Bosque en llamas

Los incendios de La Primavera

No es la primera vez que una vasta extensión del bosque de La Primavera es consumida por las llamas. Ya en 2004 la negligencia de autoridades y visitantes ocasionó un desastre del que el bosque apenas se reponía. Ahora una parte de esa reserva fue presa de las llamas, posiblemente provocadas por la mano del hombre.

Durante la última semana de abril la principal noticia para los tapatíos y también una de las más destacadas en el plano nacional fue el incendio en el bosque de La Primavera, el cual, según la última contabilización oficial, consumió 8,276 hectáreas, lo que equivale a más de la cuarta parte de la superficie total de ese bosque.

Con ello estamos, de nueva cuenta, ante una verdadera catástrofe ecológica, cuyas consecuencias habrán de pagar esta y las próximas generaciones de habitantes de Guadalajara, que verán mermada su calidad de vida, con temperaturas más altas, aire menos limpio, una baja considerable en la recarga de los mantos freáticos a causa de la erosión, etcétera.

¿Cómo y por qué se dio tamaña calamidad? ¿Por qué no se aprendió la lección de hace siete años, cuando otro siniestro se salió de control, convirtiendo en cenizas la tercera parte del bosque? ¿Se pudo haber evitado este gravísimo daño a nuestro patrimonio natural?

Por supuesto que se pudo haber evitado, siempre y cuando el incendio se hubiera detectado a tiempo y combatido con eficacia, algo que no sucedió ahora como tampoco sucedió en el siniestro de la primavera de 2005. En ambas casos se permitió que un incendio convencional se convirtiera en una deflagración gigantesca y terminara por salirse de control.

La explicación de ello se debe esencialmente a un hecho que es una vergüenza para las autoridades de los diversos órdenes de gobierno: el bosque nunca ha contado con los recursos humanos y materiales que son indispensables para su debida protección. Y no cuenta con esos recursos a pesar de que, desde hace cuatro décadas, el bosque fue declarado, mediante decreto presidencial, “zona natural protegida”. Luego, si a lo anterior se suma la indolencia de nuestras autoridades y su lentísima capacidad de reacción ante este tipo de siniestros, se entiende por qué no se pudo sofocar en su primera etapa.

Aun cuando hay testimonios, dignos de crédito, de que el incendio comenzó desde el viernes 20 de abril por la noche, no fue reportado sino varias horas después (el sábado a mediodía), cuando comenzó a ser combatido, pero con una brigada muy reducida.

No fue sino hasta el martes, es decir ¡tres días después!, cuando a nuestras pachorrudas autoridades estatales y municipales (distraídas por el fin de semana y por el típico San Lunes) pareció entrarles la preocupación.

Fue hasta entonces cuando al gobierno de Emilio González Márquez se le ocurrió solicitar la ayuda de las autoridades federales y de otros estados. Por su lado, al alcalde de Zapopan, Héctor Vielma, se le ocurrió contratar los servicios de aviones-cisterna de una empresa establecida en Huston, y Francisco Ayón López, alcalde de Guadalajara, habló de a aportar dos millones de pesos de su municipio para “proteger” a La Primavera.

Esto ocurrió cuando se informaba que el incendio se había expandido ya sobre una superficie de más de cuatro mil hectáreas.

La tardanza para intervenir, y para hacerlo de forma decidida y eficaz, quedó de nuevo manifiesta.

Otra de las causas por las cuales el incendio se agravó fue la descoordinación de las distintas instituciones y dependencias que tienen alguna injerencia en el bosque de La Primavera, y también de las que acabaron interviniendo ante la gravedad del caso. Por parte del gobierno del estado, la Secretaría de Desarrollo Rural y Protección Civil; distintas dependencias del Ayuntamiento de Zapopan, y por parte del gobierno federal la Semarnat, la Conafor y la Secretaría de la Defensa Nacional.

La inopia del Comité Técnico del Bosque de La Primavera es para avergonzar a propios y extraños. La proverbial carencia de recursos de ese organismo sólo demuestra que el discurso de “protección al medio ambiente”, tan cacareado por nuestras autoridades, en la práctica es algo que se queda en el puro rollo.

Rollo y algo peor, pues hay una inocultable tendencia depredadora. Ejemplo de ello son el fallido proyecto de Arcediano y ahora el pretendido Museo de la Barranca, el cual recientemente provocó la tala de centenares de árboles.

Pero, volviendo al incendio de La Primavera, ¿en qué cabeza cabe destinar unas cuantas personas a la vigilancia y el cuidado de más treinta mil hectáreas de bosque, con el encargo adicional de apagar los incendios que eventualmente puedan presentarse?

Luego, como La Primavera tiene una legión de propietarios (muchos de ellos a disgusto por no poder hacer un uso libre de sus terrenos), así como una copiosa romería de visitantes, por lo general no muy respetuosa del bosque, el bosque vive en permanente zozobra.

Y ante tan riesgosa situación y después de lo ocurrido, ¿qué hacer? ¿Ponernos a llorar, como ya han hecho muchos, aunque no por un acto de contrición, sino a causa de la enrarecida atmósfera de los últimos días? ¿Creer en las fanfarronadas del gobernador y otras autoridades, que prometen corregir las cosas (léase autoenmendarse), cuando lleva años regando el tepache? Por lo pronto, lo que queda es tratar de aprender, ahora sí, esta nueva y costosa lección. ®

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Publicado en: Apuntes y crónicas, Mayo 2012


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