Campo algodonero

De la novela Tu materia son los huesos

Caminaba por un campo cubierto de flores de algodón. Hacía un calor intenso y sofocante. Alrededor sólo había desierto, que se extendía más allá de la vista y amenazaba con tragarse el campo. Yo estaba sola y me sentía muy triste. Mi cuerpo entero sudaba lágrimas, que resbalaban y reventaban sobre las flores impolutas, alimentándolas, nutriéndolas… ensuciándolas.

Pero yo no lo podía evitar, yo estaba triste por las flores, por que se tuvieran que manchar, y era mi propia tristeza la que inevitablemente las ensuciaba, las contaminaba. Dondequiera pisara, se secaban las flores bajo mis pies. La tierra se partía. Y las lágrimas me desbordaban, como una planta, me secaban. Algo de mí se marchitó, algo dentro de mí se rasgó. El campo se achicaba. Parecía como si fuera yo, mis pasos, quien lo estuviera desertificando. Me detuve. Me resigné a secarme allí antes de que mi tristeza continuara arrasando las flores de algodón. Entonces observé con detenimiento que no era sólo yo, que no era sólo mi presencia la que estaba terminando con la vida en ese lugar. Se adivinaba la efervescencia de algo dentro de los botones de algodón, algo que los estaba devorando: había pulgones, gusanos, arañuelas, brocas, orugas, lagartas y chinches: las plagas devoraban insaciablemente el tálamo, el cáliz, la corola, y mi cuerpo lloraba más y mi cuerpo sentía asco, y mi cuerpo se desecaba, y de pronto una mancha creció sobre el manto blanco: eran las flores que sangraban trituradas por las mandíbulas de los insectos, que chupaban la sangre, y en sangre se transformaban mis lágrimas, y sangre era mi sudor y sangre era mi saliva, y yo gritaba e intentaba arrancar los insectos de las flores y éstos me mordían, me arrancaban las uñas de los dedos, devoraban mis pies, mis piernas: y ya no podía caminar, ya no podía correr, ya no podía huir; se metían por mi boca y se tragaban mi lengua: y ya no podía gritar, ya no podía hablar, ya no podía gustar; se subían por la boca y destrozaban mi nariz: y ya no podía oler; se subían por los pómulos y devoraban mis ojos: y ya no podía ver; se subían por mi espalda y arrancaban mis orejas, se tragaban mis oídos: y ya no podía escuchar; incrustados en mi carne devoraban mis entrañas y mi cuerpo: y ya no podía sentir. Y sufrí el cese de todos los sentidos. Y viví mil muertes espantosas. Y sin embargo seguía viva: la plaga no pudo devorar mis huesos, y un rastro de mí fue incapaz de perecer, un rastro de mí no se pudo roer, y la tierra me tragó, y la tierra me guardó, y en la tierra descansé. ®

—Primer capítulo de la novela Tu materia son los huesos [México: Libros Magenta, 2012].

Publicado en: Fragmentaria, Noviembre 2012

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