Amar como nunca nadie ha amado

David camina hacia la casa de Aram. No lo ve hace dos años; eran buenos amigos. Mientras peleaba la guerra en Oriente le escribió tres veces y siempre le regresó la respuesta.

En verdad ya no sabe nada. Sólo siente. ¿Por qué estoy vivo? No hay pensamientos, únicamente emociones, todas a medias, todas cobardes, como si una inofensiva partícula nerviosa hubiese quedado suelta y, lejos de él, desde un sitio remoto, lo repudiara en el panorama. ¿Por qué no puedo matarme si me he rendido? David: cada vez menos triste, cada vez menos hombre; un fantasma, uno antinatural, sin vida anterior que purgar.

Aram se quita de la puerta, dejándola libre. Está sorprendido; es amable, no excesivamente cálido.

Lo primero que nota David de la casa de Aram es que sobre la mesa de la sala hay un florero en forma de barco; sin flores, con agua.

“¿Qué tal?”, Aram contempla la barba de David, negra, crecida, y mentalmente la compara con la suya, más clara, no tan abundante.

“Bien, ¿y tú?” David no encuentra a Aram muy cambiado; lo único diferente: arrugas bajo los ojos y labios pálidos. Tras los pantalones y la camisa intuye su cuerpo, duro y delicado, muy blanco.

Aram lo mira fijamente: “La seriedad le hace bien”, piensa David, y luego dice con su voz profunda que se ha hecho amarga, “Tuve que venir para terminar el asunto del ejército… ¿hoy puedo quedarme contigo? Mañana salgo en tren hacia el norte; permaneceré unos días en casa de mi hermana en lo que planeo qué hago”. “Claro, no hay problema… ¿cómo está ella?”, responde Aram, y ya la conversación es mero pretexto.

Uno frente al otro, en el intercambio de miradas hubo un quiebre de ideas, sensaciones y distancias, y de pronto el contenido de las tres cartas que cada uno escribió al otro es sentido y revelación.

Los dos hombres entran a la recámara; no hablan. David es el primero en desnudarse; permanece sentado en el borde de la cama, muy quieto.

Hay un pulso que es el correcto y un cielo de dimensiones que con calma hay que ir descubriendo, Aram lo sabe y se desprecia insoportablemente por haber amado tanto a Verónica, ¿Por qué si estaba incompleto, por qué si sólo era un grupo de pedazos increados?

Aram quiere que el tiempo se pare un poco, caer estático en el momento y que el momento lentamente lo arrastre. Ya no desea recordar; no ha podido convencerse de que aún puede vivir viendo todo de un modo distinto, propio. Durante los últimos meses le llegan los recuerdos exagerados de melancolía, como si estuviera viajando en un tren y observara los paisajes desaparecer tras la ventana. El hogar en la que fue niño, él con su abuelo, las historias entre ambos. Retraído su ser en una ausencia, su realidad es sólo el dolor de haber perdido la ilusión. Intentó con todas sus fuerza ser más un árbol y menos una nube, pero los pedazos de su corazón no dejaron de desprenderse por el sufrimiento que le imponía cada instante.

Tan en silencio, tan lejos, Aram cierra los ojos, se aferra al pensamiento de su propia piel, y al penetrar al otro hombre siente por primera vez que es unidad, una sustancia completa. Los elementos que abandonó de su hombría (por impuestos, por dominadores, por destemplados) para amar dulcemente, regresan y le fascina la sensación de ser algo entero. Siente que está amando como nunca nadie ha amado.

“¿Y eso?”, David señala con un dedo la pared.

“Una reproducción del cuadro de Klimt, Danae… Verónica me lo regaló”.

Aram permanece exhausto, vaciado, y cuando el otro hombre entra en él siente por un instante, por un mero instante de pura tristeza, que es Verónica, que él es toda Verónica justo en el lugar entre fantasmas donde ella lloraba sobre él y siempre le fue inalcanzable.

“¿Y qué hay de ella, de Verónica?”, David ya no se defiende y desaparece. La pregunta emerge del silencio antes de la desintegración.

Completamente solo, Aram espera que se consuma la muerte de su alma.

¡Mira Aram, Danae busca a Dios y está tan cerca!, ¿entiendes? La voz de Verónica… Tu corazón es el cielo, el mío es el mar… La sed en la boca de Verónica, ¿Lo sabes amor?… La vuelta al odio por los labios secos de Verónica… Aram sonríe, piensa en poesía, escoge la imagen difusa del pecho abierto de Verónica y comienza a quedarse dormido hacia un negro insoldable de mentiras. ®

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Publicado en: Narrativa, Octubre 2012


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