Avelina Lésper y la crítica del arte

Las ropas nuevas del emperador

Avelina Lésper es una crítica de arte que en unos pocos años ha provocado una reacción notoria en el ámbito del arte contemporáneo mexicano. Entre no pocos artistas, críticos y curadores provoca risas sarcásticas y hombros levantados, pero entre otros artistas y un público más general, más o menos ajeno al circuito, recibe rondas de aplausos.

Avelina Lésper en Central Park, Nueva York.

Avelina Lésper en Central Park, Nueva York.

En los artículos de Lésper abundan los comentarios por parte de los lectores del tipo “excelente artículo”, “esclarecedor y contundente”, “felicidades a la autora que desenmascara…”. Ya se le tilda de conservadora y reaccionaria, ya de campeona de la verdad. Esto llamó mi atención porque algunas personas que conozco —un director y escritor de teatro, un amigo que trabaja en cultura—, al leer artículos de Lésper convienen en decir que están de acuerdo, que les ha gustado cómo nombra las cosas. ¿A qué se debe el revuelo?

Lo primero que salta a la vista en los artículos de Lésper es su uniformidad. En todos sus artículos la autora concluye siempre lo mismo: el arte contemporáneo es una farsa, una burla; la carencia de los artistas contemporáneos es su banalidad, su falta de rigor: “La carencia de rigor [en las obras] ha permitido que el vacío de creación, la ocurrencia, la falta de inteligencia sean los valores de este falso arte, y que cualquier cosa se muestre en los museos” [Vanguardia, 30/08/2012].

Jean Baudrillard, en un escándalo que lo llevó a dar varias entrevistas en Francia, hizo algo parecido al decir que el arte actual es de la naturaleza del fraude, y utilizó la metáfora del fraude financiero, de un mercado inflado que no se soporta en una riqueza material, el llamado “crimen de iniciados”.

La suya es una especie de cruzada, su aportación —es un término que ella utiliza— es una especie de desenmascaramiento. No es la primera en hacerlo. Jean Baudrillard, en un escándalo que lo llevó a dar varias entrevistas en Francia, hizo algo parecido al decir que el arte actual es de la naturaleza del fraude, y utilizó la metáfora del fraude financiero, de un mercado inflado que no se soporta en una riqueza material, el llamado “crimen de iniciados”. Avelina Lésper no es tan elegante en sus metáforas para denunciar la vacuidad del arte actual, ni intenta serlo; de hecho es muy agresiva. Se trata de una agresividad parecida a una posición retórica, la de llamar a las cosas por su nombre, posición que probablemente es la que le ha granjeado mucho de su eco y simpatías. Ahora lo curioso es que sus artículos carecen precisamente de lo que no deja de señalar en los artistas que critica, carece de rigor, por ejemplo, al usar términos del campo psicoanalítico o psiquiátrico, a los que es aficionada.

Las patológicas acciones de Orlan, que padece la enfermedad clínicamente llamada trastorno dismórfico corporal, o sea la adicción a cambiar la apariencia física entrando al quirófano tantas veces como la tarjeta de crédito lo permita (sic). El vicio de Michael Jackson en Orlan es arte. Si de verdad quieren experimentar imiten la terrible experiencia, nada artística, de los mutilados de guerra y ampútense las piernas. Estas frivolidades únicamente sirven para tener un libro de Phaidon y una exposición en un museo del primer mundo [“Contra el performance”, Esfera pública 22/08/2013].

Desconozco la formación escolar de la autora, pero definitivamente no es psiquiatra. Yo tampoco lo soy, pero eso no me impide echarle una ojeada al DSM IV (Diagnostic and Statistisc Manual of Mental Disorders), el manual básico de cualquier psiquiatra y en donde se define el término. La definición del Trastorno Dismórfico Corporal no tiene que ver con la adicción a la cirugía plástica, se trata de un desorden de la imagen, el sujeto que la padece ve en el espejo algo radicalmente distinto de lo que vemos los demás, por ejemplo, se percibe deforme; no hay en esta categoría psiquiátrica relación alguna con lo que hace Orlan, que calcula perfectamente cómo se va a ver después de cada operación. En otro artículo titulado “El complejo del urinario” escribe:

La raíz es la misma, complectere, complexum, abarcar, conectar. La palabra complejo se utiliza indiscriminadamente para calificar a algo que está fuera del alcance de la comprensión y también para señalar un estado de la persona que “sin ser negativo, tiene consecuencias negativas”, según Jung. El acomplejado es víctima de un complejo, padece una inferioridad, real o subjetiva, y la hace una parte fundamental de su personalidad (sic). Este complejo se supone interesante y complicado para Jung que lo estudió, y le pronosticó innumerables formas. Es un patrón de emociones, memorias, percepciones y deseos organizados alrededor de un tema en común. Es incompatible con la conciencia, y sin embargo modifica el comportamiento [avelinalesper.com 26/08/2013].

Independientemente de a qué se refiere la autora con que la palabra “complejo” se utiliza indiscriminadamente, según la definición del diccionario, el de la Real Academia de la Lengua, lo “complejo” no está en relación con lo incomprensible, significa sencillamente “que se compone de elementos diversos”; por otro lado, me puse a buscar las citas que hace de Jung pues hasta donde sé Jung nunca habló de un complejo de inferioridad, y no las encontré por ningún lado, hasta que busqué en Wikipedia y me di cuenta de que todas las citas que utiliza Lésper en su texto provienen de ahí: Lésper no hace ni una sola referencia a ningún libro de Jung para citarlo. A la postre, las definiciones del artículo de Wikipedia son citas de otros diccionarios médicos que a su vez hacen referencia a Jung. Este procedimiento, que no se puede considerar riguroso, es sin embargo con el que pasa a acuñar un concepto personal, el “complejo del urinario”, para el cual no hace ni una sola referencia al caso de Duchamp, ni siquiera lo menciona, cuando sobra decir que tendría que ser una referencia obligada. Lésper no se toma la molestia, ¿por qué?

Veamos uno más de sus artículos, en torno al robo de arte. La autora hace un breve listado de artistas cuyas obras son mas comúnmente procuradas por los ladrones de arte, Picasso, Miró, Chagall, Durero, y luego señala:

Si analizamos la lista de robos podemos destacar una cosa: al arte conceptual nadie se lo roba. Ni por error. Nadie hasta la fecha ha arriesgado su vida por los condones usados de Tracy Emin o la Silla de grasa de Beuys o el urinario que se supone que es un ícono del antiarte […] Y eso es sorprendente porque si se supone que el concepto es el que da valor a las obras, los ladrones deberían creer que robarse una pila de zapatos usados es un buen negocio porque está en la Bienal de Venecia y porque el curador creó un contexto que le da valor. Pero no, no se los roban. La excusa podría ser que los autores están vivos, pero Duchamp no lo está y nunca lo han robado […] Esto me lleva a concluir que en el momento en que alguien va a violar la ley por tener una obra de arte no cree en el contexto, ni en el valor del discurso del curador, cree en el objeto, en lo que se lleva […] La conclusión es que a los ladrones a gran escala no les gusta este antiarte, no demuestra valor en sí mismo y no merece la pena arriesgarse por él. [avelinalesper.com 17/07/2009]

"La fuente" de Marcel Duchamp, réplica de 1960.

“La fuente” de Marcel Duchamp, réplica de 1960.

La autora dice creer que los ladrones de arte se roban una obra por su valor artístico, porque les gusta, y no por su valor en el mercado negro, y su referencia para este argumento es la película The Thomas Crown Affaire, en la versión con Pierce Brosnan (usa una cita de la película como epígrafe). Además de que es muy dudoso que el robo profesional de arte busque el valor artístico antes que el monetario, es sencillamente falso que al arte conceptual nadie se lo roba. Este mismo año, en agosto, en un museo de Holanda se robaron una pieza de Jan Schoonhoven cotizada por Sotheby’s en 285 mil euros, se trata de una caja que contiene pequeños triangulitos de papel maché; una de las versiones de la famosa Mona Lisa de Duchamp, L.H.O.O.Q., de 1940, se la robaron en 1981, y una versión de la Rueda de bicicleta fue robada del MOMA por un joven que, según las investigaciones, no se la llevó para venderla, ya que la Rueda se encontraba en una sala al lado de algunos Van Gogh y muy cerca de la Persistencia de la memoria, de Dalí, mucho más valiosa y ciertamente más fácil de cargar. Este caso no es un secreto, lo dio a conocer la revista Forbes hace doce años. Los argumentos de Lésper no sólo son endebles, además está muy mal informada. La falta de rigor y la banalidad que no se cansa de señalar en el arte contemporáneo son las mismas que caracterizan sus textos, y sin embargo nada de esto ha impedido que muchos se sumen a sus críticas, si es que pueden llamarse así, pues esta clase de crítica no es crítica por ningún lado; no se trata de pensamiento crítico ni de lejos, en el sentido filosófico de Kant, de definir los límites en que puede pensarse un problema; no se trata de crítica ni en el sentido estrictamente etimológico, de estar en crisis, para el caso, de tratar cuestionamientos personales frente a un tema, pues Lésper no ensaya, no se hace preguntas, está absolutamente segura de sus opiniones. No es crítica, a no ser que entendamos por crítica el ejercicio llano y simple de adjetivar, de decir, en ausencia de un marco teórico definido, “esto es arte, esto no es arte”. No obstante, esta crítica, más cercana a la definición de chisme (según la RAE: Noticia verdadera o falsa, o comentario con que generalmente se pretende indisponer a unas personas con otras o se murmura de alguna), es recibida con entusiasmo entre toda clase de personas, se publica con alguna frecuencia en esta revista, cada semana en el suplemento Laberinto y en otras como Letras Libres, la publicación heredera de Vuelta, de Octavio Paz, en donde escriben críticos como Roger Bartra o Christopher Domínguez Michael. ¿A qué se debe este fenómeno tan extraño?

Tal vez lo más curioso de Avelina Lésper es que, en medio de sus indisciplinados ataques a diestra y siniestra, a veces da en el clavo. En un texto sobre el pintor Antonio López, un hiperrealista con una comisión para pintar a la familia real de España, y que tiene ya diecisiete años tratando de terminar el encargo, dice Lésper:

Esta situación no existiría si desde el inicio le hubieran dado esta comisión a un colectivo de arte contemporáneo. Un equipo interdisciplinar establecería los mecanismos de formalización y configuración de los dispositivos intelectuales y materiales para realizar la obra. Documentarían el proceso, los discursos generados, las diferentes propuestas consustanciales a la rematerialización de la familia real a través de sus problemáticas emotivas y personales. Decidirían una intervención site-specific para suplantar a la representación y crear una presencia que impugne el canon establecido desde Velázquez a Goya. Con esta metodología definida, el colectivo accionaría las piezas que significaran y reflexionaran sobre las posibilidades constructivas y psico-sensoriales aludiendo a las especificidades de la polarización/integración de cada personaje a través de la superposición de formas híbridas y elementos diversos: bloques de concreto, luz neón, botellas vacías, pedruscos, papeles arrugados, confeti dentro de un frasco de vidrio, cigarrillos, restos de comida, sonidos alterados, alambres enredados, neumáticos ponchados. El proceso les tomaría unos días y la obra final la montarían en pocos minutos [avelinalesper.com 09/06/2013].

Ésta es una descripción perfectamente verosímil. Esto puede significar que para tocar fibras sensibles en la realidad del arte contemporáneo no se necesita ser poseedor de un pensamiento crítico agudo, ni crítico en absoluto, o bien puede significar que Lésper sencillamente expresa una opinión compartida por muchos, una opinión —en el sentido de la doxa— que no suele ser expresada en ese tipo de espacios. En el párrafo citado describe exactamente la manera en la que procedería un grupo de artistas conceptuales. Efectivamente, la inmensa mayoría de las veces el arte actual es una gran farsa, pero esto lo saben perfectamente los artistas, los críticos y los curadores. A excepción de los estudiantes que aún no han tenido que vérselas con el mercado, no conozco a alguien que realmente se la crea. Tal vez Avelina Lésper sea un síntoma de un enojo social, nadie se traga el cuento de que una caja de zapatos vacía tirada en el piso pueda guardar un significado filosófico y la posibilidad de una avanzada conceptual de este tipo para el mercado del arte hace por lo menos tres décadas que dejó de tener alguna efectividad.

Tal vez Avelina Lésper sea un síntoma de un enojo social, nadie se traga el cuento de que una caja de zapatos vacía tirada en el piso pueda guardar un significado filosófico y la posibilidad de una avanzada conceptual de este tipo para el mercado del arte hace por lo menos tres décadas que dejó de tener alguna efectividad.

Es natural que la pomposidad, la circunstancia teatral que rodea la acostumbrada frivolidad de mucho del arte contemporáneo no pueda realizarse sin producir una reacción, una reacción de enojo. ¿Es una reacción legítima? Es un enojo sospechoso porque parecería que viene de una indignación ante el maltrato del término “arte”, desde que el arte es lo más elevado y la trascendencia de Picasso y Manet se ve mancillada al llamar arte también a una pila de zapatos usados en una bienal; a esta indignación por una nominación deshonrosa se suma el que el arte actual se valúe en miles de dólares. Es como si se quisiera defender el honor de una tradición contra la bellaquería de la modernidad. En una entrevista Lésper puntualiza con precisión las cualidades que el arte tiene cuando lo es sin duda alguna, son cuatro. Número uno: el arte es producto de la inteligencia y la disciplina, el talento para dominar una técnica sobre los materiales. Número dos: el arte tiene un valor intrínseco, su valor no depende del contexto ni de las ideas que se hacen acerca de éste, su valor es inmanente. Número tres: el valor del arte es atemporal. Y número cuatro: el arte no necesita de una explicación para que podamos acceder a la experiencia de la belleza. Es interesante porque la primera vez que esta serie de características fue enumerada, tal cual, letra por letra, fue en voz de Hitler para definir su política cultural. Aquí hay que ser en extremo cuidadosos, como siempre que se trae a colación el tema nazi: no se trata de ninguna manera de que el discurso de Avelina Lésper consista en una intención totalitarista del discurso sobre las artes, nada de eso, el señalamiento viene al caso en la medida de un antecedente histórico, nunca antes se habían definido así las artes, y la relevancia de ubicar este antecedente histórico en una serie adjetival es que la definición que utiliza Lésper para descartar el arte contemporáneo y validar a Picasso y a Van Gogh fue precisamente la misma que se utilizó para descartar y perseguir al mismo Picasso, Van Gogh, Matisse y Kandinsky, si esta serie de características se quiere atemporal y universal, como Lésper lo sugiere, se trata de una garrafal metida de pata teórica, de un malentendido de origen, pues no se ha tratado nunca de una tradición. La idea de querer entender lo que sucede ahora bajo el término “arte” como se hizo en el siglo XIX es improcedente, basta ver las propias declaraciones de los artistas de vanguardia para darse cuenta de eso. En resumidas cuentas, la noción de arte en el siglo XIX tiene muy poco que ver con la de la Edad Media,la de la Edad Media con el clasicismo, etcétera. Pues bien, una vez más, lo fascinante es que a pesar de sus embrollos, la autora toca los puntos esenciales, por ejemplo, el problema de fondo en el arte contemporáneo: el problema de la realidad. En la misma entrevista:

El Ready-Made no es arte, porque el arte transforma la realidad. Si el artista es incapaz de transformar a la realidad y toma un pedazo literal de la realidad para ponerlo en un museo esa persona no es artista. Esa cosa no es arte. La realidad está ahí, la realidad convivimos todos con ella. La realidad la utilizamos todo el tiempo. Si tú en tu casa tienes ollas y las llevas al museo no por eso dejan de ser ollas. El Ready-Made es un ejercicio retórico de un grupo de académicos y de un grupo de burócratas que se han aprovechado de eso para dominar el mercado y para dominar a los museos. En lo que se ha convertido en esto es en un estilo más que nada, el estilo contemporáneo es que si haces video pues debe de estar fuera del foco y no tener ningún grado de factura porque si lo haces bien entonces es otra cosa, es video clip, es cine, es publicidad.

Tiene toda la razón en centrar la problemática sobre la indiferencia entre lo que vemos en una tienda departamental y una galería —aunque el sentido de “la realidad” que utiliza Lésper sea cuando menos grosero—, ahí se encuentra de lleno el excéntrico desplazamiento de Duchamp. Desde que Duchamp pusiera en juego los límites entre arte y realidad ha sido muy difícil hacer otra cosa, y pareciera que en esta agresiva batalla con la realidad —como Hal Foster la caracteriza en The Return of the Real— los términos de “arte” y “realidad” se han cargado de una especie de moral en los discursos artísticos, como si fuesen algo malo. Acaso con el pasar de las décadas no se haya encontrado otro camino. El arte actual es extraño porque no representa una aventura, como lo fue hasta por lo menos a principios de los años setenta, se trata ya —tal cual Lésper lo señala— de formatos reconocibles aquí y allá, y el comportamiento del mercado del arte es muy diferente a cómo se comportó hasta los años cincuenta, se encuentra dominado, como dijo Baudrillard en su libro El complot del arte, por la especulación. Esta circunstacia produce una insatisfacción desde que el término “arte” se utiliza —ahora sí— indiscriminadamente.

El emperador desnudo.

El emperador desnudo.

Por lo pronto, ya sea por un oportunismo o por una ocasión concertada, el fenómeno de Lésper se presenta como la experiencia de “por fin alguien lo dijo”, a la manera de las ropas invisibles del emperador en la conocida fábula de Hans Christian Andersen.* ¿Es Avelina Lésper el niño que, en su simpleza, en su inocencia, expresa lo que muchos piensan pero nadie se atreve a decir? Por supuesto que no, pues el grito de Lésper se nutre de la misma vanidad que dice mostrar, pero entender este fenómeno tiene su importancia para desentrañar el estado del arte contemporáneo en general porque forma una parte congruente de la misma dinámica, de una misma lógica, que parece ser la del teatro, es decir, la puesta en escena del poder. La imagen de adjudicar en el teatro del arte actual una personalidad para cada figura de la fábula de Andersen sería tentadora si Duchamp no se nos hubiera adelantado hace ya cien años. Con una perspicacia inaudita Duchamp supo ser al mismo tiempo el emperador, el niño y los tejedores. ®

Aquí, la respuesta de Avelina Lésper.

Nota

* Un emperador se ocupa más de su vanidad que del gobierno y pasa más tiempo ante su ropero que ante el consejo. Un día un par de estafadores se presentan en la corte y le ofrecen confeccionar los ropajes más hermosos, dignos de un emperador, y además con una característica extraordinaria: sólo aquellos con una inteligencia refinada podrían apreciarlos, no así los simples y los ineptos, que no podrían ver nada. Los tejedores estafadores pidieron oro y la seda más fina y simularon cortar y tejer sobre una mesa vacía durante días mientras pedían cada vez más oro y más seda. Como nadie quería ser señalado como un inepto, todos los oficiales alababan el progreso de la ropa inexistente. Cuando los ropajes quedaron terminados el emperador decidió mostrarse ante su pueblo, para lo cual organizó una procesión real. El pueblo entero fingió apreciar los magníficos atuendos imperiales cuando un niño gritó: “¡El emperador no trae nada encima!” El padre del niño exclamó: “Escuchen la voz de la inocencia”, y pronto el grito infantil se dejó sentir con todo su peso. El pueblo entero hizo eco de la inocencia y se sumó a los gritos. En el lúcido final de Andersen el emperador se da cuenta de que es verdad, que está desnudo, pero decide que la procesión debe continuar, y los señores de la corte no tuvieron otra opción que seguir la farsa, levantando unos ropajes que no existían. La paradoja consiste en que fue finalmente un simple, un niño, el que denunció lo que todos veían, pero también en que el pueblo, los cortesanos y el emperador mismo creían que a pesar de no ver los ropajes, tal vez, después de todo, estuvieran ahí. El sentido de la fábula se concentra en el emperador, en una decisión digna de su altura al reconocer que, farsa o no, la decisión de la verdad se sostiene en el teatro del poder.

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Publicado en: Arte, Octubre 2013

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  • Boris Tabaré

    El ejercicio consiste en separar la parte válida (claro que la hay) de la diatriba de Doña Avelina contra la falaz manipulación en el mercado del arte, con sus prestigios inflados, precios inverosímiles y delincuencia fiscal oculta (problemas ya analizados con evidencias por otros desde hace años,), …de la otra parte dogmática, incomprensiva y negligente de ella misma, mostrando el poco alcance de su visión al expresarse de manera obtusa e injusta de valores tan evidentes como Tápies, movimientos (así, en general) como el Surrealismo o Dadá , y contra, no ya artistas y movimientos, ¡sino contra medios completos! , como el Video Arte o la instalación (antes llamada “enviroment”)…basando su discurso en los “valores auténticos y eternos del arte” “genio, maestría, dominio…etc”, herramientas conceptuales francamente inútiles no solo para entender el sentido de las vanguardias, sino el arte de otras culturas y tiempos. (Y sin embargo, le gustan Picasso, Dix, Bacon…¿cómo acomodar su discurso academicista y formalista con el quehacer de esos grandes deconstructores de la anatomía humana?) Su posición es, así, tan excéntrica como la de un crítico de salón parisino del siglo XIX, que tuviera que compartir mesa con pensadores verdaderamente lúcidos e informados como Robert Hughes, Edward Lucie Smith, Roland Penrose, Gillo Dorfles, Damián Bayón….y muchos más que podrían ilustrar mejor a los bien intencionados e ingenuos incondicionales del “Gurú” Lesper, si de comprender la aventura artística del hombre se trata.
    A estos últimos les digo: háganse un favor y cultivense mucho, (no solo “face book” y YouTube),lean algo de lo mucho sobre temas de estética, sino para disfrutar y comprender mejor el arte, sí para que sepan que los criterios de doña Avelina no son ni los únicos, ni los últimos ni los definitivos. ¿Porqué no empezar con el ilustre maestro Jorge Juanes? Ya saben que sus estupendas conferencias “Territorios del Arte Contemporáneo” están disponibles en el Podcast de Radio Educación.

  • Boris Tabaré

    Es tan evidente la situación de falacia imperante en el ámbito del mercado del arte, de prestigios inflados y manipulación de precios al servicio de la evasión de impuestos empresariales y lavado de dinero, que no es demasiado concederle a Avelina Lésper al menos el mérito de denunciar esas taras (aunque sea estridentemente) en el panorama mexicano; otros lo hacen desde hace años con mejor humor y más evidencias (ya todos los cultos lectores de “Replicante” habrán visto “La Burbuja del Arte Contemporáneo” de Ben Lewis por YouTube).
    Lo que resulta muy objetable en la Lésper es su tendencia a hacer juicios sumarios, tajantes y estrechos acerca diversos artistas y movimientos plásticos que no caben en su esquema de lo que “debe ser” el arte. Su dogmatismo y escasa amplitud de criterio la han llevado a exabruptos, tonterías, como decir que “Duchamp, celoso de no poder pintar como Leonardo, se vengó pintándole bigotes a la Mona Lisa”, o “un tipo como Tápies…inflado, de obra y capacidad limitadísima”…y tantas otras perlas que la ubican como crítica de salón parisino del siglo XIX que, por alguna aberración vino a caer en el XXI; su fragmentaria cultura pareciera inhabilitarla para orientar, a cualquier mente abierta que quisiera encontrar el sentido de las vanguardias del siglo XX, o la profunda significación del esfuerzo por ampliar nuestra manera de percibir de un Tápies, Burri, Rothko…y tantos otros indigeribles para su estreñido aparato crítico; e incluso su condena no ya hacia artistas específicos, sino contra ¡medios completos!, como el Video Arte, o la Instalación (antes llamada “enviroment”). Supongo que su desdén se prolongará, por tanto, hacia creadores de la significación de Ed Kienholz, o Bill Viola…o cualquiera que haya optado por dejar paleta y pincel.
    En fin, que sabiendo discernir lo que de justo y razonable hay en su diatriba, de aquello mucho que lastra su discurso por dogmático, parcial y obtuso (pongo de lado su grosería, bastante inofensiva), puede uno sacarle provecho a sus artículos y entrevistas. Algún provecho.

  • Totalmente de acuerdo. Desde hace algún tiempo me han llegado noticias y videos de Avelina Lesper y no me han convencido para nada. Soy de las personas que defiende el arte contemporáneo pese que en la mayor parte de las ocasiones no gusto de las manifestaciones actuales, sin embargo, he aprendido a comprenderlas y a separarlas de esa imposición mundial a partir del siglo XVI que dice que el arte debe ser bello o por lo menos poseer cualidades estéticas. Creo que ese es el gran error de Avelina, principalmente porque pasa por alto la importancia histórica que ha significado el arte contemporáneo política-socialmente hablando y que va más allá de museos y galerías de arte.
    Saludos.

  • Orestes De la Paz

    Señor Erick Vázquez, con todo respeto, debería usted acercarse al arte contemporáneo y emitir su propio juicio respecto a ello; sería más provechoso para nosotros los lectores leer sus propias palabras y conocer su percepción o su propia opinión, y no dedicarse a hablar mal de una mujer que si bien no necesariamente tiene la razón siempre y puede equivocarse, al menos hace su trabajo aproximándose al arte y dándonos su propia opinión. Usted debería hacer lo mismo si lo que quiere es hablarnos de arte, emita su propio juicio, díganos que piensa usted de ello, no se cuelgue del trabajo de otra, no se pare sobre los hombros de Lésper; haga usted su propio nombre y acérquese al arte del cual escribirá, estoy seguro que al menos se ganará nuestro interés por leerlo. Por cierto, leí su artículo buscando artículos de Avelina, es la verdad, sin ofenderlo.

  • jonás

    Avelina Lesper clama contra la estupidez y la degeneración intelectual que ha penetrado en cada rincón del mundo del arte. Carga contra los impostores sin medias tintas ni ambiguedades con la seguridad y rotundidad de quién sabe, gusta y diferencia la ambrosía de la mierda. Parece mentira que necesitemos a Avelina Lesper para limpiar la lente, la mirada , el juicio sobre tamañas y evidentísimas patrañas hartísticas. ¿Acaso nos volvimos ciegos?¿Acaso somos lelos?¿Quizás sea así lo que acertaron a espetarnos en la cara los Hirst, los Koons y toda la caterva de curadores e instituciones galimartísticas?

  • Horacio

    Totalmente de acuerdo con el autor. Aquí lo interesante como bien mencionan es el fenómeno de su fama, yo creo que la clave está en que se cuelga de insatisfacciones colectivas reales en el ámbito del arte y que existen un gran numero de artistas enojados con esto (mas que nada jóvenes que estudian arte). Lo interesante sería que fuera capaz de problematizar el fenómeno, ya que ella no crítica el arte, crítica el movimiento… Le vendría bien saber que para eso es mejor abordarlo desde lo social y no desde una caja de zapatos vacía, quizá lograría algo interesante, aun que lo dudo ya que para hacer eso se necesita un poco mas de rigor.
    Creo que Avelina vendría siendo a la crítica, lo que el arte contemporáneo al arte (Pensando desde su lógica).

  • Carlos A. Michel Meza

    Ingresé al mundo de la plástica por amor cuando tenía quince años; empecé a pintar con acrílicos en una tela clavada con tachuelas en la puerta de mi cuarto. Entendí que requería técnica y conocimiento e ingresé a talleres de artes plásticas. Después conocí la gráfica tradicional y aún más valoré la creación artística al entender la importancia de los procesos, la cocina vamos. Años depués me atreví a exponer y para mi sorpresa, logré comercializar mi obra. Hoy en día, ya con un hijo y alejado por falta de tiempo del rigor artístico, veo con pesar en lo que se ha convetido el “arte”. Veo ordas de jóvenes hipsters que presumen ser artistas plásticos por que hacen video -sin la mínima idea de lo que es el lenguaje audiovisual-, fotografía -desde el cel o la tablet, claro-, pintura y gráfica -con la mínima destreza, para que sea más provocador- y djs. Yo creo que el arte contemporáneo ha caido en un vacio infinito del cual jamás saldrá. Tendrá que haber una ruptura tal que permita el desarrollo de nuevos y verdaderos artístas pláticos, artístas con oficio, con taller, artístas que se manchan en un taller, que pasan horas intentando obtener un óptimo resultado, que se fogien un poco en el oficio donde suprimiran el ego inflado. Respeto su opinión señor Erick Vázquez, pero concuerdo totalmente con la Señorita Avelina Lésper y entiendo su frustración y enojo ante la banalización del arte. Espero algún día poder volver a crear algo que me conmueva, me simbre, me cueste mucho tiempo y esfuerzo terminarlo para poder llamarlo arte.

  • Jandor Ortiz

    Todo lo que dices en tu articulo mi querido Erik se resume, a que la Lêsper dice cosas buenas pero ni tan buenas. Y sugerir que como Hitler odiaba el arte moderno, entonces el arte moderno es bueno y de avanzada; me parece tan absurdo como decir que el ser vegetariano es de locos megalómanos, pues el dictador alemán lo era. No todas las piezas de Picasso y Chagall son obras maestras. Por lo demás me parece notable la labor de la señora Lêsper.

  • Me parece que la crítica de Erick Vasquez ha lugar. Avelina Lésper ha venido a llenar un espacio importante en el arte contemporáneo, un espacio como él dice de descontento y enojo a nivel de varios estratos sociales y del mundo del arte. Lésper no argumenta sus posturas, éstas son más bien banales y en extremo conservadoras, pero si tiene un mérito es precisamente aquel de haber puesto el dedo en la llaga del arte contemporáneo. Con este “dolor” se identifican muchas personas que se sienten (o nos sentimos) estafados por el vaciamiento patético de contenido y de oficio, en mucho de lo que se hace en la contemporaneidad. Si todo es arte, nada es arte. Si todo lo que se le ocurre a cualquier persona es puesto en los Museos, los verdaderos artistas no tienen donde exponer, dice ella. Y ¿no es esto cierto? pero también es cierto y en esto Erick tiene un gran punto, también la Lésper es un actor más en el gran teatro de la contemporaneidad. Como dijo Marcola (el capo brasileño) No hay solución.

  • Me gustó bastante el texto. Hace exactamente un mes escribí -jugando- un poema pensando en esta mujer. Creo que queda muy bien con lo que aquí expresa Erick. El poemita lo publiqué en México Kafkiano y empieza así: “La veo recorrer, loca de angustia / el vasto anaquel de su memoria / … si lo quieren leer completo, les dejo aquí el enlace: http://mexicokafkiano.com/2013/09/lesper/

  • Oswaldo Osborne

    Señor Érick Vázquez, no se sienta mal, yo tampoco tengo pensamiento original y mis textos también carecen de lectores, por eso cuando el señor Diego Parra pregunta ¿Quién es Érick Vázquez? ¿Quién lo lee? Me siento aludido y me solidarizo con usted. Ciertamente ni a usted ni a mí no nos leen en Laberinto ni en Letras Libres. Pero allí terminan las similitudes, yo soy un mediocre y usted está en las trincheras del debate a punto de ser arrancado por la Fama de la obscuridad a la que fue prematuramente destinado. Deduzco que usted siempre entregó sus tareas y que sus cuadernos nunca estaban rallados. Que era el preferido de su maestra y sacó 10 en conducta. Es un ciudadano muy esforzado, con todos sus papeles en orden por fechas y colores, y eso me tiene muy impresionado. Así debería ser yo. Pero en mi archivo sólo encontré un recibo del teléfono del inquilino anterior y una carta del ex presidente Calderón que nunca abrí. Pero todo el orden en sus cajones señor Érick Vázquez, no lo hace poseedor de pensamiento original y carece de argumentos a pesar de que tiene un papel enmarcado que lo declara crítico. El señor Diego Parra tiene razón en señalar que las lagunas de información de su texto señor Vázquez, sólo delatan la falta de conocimiento de los asuntos que quiere abordar. Y ése es el riesgo de escribir que corre: plantea un tema y acaba hablando mal de usted mismo. A mí me pasa igual.

  • Carlos Díaz Botello

    Diego Parra cae en lo de siempre: no argumenta. Sólo supone envidias en el autor que, por cierto publica en Art Nexus, una revista muy valiosa. Su artículo es excelente. Desmonta el estilo tramposo de esta señora que llega a fotografiar rincones vacías del MOMA para comprobar que nadie asiste a las exposiciones de Gabriel Orozco. Muy mal andamos en México que pocos vemos lo que señala tan agudamente Erick Vázquez (y no lo conozco ni es mi amigo). Y tiene su trayectoria, eh? No es cualquiera: “Erick Vázquez (San Nicolás de los Garza, Nuevo León, 1977) es licenciado en Artes Visuales por la Universidad Autónoma de Nuevo León. En 2000 fue becario del Centro de Escritores de Nuevo León y en 2002 recibió el Premio Nacional de Literatura para la Crítica de Artes Plásticas Luis Cardoza y Aragón. Realizó un ensayo sobre el gusto en la ciudad de su residencia con una beca del Consejo para las Artes y es candidato a doctor en Artes y Humanidades en el CICAHM. Ha publicado en catálogos de arte contemporáneo y en revistas como Armas y Letras, Tierra Adentro y Art Nexus. En 2009 publicó La naturaleza de la memoria en el Fondo Editorial Tierra Adentro” (lo tomé de Replicante). Gracias.

  • Oswaldo Osborne

    Actualicemos las referencias de Érick Vázquez, ante la infabilidad de las opiniones, Hitler es obsoleto como ejemplo al haber sido refutado por el Ejército Rojo. Hoy una opinión infalible y vigente es el Santo Padre, su excelencia EL PAPA. Hay una cláusula de infabilidad en todas las opiniones del Papa y nadie las objeta. Solamente los homosexuales y las mujeres. Pero esas minorías siempre se quejan de todo. Y Lésper ¡es mujer! Eso sí, las declaraciones fulminantes de los filósofos del arte contemporáneo son incontrovertibles, si no lo fueran, el ejercicio crítico de deconstrucción del señor Vázquez no tendría ningún sentido, porque caería en el subjetivo terreno de la opinión, en el que simplemente no le gustan las críticas de Lésper. Pero no es así, alguien tiene que defender el Stau Quo del arte contemporáneo y ése es el señor Vázquez transfigurado en el inocente niño que denuncia las ropas del emperador. En este caso sería la emperatriz.

  • René González

    Excelente texto de Érick Vázquez.
    Pone el dedo en la llaga sobre el desconcertante éxito de madame Lésper, que critica la banalidad del arte actual con banalidades enjundiosas y agresivas. Adjetivos y no argumentos. Certezas sin dudas. La duda es el principio de la sabiduría dijo Descartes. No es el caso de la señora Lésper.
    Recuerdo una entrevista que leí en su propio blog… la pinta de cuerpo entero…
    « —¿Alguna vez duda de su juicio ante una obra?
    —No.
    —¿Nunca?
    —Tenemos una sola vida. No hay tiempo para dudas.»
    Y como cereza del pastel, las ‘coincidencias’ en apreciación artística entre Hitler y AL. No me sorprenden…

  • diego parra

    ¿Quién es Erik Vázquez? ¿Quién lo lee? Nadie ese es su problema, que leen a Lésper y que él no existe en la crítica.
    Su segundo problema es que no lee a Jung y que no sabe nada de su teoría de los complejos.
    Su tercer problema es que tampoco sabe de ciencia y por eso ignora que la adicción a las cirugías es síntoma de la enfermedad que menciona Lésper.
    Su cuarto problema es que no publica en Letras Libres y Lésper sí.
    Su último problema es que no sabe argumentar.
    Ya por lo menos va a tener un texto que la gente haya leído, este, y porque habla de alguien que tiene muchos lectores.