BUKOWSKI EN QUERÉTARO

Una fiesta… digamos, bukowskiana, en honor del poeta

Yo lo descubrí ya tarde. Pero desde que lo encontré no me ha dejado. No es un mentor de boy scouts; es un bendito escritor cabrón en estado de acto. Todo lo que toca es pura realidad y la transforma en pura literatura. Palabra de palabrero admirado. ¿Realismo sucio? La manga qué. Realismo sin calificativos. Palabras en cueros. Literatura underground. Letras de los bajos fondos, del caño de la sociedad. Escritura del subsuelo. El coño de la realidad.

En el Querétaro del no pasa nada pasa todo. Por la garganta del Bajío, tierra adentro, resbala todo. En esta orilla del México central sucede todo. Pese al último pacto de simulación suscrito por los queretanos y no queretanos, aquí también florece la luz de la mirada crítica despiadada alumbrando el subsuelo de la existencia. Iluminando al Querétaro oscuro. Ah, la hermosa y atroz cantera rosada de la piel de los humanos. Como sea, quiero decir que el viernes 19 de febrero Charles Bukowski (1920-1994) estuvo con todo su espíritu en el bar de Río Ayutla: en el barrio, la calle y la hora de las putas.

En apenas un espacio de 8 por 8, atiborrado, lo acompañamos más de un centenar de jóvenes y maduros, invocando su nombre y reconociendo su literatura: La senda del perdedor, La máquina de coger, Música de cañerías, Escritos de un viejo indecente, Se busca una mujer, Cartero, Factotum, Erecciones, eyaculaciones y exhibiciones, Hijo de Satanás, Lo que más me gusta es rascarme los sobacos, El capitán salió a comer y los marineros tomaron el barco, Peleando a la contra… Cuentos, novelas, relatos, poemas, textos autobiográficos, páginas de la locura de la vida cotidiana, palabras del subterráneo colectivo.

El homenaje a Bukowski (a noventa años de su nacimiento) y la fiesta y las chelas y la conversación del centenar de lectores secretos fueron posibles gracias al entusiasmo y la organización de Benjamín Ortega y sus amigos: Bernabé, Gerardo, Pájaro, Ricardo… Y la loca idea prendió y se hizo realidad en una noche de letras, cheves y encuentros y reencuentros y mucha plática. Lástima que no proyectaron la película bukowskiana anunciada. Ni modos. Las putas y las damas y los cabrones se habrían entretenido y tal vez hasta hubieran vislumbrado los caminos oscuros de su vida, los que tienen fuego y los helados. Las encrucijadas de su vida. Porque vivir —lo dijo el viejo Bukowski— es tener problemas y elegir bien en el cruce de caminos. ¿Palabrear y morirse de hambre o formarse en la cola interminable de los trajeados decentes que aspiran a chingarse el mundo? En fin, desvarío; la noche de letras borrachas pero sobrias iluminó las mentes y los pasos del alma. Palabra de palabrero marginal en el centro.

Toda su vida Bukowski vivió peleando a la contra y al final, no hay duda, sus letras ganaron la dura batalla. Creo que ésa es su principal enseñanza. Borracho y cogido y crudo y enfiestado y sin trabajo ni lana, nunca dejó de palabrear. De principio a fin recorrió la senda del perdedor sin ser un perdedor ni un ganador; sólo fue una vida que respira, patalea, jode, bebe, caga y escribe. Palabrero en acto a tiempo y vida completos. Loco y bendito, raro, descarnado, atrevido, arrojado, excepcional, vulgar, sagrado y consagrado por sus millones de lectores casi anónimos.

Bukowski, los más raros:

—no es frecuente verlos porque donde hay multitud no están ellos.

—esos tipos raros no son muchos, pero de ellos provienen los pocos cuadros buenos las pocas sinfonías buenas los pocos libros buenos y otras obras.

—y de los mejores tipos raros tal vez nada.

—ellos son sus propios cuadros sus propios libros su propia música su propia obra.

—a veces me parece verlos; por ejemplo cierto viejo sentado en cierto banco de un cierto modo.

—o un rostro fugaz en un automóvil que pasa en dirección contraria.

—o cierto movimiento de manos del chico o la chica del supermercado mientras meten la compra en las bolsas.

—a veces es incluso alguien con el que has estado viviendo un tiempo: notas una mirada de rápida iluminación que nunca la habías visto antes.

—a veces sólo notarás su existencia repentinamente en un vívido recuerdo algunos meses algunos años después de que se hayan ido.

—recuerdo a uno: tenía unos veinte años iba borracho a las 10 de la mañana se miraba en un espejo resquebrajado de Nueva Orleans.

—un rostro soñador contra los muros del mundo. ¿qué ha sido de mí? (sic).

Bukowski, desesperado:

—Yo soy un desesperado. Los hombres se hacen intelectuales para no ser unos desesperados. Carajo, ¿cómo puedo estar tan limitado? Sin dones ni talentos. Yo antes al menos tenía cojones para hacer cosas. ¿Qué le pasó a mis cojones? ¿Esto es envejecer?

Bukowski, cojones:

—Me gustan los hombres desesperados, hombres con los dientes rotos y mentes rotas y destinos rotos.

—Me interesan más los pervertidos que los santos. Me encuentro bien entre los marginados porque soy un marginado.

—¿Qué puede hacer un poeta sin dolor? Lo necesita tanto como a la máquina de escribir. Cojones.

Bukowski, un bloque de piedra:

—No estoy loco pero tampoco estoy cuerdo. Cualquier cosa que diga suena bien porque apuesto cuando escribo. He apostado todos los días. Toda mi vida entera ha consistido en luchar por tener una simple hora para hacer lo que quiero hacer. La cosa es mantener cuatro paredes a tu alrededor. Y me digo: ¡No pares, hijo de puta! ¡No pares! Soy un bloque de piedra que se basta a sí mismo.

Bukowski, sus zapatos:

—No sé cómo llegué hasta aquí, 71 años. Pero llegué. ¿Y ahora? No sé lo que le pasará a otra gente, pero yo, cuando me agacho para ponerme los zapatos por la mañana, pienso: “Ah, Dios mío, ¿y ahora qué?”

Bukowski, la muerte:

—Las palabras se han hecho más sencillas pero más cálidas, más oscuras. Me alimento de fuentes nuevas. Estar cerca de la muerte te da energías.

Son tres los cuentos más brutales y subversivos que he leído en mi vida de lector: “El cobrador” y “Feliz año nuevo”, del brasileño Rubem Fonseca, y “Los asesinos” (no el de Hemingway, que también es extraordinario, el cansancio del personaje que se resigna a esperar la muerte), de Charles Bukowski. Siempre regreso a ellos y me levantan la moral y me impulsan a ser bueno, no malo, a perdonar, a dar lo mejor de mí, sin esperar nada. Haría una película explosiva con esos tres relatos. No inventan nada. Es el ojo pelón de las palabras apuntando y estallando en el culo del mundo en que vivimos.

Salimos del bar contentos y, por cortesía del viejo Bukowski, cada uno se fue con una puta, estaban en oferta. Palabra de palabrero verídico. Claro, algunos se fueron con sus novias o sus novias con ellos. No sé qué hicieron las mujeres solas. ¿Tú qué hiciste, Pau? Yo me fui con la mujer de blanco, el pelo negrísimo y botas hasta las rodillas. Pero ésa es otra historia. ®

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Publicado en: Abril 2010, Libros y autores


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