Aprender de Hollywood

Te lo digo a ti pa’ que entiendas tú

¿Cuál fue la última novela en español cuya trama lo cautivó, ésa que aprovechaba para leer en cualquier rato libre porque le intrigaba muchísimo qué iba a pasar? ¿Cuál fue la última novela en español que leyó que tuvo un final memorable? Mejor aún: ¿podría usted recordar el final de diez novelas hispanoamericanas?

Hollywood es un mugrero. Cualquier escritor en ciernes dice eso a la primera provocación. También muchos de los escritores consagrados y ni qué decir de los dramaturgos y de los estudiantes de teatro “no-comercial”. Es una consigna, igual que menospreciar las telenovelas mexicanas. Sin embargo, Hollywood logra lo que casi nunca un escritor hispanoparlante: mantener la tensión dramática y un final contundente.

Por más tonta que sea una comedia romántica gringa, por ejemplo, capta nuestra atención y, al final, algo se removió en nuestro corazoncito.

Hay excepciones, claro, pero baste una comparación simple. Somos perfectamente capaces de ver completa una película tonta —de la que desde el comienzo sabemos que es tonta, que ya sabemos qué va a pasar y cómo va a pasar y cuyo final es perfectamente predecible. En cambio, ¿somos capaces de terminar una mala novela, de la que desde la segunda página sabemos que está mal escrita?

Mejor aún, somos capaces de comenzar a ver una película tonta a la mitad, en la tele, y terminarla. Pero difícilmente podríamos hacer lo mismo con una novela.

Ahí está el detalle.

Por supuesto, Hollywood carece de hondura en la condición humana las más de las veces: es superficial. Es estereotipado. Sigue recetas. Sus actores interpretan casi siempre variaciones del mismo papel toda su vida (Nicolas Cage…) y algunos, por lo mismo, perfeccionan ese papel (Al Pacino). Otros tienen dos papeles y algunos lo logran maravillosamente (Jim Carrey en cualquier película “cómica” y Jim Carrey en Eternal Sunshine of the Spotless Mind).

Somos perfectamente capaces de ver completa una película tonta —de la que desde el comienzo sabemos que es tonta, que ya sabemos qué va a pasar y cómo va a pasar y cuyo final es perfectamente predecible. En cambio, ¿somos capaces de terminar una mala novela, de la que desde la segunda página sabemos que está mal escrita?

Todo esto es cierto. Y más. Pero ¿cuál fue la última novela en español cuya trama lo cautivó, ésa que aprovechaba para leer en cualquier rato libre porque le intrigaba muchísimo qué iba a pasar? ¿Cuál fue la última novela en español que leyó que tuvo un final memorable? Mejor aún: ¿podría usted recordar el final de diez novelas hispanoamericanas?

La primer obligación de un escritor es tener algo que decir. La segunda es decirlo. Y la tercera, decirlo adecuadamente. Pero esto no significa, como piensan muchos talleristas y escritores, “recargar la obra de palabras rimbombantes” (emular a Lezama Lima), “hacer gala mamona de los quince o trescientos libros que ha leído el autor” (tipo Vila-Matas), “complicar la obra lo más posible para mostrarle al mundo que somos súper inteligentes” (y una mala copia de Joyce) ni, mucho menos, “hacerla increíblemente aburrida” (como la vida de cualquier escritor fresa cuyo drama es que no sabe de qué escribir).

No. Decirlo adecuadamente significa tratar de tender puentes con el lector. Acercarnos. Buscar la catarsis. Hacer que el lector se identifique con nuestra obra y que llore con las desgracias del personaje y que ría con sus alegrías. Decirlo adecuadamente significa lograr el milagro del diálogo. Reconocernos como iguales para ser interlocutores de la condición humana.

Y eso, por desgracia, lo sigue haciendo mejor Hollywoodque los escritores hispanoamericanos.

Colofón: por principio, descarto ese argumento fascista que dice que Hollywood le llega a la gente porque la gente es tonta. Más bien creo que es esa soberbia de los escritores la que les impide entablar un diálogo, pues ¿quién quiere platicar con alguien que te considera tonto? ®

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Publicado en: Ensayo, Marzo 2012

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