Ana y la música

Del Diario de Ana Frank

Ana Frank (1929–1945) murió hace setenta años; para recordarla he regresado otra vez a Kitty, su diario con tapas de cartón y papel más paciente que los hombres, en busca de la música que la acompañaba.

Ana Frank

El mes que Ana escribe en libertad (le dan el diario el 12 de junio con motivo de su cumpleaños trece), habla de helados, ping–pong y libros de Joseph Conrad; de haber sido castigada por parlanchina en la clase de matemáticas y de cuánto la divierte que Harry Goldman esté enamorado de ella (“y de cierto modo también me transforma”). Pero no hay referencias musicales hasta la primera noche que duerme encerrada (“mi periodo de tumba”) en ese pabellón oculto en uno de tantos edificios viejos que rodean los canales de Amsterdam. Tiene miedo y encuentra consuelo en el sonido de las campanas.

Ni mi padre, ni mi madre, ni Margot pueden acostumbrarse al campanario de la Westertoren, que toca cada cuarto de hora. En cambio, yo me he habituado en seguida y lo encuentro maravilloso, sobre todo por la noche, porque su sonido me es familiar y me da confianza (sábado 11 de julio de 1942).

Ana le pregunta a su hermana: “¿Soy bonita?”, y ella le responde: “Tienes un aire divertido y unos ojos muy lindos”. Rechaza las oraciones (“Son muy bellas pero no dicen gran cosa, ¿por qué mi madre se empeña en inculcarme sentimientos religiosos?”) y por las noches, a través de una pequeña ventana, ve buques y pilotos que saltan de aviones en llamas. Churchill tiene neumonía, Gandhi comienza una nueva huelga de hambre y una bomba destruye las campanas.

Una desgracia no llega nunca sola. Esta vez ocurrió que el campanario de la Westertoren dejó de sonar y me he privado de la compañía de este amigo que me inspiraba confianza (jueves 25 de marzo de 1943).

La ropa le queda chica y se agudiza su miopía; antes de dormir humedece con agua oxigenada la pelusilla de su bigote negro. Cumple catorce y le regalan unos zapatos de tacón alto de cuero color vino. A veces no puede evitar llorar (“Me siento como el pájaro canoro al que han cortado las alas brutalmente”). Quema su pluma; sin querer la echa al fuego junto a las alubias; le dedica un réquiem (“Por pequeño que sea, me queda el consuelo de que mi pluma ha sido incinerada y no enterrada. Espero lo mismo para mí cuando llegue la hora”). Termina el cuento La vida de Cady y lee con avidez sobre reinas, actrices y poetas (“Tal vez algún día les llegará su vez a los músicos”). Por las noches comienza a ensayar pasos de danza clásica. ¿Con qué baila? No lo dice, probablemente en silencio: movimientos sin música. Comienza a sangrar (“Tengo la sensación, a pesar del dolor, la languidez y la suciedad que supone, de llevar en mi interior un tierno secreto”) y necesita una amiga. La encuentra en Peter. Tienen citas en el diván y mientras resuelven un crucigrama, el 27 de febrero de 1944, a lo lejos toca una banda. Ana cita una canción por primera vez en sus diarios (el lieder Rechtop, van lijf, rechtop van ziel escrito en 1864 por el compositor holandés Jan Pieter Heije). Todo el tiempo piensa en Peter, cree que lo ama(“¿Cuándo y dónde podremos estar juntos? No sé si podré dominar mi deseo, y si lo consigo, no sé por cuánto tiempo”); es con él, otra vez a su lado, cuando vuelve a escuchar música (última cita estrictamente musical de los diarios y la única en la que menciona a un compositor por su nombre):

De seis a siete y cuarto escuchamos una emisión que daban obras de Mozart. Lo que más me gustó fue el concierto Kleine Nachtmusik (Pequeña serenata nocturna para cuerdas; 1787). La buena música me produce siempre el mismo efecto: me conmueve profundamente (martes 11 de abril de 1944).

Escribe el cuento “Ellen, el hada buena”. Cumple quince. La señora Van Daan jura que va a suicidarse. Reciben un cargamento clandestino de fresas y a Ana se le ocurre una divertida idea de baile (“Comimos compota de fresas, el yogurt con fresas, el pan con fresas, fresas para postre, fresas con azúcar y fresas con avena; durante dos días ha sido una especie de vals de las fresas”). Está dividida entre sus dos voces: la parlanchina e insolente con que habla y todos conocen, y la sanguínea y profundamente mística con la que escribe y nadie escucha (“Soy joven, deseo ardientemente vivir la gran aventura que forma parte de mí misma”).

Ana La Tierna nunca se ha mostrado acompañada, ni siquiera una vez, pero en la soledad su voz domina casi siempre. Yo sé exactamente cómo querría ser, puesto que lo soy… interiormente, pero lo sé yo sola(1 de agosto de 1944; última entrada en Kitty). ®

Este artículo se publicó originalmente en el suplemento cultural Laberinto del diario Milenio (junio de 2014).
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Publicado en: Apuntes y crónicas


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