Anul

Cuento para niños

La noche no existía, siempre era de día.

En el cielo no había nubes ni pájaros. Sólo azul; azul y Sol.

El Sol parecía un botón dorado, un lunar del color del trigo con muchos brazos. Eran tantos los brazos del Sol que tenía uno por cada árbol del gran bosque que había debajo.

En medio del gran bosque, existía un pequeño pueblo con carretitas y chozas de nombre Changlila.

Los habitantes de Changlila vivían con un miedo permanente en sus corazones: temían que el Sol se enojara y con uno de sus dedos los quemara.

Para no hacerlo enojar evitaban verlo y se juntaban para rezar y pedir por que se apagara.

“Es agresivo y muy enojón”, unos lo acusaban. “Si lo vemos nos quema”, otros aseguraban.

Los pobladores tenían siempre los ojos doblados. Sus ojos eran ojos de suelo, ojos sin sueños por temor a mirar al Sol y morir quemados.

Anul era una niña de ocho años. Ella no le tenía miedo al Sol.

Para Anul el Sol era un niño triste que buscaba amigos y extendía sus cálidos brazos pidiendo un abrazo.

Pero nadie abrazaba al Sol por temor a morir abrasado.

Anul quería abrazar al Sol. Por eso vivía apartada, a las afueras de Changlila, entre flores, arbustos y animales.

Solita, acostada sobre la hierba, Anul le lanzaba amigables miradas y aprisionaba entre la palma y los dedos el viento caliente, a veces ardiente, que el Sol agradecido le mandaba.

Un cazador descubrió a Anul contemplando al Sol.

El cazador se asustó y avisó en el pueblo, y todos los habitantes lo siguieron.

Todos los habitantes de Changlila vieron a Anul viendo al Sol y sintieron tanto miedo que quisieron matarla.

El primer golpe lo dio el cazador. Le pegó a Anul en el cachete izquierdo.

Cuando iba a golpearla de nuevo, un rayo bajó y con encendida ternura ascendió a Anul hasta depositarla al lado del Sol.

Ese día el mundo tuvo su primer eclipse y luego su primera noche.

Desde entonces Anul invirtió su nombre y por vanidad sólo muestra el perfil derecho de la cara. ®

Publicado en: Narrativa, Septiembre 2012

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