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Jesús Serrano Aldape es periodista y escritor.
Es un éxodo, pero también una llegada de nuevos peregrinos en la inmensa explanada de la Basílica de Guadalupe. Quienes ya cantaron las mañanitas a su morenita del Tepeyac comienzan el regreso a casa luego de esperar todo un día y haber acampado bajo el sol y las inclemencias.
Los VIP pueden darse el festín de ver al Cristo ése de playera y audífonos mientras ordenan a los meseros vino y algún aperitivo desde sus atalayas de sofisticación. Mientras separados, allá atrás, unas vallas dividen a los épsilones que “sólo” pagaron 500 pesos para redimirse a la luz de los efectos, sin ver, quizá en realidad sin estar ahí.
Esa propensión del drama a fluir hacia un sentido en que no podamos hacer ningún paralelismo moral, hacia donde lo existencial es devorado por el peso de la historia, de la realidad, es lo que hace de Fin de partida una obra vigente y digna de conocerse o revisitarse.
Cuando el telón cayó, Kubrick no nos dejó con una más de sus víctimas girando en la rueda de alambre cual ratas de prueba. Nos dejó con la solución más clara a todos sus pasados enigmas. Evitó sacrificar a otro iluso, mató al dionisio que alimentó sus filmes.
Lejos del neorrealismo que abrazó al comienzo, algo decantó a Fellini por la individualidad de su propio mundo interno, harto de tener que contar moralejas posrevolucionarias, olvidándose de la militancia, de la causa social, de la búsqueda dogmática de una Italia sobreviviente bajo las cenizas de la guerra.
El autor sienta en el diván a Chuck Lorre, guionista y creador de sitcoms de gran popularidad en la actualidad como Two and a Half Men y The Big Bang Theory.
Ese promisorio comienzo, con el Cristo redentor sobrevolando la ciudad de Roma y cuando todavía se vislumbra una esperanza para el disoluto Marcello Rubini. Aún se palpa entre esa decadencia que se une con una sabia elipsis la Roma decadente de los Césares con el moderno panorama tras la guerra, la charla superficial, el nuevo look de la Roma a la que Federico Fellini retrataría más tarde, en Roma (1972), incluyendo su paseo en moto alrededor del Coliseo.






























