Antony Hegarty

Montículo sin nombre, Isla de Onza, Galicia

Cuando Antony canta, el martillo atonal se descompone en referencias líquidas. La aguja puntea con tal fidelidad el origen de los caminos que uno sube al talud con la falda suelta, el ánimo exaltado. Su voz es un tropel de señoritas que se ruboriza al paso de los uniformados.

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Antony Hegarty

Las ovejas se rindieron al hambre antes que él. Desfallecieron en lapsos nivales de eco profundo, decisión tomada al interior de cada palacio blanco: se bate el switch y las ovejas caen fulminadas colina abajo en la Isla de Onza. Con excepción de Yog, el semental. Yog prefirió aguardar a que cesaran los falsos embustes del mar, los infructuosos olanes en la playa de siempre, confiado en que tarde o temprano el océano decidiría tragarse a Aníbal. Que una oveja subsista a la muerte de sus congéneres, a la aridez extrema y al silencio no es de sorprender: la oveja es el testigo absoluto, el compañero leal, el modelo perfecto de inmolación en tiempos bárbaros en que los guerrilleros de a pie, desalentados por la superioridad del enemigo y faltos de credibilidad y de pasta, echan a andar soluciones caseras e igualmente fehacientes como la violación censal de niñas. No es que Yog pretendiera ser cruel, pues ¿qué podía hacer al respecto? Dejar morir al rebaño y presenciar el ahogamiento de Aníbal, su amo y único esquilador, equivale en la cosmovisión de un carnero a lo que para nosotros implica viajar con dos muppets y un ruarrúa. Aníbal tenía esas cosas: la sequía y la perdición que acosaban la isla eran evidentes, pero lejos de imitar a Yog con la sobriedad ovina de los siglos para hacer plantón a la muerte, Aníbal se interpuso en su camino con una expresión absolutamente angustiosa. El oleaje lo fue mimando, cantándole bullangas, cifrando ministerios que, conforme eran desplegados ante sus ojos de hombre solitario, lo nombraban y le ofrecían cobijo, hasta que el agua, con ímpetu trastabillado, a ritmo de mudas convulsiones, atestó a Aníbal un compasivo golpe azul. Aníbal desapareció, y Yog sostuvo la mirada: rumiaba a solas, en vano, a estómagos vacíos. Ponderaba los detalles que consideró útiles para despedirse de Aníbal y también de la idea de Aníbal. El cadáver del amo emergía en tristes parcialidades: un hombro, el promontorio del abdomen, jiras de cabello alentadas por la espuma y peinadas mil veces al meneo de la sal. En pleno atardecer, Aníbal fue despellejado de sus carnes, deshilachado de sus ropas, en ritual cadencioso y errático: los trozos precipitaron en picada a las gaviotas y forzaron la parábola de los cormoranes. El cadáver se sumergió, al fin, a ochenta metros de la playa en la Isla de Onza, entregado a las diáfanas fauces de un pequeño maelstrom que ya no lo devolvió. Lo último que Yog vio de su amo, al día siguiente, tras a un arcaico esfuerzo, fue un muñón de carne mentolada envuelto en mangas de mezclilla, ofrenda del arenal pedregoso al último carnero de la isla.

Cuando Antony canta, el martillo atonal se descompone en referencias líquidas. La aguja puntea con tal fidelidad el origen de los caminos que uno sube al talud con la falda suelta, el ánimo exaltado. Su voz es un tropel de señoritas que se ruboriza al paso de los uniformados. Portan audífonos, se maquillan en el receptáculo de coquetas cabinas, sosiegan las sombras del hangar centelleante y estrangulado, se recrean traduciendo peladeces una a la otra, equivalencias de ‘soledad’, ‘culo’, ‘pamplinas’ del ASCII al UU-Encode, del inglés al pastún. No parecen gustar a Antony las notas altas, aunque, cuando éstas se le presentan, las atiende a contrapelo, con piadosa naturalidad. Ahí acontece un descalabro de ángeles dolidos, producto de la manada de entes piernudos que lo habitan y el vigoroso set pectoral con que Antony energetiza a la comarca entera.

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El juego de lamentos en la voz de Antony anticipa un trato desigual de afectos, de locas estrías, de hormonas desdentadas, un recuento nativo y parco. El pasillo nocturno desde el que Antony frasea, la carga láctea con que embiste y socava las palabras apunta a una escalera de caracol cuya caída se prodiga hacia los intestinos de una cultura alevosa.

Cuatro días, con sus noches. En el quinto amanecer, la isla se subordinó a un vasto nubarrón de sustancias violáceas y airosas podredumbres que cubrían más allá de lo que Aníbal sería capaz de ver; de lo que Yog, consolado y mimético, podía armar conceptualmente en su cabeza de almendra. El nubarrón trajo noticias que el carnero supo leer y apaciguar. La presencia de aquella sombra portentosa —Sahara del firmamento, prosperaba, discurría— secreteó a Yog el lento retorno a antiguos caudillajes, de los que no quiso enterarse. Entonces el carnero asumió que nadie vendría por él. El monolito gaseoso que revestía de opresión la bóveda celeste, no amainaba. “Es la guerra”, pensó Yog, “próxima a desembarcar en la isla”. Amo mineral, Nosferatu en celo, predador invicto y vago. Yog tenía plena conciencia de la guerra. Ni el rebaño mineralizado por la muerte, ni la volatilidad del césped, ni el mes de agosto en la Isla de Onza, ni el año 2008 se resistían a ella: sólo el mar parecía sereno ante la guerra. Yog sabía que no valía la pena recorrer nuevamente la isla en busca de alimento. No quedaba un solo hilo de verdor por mordisquear, ningún ramaje o mechón de yerba entre las rocas, nada por oler ni por mascar. Así que se trasladó al montículo sin nombre desde el que días antes vio esfumarse a Aníbal: ahí montó guardia el carnero, con un mutis sobrio, de altísima dignidad. Su penúltima inquietud fue preguntarse si en algún punto de la isla agonizaban también los lobos, que dejaron de patrullar y ulular. Siempre creyó que la ausencia de lobos acarrearía buenos augurios, pero ahora entendía que el malestar que atormenta a los lobos, que la locura que enflaqueció a su amo, que la mismísima flema del mar, eran una fatalidad que la guerra borra a pasón de mano. Yog emitió un balido que convocó macilentas imágenes del rebaño, y se inquietó por última vez, sorprendido, al entrar al agua, pues la idea del nado y el chapoteo no estaban donde las buscó. Al sentirlo, el mar lo tomó por debajo. Ya no lo soltó.

El juego de lamentos en la voz de Antony anticipa un trato desigual de afectos, de locas estrías, de hormonas desdentadas, un recuento nativo y parco. El pasillo nocturno desde el que Antony frasea, la carga láctea con que embiste y socava las palabras apunta a una escalera de caracol cuya caída se prodiga hacia los intestinos de una cultura alevosa. Hay que abandonarse a la vastedad del coloquio en que escuchamos a Antony la primera vez, tan distinto del tinglado ciego en que lo escuchamos la última. En la voz de Antony hay un niño disfrazado de ballena y otro vestido de Humboldt. También hay mueblecitos de ébano, uno de los cuales exhibe, sin orden ni intención, páginas chisporroteadas, cifras truncas, frutas gráficas, arpones de faraón, dulces de pelo crespo. ¿Puede uno aproximarse a la voz de Antony —digamos, en “Hope there’s someone”— y saludar al prójimo, seguir con lo ordinario, tomar asiento? A golpe de vista, es impensable. ¿Y los ceniceros de su voz —tomemos “Easy” o “Blind”— se ofrecen al visitante con la plenitud generosa que uno espera? Quizás, pero van llenos. La voz de Antony es una presencia mortuoria y al mismo tiempo maternal, una idea del terror tan envainada de rasgos primorosos que acaba por disociar lo que comúnmente nos aterra. Ancian@ de andar fastuoso. Gargantúa enterrado en la playa para sufrir: a medianoche desova y gime. Tormenta pendenciara, adormecida en chopos. Caetano enmohecido. Morrisey absuelto. Prince obeso, regurgitado. Cetáceo retórico. Nautilus venial. Kraken femenino.

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La voz de Antony es una presencia mortuoria y al mismo tiempo maternal, una idea del terror tan envainada de rasgos primorosos que acaba por disociar lo que comúnmente nos aterra. Ancian@ de andar fastuoso. Gargantúa enterrado en la playa para sufrir: a medianoche desova y gime. Tormenta pendenciera, adormecida en chopos. Caetano enmohecido. Morrisey absuelto. Prince obeso, regurgitado. Cetáceo retórico. Nautilus venial. Kraken femenino.

Por razones que no vamos a desentrañar ahora, la nube se extinguió. Con la precisión de un estupendo trueque, la playa depositó con aleteos templados —olvídense la elegancia o el señorío: aleteaba con arritmia, como estúpida— una manta de 6m x 3m que llegó flotando, con todas las anomalías de quien alcanza la orilla tras un esfuerzo heroico. La chuparon las olas, que al desenredarse desenredaban la impecable resolución del plotter. La manta floreó con torerismo en la arena. Los cangrejos que la treparon no parecían estar de acuerdo con su terrible denuncia, y pronto la abandonaron. La manta perteneció a un colérico grupo de activistas catalanes, texanos, sicilianos y jaliscienses que enraizaron en Galicia la faz dura de Amnistía Internacional. En ella se leía una sola sentencia al pie de una tajante ilustración, en quejoso equilibrio: la leyenda Rape is cheaper than bullets y una bala de alto calibre, puntiaguda y virgen. La arena dilató diez minutos en cubrir la palabra cheaper, un par de horas en digerir el casquillo aceitunado de la bala. Hacerse de un arma —trátese de una graciosa Heckler & Koch, o de una chimbera de segunda mano— requiere cierta inversión; en cambio, la violación es tan barata como querer hacerla. Puede que la manta tuviera mayor sentido en las calles de Vigo y los empedrados de Lisboa, donde quizá estuvo colgada a muros o pendida de travesaños sostenidos por manos inconformes, que en la sordidez de aquel conchero. Aun así, profería un halo escalofriante. Seis ovejas. Aníbal como tilde entre las seis. El carnero Yog. Arena cribada a lo largo de millones de años. Una protesta muda en tinta resistente al agua, resistente al siglo, resistente a mil doscientos nueve sustantivos, siete pronombres y un gerundio que se me escurrió. Cantidad de pedruscos, recebo mineral, óvulos de sargazo, alveolos, pupilas.

Antony Hegarty canta “I wanna be adore” de Stone Roses perfectamente ataviado con textiles que añoran al Bowie de Hunky Dory y servidos a temprana hora combaten el síndrome de Asperger. Le arropan colosales bocinas colgadas del techo como camellos amarrados a un yunque, sujetas a varipoleas, dormitivos latones, floritubos perpendiculares. Cuando Antony alcanza el coro, vulnera la densidad de los materiales. Todo fuera de foco: el cromo del micrófono —exhortado a bienmorir por la doble excepcionalidad de Antony— apachurra a los oyentes en la Isla de Onza, con aire hediondo. Aplauden, ansiosos. La cuenca del ojo mira al resquicio del más espléndido de los jardines. Antony balbucea la menarquía de una voz humana, a volumen apenas discernible. Una fina película altera la luz. Todo ha crecido; o quizás ha menguado. Todo se transpone apenas un milímetro.

Una mujer baila en ráfagas de luz, sin llegar a materializarse. ®

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Publicado en: Apuntes y crónicas, Octubre 2011


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