CARTA ABIERTA A UNA REINA DE BELLEZA

La pesadilla de la belleza

Dudo tener la capacidad de transmitirte la fuerza que necesitas en estos momentos, pero haré mi mejor intento; como en cada uno de los relatos que te dediqué en los últimos dos años. Este será el último que leerás disfrazada con la piel de una Reina de Belleza.

1

Mamá inflamó el pecho orgullosa.

P sacó la cámara.

-Actitud pandilleril, preciosa –dijo.

Bicho retorció sus larguísimas extremidades superiores, encorvó la espalda, flexionó las rodillas, torció la boca y frunció el ceño como un ruda negrata del Bronx.

Clic.

-¡Otra Bichito! ¡Otra! –exigió P emocionado-. Ahora más pandilleril, como cuando eras niña.

-¡Ana del Socorro! –dijo mamá ofuscada-. Nada de fotos. Ahora eres Nuestra Belleza Yucatán. Compórtate.

Bicho sonrió. Una sonrisa enorme.

-Foto, foto –dijo P apuntando con la cámara-. Foto de Miss.

Bicho enderezó la columna vertebral, puso los brazos en jarras, las manos apoyadas en la cintura ligeramente ladeada, estiró el cuello como un cisne inmaculado, y para mi sorpresa descubrí que por primera vez en su vida era más alta que yo.

-Rodrigo, quítate –ordenó mamá.

Clic.

2

Caí dormido. Al instante, tuve una horrible pesadilla: Bicho era coronada Nuestra Belleza México. El público gritaba eufórico. Mamá gritaba eufórica. Incluso yo gritaba eufórico. Cientos de fotógrafos también eufóricos la retrataban mil y un veces desde todos los ángulos y posiciones imaginables. El auditorio entero coreaba su nombre. Endiosados. Todos corrían hacia el escenario y empezaban a tocarla. A palpar su belleza. La acariciaban. La besaban. Pero no era suficiente. El público necesita más. Un fanático hambriento se aventuró a darle un mordisco en el brazo. Quería probarla. Saber a qué sabía la belleza. Saborearla. Y otro, y luego otro. Todos se abalanzaron sobre Bicho y la devoraron hasta el último hueso como a Jean-Baptiste Grenouille al final de El perfume.

3

En un principio me resistí a entrar al salón, pero Bicho insistió en que debía estar presente en la firma del contrato que la acreditaba oficialmente como Nuestra Belleza Mundo México.

-¿Segura que puede entrar tu hermano? –dijo mamá, insegura, pero con muchas ganas de que Lupita Jones me cerrara las puertas en las narices.

-Faltaba más –dijo Bicho, tirando de mi brazo para meterme a la sala-, es como mi papá.

Mi único consejo desde siempre había sido el que mi hermana desistiera de ser una Reina de Belleza, convencerla de que la belleza era efímera y lo único seguro, lo que en verdad prevalecía, era la inteligencia, que los concursos de belleza no eran muy distintos de las ferias ganaderas donde se exponían y calificaban a las reses.

Sus palabras fueron un gancho al hígado, me doblaron las piernas. Mi único consejo desde siempre había sido el que mi hermana desistiera de ser una Reina de Belleza, convencerla de que la belleza era efímera y lo único seguro, lo que en verdad prevalecía, era la inteligencia, que los concursos de belleza no eran muy distintos de las ferias ganaderas donde se exponían y calificaban a las reses. Valiente hermano. Menudo guía espiritual. No en balde días antes del concurso mamá no dudó en declarar en una entrevista exclusiva al periódico del que me corrieron de su sección editorial por falta de talento y/o porque nadie me leía, que yo no apoyaba a mi hermana. Incluso mamá prefirió salir retratada con el perro de la casa que conmigo.

-Te quiero mucho –me dijo Bicho y firmó el contrato.

Al verla firmar el contrato recordé años no muy lejanos. Bicho parada todos los fines de semana ante coches último modelo y/o cualquier producto recién salido al mercado, sonriente, los pies llenos de callos, ampollas, hinchados, amoratados, sangrantes. Bicho parada entre semana en conferencias, ferias ganaderas, expos, convenciones, centros comerciales, con la misma ancha sonrisa, estoica, soportando miradas lujuriosas y proposiciones tanto de viejos rabo verde como de jovencitos metrosexuales calenturientos. Bicho quemándose las pestañas delante de libros de biología, venciendo el sueño luego de extenuantes horas de trabajo, de ser un maniquí humano tras los aparadores de tiendas modernas, decidida a ser el mejor promedio del salón de clase. Bicho sudando sangre en el gimnasio, comiendo vegetales. Bicho capoteando con elegancia de torero a cierto proxeneta dueño de una agencia de modelos que se atrevió a sugerirle que acompañara a cenar a hombres de dinero a hoteles lujosos de la ciudad. Bicho con los ojos hinchados, enrojecidos, hablando noches enteras sin obtener respuesta de ese señor que le decía “mi princesita” y un día cayó fulminado por un derrame cerebral. Bicho sonriendo e hipnotizando al director de la universidad semestre tras semestre para que la mantuvieran becada en esa escuela impagable donde mantenía las notas más altas. Bicho aferrada, constante e infatigable en sus clases de teatro. Bicho yendo de pasarela en pasarela sin cobrar un quinto. Bicho perfeccionando su inglés en la madrugada. Bicho durmiendo sobre las tapas de los libros de mis autores favoritos, rendida, exhausta.

4

-No quiero morirme –dijo sollozando, tiritando de miedo. Tres palabras que hasta la fecha no he olvidado.

Meses antes de esa confesión, ocurrió algo. Un evento que, como era de esperarse, toda la familia me ocultó. Metieron a Bicho a un quirófano para sacarle grasa. Grasa incómoda, horrenda, asquerosa, acumulada año tras año por comer deliciosas golosinas que robaba furtivamente de la alacena, frituras crujientes que llenaban de felicidad sus días de niña, pero que sin embargo al comerlas mamá se encargaba de hacerla sentir culpable, como si de un delito imperdonable se tratara, del mismo modo en que su papá la hacía sentir una vaca rolliza frente a sus amigas, avergonzándola, humillándola cada que osaba comer de más.

En esta ocasión, cosa que agradezco profundamente, Bicho ha tenido la delicadeza de informarme que entrará de nuevo al quirófano. Cosa de nada, le han dicho. Gajes del oficio. Reafirmaciones, reacomodos estéticos. ¿Y luego qué? Me pregunto. ¿Acaso será tan tonta para tropezar con la misma piedra? ¿No se ha detenido a pensar que luego de corregir esas “imperfecciones” surgirán otras, y luego otras, y muchas más hasta que se mire en el espejo y de ella no encuentre más nada que un nebuloso recuerdo de la hermosa niña de carne y hueso que un día fue detrás de ese Frankenstein de silicona superestrella de revista de cotilleo?

5

-Acaba de hablar furioso tu hermano –me dijo mamá por celular-. Me dijo que un amigo suyo acaba de ver publicado en Internet una cosa horrible que escribiste de tu hermanita –mamá guardó silencio, luego, me pareció escucharla sollozar-, ¿qué escribiste ahora, hijito?

-Nada –mentí.

-Gracias a Dios no sé usar la computadora, pero tu hermano me dijo que está furioso, que tiene ganas de golpearte –dijo mamá, ahora sí entrecortando la voz con lágrimas-. Me dijo que hiciste del dominio público que tu hermanita era bulímica y que se operó la panza hace unos años.

-Sí, eso escribí –dije bastante sorprendido-, pero no era mi intención que…

-¡Dios mío! ¡No te das cuenta de que le pueden quitar su corona! –mamá estalló en llanto y no entendí ni una sola palabra más de las que balbuceó.

Colgué. Fui a la computadora y en mi bandeja de entrada vi una retahíla de mails de gente conocida, familiares y desconocidos. Sospeché lo peor. Uno a uno los leí, y salvo honrosas excepciones, la mayoría de ellos me conminaban a rectificar, a escribir una carta donde pidiera disculpas públicas, y de ser posible, que dijera que no soy más el hermano de la soberana de la belleza de México.

6

Los ojos no mienten. O al menos, a mí no me engañan. No tengo que ser adivino para saber lo que allí hay dentro. Luego de un año duro de trabajo (por calificarlo de algún modo), lejos de la familia, de ese chico al que le brillan los ojos de amor y al que ama hasta la médula, lo último que deseaba era seguir distante, a años luz, perdida en una nebulosa de luces brillantes, que le pusieran otra corona en la cabeza, una más pesada y más reluciente, solo significaba alejarse más, como un cometa, ver desaparecer enraizados en Tierra a los seres queridos, lo único que anhelaba era escuchar el nombre de esa isla del Caribe, bajar a ras de suelo y fundirse en un abrazo con su familia y estamparle un beso largo y puro de Reina de Disney al chico de los ojos soñadores que es su Príncipe Azul y que aparecieran de una maldita vez los juegos pirotécnicos y la palabra FIN o Colorín colorado este cuento se ha acabado; pero entonces escuchó el nombre de su país, México, todos la abrazaron y desapareció escoltada por la guardia real Trump.

De ahora en adelante, deja el espejo y el rimel; toma pluma y papel y ponte a trabajar. Tienes un compromiso con miles de jovencitas que estúpidamente intentan escalar hacia el Infierno.

Y a mi lado, su compañera de guerra, la Reina Amazona, la Diosa Griega, abandonada a su suerte, difamada y expuesta en un mugriento espectacular en Viaducto entronque Iztapalapa, olvidó por un instante la tragedia en que se había convertido su vida, y se le llenaron los ojos de lágrimas de emoción, de orgullo.

-Lo hiciste, Xime –dijo Bicho abrazando a mamá-, lo hiciste.

No soy quien para interrumpir la magia de la escena, así que me mordí la lengua, perdiendo la mirada en la ventana del departamento. Lo hicieron, pensé viendo el corredor oscuro y desierto de la calle Amsterdam.

7

¿Necesitas más pruebas o capítulos de una “novela” para darte cuenta que no eres una Reina de Belleza?

Te envidio. En tus manos tienes una de las mejores historias que debe y pide a gritos ser contada. No en forma de comedia simplona como Miss Simpatía, aquella protagonizada por Sandra Bullock. Tú sabes a qué historia me refiero. De ahora en adelante, deja el espejo y el rimel; toma pluma y papel y ponte a trabajar. Tienes un compromiso con miles de jovencitas que estúpidamente intentan escalar hacia el Infierno.

Cuando el sábado nos alcance, si te faltan fuerzas para subir al escenario, recuerda que del otro lado del mundo hay alguien que te está esperando con más anhelo que nadie. Ahora mismo, como cada mañana, lo tengo tumbado a mis pies, haciéndome compañía, capítulo tras capítulo de mi nueva novela. Él mejor que ninguno sabe que la belleza te importa un bledo. Ni sus ojos, ni la cicatriz de su espalda mienten.

Pero esa, esa es otra historia que te toca contar a ti. O como mínimo, nunca olvidarla. No olvides al perro. Aquel pitbull enloquecido al que enfrentaste solita, del que apenas escapaste y burlaste con las manos ensangrentadas, sorteando dentelladas, abrazando y protegiendo al perro que espera tu regreso desde aquella noche en que partiste de casa dispuesta a comerte al mundo.®

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Publicado en: Apuntes y crónicas, Noviembre 2010

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