Buenos Aires literario

Cien librerías en una calle y más de 600 en la ciudad

Hay de diversos tamaños: tres pisos, dos habitaciones o un cuartito; de todos colores: identificadas con marquesinas amarillas, grabados en madera o rodeadas de brillantes luces de neón; amplia variedad de nombres: Dickens, Ateneo o La Gloria, y centradas en libros nuevos, especializadas en algún área particular de conocimiento o dedicadas a ofrecer ediciones viejas.

Arrabal, puerto adentro, Buenos Aires,
madre de orillas, poetas y malandras.
Desde tus cuatro puntos cardinales,
desde tus cuatro esquinas con ventanas al cielo
desafío al Futuro, y su tardanza
Raúl González Tuñón, “Regreso a Buenos Aires”, El banco en la plaza

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Librería Ateneo

Más allá de atracciones turísticas, sobre hoteles, compras y clima, detrás de noticias diarias y épocas políticas, Buenos Aires es literatura.

Lo revelan sus calles, que albergan 644 librerías (cada arista del Obelisco de Plaza de la República apunta hacia una y el Teatro Colón tiene dos atrás y tres enfrente) y lo revelan sus habitantes, quienes al terminar sus jornadas laborales quieren comprar libros nuevos antes que cerveza, y las noches bonaerenses se convierten en profundos canales literarios que van hacia atrás, desprendiéndose del tiempo, en busca de heroicos poetas enterrados (La canción de amor y muerte de Rainer M. Rilke cautiva a una joven nostálgica) y hacia delante, apoyando la obra de valientes narradoras vivas (un fresco anciano se interesa en Hay una nena que gira de Irma Verolín).

Y estas hermosas imágenes, producto de una incontrolable necesidad lectora, tienen en la avenida Corrientes su poético escenario.

Mariano es un guía de turistas de 29 años. Su trabajo consiste en pasear extranjeros por el Panteón de La Recoleta, donde yace Evita Perón y las exclusivas tiendas de Puerto Madero y los bares de moda en Palermo Soho están abiertos hasta las seis de la mañana.

Mariano habla con los turistas sobre fútbol (es hincha del Boca), tango (frecuenta la milonga que las tardes sabatinas surge espontáneamente en los jardines de Belgrano) y política (apoya el gobierno derechista de Mauricio Macri en la capital y rechaza la ideología de izquierda comandada por Cristina Kirchner que rige en el resto del país), pero su atención nunca está en estas charlas, sino vagando libremente por el fascinante universo literario.

Cuando termina de trabajar, a las nueve de la noche, Mariano corre hacia Corrientes y la abstracción de su fantasía se materializa; va de aquí para allá buscando libros, y por la ligereza de sus pies y la inquietud de sus manos parece un pájaro que vuela de rama en rama demasiado contento para dejar de cantar.

Pero no sólo es Mariano, a las nueve de la noche porteños de todos los barrios llegan a Corrientes ávidos de lectura, y la naturaleza misma de esta céntrica avenida simboliza que en Buenos Aires la literatura es un latido que reparte sangre común a todos sus habitantes.

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El dueño de una empresa de publicidad en un extremo de Corrientes, el encargado de limpiar el museo de River Plate en el otro; los dos hombres comienzan a caminar en busca de un libro y al iniciar su aventura marcadas diferencias determinan sus caminos.

A lo largo de sus casi nueve kilómetros de extensión, la avenida Corrientes concentra más de cien librerías que unen Puerto Madero, estandarte de la sofisticación y el dinero, habitado por políticos, estrellas de cine y empresarios millonarios, con Chacarita, que tiene zonas donde casas de lámina son hogar de albañiles, cargadores, mensajeros, estudiantes pobres y vendedores ambulantes.

Como si hace mucho tiempo se hubieran sembrado semillas de libros bajo el suelo, las librerías se agolpan en esta parte de Corrientes una tras otra, con ánimo vehemente, dichoso y reproductivo.

En su parte de Puerto Madero, Corrientes es elegante y sofisticada; abundan edificios nuevos, de corte minimalista e impolutas fachada blancas, con amplios departamentos de pisos de caoba y paredes de mármol que tienen balcones donde cuelgan hamacas y asoman orquídeas; íntimos cafés, con mesas de diseños estilizados (hay manos de bronce con la firma auténtica de Pedro Friedeberg) y aguafuertes originales de Benito Quinquela; tiendas que venden sombreros negros para tango confeccionados con gamuza de los Pirineos y bastones con mango de oro e incrustaciones de diamante en el cuerpo.

En su parte de Chacarita Corrientes es sombría y decadente; pueden verse indigentes tirados en la calle, inmóviles, como si estuvieran muertos, perdidos en oscuros sueños de tíner, rodeados de centavos obtenidos por la caridad y que olvidaron acarrear; hay tugurios con rotas ventanas polarizadas cuyos agujeros filtran a la vista escenas de rubicundas prostitutas afroamericanas sentadas en las piernas de panzones ancianos borrachos ante jarras de cerveza y paquetes de condones sobre mesas de plástico azul con agujeros causados por cigarros abandonados y salvajes reyertas etílicas de navajas y botellas.

Pero el empresario ha dejado atrás Puerto Madero y el limpiador ha dejado atrás Chacarita; entonces Corrientes, lenta y sutilmente, les comienza a trazar un territorio de colores comunes a través de las librerías. Éstas, al principio, están separadas por grandes espacios, pero conforme ambos hombres avanzan las distancias entre librería y librería se reducen; 300 metros, 200 metros, 100 metros, hasta que, en la frontera entre los barrios de Almagro y Balvanera, en el centro de Corrientes, todo es librerías.

Hay de diversos tamaños: tres pisos, dos habitaciones o un cuartito; de todos colores: identificadas con marquesinas amarillas, grabados en madera o rodeadas de brillantes luces de neón; amplia variedad de nombres: Dickens, Ateneo o La Gloria, y con diferentes sentidos: centradas en libros nuevos, especializadas en algún área particular de conocimiento o dedicadas a ofrecer ediciones viejas, que ofertan tres títulos por cien pesos mexicanos.

Como si hace mucho tiempo se hubieran sembrado semillas de libros bajo el suelo, las librerías se agolpan en esta parte de Corrientes una tras otra, con ánimo vehemente, dichoso y reproductivo.

Es aquí, en este poético escenario, donde el empresario y el limpiador se encuentran y todos los contrastes que los oponían se han desvanecido; ahora buscan inquietos y alegres un libro en la misma librería y son, en lo más profundo de sus seres, miembros de una misma cultura: la porteña, que está unida en la peculiaridad sensual de que la experiencia literaria es no sólo una necesidad, sino una forma de felicidad.

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Personajes: Anacleto Morones de Juan Rulfo, Martín de Ernesto Sabato, Anna Frank, Bird de Kenzaburo Oé, Nils Holgersson de Selma Lagerlöf. Don Segundo Sombra de Ricardo Güiraldes o Azarías de Miguel Delibes; autores: Sylvia Plath, Rómulo Gallegos, Leopoldo Lugones, Clarise Lispector, Elena Garro, Silvina Ocampo, Alfonsina Storni y Miguel Ángel de Asturias; dudas: en El amante de Lady Chatterley, de D.H. Lawrence, ¿qué forma de amor habría adoptado el corazón de Constance si Clifford no hubiera quedado, tan joven, paralítico en la guerra?, e imágenes: el gordísimo Ignatius Jacques Reilly, personaje de La conjura de los necios, de John Kennedy Toole, desmayado en la calle vestido de pirata, al lado de su carrito de salchichas, frente al prostíbulo, tras haber fracasado en su intento de cambiar el curso de la humanidad con un ejército de homosexuales y travestis.

La intensidad del universo literario rige cualquier movimiento dentro de una librería en Corrientes y los porteños se sumergen de noche voraces e insaciables. Dentro de ellos la literatura trasciende al entretenimiento y se hunde con arresto en su intimidad; los libros construyen un pilar elemental de su vida diaria y la lectura es fuente primaria de enriquecimiento para su imaginación, que poco a poco, leyendo, expande su concepción de la realidad y se vuelve más ingeniosa y tolerante.

Sofía tiene 53 años y visita cinco días a la semana las librerías de Corrientes tras finalizar su jornada como directora de una escuela primaria en Flórez, barrio ubicado al suroeste de Buenos Aires, famoso por sus reuniones poéticas.

El día en que tenga cinco mil libros en su biblioteca Sofía jura que dejará la dirección de su escuela y se dedicará a releerlos uno por uno. Entre risas divertidas y traviesas esta mujer asegura que al terminar la página final del último de sus libros desea caer muerta, pues una porteña no puede tener muerte más perfecta.

Sofía es una lectora tardía. Leyó su primer libro hace trece años, cuando tenía cuarenta, porque su hijo Aldo, entonces adolescente, comenzó a portarse arrogante, retraído y avaro a raíz de que devoró en dos noches la novela de François Mauriac Nudo de víboras.

Ella se aterró cuando descubrió en las paredes del cuarto de su hijo una cita de este libro, trazada con pintura negra, que decía: “Conozco mi corazón, este corazón, este nudo de víboras. Ahogado por ellas, saturado de su veneno, continúa latiendo por encima de ese hervidero. Nudo de víboras imposible de desanudar, que será necesario romper de un navajazo, de una cuchillada”.

Sofía decidió enfrentar a Aldo en el mundo que lo había cambiado: la historia, narrada por medio de una carta en Nudo de víboras, de un viejo millonario mezquino dispuesto con toda su alma a arruinar la vida de sus parientes, quienes lo quieren muerto para quedarse con su fortuna.

Sofía leyó el libro y lo leyó otra vez y durante una cena habló con su hijo del sentido de ciertas decisiones y comportamientos de los personajes, pero sobre todo del significativo hecho que ocurre al final del libro: el protagonista, cuando queda inesperadamente viudo, siente la soledad de su inminente muerte y el miedo desanuda las víboras y su corazón se abre anhelante de cariño hacia su familia.

Aldo se mostró sorprendido y entusiasmado con esta lectura que le propuso su madre. Al día siguiente ella le regaló otro libro del mismo autor, El desierto del amor, y desde entonces Sofía y Aldo mantienen una entrañable relación literaria que enriquecen todos los sábados, desde el mediodía hasta las seis de la tarde, cuando en el emblemático Gran Café Tortoni, en la avenida de Mayo, se reúnen para hablar de libros, como Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Cázares, en ese mismo lugar, hacían años atrás.

Llegó a los libros con la intención de sanar a un ser querido y esa primera lectura la estremeció con la brutalidad incontestable de una pasión. Hoy, al terminar de trabajar, Sofía corre a Corrientes, como Mariano y tantos otros, con la ilusión de enriquecer su biblioteca que, hasta el 16 de noviembre de 2011 tenía 3 mil 987 títulos en sus estantes.

Aunque compra libros sola, su biblioteca es un vínculo de unión con su marido Memo, meticuloso contador retirado, quien en ordenar y clasificar los libros de su esposa halló vehículo ideal para encauzar las obsesiones y manías características del hombre desocupado que se está convirtiendo en anciano.

El día en que tenga cinco mil libros en su biblioteca Sofía jura que dejará la dirección de su escuela y se dedicará a releerlos uno por uno. Entre risas divertidas y traviesas esta mujer asegura que al terminar la página final del último de sus libros desea caer muerta, pues una porteña no puede tener muerte más perfecta. ®

—Una versión editada de esta crónica se publicó en el suplemento De Viaje! del periódico Reforma el 26 de febrero de 2012.

Publicado en: Apuntes y crónicas, Noviembre 2012

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