Arte gráfico del metal extremo

La obra de Dan Seagrave y Wes Benscoter

La cultural del metal va más allá de las guitarras distorsionadas, el canto gutural y los dobles pedales, también se expande a otras disciplinas artísticas, el trabajo gráfico de Dan Seagrav y Wes Benscoter es una muestra de sus alcances, símbolos, obsesiones, riqueza.

La desilusión por la existencia ha tenido a lo largo de la historia diferentes vías de expresión, sobre todo en el ámbito artístico. La libertad de la cual goza el discurso creativo a través del arte ha permitido que algunos den salida a esa inquietud permanente que subyace al terrorífico misterio de la muerte. En el marco estrictamente musical, estas manifestaciones han encontrado su campo más fértil en el heavy metal. Parece que, desde los inicios del rock como género distinguible comenzó a gestarse de manera paralela una corriente que, a través de sonidos de mayor densidad, reflejaran con mayor precisión el declive que como especie el humano comenzó a mostrar a partir de la segunda mitad del siglo XX. En este contexto es que surge el heavy metal. Con bandas como Led Zeppelin y Deep Purple, el género comienza a adquirir forma en el aspecto técnico-musical. Sin embargo, no sería hasta la aparición de la banda británica Black Sabbath, que el heavy metal lograría esa conjunción entre la pesadez musical y los discursos líricos y estéticos basados cada vez menos en las idealizaciones amorosas del hippismo e inversamente en la misma proporción más allegados a una percepción oscura y pesimista. Judas Priest, Mötorhead, Iron Maiden, así como un sinnúmero de bandas de punk rock avanzaban en un camino alterno a la cultura pop oficial, clarificando la necesidad de expresar el desencanto por una realidad social, política y económica en franca decadencia.

Llámesele underground, subcultura o contracultura, es igual, prácticamente cada corriente cultural popularizada y comercializada da cabida a su propia némesis. El caso del metal no es la excepción. Ante la aberrante comercialización del género en la penúltima década del siglo pasado, comienzan a surgir formas radicalizadas de metal underground.

Es bien conocida la forma en la que las industrias culturales integran a su menú de consumo cualquier producto que sea susceptible de ser comercializado. Para eso están. El heavy metal no fue la excepción y rápidamente fue absorbido y reclutado por el ejército del consumo. En este contexto se inscribe toda esa legión de bandas de glam metal y hard rock de la década de los años ochenta. Afortunadamente, las culturas generan sus propios mecanismos de defensa para sobrevivir. Dentro de estos mecanismos está el de crear una entidad antagónica que proporcione el balance necesario para mantener a flote el barco de la convivencia. Algo así como lo contrario a lo que sucede, por ejemplo, en un régimen fascista donde la cultura oficial pretende unificar el pensamiento y las formas de identificación de los individuos. Esta entidad antagónica germina y comienza a extenderse en el subsuelo de lo que las industrias culturales han logrado masificar con éxito. Llámesele underground, subcultura o contracultura, es igual, prácticamente cada corriente cultural popularizada y comercializada da cabida a su propia némesis. El caso del metal no es la excepción. Ante la aberrante comercialización del género en la penúltima década del siglo pasado, comienzan a surgir formas radicalizadas de metal underground. La intención parece clara: ocupar los nichos que el abaratamiento discursivo de los metaleros de aparador habían dejado desiertos. Es así como surgen formas mucho más violentas de tocar heavy metal.

Las tres principales corrientes de metal extremo son el thrash metal, el death metal y el black metal. Todas ellas conforman un derivado del movimiento conocido como new wave of british heavy metal (NWOBHM), donde bandas como Iron Maiden, Angel Witch, Judas Priest, Mötorhead y Diamond Head serían los máximos representantes. Las variaciones principales en el plano musical del Thrash con respecto al heavy metal más convencional, consisten en una aceleración considerable en el rasgueo rítmico de las guitarras, así como la introducción del doble bombo y una forma artillera de asestar las baquetas en la tarola. En el caso del death metal, las voces se volvieron más graves y guturales. Las guitarras comenzaron a aportar riffs de una distorsión que en ocasiones desafían el límite de la fidelidad sonora. En los planos netamente discursivos y gráficos existe un cambio evidente entre el heavy metal clásico y las nuevas formas de metal extremo. Las letras de estos nuevos (sub)géneros suelen hablar de temas que rondan la misantropía, la misoginia, el apocalipsis, el satanismo y el terror, tanto el que intenta ser verosímil como el que declaradamente se asume de ciencia ficción. Asimismo, el arte gráfico que acompaña estas composiciones, se enfoca en imágenes que buscan impactar visual y conceptualmente al espectador. Muchas veces a través de una estética barbárica y brutal.

Aquí se presenta una muestra de dos de los principales ilustradores de la escena del metal extremo en nuestros días: Wes Benscoter (EEUU) y Dan Seagrave (Inglaterra). Ambos artistas basan sus técnicas principalmente en la utilización de acrílicos, no obstante algunos de sus trabajos están desarrollados enteramente de manera digital. ®

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Publicado en: Arte, Mayo 2011


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  • Yo, Laibach Nsk Mex, por el contrario, veo muy poca influencia de Giger en estos trabajos. El rumbo ideológico de este tipo de ilustraciones está más bien allegado al nihilismo apocalíptico y misantrópico, y no al onirismo biomecánico de Giger.

  • Laibach Nsk Mex

    Son malas copias del ingenio Suizo de HR GIger, curioso que despues de que el inundo con este tipo de graficos, los metaleros se lo “amachinaron” para no dejarlo mas !!!

  • ManuelGP

    Es correcto Efraín. Estoy ya preparando el artículo para el número de junio donde desarrollaré en extenso parte de lo que aquí mencionas con el ejemplo de los trabajos de Dennis Dread y Spacebrain, artistas visuales ligados al Metal, que simplemente no son considerados arte por los críticos y los artistas (como me dijo el otro día una amiga mía que es dibujante y pintora: “son puras calaveritas malas y tipos con máscara de gas, lugar común si lo hay”; bueno, sin duda cuidaba su propia chamba). La mayoría de ellos padece el síndrome del elitismo de Adorno y su condena a lo popular y a lo kitsch, con el detalle que no poseen ni una quinta parte de la formación que poseyó el renombrado y polémico filósofo del arte alemán; y si ya en él es debatible su postura, mejor no habar de sus involuntarios seguidores (porque la mayoría de los puristas no se ha tomado siquiera la molestia de leer a Adorno). Seguimos roqueando pues.
    Saludotes.