Cara a cara sobre el fango

Jet Lag, de Ari Volovich

En lo personal, me quedo sobre todo con los textos de más largo aliento, aquéllos en los que no sólo está el Volovich suspicaz e irónico de aforismos y prosas, sino también el narrador pulcro y resuelto que brinda a Jet Lag las que sin duda son sus mejores páginas.

Monsieur Ari Volovich.

Monsieur Ari Volovich.

Antes que otra cosa, quiero asumirme en esta presentación como un intruso. Y así, como el propio Ari Volovich se torna en un consumidor más de Farmacias Similares cuando surge de la botarga del Doctor Simi en uno de los episodios más divertidos de Jet Lag, el libro que presentamos hoy, a mí me gustaría brincar de esta silla y colocarme entre el público para presenciar la que hipotéticamente hubiese sido la reunión de Rogelio Villarreal, quien aquí nos acompaña, y Guillermo Fadanelli. Reunión que no sólo me evoca algunas noches de exceso etílico y divagaciones bohemias durante los dos años que viví como huésped del primero en un departamento oscuro de la calle Veracruz en la Ciudad de México, entre 1999 y 2000, precisamente los años en que conocí y trasnoché en más de una ocasión por las calles de esa urbe con el propio Volovich. Reunión hipotética pues, que a mí, que conozco de cerca los ires y venires de la amistad entre los dos personajes antes referidos, me parecía genial, producto indudable de la perversidad del propio autor de Jet Lag, la misma perversidad que reconozco a medida que avanzo por sus páginas. Pero no, Fadanelli argumentó no sé qué y ahora, yo, que soy uno de los autores que publica en su editorial, debo sentirme tal como quien decide por puro interés periodístico (léase morbo personal) calzarse los zapatos de la botarga del Doctor Simi sólo para ver qué se siente y llenar el hueco de quien varios años atrás decidió fundar una editorial que diera cabida a un grupo de forajidos con bolígrafo como los tres que estamos aquí reunidos.

Dicho esto, quiero confesar que más allá de conocer a Volovich como un agudo y sarcástico observador de la vida, no había llegado a su literatura —llámenle periodismo, si así lo desean— hasta que cayó Jet Lag en mis manos. Y es hasta entonces cuando finalmente entendí la dimensión que ha tenido para su visión del mundo el haber nacido en la ciudad israelí de Ashdod —cuyo clima urbano tan bien describe en el relato titulado “Ashdod City”— y el caminar por la vida sabiéndose judío, condición que el propio Ari, así me parece que lo ilustra Jet Lag, ha utilizado como un pretexto más para echar a andar los motores de una imaginación aguda, lúdica e inevitablemente salpicada de humor negro.

Quien conozca de cerca a Volovich sabrá que tres de sus rasgos más característicos son su compulsión por encender y fumar tabaco, uno; su recurrencia a tocarse la barbilla, manía que está muy bien ilustrada en las páginas de su libro y que lleva a cualquiera a pensar que cavila con profundidad sobre algún asunto… de nimia importancia, dos, y tres, sus estridentes carcajadas, las que imagino que suelta cada que de su cabeza brotan los aforismos que, a la par de reflexiones, crónicas y relatos, dan forma a Jet Lag, libro que en ese sentido es una suerte de miscelánea literaria y en el que la variedad y la sorpresa con las que uno se topa a cada vuelta de página figuran entre sus virtudes. Cito uno a continuación, sólo para dejar testimonio de la chispa de genialidad que varios de éstos exhiben: “¿Si un rabino se golpea la cabeza ve estrellitas de David?”

Otro texto en el que este sentimiento se percibe es “Viñeta de la posguerra”, en el que Volovich escribe en su primer párrafo: “Incluso el vuelo de las palomas muestra un dejo de fatiga en el Israel de la posguerra. El calor no ayuda. Los automóviles parecen fusionarse y arrastrarse sobre el asfalto como caracoles mutantes a lo largo de las autopistas principales, como una alegoría burda que refleja el sentimiento colectivo”.

Me gusta mucho la metáfora con que Volovich, en un par de ocasiones, simboliza su compulsión por abstraerse de la realidad, comparándola con el hecho de pasar uno o varios minutos bajo el agua, obviamente, sin respirar. “Me gustaría quedarme aquí”, escribe en la página 56 de este libro editado por Moho, “al menos hasta que todo termine; pero el instinto de supervivencia —ese chip integrado, cortesía de la casa­— desobedece mis intenciones forzándome a salir a la superficie, derrotado por mis propias limitaciones.”

Pasaporte al infierno...

Pasaporte al infierno…

No obstante el tono de ironía que subyace en muchos de los textos que reúne Jet Lag, hay otro tratamiento que de igual manera impacta en la escritura de Ari Volovich y que tiene más que ver con la desazón, con la propia pesadumbre con que él los impregna. Destaco “All-Jazeera Express”, el que abre el libro y uno de mis favoritos. Una crónica que linda con el relato, en la que la tensión dramática conseguida con oficio está ligada al hecho de que en Medio Oriente —la anécdota acontece en Jerusalén— cada nuevo pasajero que sube al autobús urbano donde viaja el protagonista resulta una amenaza que los demás escudriñan con recelo y clasifican de acuerdo con su apariencia. La posibilidad nada improbable de que algún terrorista elija ese vehículo para inmolarse es algo que está presente en el cálculo que todo habitante de esa región parece tener en cuenta cada vez que sale a la calle. “El autobús arriba a la terminal. Al fin los semblantes pueden descansar. Se ven adoloridos”, puntualiza Volovich en el párrafo que pone fin al episodio.

Otro texto en el que este sentimiento se percibe es “Viñeta de la posguerra”, en el que Volovich escribe en su primer párrafo: “Incluso el vuelo de las palomas muestra un dejo de fatiga en el Israel de la posguerra. El calor no ayuda. Los automóviles parecen fusionarse y arrastrarse sobre el asfalto como caracoles mutantes a lo largo de las autopistas principales, como una alegoría burda que refleja el sentimiento colectivo”.

Divertido e ilustrativo es también el episodio en el que Volovich recuerda sus penurias como tanquero en el Ejército de Defensa Israelí, al que burló primero y del que desertó después, por razones que se antojan más que lógicas, en “Diciembre de 1993”.

Antes de concluir diré que Jet Lag nos extiende el pasaporte que ilustra su portada para que nos internemos por ciudades como Tel-Aviv, Jerusalén y Ashdod, a través de un viaje con ojos y oídos bien abiertos y la mirada profunda y afilada de su autor. Un viaje cuyo periplo temático deambula entre la comedia irremediable de una región del Oriente Medio marcada por sus irresolubles e impenetrables contradicciones y la tragedia terrorífica de sus víctimas, como las que animan el escalofriante relato “Bajo un mismo cielo”, en el que, como el propio Volovich lo describe: “un soldado israelí y un guerrillero del Hezbollá, ambos con la piernas y los brazos mutilados por la batalla librada la noche anterior, quedaron acostados cara a cara sobre el fango”. En otras palabras, como bien hace notar Villarreal en la introducción del libro, en estos cuentos “el autor transita angustiosamente del infierno en el Medio Oriente al infierno semitropical mexicano”. Y yo entiendo que esa frase debe aludir, precisamente, a la experiencia inexplicable de pretender convertirse en el Doctor Simi durante quince minutos, en la aventura suicida de meterse en una botarga un día caluroso en la Ciudad de México. Una prueba más del arrojo y la vehemencia de este escritor con desplantes de kamikaze.

En lo personal, ahora sí creo que concluyo, me quedo sobre todo con los textos de más largo aliento, aquéllos en los que no sólo está el Volovich suspicaz e irónico de aforismos y prosas, sino también el narrador pulcro y resuelto que brinda a Jet Lag las que sin duda son sus mejores páginas. ®

Texto leído en la presentación de Jet Lag en la pasada Feria Internacional del Libro de Guadalajara, diciembre de 2013.
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Publicado en: Libros y autores, Marzo 2014


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