Cazando sin licencia

Se vetó a Mario por haber cazado sin licencia al lado del juez Garzón. Aquel incidente se juntó con la huelga de la fábrica de bolsas y el resultado fueron toneladas de periódicos impresos, como el que les llegó por la mañana a la familia de Susana. Todo empezó cuando uno de los trabajadores del rancho de caza situado en Hidalgo, ayudado de su celular, había logrado grabar algunas acciones de los funcionarios. El video se movió por muchas páginas electrónicas y al cabo de unas horas llegó a los televisores y la radio. Ese mismo día se quedó ciega la hija menor de Susana, Arturo nunca tuvo tiempo de seguir las noticias esas semanas como lo hacía de costumbre.

Sobre Garzón, que en ese momento llevaba el caso de la fábrica de bolsas, los medios no dieron la cobertura esperada. Fue como si nada hubiese pasado, pues la tensión cubrió el escándalo de Mario. Sobre el caso, la Conafor no había esperado mejor momento para su arranque en los noticieros, hasta la secretaria Elvira Quesada, en compañía del delegado Bermúdez Mendoza lograron un espacio matutino en el muy concurrido noticiero 102.5 FM. En el video se veía cómo el disparo de Mario, que vestía de camisa azul cielo, derribó aquel venado de cola blanca.

No fue un error, suelo cazar desde que tengo diez años, afirmó sin razón alguna en la corte. Tuvo que dimitir en su candidatura para la gubernatura del estado y volvió a atender personalmente sus restaurantes. Con frecuencia le suele decir a los clientes: “Va bien. He aprendido lo rápido que puede ir la vida, y he aprendido lo compleja que es la acción del gobierno. Ellos no entienden el hecho cinegético; el poder desconoce la relación del hombre con el bosque… ¿Y la licencia?, tengo licencia de muchos sitios, no creo necesitar otra para cazar también en Hidalgo”.

En casa de la familia de Susana también se había comentado mucho el tema, aunque todos están más preocupados por la chiquilla que siempre les dice lo mismo con algo de inocencia. “No sé si la ceguera es lo peor. Lo peor, para mí, sería la inmovilidad total”. Es lógico, de aquello no quiere hablar, decía su padre, cuando en realidad el que no quería hablar de ello era él. Los padres de la pequeña María llevaban veinticinco años de matrimonio, a Susana le encantaba que Arturo vistiera corbata, a Arturo simplemente le gustaba Susana.

Todos en la familia, a excepción de la niña y su padre, observaron a los manifestantes de la fábrica de bolsas pasar por la calle en su marcha, pues el juez aún no daba sentencia alguna. Pasaron rápidamente y se siguieron de largo. Una de las otras tres hijas de Susana, Andrea, le preguntó a su madre dónde habían llevado a María, tras el canto del perico que repetía ese nombre. En eso momentos sonó el teléfono de la sala.

–Seguro es tu padre, ha de hablar para decirme que viene en camino.

Paraguas en mano, Arturo se queda buscando. Los oficiales le dicen que la búsqueda se efectuará a doce horas del extravío, también le preguntan si se encontraba bebido. De pronto cesa la lluvia y cesa la noche, Arturo regresa a su casa donde le ha pedido a su esposa que aguarde, que es probable que allí regrese la niña.

La verdad hablaba para decirles que había perdido a María. Se escucharon gritos por toda la casa, no hubo forma alguna de que no fueran escuchados por toda la familia. Arturo siempre había vivido en su propio ideograma del mundo. Sus padres decían que era de otro planeta, que era el hombre más despistado de toda la tierra.

Las calles ya estaban repletas, el tumulto de hombres se amotinaba en ellas haciendo imposible la búsqueda. Arrastrada por los manifestantes, la pequeña entró a un restaurante para refugiarse de las sombras y los ruidos que la empujaban y rozaban su cuerpo. La niña ya estaba llorando. La histeria se había hecho colectiva.

Paraguas en mano, Arturo se queda buscando. Los oficiales le dicen que la búsqueda se efectuará a doce horas del extravío, también le preguntan si se encontraba bebido. De pronto cesa la lluvia y cesa la noche, Arturo regresa a su casa donde le ha pedido a su esposa que aguarde, que es probable que allí regrese la niña.

Toda la noche en espera y nada. Entró rápidamente la mañana por la ventana. Comenzó el día y ríos de coches circulan por las avenidas. No hay cielo ni sol, tampoco horizonte. La casa se encuentra callada y los niños pronto se dan cuenta de que no hay desayuno. De repente suena el timbre y a gritos le piden a Andrea que abra la puerta.

Siempre con la misma camisa azul cielo, el exfuncionario Mario trae consigo a la niña. A llantos la recibe su madre, Arturo no dice nada. Las piernas le tiemblan y quiere ofrecerle dinero al sujeto, aún no se ha dado cuenta, pues no ha puesto atención a la tele desde la tragedia de María. Tardaron unos minutos en tranquilizarse. Minutos que Mario aprovechó para servirse una copa del bar de la casa. No son ni las ocho de la mañana y ya se encuentra bebiendo. Todos lo miran y Arturo no cae en cuenta de que fue el exfuncionario quien trajo a la niña. Al parecer va a decir algo: “Fue una locura, no había vivido un día de revuelta como ayer. Piensen en cómo se cagaron encima mis excompañeros, en sus casas caldeadas cuando se levantaron de sus sillones y se dieron cuenta de que se les estaba echando encima un tumulto de hombres, con tanta energía como para destrozar lo que estuviera a su paso. Les juro, todo esto ha sido una verdadera locura y pienso que ha empezado desde el día en que maté a ese estúpido ciervo”. ®

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Publicado en: Mayo 2012, Narrativa


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