Cecilia antes del monstruo

Una de las víctimas de “el Coqueto”

Todos supimos por los medios de las atrocidades cometidas por un feroz asesino y violador al que se le conoce con el sobrenombre de “el Coqueto”, pero casi nadie sabe algo más de las víctimas, muchachas inocentes que tuvieron la mala suerte de subir al microbús que conducía la bestia.

"El Coqueto"

Dicen que los niños no van al zoológico a ver a las gacelas. Lo que quieren es mirar al león. Dicen también que esto mismo explica la fascinación que el ser humano ha expresado en el cine por personajes siniestros, entre los que ocupa un lugar privilegiado el asesino serial. Ya en 1994 el director Oliver Stone señalaba la mitificación del asesino serial en la cultura popular en su filme Asesinos por naturaleza.

Probablemente esto se aplique también para la literatura —prolífica— que hay sobre la violencia. En Estados Unidos, en las librerías (las cuales por cierto son una especie en extinción), es común ver un estante completo bajo la categoría True Crime (crimen real): crónicas detalladas de homicidios; biografías a profundidad de asesinos seriales; revisiones de crímenes famosos. Sería imposible enumerar las diversas hipótesis sobre la verdadera identidad de Jack el Destripador o quién fue el asesino de la Dalia Negra. Cada cierto tiempo aparece una nueva publicación con información inédita…

El mismo fenómeno ocurre en medios electrónicos e impresos. Hay programas y series de televisión dedicadas a las atrocidades de Charles Manson o Ted Bundy. Discovery, History Channel y los noticieros del mundo se vuelcan para relatar otra historia de horror, que el mundo seguirá, horrorizado, con el aliento contenido.

Poco sabemos sobre las víctimas. Una fotografía, un nombre y edad, quizá alguna referencia a su principal actividad. Por supuesto, esto se debe en gran parte a que en la prensa se buscaría resguardar la identidad de los afectados. Pero ¿hasta qué punto se trata de un asunto ético y no de una cuestión de marketing periodístico? Quizá en las historias de ficción hallemos otra luz. Ahí no hay restricciones éticas y, sin embargo, tampoco conocemos a las víctimas.

Para el individuo es más fácil adentrarse en la historia del victimario. O así lo advierten los estudios sociológicos que hay del cine. Y quizá detrás se encuentra el mismo mecanismo que impulsa al niño a observar a los leones.

En las películas de este género (con excepciones, claro), la única verdadera historia que se relata es la del asesino y el sobreviviente. Cuando este último es rescatado el espectador ha obtenido así su “final feliz”. Y con ello parece olvidarse de las otras víctimas. Las que sólo conoció de oídas.

El Coqueto

Ya sabemos todo o casi todo de César Armando Librado Legorreta, “el Coqueto”. Ya hemos escuchado un par de veces la declaración mediática del monstruo. Cómo atacaba a sus víctimas cuando veía la oportunidad, mientras viajaban en su microbús de la muerte: en horarios nocturnos o de madrugada, las mujeres, casi todas muy jóvenes, adolescentes, se quedaban solas, se quedaban dormidas, o “el Coqueto” se ganaba su confianza y les prometía que las acercaría a su casa.

Sobre las víctimas, sin embargo, sabemos lo poco que Amparo, madre de una de las víctimas, ha querido relatar. Por ella también sabemos que fue un viacrucis lidiar con las autoridades e incluso jamás pudo ampliar su declaración.

Sabemos que por lo menos a una la golpeó con fuerza, que su método favorito para matar era la asfixia. Las “chineaba”, dice. Al final las robaba y —dirán los expertos en asesinos seriales— guardaba trofeos: prendas de ropa, planchas para el pelo, celulares. Algunas cosas se las regalaba a su esposa, de quien incluso sabemos el nombre de pila: América.

Sobre las víctimas, sin embargo, sabemos lo poco que Amparo, madre de una de las víctimas, ha querido relatar. Por ella también sabemos que fue un viacrucis lidiar con las autoridades e incluso jamás pudo ampliar su declaración. Que los policías ministeriales le pedían para la gasolina y los refrescos, y que cuando iba a casas abandonadas —porque alguna llamada anónima informaba que ahí podría estar su hija— los policías le decían que la esperaban en el auto.

Cecilia

En la búsqueda de Cecilia hallé una certeza que desde entonces me persigue. El conocimiento —ése que se sabe con la entraña y no con la cabeza— de que todos somos vulnerables frente a un monstruo.

Dicen por ahí que uno sólo adquiere conciencia de su propia mortalidad cuando alguien cercano fallece, cuando uno envejece o a través de una enfermedad mortal. De ahí, quizá, que el conocimiento profundo de las víctimas mortales esté en cierta forma vetado en el cine violento. Es más fácil presenciar la muerte de un culpable o de un desconocido.

Los niños y los adolescentes tienen por lo general una conciencia romántica de la muerte. Una idea poco definida y la certeza (si bien es equivocada, la viven como tal) de que el envejecimiento y la muerte es para los demás.

El 26 de diciembre la señora Amparo identificó a su hija en una carpeta en la sección de homicidios del Ministerio Público. Le dieron el cuerpo unos días después. La velaron el 29 de diciembre. El 30 la enterraron. El 31 de diciembre Cecilia hubiera cumplido diesisiete años.

De Cecilia, una de las víctimas de “el Coqueto”, sabemos los generales. Dieciséis años. Estatura: un metro 65 centímetros, tez blanca, cabello castaño claro. Las fotografías difundidas muestran a una niña bonita y sonriente, de ojos enormes y cautivadores color miel. Estudiante del segundo año del Colegio de Bachilleres 5, en proceso de obtener una certificación para ser instructora de natación y trabajadora de medio tiempo como empacadora (o cerillo) en un Wal-Mart.

Cecilia, según la recuerdan, era generosa. Quizá en parte, porque era la hija de enmedio de una numerosa familia. Solía invitar a sus amigos de la prepa y de la cuadra a pasar la tarde. Llevaban su batería, sus guitarras. En esos momentos jamás usaba vasos desechables o de plástico. Para servir refresco sacaba los vasos buenos, la herencia de algún familiar.

Era deportista y disciplinada, algo que probablemente le inculcó su madre, quien a pesar de sólo haber terminado la primaria fue nadadora de alto rendimiento y después instructora de natación y otros deportes. Ceci había seguido la tradición familiar y estaba por certificarse.

No era el único deporte que practicó. Antes había tomado artes marciales y después defensa personal. Sabía cómo defenderse.

La señora Amparo explica que simplemente no cree que un hombre tan insignificante pudo haber sometido a su hija, quien era muy fuerte. Que Ceci le relataba que si un hombre trataba de lastimarla ella se defendería. (Escucharla se convierte en uno de esos momentos en los que uno comprende que nadie puede prever cómo reaccionará frente a un ataque.)

Cecilia salió un sábado por la mañana a una obra de teatro para ganar puntos en una materia escolar. Regresó a casa, comió y le pidió permiso a sus papás para ir a patinar con su novio (llevaban apenas dos meses, pero, dicen, estaban muy clavados) y sus amigos al deportivo Cipreses. Se fue con dos compañeros de la escuela alrededor de las cinco de la tarde.

Ese día no pudieron patinar bien porque llovió y el pavimento quedó mojado. Todos se refugiaron de la lluvia. En algún momento Cecilia se compró unas papas y le compartió a todos. Algunos saben que esa tarde habló con sus amigos de una fiesta detrás de un Colegio de Ciencias y Humanidades a la que muchos habían ido la noche anterior.

A las siete se comunicó con sus papás. Quedó de marcarles cuando ya fuera para su casa, pero lo olvidó. Alrededor de las nueve y media su novio la acompañó a la parada del pesero y se quedó con su patineta para que ella no la estuviera cargando. En el transporte habían tres o cuatro pasajeros más. Se trataba de un trayecto de veinte o treinta minutos. Esa fue la última vez que alguien la vio con vida.

Su mamá y su familia la buscaron por todos lados. Sus hermanos mayores (todos universitarios) hicieron páginas en Facebook. Llamaron y enviaron mensajes a todos los noticieros y periodistas conocidos. Incluso su mamá llevó diez mil pesos a un programa famoso para pedirles que anunciaran a Cecilia. Nadie le hizo caso. Sólo uno accedió a hacer un reportaje sobre Cecilia.

Sus compañeros del Bachilleres botearon para sacar dinero e imprimir más volantes y mandar hacer unas mantas que colgaron por toda la ciudad. Acompañaban a Amparo por todo el recorrido del microbús, repartiendo y pegando volantes.

El 26 de diciembre la señora Amparo identificó a su hija en una carpeta en la sección de homicidios del Ministerio Público. Le dieron el cuerpo unos días después. La velaron el 29 de diciembre. El 30 la enterraron. El 31 de diciembre Cecilia hubiera cumplido diesisiete años.

H., una de las hermanas de Ceci, halló un dibujo que ésta había hecho y lo reprodujo como mural en el panteón donde se encuentra. La familia la visita los domingos, llevan alimentos y pasan el día. Sus amigos también. Tocan música para ella, como antes hacían en su casa, cuando ella sacaba los vasos buenos, para convidar.

En Facebook además se cuentan historias paralelas. Muchos de sus amigos muestran en sus imágenes los últimos momentos que pasaron con Cecilia. (Los duelos de adolescentes son devastadores. Es terrible ser testigo de la verdadera pérdida de la inocencia.) Imágenes que cuentan historias de fiestas, reuniones, patinetas, rock punk, natación, parques, pasillos escolares. Cuando las personas pierden a un ser querido, en situaciones tan injustas, suelen volverse sensibles frente a desgracias similares. Es, de nuevo, este asunto de conocer algo desde la entraña y no desde la cabeza. Ahora amigos y familiares comparten todo el tiempo fotos de chicas desaparecidas.

Ahí en Facebook hallé el perfil de un amigo de Ceci. Es un chico delgado y de expresión taciturna que sube muchos videos de Los Ramones y escribe fragmentos de canciones de rock punk. Relata públicamente la historia de su amor platónico por la chica de los ojos color miel; sus ganas casi suicidas de volver a verla. El 11 de febrero advirtió: “No quiero esperar tanto para volver a verla. Espero no tener que morir de viejo y que me caiga un rayo un día de éstos”.

El 29 de febrero escribió: “¿Está mal que uno de tus sueños sea morir por una casualidad para poder volver a ver a esa persona a quien tanto quieres?” A comienzos de marzo siguió su duelo: “A tres meses sigo sin creer que te has ido”. Él mismo se responde. Estás en el cielo, ahora. Estás en un lugar mejor. ®

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Publicado en: Apuntes y crónicas, Marzo 2012

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