien con los periodistas, la gente ha entendido el humor. Le ha ido súper bien con gente menor de los cuarenta y efectivamente con los de arriba de esa edad algo ha pasado.

—La que incluso en ciertas columnas críticas te tachó de cobarde, de canalla y otros calificativos hirientes.

—Sí, pero nunca hay que escribir como la gente quiere. Tampoco sé quién es esa masa crítica. Alguien me contaba anoche en una fiesta que un escritor mexicano dijo que no podía apoyarme porque le parecía que era una canallada lo que yo había escrito. Que era un desubicado. O sea, él creía en la libertad de prensa, pero no creía en la gente mala o desubicada. Yo me desayuno porque, entre otras cosas, no soy malo ni desubicado. No estoy traicionando a nadie porque no conozco a esa gente. O sea, yo me río de un montón de escritores latinoamericanos y nadie me ha dicho nunca nada, nunca me han dicho cómo pudiste hablar de tal o cual persona. Ellos no pueden entender que yo no pertenezca a una elite; además, ellos creen que México es una elite mundial en la que todos se conocen. Yo no los conozco, o sea, conozco sus nombres pero no conozco sus vidas. En ese sentido no estoy hiriendo ni traicionando a Silvia Lemus, entre otras razones porque no tenemos lazos.

”Hay quien ha cuestionado por qué esperé a que muriera Fuentes, pero la realidad es que no sé si esperé a que muriera. La idea que me que gatilló el libro, originalmente era para un cuento, porque alguna vez conocí a Carlitos Fuentes y a su papá en una feria del libro: un padre autoritario y fuerte, un hijo tímido y débil. Yo iba a escribir un cuentito, literalmente, que podría estar en Por favor, rebobinar o en Cortos. En mi libreta había anotado “gira padre e hijo”. Y, claro, al año, cuando murió el hijo, pensé “Esto es una tragedia; es mucho más que un cuento”. Y años después coincidió con que yo estaba listo y dispuesto para escribir esa novela. Entiendo que cierta gente crea que estuve esperando a que se muriera Fuentes para publicarla, pues de hecho cuando murió fui de los pocos que escribieron un artículo relativamente negativo que, en mi caso, se llamaba Morir de jet–lag; pero lo cierto es que a veces las novelas surgen de inmediato. A veces no, porque van compitiendo con otros libros que uno quiere hacer, con la vida en la que uno está.

—Creo que esa percepción es también resultado de la idea de la respetabilidad social que muchos relacionan con el ser escritor en Latinoamérica. ¿Para ti cuál es la labor de un escritor?

Ellos no pueden entender que yo no pertenezca a una elite; además, ellos creen que México es una elite mundial en la que todos se conocen. Yo no los conozco, o sea, conozco sus nombres pero no conozco sus vidas. En ese sentido no estoy hiriendo ni traicionando a Silvia Lemus, entre otras razones porque no tenemos lazos.

—El transmitir emociones, como quizá también lo hace un músico en Estados Unidos, como un pintor en Suecia o un roquero en Japón; el tratar de articular una sensación de reflejo a aquello que no entiende del todo y que le ayuda a mirar una sociedad extremadamente compleja, que tiene muchísima información. No te voy a hablar de arte, pero creo que la labor del escritor latinoamericano es tratar de procesar en personajes y en historias relativamente acotadas una gran locura que está ocurriendo. Por eso yo quise hacer una novela histórica sobre el hoy; tratar de captar lo que está ocurriendo en las casas, en los corazones de las personas, y que sea en una obra realmente local, que no sea simplemente genérica. Mucha gente me dice que su película favorita que la dejó destrozada es Her. Y está bien, pero es una película que viene del exterior; te puedes sentir identificado con Joaquin Phoenix pero finalmente no es tu vida. Lo que estoy tratando de hacer es acercarte a historias que tengan que ver contigo. Creo que esa es la labor; tratar de explicar en el plano local.

”Desde luego que para muchos escritores latinoamericanos el objetivo es, más bien, ganarse un Nobel o, simplemente, escalar en la sociedad. Ése es un tema importante que Bolaño dejó muy en claro cuando dijo que la mayoría de nuestros escritores lo que quieren es ser aceptados. Quieren ser tomados en cuenta. Quieren ser recibidos. Quieren ser parte de la sociedad. Quieren ser respetables. Y ojalá que todo eso venga con dinero, ¿no?

”El problema es que cuando un escritor quiere ser respetado tiene que ser muy respetable en lo que hace y dice. No hablo de que un escritor tenga que escupirle a las personas o ser horrible, pero sí que tiene que molestar a la sociedad, tiene que hacerla pensar, tiene que mover los límites. Sudor, y pienso que toda mi obra, tiene que ver con eso. Es muy peligroso que un escritor esté al medio. Tiene que estar siempre en los márgenes.

La idea de que tienes que ser un chico bueno y respetable es de acá, de Latinoamérica. A mí me parece que el modelo Jorge Volpi es fatal, justo porque no ayuda a crear nuevos autores que busquen explorar los límites de su sociedad.

”Hay grandes escritores que han tenido que negarse para poder ser respetables, mientras que en otros países no latinoamericanos quienes escribieron y alcanzaron cierto prestigio fueron tropa de mala muerte. Por ejemplo, en Estados Unidos, William Burroughs —que mató a su mujer aquí cerca, en la colonia Roma—, Bob Dylan que, incluso, alcanzó el Nobel, Charles Bukowski, John Fante y muchos más. La idea de que tienes que ser un chico bueno y respetable es de acá, de Latinoamérica. A mí me parece que el modelo Jorge Volpi es fatal, justo porque no ayuda a crear nuevos autores que busquen explorar los límites de su sociedad.

”Dicho eso, creo que la labor del escritor es más tratar de ser como un compañero, alguien por quien te puedas sentir tocado, alguien con el que te puedas sentir acompañado o pueda andar contigo en el metro porque se parece un poco a ti. Una cosa que me da un poco de pereza de estar acá en México hablando es que he hablado mucho de Carlos Fuentes; porque en el resto de los países me hablan de Rafa, de Alf, del Factor Julián; de los personajes y sus historias y de lo que pueden conectar con los lectores, que es lo que realmente quiero. La labor del escritor no es ser un intelectual, sino ser un fabricante de amigos, ¿te parece muy raro? ®

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Publicado en: Libros y autores


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