Círculos concéntricos

El coyote persigue al correcaminos con sus zapatos cohete. El coyote bebe un trago de cerveza tras otra jornada de fracasos. El coyote tiene sueños tortuosos y no puede escapar de la geometría.

Para Marcos y Juanito
Porque fuimos niños

Todo comienza con un plano [hoja en blanco] y un punto que dibuja otro punto y otro punto formando una línea equidistante a otro lejano centro, el círculo formado adquiere un color áureo que arde con orgullo malicioso sobre el cielo del desierto; algo de polvo pasa silbando y un rodamundos viaja por el lado invisible de la eterna carretera. El Coyote viste un traje murciélago, sus patines cohete abrocha cuidadoso, lento levanta la vista hacia el horizonte, tiene una mirada decidida porque siente que hoy será su día de suerte. Ya me vi, se dice por dentro, mientras se pone los lentes rojos. Ya me vi, y camina arrastrando la enorme y gruesa liga de la resortera gigante mientras suena un piano de fondo, hasta que llega al punto exacto de tensión; se inclina cuarenta y cinco grados desenfundando tenedor y cuchillo, entonces comienza la angustia de la espera.

Correcaminos urge con peculiar ruidito, Coyote sale en súbito disparo: desplegadas las alas, los cohetes arden en el aire acercando velocidades. Son casi dos vectores paralelos. Lo tiene por muy poco >>> al alcance de sus manos, Ya me vi, piensa, y quita la vista del frente. Un túnel monolítico [Círculo negro sobre prisma poliédrico] detiene su vuelo volviéndolo acordeón con patas, a lo lejos, se oye el canto burlón. Son como dos vectores cuyas fuerzas aparentes no se tocarán nunca. El piano y los efectos sonoros se detienen. Rojos círculos concéntricos nos dicen que eso es to…, eso es to…, eso es todo, amigos.

Pero eso no es todo, se levanta y sacude, se pone sus botas y camisa a cuadros y recoge su sombrero para ir a su cuartucho: un pequeño cubo de tres por tres en medio de la nada: su casucha de velador. Se acuesta un rato en el catre e intenta encender la radio, no hay pilas [otra vez], saca su imitación de Ipod (marca ACME, pero jala chido) y pone ? su lista de reproducción de Los tigres del norte.

A falta de buen descanso se va rumbo a la cantina, muy enojado camina cinco mil metros de tramo. Después de la larga andada en medio del desierto encuentra La Esperanza. Entrando saluda al cantinero con movimiento de garra. El mesero pasa silbando un saludo, observa a su alrededor hasta encontrase en la mesa del rincón con Don Gato, de frente a ellos Benito pide ayuda para poner unas canciones en la rockola (marca ACME, pero bien surtida).

[Canción 03 Disco 13: Lorenzo de Monteclaro, Abrazado de un poste]

Una Corona, por favor, ¿no hay nada? ¿No hay nada de qué? De botana. No, no hay nada. Uh, qué mal, tengo mucha hambre. Oye, Coyote, ¿por qué en vez de gastar tu dinero en puro producto chafa no te compras mejor un pollito rostizado? Jajajá, ustedes no lo entienden. ¿Por qué quieres atrapar al correcaminos? Porque es un manjar, ¡una delicia! ¿A poco sí?, ¿qué necesidad hay de eso?, de veras que mejor prepárate una machaca, un cabrito. Coyote toma su cerveza y la vacía en un tarro inclinándola cuarenta y cinco grados hasta llenar dos terceras partes, luego deja de ladearlo para que la espuma quede en la cantidad perfecta (que no sea mucha ni poca, pues), toma una rodaja de limón y deja caer tres gotas, se sumergen formando un rizo, una espiral cuyas proporciones concuerdan con el rectángulo dorado, una línea curva que desaparece en progresión geométrica, aunque nadie nunca se percata de esto. Ya, pinche Coyote, dinos la verdad, qué manjar ni que nada. Molesto, termina su cerveza de un trago, avienta unas monedas a la mesa y dice, de espaldas a ellos, separando las hojas de la puerta de cantina: Nos vemos, gatos, tengo hambre.

Afuera se percata de que no tiene más dinero para comer, hace mucho calor, busca cualquier sombra para sacar su catálogo de productos marca ACME y ansioso se sienta a imaginar cuál será el bueno: la catapulta, la pistola con guante de box, cartuchos y cartuchos de dinamita. Se sienta a imaginar que atrapa al correcaminos, cuando se da cuenta, cuando el silencio del desierto lo trae de vuelta, se siente solo y estúpido.

Regresa al cuarto de velador, cuida hectáreas de cosecha, trabajo patético para él, ingeniero agrónomo titulado, pero necesita el dinero y alguien tiene que hacerlo. Encerrado, con hambre, busca otra vez compañía. Camina cinco kilómetros rumbo al putero de la zona. Mira a Don Gato en su mesa preferida ¿Y Benito? Pues que se anda rifando con la Gatúbela, pero ya regresa. ¿Cómo andas, Coyote? Bien bien. ¿Ya comiste? Te vale madres. ¿Por qué ese humor, pelado?, ánimo, tienes tu chamba, ya traes morra… Me dejó… ¡Puta madre..!, no, pos.., aliviánate, campeón, estamos contigo. Me dejó… y por un correcaminos. ¿Por eso quieres atrapar al correcaminos? A huevo, porque me la debe, si lo voy a matar. ¿A poco sí? Si eres bien cobarde. Una mesera pasa a su lado dejando una Corona ámbar, tiene unos pechos privilegiados, para besarlos, besarlos y besarlos. El Coyote se queda meditando la ecuación adecuada para calcular su volumen. Ya, pinche Coyote, dinos la verdad. Sus miradas se encuentran pero sabe que ella está fuera de su alcance, pertenece a otra realidad. Coyote sonríe. Está en mi naturaleza, es lo que es. Ja ja já, tonterías. [Suena Payaso, José José] Don Gato y Benito comienzan a corear burlonamente: Uno no es lo que quiere/ sino lo que puede ser /en verdad eres coyote/ pero qué le vas a hacer. Molesto, termina su cerveza de un trago, avienta unas monedas a la mesa y dice, de espaldas a ellos, separando las hojas de la puerta de cantina: Nos vemos, gatos.

Otra vez a su cuartucho a dormir un rato. Tiene una serie de sueños tortuosos [Dreams, John Cage]: sueña que él es el perseguido; que el Correcaminos y él son hermanos; que son sólo una atracción para televidentes, un cuento. Qué terrible es pensar que la gente se entretiene con la desgracia ajena.

Ahora, ya más de noche, jala para casa de Don Gato. A cinco mil metros de distancia [Todo está dentro de ese radio]. Llega a la mansión de su jefe, el narco de la zona, pasa por la entrada con los guarros, pasa por el aviario y la jaula del tigre, pasa por el lago con flamencos y llega al lobby con cascada, no no no no, DOBLE cascada. Don Gato baja con cuidado unas largas escalinatas junto con Benito, su guardaespaldas. En el patio trasero se encuentran Los Tucanes de Tijuana [, Los tres animales] amenizando una fiesta más. ¿Por qué quieres atrapar al correcaminos? Porque un correcaminos mató a mi padre. ¿A poco sí? Ya, pinche Coyote mentiroso, di la verdad, ya estuvo de inventar historias. Se siente confundido, su mirada va de un lado a otro, siente que a esta altura de la madrugada las cosas están cambiando, las cosas son muy diferentes entre la barra infantil y el horario para adultos. No lo sé, responde finalmente. No lo sé, está en nuestra naturaleza, yo lo persigo, el corre, todos los días, temprano, a la misma hora. ¿Por qué nunca lo atrapas, si has estado a punto de hacerlo? Es que corre un chingo, ¿sabes cuántas líneas se mete para correr así todo el día? Cómo no voy a saber si a mí me las compra bien ansioso, pero nunca lo has perseguido de noche, además, dejas a un lado un detalle muy importante que por estar frente a ti no lo descifras ¿has notado que cuando corremos el fondo se repite, no ves pasar el mismo cactus una y otra vez? Corremos en círculos por la vida, siempre en círculos. Sólo tienes que cansarlo, correr en contrasentido, el correcaminos se la pasa dando vueltas y vueltas. Coyote medita en la ingenuidad y simpleza de aquel consejo. Recuerda: de noche somos más humanos, dice Don Gato, pero al final sólo somos una mentira. La búsqueda permanece, aunque nadie la escriba, aunque nadie la atienda y no necesita explicación. Coyote sale con el rostro lleno de dudas abriendo las puertas de par en par, Ya me vi, se repite contrariado.

*

La corretiza dura harto, de un lado a otro alrededor de la pantalla, corren tanto que arden sus piernas y la fatiga llena sus pulmones, hasta que de plano el suelo se mueve como un péndulo ebrio apoyado en la luna. La verticalidad se pierde despacio, flotando, como si los dos seres fueran sólo de pensamiento, en el momento justo en que, por fin, logra derribar al Correcaminos. La caída levanta una nubecilla de polvo. Una lagartija los observa montada sobre una piedra y luego reptando satelitalmente a su rededor. Coyote patea las costillas de su rival tirado el piso, oye un crujido cortando exhalaciones; deja caer un pisotón en la boca del estómago para sacarle el aire, siente la carne y los huesos bajo sus botas; el otro forcejea pero no puede escapar, Coyote lo sujeta de los brazos, toma una piedra cercana y la alza lo más que puede para dejarla caer, en un golpe limpio y seco, sobre el rostro sucio del otro. Él sale de su órbita, comienza a sangrar de la frente, la sangre se mezcla con el sudor y la tierra helada. Coyote sonríe. Otra vez, alza la piedra lo más que puede dejándola caer, en un golpe certero, para romperle la nariz. Ríe. Alza la piedra una vez más para destrozarle los labios y un par de dientes se incrustan en la roca. Cansado, observa el rostro del otro como si fuera un espejo. En ese momento comprende un poco más de sí mismo. Se retira un par de metros dejándose caer. Ya no siente hambre. Es una noche hermosa, las estrellas parecen dibujadas sobre el cielo, se acuesta a mirarlas, observa de reojo la respiración agitada del otro, poco a poco más pausada.

El correcaminos se levanta tambaleándose, se lleva las manos a la cara para sostener lo que queda de ella y camina arrastrando una pierna. ¿Nos vemos mañana, temprano? Correcaminos voltea y asiente con la cabeza, se aleja hasta perderse en el horizonte. Coyote mira las estrellas de nuevo. ¿Es que acaso esto es todo? Mira de frente a la luna creciendo como un enorme círculo plateado que lo absorbe todo hasta dejar la simpleza de una página en blanco. ®

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Publicado en: Diciembre 2011, Narrativa

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  • Alejandro Villafuerte

    De sueño a pesadilla, la realidad acaricia a las pesadillas y la fantasía a un dulce sueño.

    – Muy buena –

  • Está chido el cuentito ! ! !

  • Me gustó mucho el cuento. Sobre todo, la manera de ver las cosas más allá de su superficie. Me sentí dentro de un buen viaje con LSD a la más tierna infancia. Felicidades.