Candil panamericano

La mierda sale a flote

La consigna de González Márquez no pareció ser otra que la de lucirse con las visitas, aun a costa de desatender a las primeras personas con quienes está obligado: los habitantes de Jalisco, en particular con los más desamparados.

Hasta antes de que se descubriera la macro-porqueriza provocada por la flamante Villa Panamericana, en la inmediaciones del bosque de la Primavera, Emilio González Márquez parecía el mejor prospecto para estar al frente de la Conade (Confederación Nacional del Deporte).

Y es que, en términos generales, la organización de los Juegos Panamericanos le había salido mucho mejor de lo previsto al gobierno estatal, pues por lo que hace a las autoridades de la que oficialmente fue la ciudad sede (Guadalajara), su participación no fue más allá de la del típico convidado de piedra, comenzando por el alcalde Aristóteles Sandoval.

En otras palabras, los aplausos y reclamos fueron casi enteramente para el gobierno de González Márquez, cuyo titular, para sorpresa de propios y extraños, acabó demostrando que erró su vocación, pues lo suyo lo suyo no era tanto llegar a ser presidente estatal del PAN ni diputado federal ni alcalde de Guadalajara ni mucho menos gobernador de Jalisco, sino en todo caso convertirse en el dirigente nacional del deporte.

Eso parecían indicar, al menos, el arranque y el desarrollo de los Juegos Panamericanos cuando González Márquez, en su condición de primera autoridad del estado, en lugar de ir a socorrer a las miles y miles de familias jaliscienses damnificadas por el huracán Jova, prefirió quedarse a atestiguar el arranque de los juegos y dejar a la buena de Dios —y de un funcionario de tercer nivel—, a los pobladores de trece municipios que estaban con el ¡Jesús! en la boca y pasaron las de Caín con un ciclón que, literalmente, acabó arruinando sus vidas.

En otras palabras, los mimos y las atenciones del gobernador panamericano y colaboradores que lo acompañan fueron para las visitas y no para los de casa, lo que los convirtió en candil de la calle y oscuridad doméstica o, mejor aún, en candil panamericano, pues al tiempo que nada se regateó a la organización del recién clausurado certamen deportivo, a la hora de atender las necesidades de sus gobernados el gobernador dijo olímpicamente que no contaba con los recursos necesarios para remediar los desastres ocasionados por el meteoro que azotó la costa sur de Jalisco, hasta el extremo de pedir —y seguir pidiendo— para ello dos cosas: paciencia a los jaliscienses damnificados y un préstamo bancario por un monto cercano a los mil millones de pesos.

La consigna de González Márquez no pareció ser otra que la de lucirse con las visitas, aun a costa de desatender a las primeras personas con quienes está obligado: los habitantes de Jalisco, en particular con los más desamparados.

En otras palabras, los aplausos y reclamos fueron casi enteramente para el gobierno de González Márquez, cuyo titular, para sorpresa de propios y extraños, acabó demostrando que erró su vocación, pues lo suyo lo suyo no era tanto llegar a ser presidente estatal del PAN ni diputado federal ni alcalde de Guadalajara ni mucho menos gobernador de Jalisco, sino en todo caso convertirse en el dirigente nacional del deporte.

Y en cuanto a los Juegos Panamericanos, hasta el miércoles de esta semana sólo se hablaba de lo lucidos que habían estado, sin que faltaran los adictos al fácil entusiasmo, quienes se dijeron convencidos de que Guadalajara estaba incluso en condiciones de poder organizar unos Juegos Olímpicos.

También se seguía hablando de la “histórica” —así se dijo— cosecha de medallas para México y de la “grandiosa” —así se la calificó también— ceremonia de clausura, aun cuando en esta última no hayan faltado ni el tono kitsch ni el toque de cursilería.

Fue entonces cuando llegó como baldazo de agua helada —o más bien de agua sucia— la noticia de que la flamante Villa Panamericana había nacido como un grave foco de contaminación del suelo y el subsuelo tapatíos, y nada menos que en el lugar que es la principal zona de recarga hidrológica del valle de Atemajac, lo cual equivale a un daño mayúsculo a la calidad de los mantos freáticos y a las aguas subterráneas que van a dar a Los Colomos.

Con este lamentable caso, producto de la mala planeación y de la negligencia de nuestras autoridades estatales y municipales, apenas comienza la sumatoria de los costos reales que tuvieron los Juegos Panamericanos, o “la fiesta continental”, como la llamaron algunos cursis. Esos costos no sólo son de orden económico (cuya cuantificación, por cierto, aún sigue pendiente) sino también de carácter ecológico, urbanístico, sanitario, social… Tales costos se deben contrastar con los beneficios reportados por el certamen deportivo, pues de otra manera acabaríamos por aceptar que nuestras autoridades nos den gato por liebre.

Ahora que Guadalajara y su área metropolitana están volviendo a la normalidad cotidiana, con ánimo sereno, cuentas claras y datos duros, se debe ver qué le dejaron verdaderamente a la ciudad los Juegos Panamericanos. ¿A cuánto ascendió su costo económico? ¿Cuál va a ser el gasto mensual por concepto de mantenimiento de las instalaciones deportivas? ¿Cuáles de éstas van a poder ser utilizadas por la población y cuáles otras eventualmente van a ser arrendadas o enajenadas a particulares?

Por ahora, lo ocurrido con la contaminante Villa Panamericana es una pésima noticia, que demuestra que, ya sea por acción u omisión, autoridades estatales y municipales cometieron —o al menos permitieron— un daño ecológico mayúsculo.

Y en cuanto al enrevesado estilo personal de gobernar de Emilio González Márquez, no hay nada nuevo, pues desde el principio se supo que sus prioridades no son, infortunadamente, las del estado que gobierna. ®

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Publicado en: Noviembre 2011, Política y sociedad


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