Apuntes de un bloguero retirado

Revistero digital

Escribir en una revista o escribir en un blog, por supuesto que la esencia es la misma, pero cada una posee cualidades distintivas. El autor las aborda a partir de su experiencia personal.

Juan José Luna

© Héctor Villarreal

Con éste son tres los artículos que envío a Replicante. El primero fue ignorado, en él anotaba la diferencia entre la solidaridad de los salvajes elefantes africanos y los piadosos mexicanos capitalinos ante un acto de repudio por las reformas migratorias de Texas. El segundo, “Ridículo y libertad”, fue publicado el pasado mes de octubre. Y no sólo eso, el editor me pidió que enviara una semblanza de mi perfil y una fotografía para presentarme como colaborador. Esto, evidentemente, fue razón de júbilo. Mi artículo no sólo sería publicado, también aparecería como colaborador de una revista de relevancia nacional. Desde ese día, después de mi nombre, aparecería la sentencia: “…colabora en Replicante”.

Ahora que existe la posibilidad de que mis textos sean publicados por la revista (cuando el consejo editorial los apruebe) no puedo evitar sentir cierta inhibición que me asemeja a un niño en su nuevo vecindario. Como si el hecho de publicar en una revista como Replicante me obligara a escribir mejor o con ideas más interesantes. Lo mismo sentí cuando abrí mi blog.

Aprender a escribir y hacerlo a voluntad

Escribir a voluntad cuando tus únicos lectores son un par de amigos es relativamente fácil, aunque no siempre fue así. Mis objetivos, cuado abrí el blog, eran precisos: aprender a narrar y escribir lo que me venga en gana. Es decir, escribir con claridad y no reprimir mis ideas. Escribía relatos y artículos de opinión, como el de los elefantes africanos.

Tomando en cuenta que el objetivo era forjar mi yo escritor consideré apropiado que el blog llevara mi nombre como título. De ningún modo lo llamaría Las Flores del Mal o Galaxy 2000. Tenía que llevar mi nombre, y sus letras fueron grandes en un principio, circunspectas en su punto más álgido y apenas notorias antes de clausurarlo.

Escribir a voluntad cuando tus únicos lectores son un par de amigos es relativamente fácil, aunque no siempre fue así. Mis objetivos, cuando abrí el blog, eran precisos: aprender a narrar y escribir lo que me venga en gana. Es decir, escribir con claridad y no reprimir mis ideas. Escribía relatos y artículos de opinión, como el de los elefantes africanos.

Mi relación con el blog y sus lectores fue una montaña rusa. Sentarme a escribir no era cualquier cosa, implicaba mucho tiempo y jamás subía un texto sin dejarlo reposar al menos un par de días. Las consecuencias, respecto a la reacción de los lectores, fueron muchas y muy variadas, iban desde la reflexión y el humor hasta la indignación y el vilipendio. Perdí amistades. Reconozco que entrar en conflicto con otras personas a partir de mis textos y enemistarme al grado de cortar toda relación fue algo que me tomó por sorpresa. Sin embargo, no cambiaría una sola palabra. Lo digo sin irreverencia ni cinismo.

En su último año debí cerrar y abrir el blog al menos cinco veces, esto debido a que surgió entre nosotros una relación inesperada, una relación que no es ajena a mí: amor-odio. Que si bien no era precisamente amor, tampoco era precisamente odio. Por fin, hace un par de meses decidí cerrarlo para siempre. Todo cuando tenía que hacer con él lo hice. Se volvió un lugar cómodo.

Durante este periodo exploré textos sin discriminación de género o contenido, me encaucé especialmente en narrativa, ensayos y artículos de opinión. Estas lecturas crearon en mí el hábito de consultar revistas literarias y suplementos culturales, entre más me interesaba en ellos las ediciones impresas eran sucedidas por las digitales. De todo cuanto leí me quedo con lo siguiente: De México: Replicante y su antítesis Letras Libres. También Laberinto, que no es antítesis de nadie. De España: Babelia y su antítesis La Fiera Literaria. De Estados Unidos (de un par de meses a la fecha): Paris Review y The New Yorker, la primera antítesis de la segunda, donde aparecen, entre otros, gráficos publicitarios de lo más in en marcas de moda. Para The New Yorker cultivarse no difiere con vestir ropa de los diseñadores más prestigiados. Puedes leer un poema o un artículo sobre Kafka vestido de Giorgio Armani. The New Yorker es antítesis de sí misma. Es como leer Vogue con Gabriel Zaid como editor.

También encontré lo que llamaría erudición reciclada. Y la erudición –reciclada o no– no aparecía entre mis inquietudes. Mi interés por las revistas y suplementos culturales se inclina más por el trabajo de escritores que creen haber descubierto la verdad sobre un tema determinado que al de procuradores de información comprobada.

A todo escritor —reconocido o no—, especialmente si es narrador o poeta, se le ha preguntado por qué escribe; cada que escucho o leo sus razones me da la impresión de ver sus palabras suspendidas en el aire envueltas por un listón azul que pende del pico de dos palomas blancas. Dicho esto, parecería imprudente dar mi motivos. La prudencia, remanso de energía en reposo parecido a un gato de ojos saltones. La razón por la que escribo está implícita en todos y cada uno de mi textos, es una razón que muda constantemente y cuya forma, debido a su carácter efímero, apenas ofrece detalles imprecisos para su definición. ®

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Publicado en: Ensayo, Noviembre 2011


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