Aún está por verse, dice Kaschnitz

Una

Escasamente conocida en el mundo hispánico, Marie Luise Freifrau von Kaschnitz-Weinberg, nacida en Karlsruhe en 1901 y muerta en Roma en 1974, es una de las poetas y prosistas más finas de la lengua alemana.

Marie Luise Freifrau von Kaschnitz-Weinberg

Steht noch dahin, una obra suya compuesta cuatro años antes de su elocuente muerte, acaecida por zambullirse en el mar a temprana hora y coger frío, cuyo título castellano es Aún no está decidido (Pre-Textos, 2008), constituye toda una revelación a causa del lenguaje llano, sin oropeles, las atmósferas a veces sombrías a veces sarcásticas y las situaciones extremas que arrostran una serie de personajes abreviados y fuertemente emotivos, casi arquetipos. Subvencionado por mecenas de Argentina y el Instituto Goethe, este volumen en edición bilingüe —no libre de honrosas erratas en alemán— presenta una colección muy unitaria de textos breves, prosa de arte menor de la más alta tensión. El subtítulo aleman, Betrachtungen —reflexiones, consideraciones, cavilaciones— recuerda el primer volumen de Franz Kafka, publicado por Rowohlt en Leipzig el año de 1913. Hans Leopold Davi, el traductor al español, avecindado en Suiza, ha realizado un estupendo trabajo, apegado a la correspondencia más cercana respecto del original.

El texto que abre el volumen es precisamente aquel que le da título, “Steht noch dahin”, que también pudo acabar en español como “Está aún por verse”. En versión propia, ajena a preciosismos, dice: “Si salimos de ésta sin ser torturados, si fallecemos de muerte natural, si no pasamos hambres de nueva cuenta, al registrar los botes de basura en busca de mondaduras de patata, si no nos arrean en tumultos, ya lo hemos visto, si no tenemos que aprender en una celda a comunicarnos golpeando los muros, ser orejas de nuestros prójimos y que ellos sean orejas nuestras, prorrumpiendo en llanto ante el sonido de la palabra libertad, si podemos guarecernos temprano en mullido lecho o perecer con el resplandor centuplicado de la bomba atómica, si logramos llegar al final con la esperanza de morir, está por verse, todo está aún por verse”.

Cultivadora del elemento sorpresa, sabia graduadora de intensidades emotivas y revelaciones subitáneas, Kaschnitz tiene aún algo que enseñar al lector de hoy y, sobre todo al escritor, más empeñado por sumarse a un costumbrismo políticamente correcto y pretendidamente actual.

Marie Luise Kaschnitz a secas, despojándola así del doble título de nobleza que heredara tanto de su padre, el mayor general Max von Holzing Berstett, como de su marido, el arqueólogo clásico Guido von Kaschnitz Weinberg, fue una autora poco convencional quien, al término de su vida, resultaba ya un tanto incómoda para la nueva oficialidad alemana pues era, a pesar de su alta cuna y su cargo como profesora de la Universidad de Fráncfort, un recordatorio vivo de los errores y horrores del pasado inmediato y no solamente. Un mundo lleno de dudas ante el pretérito y el porvenir se abre en los textos de esta autora cuya prosa, por su tono y sus temas, conserva valor de actualidad. Ese hoyo negro que se abre ante vates-autores de una penetración inusual, casi profética, como el mencionado Kafka, Hermann Broch, Robert Walser, Robert Musil o, más recientemente, Thomas Bernhard y Peter Handke.

Niños que acosan a su babysitter o cuidador amenazando con matarlo, marionetas que se ufanan de la muerte del titiritero y luego no saben qué hacer con el espectáculo, hermanas difuntas que no quieren saber nada de las grandes invenciones del presente (no entre las últimas, la computadora y los viajes al espacio), el pequeño judío apenas liberado del gueto que recuerda todas las privaciones, personajes que cobran una dimensión casi escénica por su carácter dramático y su ejemplaridad (podrían ser cualquiera en tantos lugares y en tantos tiempos). Cultivadora del elemento sorpresa, sabia graduadora de intensidades emotivas y revelaciones subitáneas, Kaschnitz tiene aún algo que enseñar al lector de hoy y, sobre todo al escritor, más empeñado por sumarse a un costumbrismo políticamente correcto y pretendidamente actual, pagado con cierta largueza por los grandes sellos editoriales e impuesto como bon ton a los incautos y posibles compradores.

El propósito de Marie Luise Kaschnitz es claro: poner en cuestión, replantearse, interrogarse, jamás sentarse a reposar en un lugar cómodo.

El propósito de Marie Luise Kaschnitz es claro: poner en cuestión, replantearse, interrogarse, jamás sentarse a reposar en un lugar cómodo. Al final de su vida, la autora se preguntaba por qué los periodistas formulan siempre las mismas interrogantes: “Nadie quiere saber si estoy con los comunistas o con el papa. Nunca me han preguntado si tuve escondido en mi casa a algún miembro de un grupo subversivo. En vez de eso tengo que contarles sobre Roma. Se entiende que esas entrevistas resulten aburridas y que, una vez acabadas, tenga el deseo de confesar algo. Pues tengo algo que decir, sobre todo desde el punto de vista de una ciudadana de setenta años: por ejemplo que mi corazón, si me permiten la palabra, se halla del lado de los débiles y los oprimidos y que, con cada año de vida, me repugna más el terror y el empleo de la violencia, pues soy una revolucionaria de miseria, más bien pertenezco, sea dicho de una vez, a aquellos que hasta hace poco calificaban de granujas liberales”. El precedente pasaje de Lugares, su último trabajo aparecido en 1973 —también publicado por Pre-Textos aunque citado en mi propia versión— resulta altamente emblemático del espíritu de rebeldía, sentido común y amor hacia la humanidad que caracterizaba a Kaschnitz quien, en su discurso de recepción del Georg-Büchner-Preis en 1955, declaró que no había escrito poemas más cultos, retorcidos y herméticos, porque su destinatario era el hombre común de la calle, no los eruditos. ®

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Publicado en: Libros y autores, Septiembre 2010


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