Brett Easton Ellis y Raymond Carver

Contra la moralidad y el drama mediáticos

Sería un tremendo error resumir esto a la actitud pseudo-rebelde de la figura “contracultural” cuando dice “Que se jodan tus valores, me opongo a ellos”. ¿No es lo mismo que dice el rockstar mediático con discos multi-platino? Figuras tan subversivas como James Hetfield o Mick Jagger reciben miles de dólares cada vez que utilizan la palabra fuck en una entrevista.

Raymond Carver © Bob Adelman/Magnum Photos

Raymond Carver © Bob Adelman/Magnum Photos

Hace cerca de dos años que el novelista y columnista Bret Easton Ellis escribió un fabuloso artículo acerca del fenómeno mediático conocido como Charlie Sheen en el semanario estadounidense Newsweek. En ese artículo señala como “post-imperial” al cúmulo de acciones que este enfant terrible de la televisión de ese país emprende en contra de los medios. El término propuesto por Ellis, así como el resto del artículo, es digno de la obra del reconocido novelista: divertido, pegajoso, cínico y certero.

¿Pero qué diablos es lo imperial?

Ellis utiliza la palabra “imperio” no para nombrar a un cuerpo mediático específico sino a sus dinámicas culturales. “Imperio” es una serie de actitudes que los medios generalizados creen adecuadas para sus estrellas. Actitudes de una flexibilidad engañosa que parecieran suscribirlos a las filas del pensamiento liberal y rebelde.

¿Diez líneas de cocaína en una sola pasada? ¡Perfecto! ¿Sexo impulsivo fuera del matrimonio? ¡Adelante! ¿Algunos días en la cárcel por agresión (sumándole un extra por resistirse al arresto)? ¡Fantástico! ¿Incesto? ¡Bravo!

Siempre y cuando surja el arrepentimiento y al final todos aprendamos una importante y bonita lección sobre la vida. Al público occidental le fascinan ese tipo de historias.

Hemos presenciado una transición del heroísmo. Nuestra nueva concepción de lo heroico gira en torno a sujetos que aparecen en los comerciales de perfumes, en el blockbuster de verano, en el ultimo reality show. Gente que vemos en la pantalla desde que son niños, los seguimos por su graciosa adolescencia, sus primeros éxitos de la adultez, hasta que la desgracia ocurre. Se les encuentra una bolsita de metanfetaminas en la guantera, aparecen unas cuantas fotos donde se les ve teniendo sexo con la hija de su productor. El público se decepciona, se habla del “precio de la fama”. Se llevan a cabo emotivas conferencias de prensa donde nuestro héroe se muestra lleno de culpa y remordimiento. Un remordimiento curioso ya que el artista se arrepiente de lastimar a sus seres queridos pero no se arrepiente de ser “genuino”. No debe. Es un ser único, como todos los seres únicos que le admiran.

Ellis utiliza la palabra “imperio” no para nombrar a un cuerpo mediático específico sino a sus dinámicas culturales. “Imperio” es una serie de actitudes que los medios generalizados creen adecuadas para sus estrellas. Actitudes de una flexibilidad engañosa que parecieran suscribirlos a las filas del pensamiento liberal y rebelde.

El público aplaude de pie este desinteresado acto de honestidad. Mujeres lloran, se reparten premios Oscar, se escriben dos o tres biografías y todo resulta maravilloso. Aparecen en el programa de Jay Leno hablando de dios, de que hay que evitar la marihuana, de que la familia viene primero y que nunca hay que olvidar de dónde viene uno.

La actitud imperial llega a su punto clave cuando se suprime la crisis, cuando el artista dice “Sí, me equivoqué, ahora lo entiendo. No sigan mi ejemplo, niños”.

Que no se vuelva a repetir. Por favor.

Este último punto resulta vital para dar sentido al ciclo del término “imperio”. La crisis (de edad, de identidad, moral, monetaria, sexual, matrimonial, etc.) es permisible, incluso deseable, mientras sea tratada como algo penoso y su conclusión debe ser urgente. En el imperio no hay espacio para deslices que superen el tiempo de retención del público y no puedan ser explotados mediáticamente.

Robert Downey Jr. es el más reciente y notorio ejemplo de un buen hijo imperial, superando sus adicciones con arrepentimiento dramático y un enorme carisma. Hoy Downey vive su etapa más lucrativa en el cine.

El “imperio” es la moral occidental.

¿Qué es entonces lo post-imperial (post-moral, contra-moral)?

Algunos lectores de la columna de Ellis malinterpretaron esta postura sugiriendo que la solución sería el evitar la crisis, el no mediatizarla, restarle importancia. Pero esto significaría dotarle de cualidades contra-morales a personas como Tom Cruise o Brad Pitt, símbolos del aparato mediático estadounidense. Todo lo contrario. El Iron Man de Downey Jr. sólo puede ser superado mercantilmente por una figura como Superman, el héroe que nunca comete errores morales graves. Los estadounidenses tienen una frase para esto: El típico boy-scout.

Lo contra-moral puede efectivamente radicar en restarle dramatismo a la situación crítica, pero esto debe operar de una manera muy distinta a la estrategia de “evitar la crisis”.

¿Qué pasaría si en vez de apenarnos de la crisis o ignorar su existencia la aceptáramos? Sin arrepentimientos, sin lacrimosas exhibiciones, sin golpes de pecho públicos, sin convertirnos en trágicas figuras mártires.

¿Qué pasaría si reconocemos que la crisis no es una suspensión del juicio sino parte común de la vida? ¿Por qué debemos de hacer un gran escándalo?

Contra-moral es un desdén ante la posibilidad mediática del drama. Es una transparencia desenfadada. El imperio es el circo farandulero. Es el E! True Hollywood Story.

Sería un tremendo error resumir esto a la actitud pseudo-rebelde de la figura “contracultural” cuando dice “Que se jodan tus valores, me opongo a ellos”. ¿No es lo mismo que dice el rockstar mediático con discos multi-platino? Figuras tan subversivas como James Hetfield o Mick Jagger reciben miles de dólares cada vez que utilizan la palabra fuck en una entrevista.

En sus cuentos y poemas el personaje de Carver es un ser gris, flotando en medio de las circunstancias. Nunca sabemos qué lo llevó a la situación en la que se encuentra, no nos queda claro si a este personaje le interesa realmente “superar” (horrible palabra de catecismo de domingo en las mañanas) sus condiciones y, lo más grave de todo, el asunto nunca se resuelve, dejando todo en el vacío.

El contra-moralista podría decir entonces “No quiero que se jodan tus valores. Simplemente no me interesan”. El contra-moralista no evita la crisis sino que permite que suceda, como cualquier otra cosa que pasa en su vida. No se arrepiente de ello, no la sufre, no se purifica en ella. Desdén, desdén puro.

Ellis logra materializar este desdén de manera satisfactoria en casi todo su cuerpo de trabajo literario. Desde Menos que cero hasta Los informantes el desdén es el motor de sus personajes, los cuales nunca se detienen para hacer profundas introspecciones morales sobre sus acciones. Tampoco están motivados a destruir al sistema (¿Hay algo más ridículamente pro-sistema que querer estar en contra del sistema?). Simplemente pasan de un “desliz” a otro sin mayor consecuencia.

Es muy divertido ver cómo Ellis opera desde la literatura pues es ésta el santificado refugio de la intelectualidad conservadora estadounidense, tan rápida a juzgar el libertinaje temporal de la farándula. Igual de rápida es en aplaudir su redención y arrepentimiento.

Sin embargo, no es Ellis quien lleva el desenfado contra-moralista a sus últimas consecuencias.

Encuentro en la obra del estadounidense Raymond Carver (Oregón, 1938) la expresión mejor lograda de lo que plantea Ellis. En sus trabajos el desdén no queda relegado solamente a una actitud adoptada por sus personajes sino que constituye un elemento vital en su narrativa.

Mientras que la moral occidental celebra la historia del héroe trágico, con su pasado turbulento, su ascensión al estrellato, su vertiginosa caída y al final su gloriosa redención, Carver (bajo la importante tutela de Gordon Lish) contradice esta estrategia destruyendo la narrativa y negándole a sus personajes lo que el público de buenas costumbres más aprecia: un inicio claro y un final concluyente.

En sus cuentos y poemas el personaje de Carver es un ser gris, flotando en medio de las circunstancias. Nunca sabemos qué lo llevó a la situación en la que se encuentra, no nos queda claro si a este personaje le interesa realmente “superar” (horrible palabra de catecismo de domingo en las mañanas) sus condiciones y, lo más grave de todo, el asunto nunca se resuelve, dejando todo en el vacío.

El drama, para ser considerado como tal, debe de presentarse como una irregularidad. Una espinilla en la cara de la normalidad. Identificable a simple vista, con bordes observables, lesionando la calma y tranquilidad de la vida diaria.

Al leer los cuentos contenidos en ¿De que hablamos cuando hablamos de amor? o ¿Harías el favor de callarte por favor? nos encontramos con la novedad de que no hay drama, por lo menos no de maneras tradicionales. En sus historias la vida no pone pruebas de fe a sus personajes por medio de situaciones extraordinarias, no hay decisiones discriminantes que sirvan como pretexto para el sacrificio santurrón ni tampoco diálogos con una entidad espiritual en espera de una señal que indique el camino.

Lo que hay en esas páginas es una constante aflicción y vacío que, tras una breve reflexión, podemos comprender que no son otra cosa más que la vida en sí misma.

Carver corta el inicio y el final del evento, convirtiéndolo en una incertidumbre constante. El dramatismo entonces se anula al convertirse en cotidianeidad. Destruyendo el desenlace el escritor niega la posibilidad de la redención para sus personajes y con ellos cualquier esperanza moral que el público ha tenido.

Es como si en la última página de cada publicación el autor efectivamente dejara un mensaje para sus lectores: “No quiero que se jodan tus valores. Simplemente no me interesan”. ®

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Publicado en: Apuntes y crónicas, Febrero 2013


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