Cierta fascinación por los médicos

De la limpieza del alma a la limpieza de los intestinos

El paciente se considera a sí mismo un objeto de estudio, siempre en riesgo de estar alojando las más variadas y cruentas patologías. La medicina de diagnóstico, por loable que pueda ser, tiene la tendencia a transformar a los pacientes en enfermos.

Ilustración del siglo XV de la peste bubónica. Biblia de Toggenberg.

Ilustración del siglo XV de la peste bubónica. Biblia de Toggenberg.

Me considero una hipocondríaca moderada. No creo estar enfermando todo el tiempo. Con frecuencia me olvido de mi cuerpo y de sus humores, pero cuando el mínimo signo de enfermedad hace su aparición mi respuesta es un terror inmoderado. Digamos entonces que voy a los médicos con timidez y que pienso en la muerte con horror. Me resulta difícil evaluar mis situaciones médicas con total objetividad.

En los últimos tiempos mi cuerpo, por razones más emocionales que otra cosa, se reveló frágil, y las visitas a los médicos se intensificaron. El año pasado, por ejemplo, una fuerte alergia llegó al punto de no dejarme respirar por la nariz un día entero, y tuve que pasar por médicos otorrinos que aseguraban que la operación de los cornetes nasales era la solución, hasta otros que opinaban que no era tan grave. Los que aconsejaban cortisona por meses y los que sugerían una serie de vacunas orales más benignas.

Un médico está en posesión sin dudas de un saber específico sobre el cuerpo humano, pero su aplicación tiene un sesgo totalmente personal. Desbordados en los hospitales y en los consultorios propios, los médicos tienden como bien sabemos a curarse en salud y sobremedicar al paciente, como una especie de padre severo del pasado, de esos que castigaban a sus hijos inocentes “para cuando hagas algo”. Es decir, si uno va con un cuadro de gripe con fiebre, el médico con gran alegría recetará antibióticos, mejores cuanto de más amplio espectro se trate, y un ginecólogo, ante la duda, y las pocas ganas de hacer un cultivo, medicará a una mujer con antimicóticos y antibióticos ante cualquier signo de infección vaginal.

Estas minucias entran en contradicción con otro aspecto de la práctica actual: la detección precoz de enfermedades potencialmente mortales. A sabiendas de que el diagnóstico precoz es la mejor manera de prevenir la muerte en otros tiempos segura, los estudios de diagnóstico se obstinan en hurgar en cuerpos humanos de todos los géneros y edades con frecuencia cada vez mayor, en busca del diagnóstico perfecto. (Aunque la sofisticación de las máquinas no siempre iguala a la del ojo humano, y por eso no son pocos los enfermos de cáncer no diagnosticado a tiempo. “El médico no lo vio”, es la respuesta. El médico no vio el quiste hasta que no tuvo un centímetro, o insistió en que el dolor era muscular cuando había un crecimiento anormal de las células.)

A sabiendas de que el diagnóstico precoz es la mejor manera de prevenir la muerte en otros tiempos segura, los estudios de diagnóstico se obstinan en hurgar en cuerpos humanos de todos los géneros y edades con frecuencia cada vez mayor, en busca del diagnóstico perfecto.

Por supuesto, sería una tremenda estupidez ir en contra de los avances que permiten los estudios de imagen, de sangre y demás maravillas como la colonoscopía en la detección precoz de enfermedades de todo tipo. Sobre todo las degenerativas. Pero me gustaría analizar un poco los efectos de esta práctica constante sobre la mente de las personas.

Un paciente de edad mediana, pongamos cuarenta años, pasará por estos trámites al menos una vez al año. Si es mujer, el médico ginecólogo además le indicará una mamografía, una ecografía mamaria, una ecografía transvaginal y un papanicolau. Esto teniendo en cuenta que la persona esté totalmente sana. Cualquier mínima anormalidad implicará más estudios, hasta determinar si se trata de algo que requiera atención o no. Y mientras tanto el paciente, que por lo general es aprensivo, desconoce todo sobre medicina y encima tiene una herramienta como Google a mano, no cesará en su desesperación. Ni hablar del hipocondríaco.

El paciente, en este contexto contemporáneo, se considera a sí mismo un permanente objeto de estudio, siempre en riesgo de estar alojando sin saberlo las más variadas y cruentas patologías. La medicina de diagnóstico, por loable que pueda ser, tiene la tendencia a transformar a los pacientes en enfermos.

Vivimos en una sociedad “a full”, donde nadie tiene tiempo para nada, aunque para el paciente que decide hacerse su “chequeo anual” el tiempo se detiene y de pronto se convierte en un ser volcado hacia sí mismo, un percibidor de signos y señales de enfermedad abocado a pasar por escáners, a repetidos análisis de sangre, de orina y de heces.

El resto del año tampoco abandonará el estado de alerta. Estará atento a las posibles señales de enfermedad mediante el autodiagnóstico mamario, la requisa de la piel en busca de melanomas, los posibles síntomas de glaucoma, etc. etc. etc. Es decir que, como antes destacábamos, el individuo que va a hacerse detectar los síntomas de algo que podría matarlo es ya una especie de enfermo. Y cuando empieza por una parte del cuerpo, sigue con otra, y con otra, y con otra… así hasta que entre gastroenterólogos, dermatólogos, cardiólogos, urólogos y demás especialidades consiguen asegurarle que no tiene nada.

Ciertas personas se deleitan leyendo que en sus análisis las cifras coinciden exactamente con los estándares. La pureza del cuerpo a veces parece considerarse un fin en sí mismo. “Mis análisis están impecables”; “no tengo nada”. ¿Y ahora?

Un personaje del Retrato de una dama dice de otro, enfermo de tuberculosis: “Por suerte está enfermo. La enfermedad es su carrera”. Así se plantea para muchos la medicina por diagnóstico: el estar limpio, libre de triglicéridos altos, con el colesterol en los rangos normales, se considera un fin en sí mismo. El cuerpo ha dejado de ser un medio para obtener cosas (dinero, placer, obras de arte, para convertirse en un objeto de estudio, algo que debemos poner a punto constantemente).

Ante el más mínimo signo de enfermedad, el paciente contemporáneo, tan falto de tiempo, no escatimará en visitas médicas, y seguirá indagando permanentemente en su cuerpo, cuando la mayoría de las veces el mal está alojado en su espíritu.

La medicina moderna, tan lejos de una concepción holística, raras veces pregunta al paciente por su vida cotidiana. El dolor de espalda se trata con kinesiólogos, y una contractura originada a raíz de una ruptura amorosa, por ejemplo, recibe el nombre de “lumbalgia” o “dorsalgia”. El hombre o la mujer en cuestión se convierten entonces en enfermos. Presos de su dolor, invierten meses en curarse de algo que está alojado sobre todo en sus cabezas.

La dorsalgia es para mí, por ejemplo, un mal que considero espiritual y que me aturdió en los últimos meses. Recorrí varios consultorios en busca de soluciones, sin encontrar ninguna. Al día de hoy llevo veinte sesiones de kinesiología que operan todas con la misma técnica: el kinesiólogo abandona al paciente con aparatos eléctricos, atiende por lo general de a ocho por vez, y al finalizar efectúa un breve masaje, de apenas unos tres minutos si uno tiene suerte. Esto, que podría durar diez sesiones y generar mejora, no ocurre de este modo porque la dedicación es mínima. De modo que al terminar la décima sesión demandan una nueva receta, luego otra, y así hay pacientes que llevan diez años de tratamiento interrumpido, pero que regresan siempre con el mismo problema. Lo extraño es que opere aquí esta especie de síndrome de Estocolmo. No se me ocurre otra respuesta más que ésta: el paciente desea estar enfermo. No conscientemente, claro, pero la tendencia de tanta gente a relatar pormenorizadamente sus enfermedades, sus operaciones, sus sesiones de kinesiología, no hace sino reafirmar esta opinión.

Aquellos que por una u otra razón han entrado en comportamientos de automutilación saben una cosa, y es que curarse las heridas, una vez hechas, puede producir placer. Curarse a uno mismo, una vez que ha tomado demasiado, que ha abusado de comidas o drogas, que se ha sentado mal frente a una mesa día tras día sabiendo que alguna vez la espalda dejaría de soportarlo, encuentra cierto placer en curarse las heridas autoinfligidas.

Existe un delicado mecanismo de compensación entre el daño y la cura. Sin quererlo, o queriendo, los médicos lo explotan hasta el cansancio.

La prohibición como concepto curativo

Mónica Katz es una médica nutricionista fundadora del movimiento No dieta. A grandes rasgos, lo que este movimiento sostiene es que la prohibición causa necesidad, y la “no legalización” del placer en las comidas hace que se dispare el deseo de ingerir ciertos alimentos no demasiado nutritivos. Según Katz, estudios en países muy diversos demuestran que las dietas restrictivas generan un efecto de rebote: años después nos volvemos a encontrar con el paciente y está más gordo.

Katz puso a prueba los rudimentos de esta política con diabéticos: en vez de prohibirles, les dejaba comer una pequeña golosina cada día. Los resultados fueron muy positivos: los pacientes se sentían menos ansiosos y sus valores en sangre mejoraban.

La medicina, en general, no sólo la nutrición, se caracteriza por esta cualidad restrictiva. Si el paciente tiene dolor de rodilla, aunque corriera antes de la aparición del dolor 10 km por día, y sin evaluar nada, se le dice que el rebote es malo y que deje de hacerlo. Si tiene várices, se le indica reposo y levantar las piernas. El paciente además, tiene simplemente que seguir la orden. De poco valen sus opiniones. La medicina occidental es pasiva. No considera lo que el paciente tiene que decir ni sus sentimientos sobre las cosas. La medicina occidental funciona sobre la restricción, por lo general haciendo total abstracción de la enorme resistencia del cuerpo humano y de los deseos profundos de las personas.

La paciente y el doctor.

La paciente y el doctor.

La medicina de diagnóstico —además de resultar sumamente rentable, tema que no discutiremos aquí— crea una dependencia con la causa que funciona perfectamente con el control capitalista: no hace falta que el médico inste a hacer nada, porque voluntariamente el paciente, sabedor del horror que puede encontrarse dentro del propio cuerpo, irá cada año a hacer el tan necesario chequeo, en busca de una patología que pueda matarlo.

Es claro que no queremos morir, pero sobre todo que queremos estar limpios. Limpios de sida, de cáncer, de colesterol.

En palabras de Umbral, quien dedicara en sus columnas en El País una a “el chequeo”, “se trata de un afán puritano de limpieza, de una obsesión aséptica y elitista que viene desde la limpieza del alma y llega hasta la limpieza de los intestinos”.

Para concluir, me gustaría decir que, detrás del afán de permanecer joven, de borrar las arrugas y del imperativo actual de la juventud se esconde este otro afán: el de estar limpio, y que las operaciones estéticas no son otra cosa que la consecuencia lógica de construir una imagen del cuerpo como un fin en sí mismo. Se empieza por el chequeo y se termina en el botox. ®

Publicado en: Apuntes y crónicas

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