Amurados

Apuntes de otro ladrillo en la pared

En poco tiempo millones de personas pegamos el salto desde el mero uso del mail y el chat a otras zonas más complejas de la comunicación vía internet: Facebook, Twitter, Google+ y sucedáneos. La buena noticia: podemos vincularnos con nuestros lejanos seres queridos, conocer otras personas, intercambiar información o encontrar entretenimiento. La mala: la gran cantidad de tiempo que, de pronto, insume en nuestra vida y la tangencialidad y el carácter compulsivo que suele caracterizar el intercambio. Esta nota trata de este espacio vincular nuevo que aún no comprendemos del todo, de la adicción y las secuelas que este paradigma de relación social imprime en nuestra vida.

¡Adentro!, que empieza el baile

“¿Cómo? ¿Todavía no estás en Feisbuc?” La frase se la escuché a una de sesenta dicha a otra de la misma generación, ambas esperando a sus nietos en la puerta de una escuela. No importa la clase social ni la edad, cada vez es más raro estar fuera de las redes sociales.

Algunos usuarios se entusiasman con los beneficios de la comunicación horizontal en pos de la divulgación de un emprendimiento, una convocatoria o un negocio. Otros, en cambio, nos regodeamos en el placer de tener con quién compartir música o viejas películas, hallazgos de YouTube, esa bendita caja de Pandora en la que siempre hay la esperanza de encontrar lo que creíamos perdido en las brumas del olvido.

Muchos nos abandonamos al tsunami emocional de recuperar el vínculo diario con personas que estaban —ya no— lejos en el espacio o el tiempo. Hay quienes se entusiasman participando de campañas o ejercitando el músculo intelectual en debates de índole política o cultural, o intercambian información o lecturas como figuritas de un preciado álbum de historia personal. Están los fanáticos de la broma fácil, los políticos que dicen buenos días desde el Twitter, los que que desvisten o trasvisten su alma, los que dictan cátedra, los del lenguaje críptico o hiperbólico, los que navegan para pescar algún romance.

Como es mucha la tela para cortar, es indispensable delimitar el retazo que nos ocupa (la aclaración, por otra parte, podría aplicarse a cualquier tema en el cual al pararnos en medio perdiéramos de vista los bordes). Por eso, aunque sea de suma relevancia, no vamos a tratar aquí la democratización de la información que facilitan las nuevas plataformas ni lo revolucionario y masivo del sistema (aunque lo verdaderamente revolucionario, conservador o, sencillamente, estúpido, es el modo en que la gente lo utiliza). Tampoco es tema de este ejercicio el retroceso o no del periodismo clásico en pos de una mayor circulación horizontal de la información ni la incertidumbre acerca de quién y por qué la produce.

Los párrafos que siguen son un hilván de fotografías recién reveladas y colgadas de una cuerda. Postales enviadas durante una travesía a través de las redes sociales, particularmente, en el territorio virtual del Facebook. Muchas de ellas, si no todas, surgen de apuntes tomados durante semanas y meses —en un principio, sin sistematicidad alguna— a partir de reflexiones y preguntas propias y de amigos, usuarios regulares o auto diagnosticados adictos al Facebook.

Pero, ¿qué es lo adictivo? ¿Qué se pone en juego en el acto del intercambio personal en internet? ¿Cuál es la calidad de las relaciones en esta nueva fábrica de vínculos? ¿Cuál es el impacto de las redes sociales en nuestra vida cotidiana?

Partimos del supuesto de que las redes sociales llegan con un formato ideado para dar (se) permiso, para conceder (se) deseos, para soplar la herida que a nuestra existencia inflige el sablazo del estilo de vida contemporáneo en las clases medias occidentales. Esto es, la imposición cultural e inamovible de una estructura clásica de familia; la postergación de la realización personal en pos de la supervivencia o el progreso; la rutina y el tedio que nos condena, a la larga, al ayuno de vínculos significativos; el siempre latente pero paradójicamente postergado apetito por la belleza.

Como última advertencia vale aclarar una toma de posición: desde la invención de la rueda hace seis milenios al contemporáneo “Me Gusta” de Facebook, es un error pensar que una herramienta tecnológica viene a instalar necesidades que antes no existían. En este trabajo se parte de la suposición de que las redes sociales no inventan nada; que, en cambio, interpretan, son emergentes de una época y facilitan el resurgimiento de formas de vincularnos con nosotros mismos y con los otros.

I. Un millón de amigos

¿Qué necesita cada uno para considerar a otro un amigo? Alguien en un Muro dijo, con razón, que la pregunta tiene tantas respuestas como personas la formulen.

En Facebook se conforman guetos inofensivos, multitudes que observan, apretadas rondas, círculos de distinción: “All in all it’s just another brick in the wall”. Y si alguien desentona demasiado, lo quitamos de la vista en el Muro, o lo borramos sin culpa con un solo clic.

En los vínculos virtuales el perfil de las identidades se conforma con apenas algunas imágenes, un par de referencias biográficas y algunos comentarios. Mostramos la punta del iceberg de nuestra forma de vivir y de ver el mundo. Esta configuración es suficiente para dejar sentadas las bases de la afinidad e iniciar una relación. Habrá quien se rasgue las vestiduras por tamaña frivolidad, pero resulta que la fórmula no es otra que la aggiornada versión analógica del “¿trabajas o estudias?”, proferida tantas veces para hacer contacto en la oscuridad de un boliche o una fiesta, al amparo de la madrugada.

Dejando de lado a los coleccionistas de contactos —todo un tema aparte que refiere al asunto borgiano de los abominables espejos que como la cópula multiplican el número de los hombres, es decir, del propio ego— la primera cuestión es que la red social, de pronto, nos propone convivir con personas cuyo nombre y foto nos acostumbramos a ver al pie de la pantalla y con los que cambiamos opiniones.

Amigos cercanos, lejanos, conocidos y desconocidos. Personas que por un instante nos emocionan, nos enriquecen, nos hacen pensar o reír, nos provocan, nos enfurecen por su estupidez o nos provocan sueños eróticos. Gentes con las que llegamos a compartir la misma sensibilidad hacia la música, el arte o la literatura, similar afinidad ideológica o una entrañable hermandad del sentido del humor.

La selección de algunos, en la incalculable paleta de gustos, marca las reglas del juego. Dicho esto, preciso invocar a Bourdieu: por mis gustos me distingo y tengo un rol en el juego y por sus gustos sé para dónde patea el otro [La distinción, criterio y bases sociales del gusto, Taurus, 1988]. El gusto es la vara sagrada que divide las aguas. Buen gusto, mal gusto, gusto a poco, mucho gusto. Me gusta. He aquí el campo de batalla del Facebook. Una cancha delimitada por la intersección de los gustos y la complicidad. Lo interesante del deporte depende de los declives, los baches y las proezas de cada atleta. El tamaño de la apuesta depende del capital simbólico y emocional que cada uno ponga en juego.

En Facebook se conforman guetos inofensivos, multitudes que observan, apretadas rondas, círculos de distinción: “All in all it’s just another brick in the wall”. Y si alguien desentona demasiado, lo quitamos de la vista en el Muro, o lo borramos sin culpa con un solo clic.

A diferencia de la vida real, no hace falta mucho más para alejar a quienes consideramos o nos consideran imbéciles. El gusto es el rifle sanitario del Facebook. Y disparar puede volverse un inesperado deporte cotidiano.

II. (No) me gusta cuando callas

En la mayor red social del planeta, el Me Gusta inclusivo, el que habilita y distingue, tiene varias modalidades: aplicar un Me Gusta, comentar, compartir o “robar” el post para el propio Muro, enviar un mensaje privado o dar un Toque, ese gran enigma semántico.

Es paradigmático, en cambio, el reclamo de muchos de los usuarios de la plataforma ante la no tan sencilla posibilidad de distinguirse con un No me gusta excluyente. Si así fuera, sería aburridísimo. Para expresar disgusto en el Facebook no alcanza con un clic. Una manera usual de excluir al otro es ignorarlo sistemáticamente. Si es un ser realmente despreciable o fastidioso su Muro se convertirá muy pronto en un páramo solitario de tristes mensajes a sí mismo.

Lo interesante es que, para expresar un No me gusta inclusivo —sin duda el más apetitoso del hambre de vínculos—, hay que trabajar, poner de uno mismo, pensar y debatir, decir, al menos una pavada, un emoticón hecho de puntos y corchetes. Recién entonces la plataforma le da al usuario la opción del dis-gusto.

Lo interesante es que, para expresar un No me gusta inclusivo —sin duda el más apetitoso del hambre de vínculos—, hay que trabajar, poner de uno mismo, pensar y debatir, decir, al menos una pavada, un emoticón hecho de puntos y corchetes. Recién entonces la plataforma le da al usuario la opción del dis-gusto.

Pero casi nadie usa el botón Ya no me gusta. Hacerlo —lo cual no estaría nada mal— supondría que el sujeto se entregó seriamente a un intercambio: escuchar, argumentar, volver a escuchar, hacer una devolución, volver a escuchar y, al fin, si no hay consenso, disentir o disgustarse: Ya no me gusta. Pero la profundidad en las discusiones no es algo, ni de lejos, característico de la red social.

Por otra parte, los disparos de este juego no son otros que la munición gruesa de las palabras, lo cual aumenta el riesgo de lesiones, heridas graves y tarjetas rojas. La palabra escrita dista mucho de la diáfana oralidad, y los malentendidos y disputas completamente inútiles son el alimento preferido del monstruo que habita en el centro del Facebook. En esto, quienes dominamos un poco más la herramienta escrita tenemos una pequeñísima ventaja. El otro lado de la moneda es que, confiados en ella, damos rienda suelta a la compulsividad en el decir, el decir de más y el leer entre líneas discursos que muchas veces no fueron dichos con la intención que creemos estar escuchando.

¿Qué estás pensando?, propone el sistema. Las discusiones que se suceden debajo de una barra de estado nunca son muy largas. ¿Podrían serlo, acaso? Los Muros no están pensados con la dinámica de un Foro en el que es posible construir un sentido sobre los retazos de sentido de los demás y en el que es posible buscar un tema, retroceder, retomarlo. (Curiosamente, en Buenos Aires, y aproximadamente desde los ochenta, cuando queremos decir que alguien pretende ser lo que no es, decimos que hace Face. Un Book es el nombre que se le da al catálogo de las top models. No sólo, pero también por esa asociación de ideas, el Facebook me resulta más parecido a un Beauty Contest que al Brainstorming en el que pretendemos transformarlo).

Algunos debates pueden ser intensos pero suelen ser tangenciales y, sobre todo, fugaces. Si algo bueno pasó, lo hizo rápidamente. Los intercambios de ideas que únicamente están atados a los Muros —y no a otros enlaces menos efímeros— son material descartable. Lastimosamente, las más largas cadenas de comentarios suelen rondar alrededor de los temas más irrelevantes. Ni más ni menos que como en la vida misma.

No obstante, la gracia —en sus múltiples y hondos sentidos— del juego está menos en ese Me gusta superficial anque bipolar, que en el volcarme por lo que no conozco, por lo desigual. Lo que Me gusta pero me invita al intercambio. Lo que No me gusta pero me hace ceder a la tentación de rozar nuestras diferencias, de tocarnos y, a veces, sacarnos chispas. Lo que me gusta es lo que me completa y no me sobra, dijo una amiga en su Muro.

Y aunque esta funcionalidad no sea altamente adictiva y, mucho menos, mortal, es también una dulce droga a la que nos gusta someternos en las redes sociales.

III. Todas las voces todas

N.B., el amigo más real que tengo en la vida real me dijo, antes de convertirse en adicto al Facebook: “Es lo más parecido a morirse e irse al infierno: tu pasado, tu presente y tu futuro están vigentes al mismo tiempo ante tus ojos”.

La configuración de las redes sociales nos permite ser coleccionistas de personas. Tener, sin mayores problemas, la fantasía de pertenecer a un grupo que supera el tiempo, la distancia, el grupo etario y social y otras variables menos definitivas pero que se articulan de un modo diferente fuera de la red: el estado civil, la orientación política, la profesión.

El roce con el otro puede ser insignificante. Hay siempre una presencia latente, agazapada. A veces, en el silencio de la noche, cuando veo aparecer tres, cinco, diez pequeños globos de diálogo rojos sobre el ícono de un mundito azul, me siento un poco como Damiel, Cassiel o Rafaela sentados en la estatua de la Siegessäule sobre Berlín escuchando los pensamientos de la humanidad. Si se aguza el oído, se pueden oír los devaneos de las personas en la soledad de sus hogares, en la soledad de unos pasos sobre el empedrado, en la soledad del bus lleno de gente. Esas conversaciones internas ven la luz por un instante, son ofrendas fugaces a otros ángeles urbanos caídos, fantasmas taciturnos que también están solos, suspendidos en esa franja del blanco y negro, separados de la manzana roja y jugosa de la vida real.

En ese umbral confortable de ver sin ser visto, de escuchar sigilosamente y estar no estando, a salvo, del lado inmaterial de los ángeles, está la adicción.

IV. El caballero inexistente

En la novela homónima de la trilogía de Calvino [El caballero inexistente] hay un soldado que no existe pero cree que existe. La voz sale de la armadura del caballero Agilulfo como de una gruta porque la armadura está vacía. No obstante, Agilulfo es el primero en levantarse al amanecer y se dedica a lustrar su armazón hasta que el brillo de su yelmo ciega al mismísimo sol. Es el más valiente en la batalla. Jamás retrocede. Los principios que lo guían son inquebrantables. Los demás lo siguen, lo admiran. Su condición es digna del elogio (léase Me gusta) del mismísimo Carlomagno. Pero, atención: su presencia es tan verosímil que casi llegamos a olvidar que el hidalgo Agilulfo no existe, que se mantiene en pie gracias al acero de su voluntad y la fe de los otros.

La repetición minuciosa de las mismas cosas, los idénticos pequeños detalles de su forma de ser y hacer las cosas lo convencen de su presencia en el mundo. Por eso —y sólo por eso— Agilulfo no es un cretino. Es noble y leal. No miente: cree en su existencia porque cree fervientemente en los protocolos que la confirman.

Cuando nos damos cuenta de que la huella de ese otro virtual deja una marca real en nuestra vida, pasan dos cosas: o enloquecemos de euforia y ansiedad —como si nos diéramos cuenta de que vivimos con un fantasma— o, paranoicos, empezamos a quitar amigos compulsivamente de la lista hasta verificar que cada uno de los nombres tiene un sentido.

A veces sucede que en las redes sociales, la materia que forma al amigo, así sea un desconocido o una compañera de escuela que no vemos hace dos décadas, está formada por la armadura de los pocos datos que delinean su perfil, unos vagos comentarios y un par de gustos.

El resto, la mayor parte de la sustancia de ese otro, suele convertirse en carne por obra y gracia de nuestras proyecciones, nuestra fantasía y nuestra voluntad. Cuántos nos hemos preguntado como el Mario Levrero de La novela luminosa echado en la cama junto a su amada: “¿Esta conexión es verdad o lo estoy imaginando todo?” La duda no es fortuita, porque necesito que ese otro sea tal y como lo imagino. No importa que, efectivamente, lo sea porque la tangencial relación con ese amigo o amiga no es real, no tiene impacto en mi vida (¿no es real?, ¿no tiene impacto?). Eso queremos creer.

Cuando nos damos cuenta de que la huella de ese otro virtual deja una marca real en nuestra vida, pasan dos cosas: o enloquecemos de euforia y ansiedad —como si nos diéramos cuenta de que vivimos con un fantasma— o, paranoicos, empezamos a quitar amigos compulsivamente de la lista hasta verificar que cada uno de los nombres tiene un sentido. Tal vez Facebook hubiera salvado a Levrero al demostrarle que no estaba solo, que varios millones de personas viven alimentando conexiones íntimas, invisibles, aparentemente ilusorias, de un alto grado de espiritualidad.

En El caballero inexistente de Calvino hay al menos otro personaje que interesa al zoológico de las redes sociales. Se trata de Gurdulú, escudero de Agilulfo; un sujeto que sí existe pero que no sabe que existe. Y como desconoce su propia existencia se identifica con todo aquello que ve: cree que es una pera al ver rodar por el prado los frutos de un peral, se cree rey al ver pasar revista a Carlomagno. Me recuerda a tantos de nosotros, usuarios de las redes sociales, los seguidores de, los que no saben —hasta que lo descubren y ahí sucede la maravilla— que tienen tanta existencia para ofrecer.

¿Qué provoca más movimiento interior, el vacío o la plenitud? Los muros de Facebook están habitados por Agilulfos y Gurdulús. Aunque muy pocos quisiéramos admitir que a veces, en la vida o en la red, vivimos como armaduras vacías o no sabemos quiénes somos en realidad. La red social nos habilita y nos motiva a completarnos unos a otros, a seguirnos y ser seguidos con devoción y a rellenar, a veces, lo inexistente con la cabal materia de nuestra fantasía.

En el movimiento hacia lo que no soy y quiero ser, y lo que el otro no es y quiero que sea, en esa maravillosa operación de supervivencia de la voluntad, también está la adicción de las redes sociales.

V. La enamorada del Muro

¿De qué sustancias químicas se componen los deseos? ¿Cuál es el motor que lo pone en marcha y lo mantiene encendido? ¿Qué hace que personas a las que no conocemos en absoluto, excepto por una cantidad limitada de caracteres, se vuelvan deseables?

El deseo, como el gusto o el apetito, no se teje de abstracciones ni enunciados. El deseo es algo primitivo. Deleuze afirma que uno nunca desea a una persona sino al paisaje que la envuelve. Uno desea el panorama que ve reflejado en la mirada ajena. Esa mirada está amueblada de pensamientos, de viejas canciones, de palabras y de silencios que pueden ser tan densos como la corporeidad. Pero no se trata de una naturaleza muerta. En el centro de ese paisaje está, sobre todo, uno mismo, transformado e incluido en la mirada del otro. El lente miope de la cotidianeidad convierte a las personas que nos rodean —amigos, familia, pareja y a nosotros mismos— en personas sin paisaje. Nos volvemos invisibles por el hechizo de la costumbre.

Así como un alcohólico no bebe porque desea la bebida ni un escritor escribe febril porque desea la escritura, deseamos a una persona para crearnos un nuevo lugar en el mundo, real o imaginario, una región distinta, una zona liberada. Deseamos al otro por esa zona del nosotros hecha de planicies visibles e iluminadas, pero mucho más lo deseamos por los sombríos socavones llenos de presagios que ese nosotros supone. El valor de esa operación interior del deseo en movimiento es incalculable y a veces no importa qué tan real sea el destinatario. Lo que importa es el viaje a esa nueva geografía.

La recuperación del propio deseo es lo más adictivo de las redes sociales. Y, hay que advertirlo, nadie con una cuenta en Facebook, libertad para elegir y tiempo para robarle al día o la noche, está libre de una sobredosis.

VI. I want to believe

Desde el 93, cada martes durante ocho años, el canal Fox ponía los X Files. Éramos varios los acólitos del cínico y sufrido —infalible fórmula seductora— agente Fox Mulder y otros tantos los que se ratoneaban con el cerebro hiperdesarrollado de la astuta —y robusta, para qué negarlo— Dana Scully. En la saga, los agentes enfrentan cantidad de casos de abducción, misterios paranormales y experimentos del FBI.

Mulder y Scully se admiran mutuamente y son capaces de dar la vida el uno por el otro, se cuidan, se aman en silencio, con ternura y haraganería. En cada minuto de la serie se mantiene, tensa, la cuerda del erotismo. Cuando la fibra amenaza con romperse y el auditorio está por colgarse del ventilador de techo de los nervios la agonía amorosa entre Mulder y Scully se derrama, no en una buena cama con resortes como debe ser, sino en el inmaculado lecho de la ironía:

Mulder: Oye, Scully…
Scully: ¿Sí?
Mulder: Te amo.
Scully: Ah, y ahora esto.

Chris Carter, el dueño del kiosco de los deseos insatisfechos y los aliens, lo sabía perfectamente. Aquello que mantenía inamovible la columna de fieles no eran ni las conspiraciones de la CIA, ni la telepatía, ni el cáncer negro, ni las clonaciones, ni los zombis, ni las posesiones de vientres fertilizados por extraterrestres o los monstruos salidos de los sumideros. No. Lo que nos tuvo en vilo durante más de 500 capítulos fue la dulce y dolorosa tensión de ese único beso que Mulder y Scully no se daban. Un beso siempre al borde del presagio, un beso perfecto instalado en el por-venir.

Se dice que hasta hubo manifestaciones de seguidores de los X Files —gente prosaica sin sentido lúdico ni resto para la fantasía— frente a la casa de Carter. Le exigían, con todo y pancartas, que hiciera algo acerca del maldito beso. El tipo, muy hábil, sabía que la serie y sus finanzas dependían de ello y, en más de una oportunidad hizo trampa con algunos memorables capítulos de besos falsos: o Scully tenía un ataque de amnesia cósmica y olvidaba que él la había besado, o Mulder no era él sino su clon, o todo había sido un sueño. Besos de engaña pichanga. Foja cero. A la semana siguiente, los protagonistas seguían arrastrando la nostalgia del amor no consumado y, mientras tanto, resolvían algún que otro misterio (el recurso literario se usó muchas veces después de los X Files, pero en su momento el truco tuvo su costado novedoso).

¿Qué es más poderosa, la esperanza de un beso o el beso mismo? ¿Qué es más cautivante, la certeza o el presentimiento? El poeta ebrio tiene su opinión formada: No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió.

Ahora, vuelva a leer todo lo anterior pero olvídese de los ovnis y mueva los argumentos a las relaciones humanas de afinidad en las redes sociales. Ahí descubrirá la naturaleza de la más deliciosa y perversa de todas las adicciones del Facebook.

VII. El planeta invisible

“No es exagerado afirmar que la cultura clásica de Tlön comprende una sola disciplina: la psicología. Las otras están subordinadas a ella”, afirma Borges en su Tlön, Uqbar, Orbis Tertius. Allá por el año 94 bauticé mi primera cuenta de mail con ese nombre: tlon, seguido de la arroba —que costaba encontrar en el teclado— y seguida por el nombre de un pequeño servidor casi artesanal.

Hoy, la red social más grande del mundo es, cómo dudarlo, ese planeta en sí mismo. Un mundo sin accidentes orográficos ni abismos. Un orbe redondo y rumoroso. Hasta las instituciones, los ministerios, los organismos públicos o privados están obligados a ponerse a la misma altura que todos los demás. Todos eligen, nadie gobierna, excepto la deliciosa tiranía de la adicción. Los usuarios somos una llama unida a otras, pocas o muchas sin vocación de fogata. El mar de fueguitos de Galeano, pero al revés.

El Facebook es ese laberinto separado por muros y calles laterales, una anarquía de Estados individuales, un infinito planeta en donde cada uno es dueño de una porción de mapa, y en donde los mapas sólo sirven para perderse alegremente. Es una ciudad, una más, la más colosal de las ciudades invisibles de Calvino, en donde cada uno posee la partitura de una estrofa de esa gran canción de las tribus de Chatwin, la letanía interminable y atonal del planeta.

¿Adónde va todo ese universo de ideas, de filosofías, de estupideces, de amores y rencores? ¿En qué fuego se cuece tanta carne puesta en el asador? ¿Cuál es el servidor que contiene el alma y la vida de 500 millones de personas?

Somos nosotros y no una oficina de Palo Alto los servidores de esta nuestra Matrix de pantalla plana. Somos los anfitriones y los esclavos del fragmento de maravilla que nos toca, que nos cambia en algo la vida, que nos quema por dentro, nos ilumina o nos quiebra. Una de estas cosas, o todas a la vez.

Como en las redes sociales, las cosas en Tlön tienen también la inevitable tendencia a desaparecer y a perder los detalles cuando los habitantes de esa región las olvidan. Los Muros pasan en videoclip, los perfiles se desdibujan, los pensamientos circulan veloces hacia ninguna parte. Es imposible asirlos, se van como arena entre las manos. Y con ellos, se nos va la vida y el tiempo.

¿Tenemos el poder de elegir sobre nuestro retazo de maravilla? La decisión oscila, pendular, entre la adicción del deseo pendiente o la piel del deseo. Es nuestra la mano que pone leña al fuego y mantiene encendida esa pequeña llama de belleza aun sabiendo que es efímera. Es nuestra la decisión de ser un ladrillo más en la pared o saltar olímpicamente los muros. Facebook, Google+ o cualquiera de las redes sociales pueden ser un techo estrellado para nuestro desamparo —lo cual en sí es perfecto— o un simulador de lo que podemos ser y hacer con nuestro mundo interior en la vida real.

Podemos seguir escuchando los susurros por encima de todo, cerca de los seres celestiales y la eternidad, o elegir el camino de Damiel y dejar caer la armadura que nos sostiene, solamente para sentir el crepitar de la manzana roja y fresca en la boca. Nadie más que nosotros mismos tiene la soberanía de elegir entre el romántico estertor de una carcasa vacía o el toque de un ángel amigo con una sonrisa en 4D.

Ambos platos de la balanza se equilibran y en la palma de la mano están esos gramos de plomo que la inclinan suavemente. No hay juicios sobre qué lado de la vida elegir porque ambos son, a su manera, valiosos. Pero quisiera no olvidar que tenemos el poder de hacer crecer una flor verdadera de una semilla imaginaria.

En las redes sociales, como en el Tlön de Borges, el contrapeso que podríamos poner para que la belleza y la amistad existan en toda su dimensión puede ser ínfima, pero decisiva: “Es clásico el ejemplo de un umbral que perduró mientras lo visitaba un mendigo y que se perdió de vista a su muerte. A veces unos pájaros, un caballo, han salvado las ruinas de un anfiteatro”. ®

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Publicado en: Ensayo, Septiembre 2011


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