CIUDAD JUÁREZ: EL TRASPATIO DEL PRIMER MUNDO

Doce cuadros de la vida cotidiana en la frontera

“Hay quietud. Calma. Me invade esa sensación de que ya lo he visto todo, pero la controlo. Paso delante de un terreno amplio que alberga una estructura metálica y roja mate. Está inacabada y huele a agua estancada. De ella provienen ruidos que puede ser lo mismo la vida de algún pájaro o de un perro o un animal rastrero de cuatro patas. No puedo evitar un pensamiento morboso: si tuviera el cuerpo de una mujer muerta no me sería difícil deshacerme de él en este sitio en complicidad con la noche.”

Doce

Una noche en la frontera, © Toño Juárez

No siempre se llega a un cuadro, a una fotografía, desde el aire.

Es raro.

Yo arribé en el vientre de un avión a una realidad que es imagen de una ciudad industrial y lúcida, amable y trabajadora, enclavada en los contrastes terrenales del tercer mundo, la violencia mafiosa y la indiferencia asesina serial de mujeres. Ciudad Juárez, pensé, es un infierno y no sólo por el sofocante calor de más de 40 grados centígrados que marcaba el termómetro al salir de la aeronave. También lo es porque se trata de una urbe en la que no hay nada y que paradójicamente parece tenerlo todo. Hasta su propio cártel de narcotráfico. Es probable que la realidad sea a la inversa. Lo hay todo y parece no haber nada. Quizá el infierno es no saber si lo cierto es lo primero o lo segundo.

Once

No mentiré. Acá no hay reporteros heroicos.

El periodismo duro, el de opinión o investigación, en Ciudad Juárez no existe. Quién se atrevería a recibir el desquiciante dilema de ser silenciado: ¿plata o plomo?, que a final de cuentas es una moneda cuyo frente y reverso tienen la misma cara.

Por la parte literaria, desde 2666 éste es territorio Bolaño. Por aquí andan Pelletier, Amalfitano, Fate y, como se sabe, es probable que hasta Benno von Archimboldi haya venido para Santa Teresa. Así que añadir algo mucho tiene de oficioso.

O quizás no.

Los apuntes de un visitante defeño también cuentan. Más porque hace unos días una amiga fan de Liz Norton, mis ojos en Santiago de Chile, incrédula y con horror me narraba por Messenger un reportaje que transmitían por Canal 13 sobre la violencia provocada por el narcotráfico en Ciudad Juárez. Incluso me mandó el link para ver el programa en vivo por Internet, pero no se pudo abrir. Allá o en México alguien se ocupó de bloquear la señal.

La fan de Liz también me pidió que le contara si toda esa violencia extrema que veía en la pantalla —un hombre con cabeza de un chancho muerto provocando a otro cártel, tiroteados, aceras ensangrentadas,  policías y periodistas atemorizados fue lo que más le impresionó—, era un montaje o irreal.

Ojalá fuera una pesadilla, le dije. Pero no. En Ciudad Juárez nadie duerme. Al menos no tranquilo. Porque camarón que se duerme, se lo carga la chingada.

Diez

Antes de salir del aeropuerto hay que pasar revisión con unos milicos, de los muchos que patrullan la ciudad. Espero turno y observo a una mujer de unos cuarenta años y de muy atractivo cuerpo que venía en mi vuelo con un ranchero malencarado, que sospeché que era narco. O que parecía interesado en dejar esa impresión. Traía un sombrero Saucedo, camisa tipo Mario Almada, con costuras y adornos de lujo, vaqueros y botas de fantasía. Obvio, ostentaba gruesas cadenas de oro, anillos con pedrería y bigote y pelo en pecho, negros. No le faltaban sus Ray-Ban. Ambos fueron mis compañeros de asiento durante los primeros minutos de viaje. Luego se pasaron a unos lugares vacíos que había adelante, a la altura de las alas. Al bajar él echó bronca, leve: nada trágico, a otro pasajero quien le pedía que lo dejara pasar antes de que siguiera obstruyendo el paso al sacar su equipaje de mano.

El milico oficial Fuentes me preguntó mi nombre, se lo dije, y revisó mi valija y dio luz verde. Apenas salí a la calle sentí que alguien me aplastaba. Una mano gigantesca. La mano del calor desértico, ciega, inútil, yerta. Mucha gente traía puesta la verde. Cómo quedó México, pregunté al recordar que la selección de futbol jugó un partido premundialista. ¿Calificó?, dije. No se sabe aún, me dijeron.

Nueve

Rumbo al hotel.

Por un bulevar me doy cuenta de los comercios que hay en una zona que me hace recordar, de nuevo, películas infames de pistoleros fronterizos mexicanos emuladores de Clint Eastwood.

Hay restaurantes de comida rápida. Algunos centros comerciales. Fábricas. Hay demasiado cemento en el panorama. En cierta medida es como estar en un pueblo de USA aunque reproducido, para llevar. O en México, vaya, pero no del todo. El Paso, Texas, queda a cinco minutos. A un lado va el río Bravo. Hay anuncios en inglés. Poca gente en la calle. Busco que en algún negocio haya un letrero que diga Se habla español.

Ocho

Mi habitación es agradable a ratos. El clima artificial está al máximo y refresca, pero luego cala en los brazos y el rostro. Hay que apagarlo. Luego todo se acalora y hay que darle On.

La televisión no tiene mando a distancia. Tengo cama king-size. Al menos se puede fumar. Voy al restaurante y compruebo que las ensaladas no es lo bueno en las regiones del Paso del Norte. Alguien me sugiere carne. Un rib-eye o un filete mignon. Maravillosa diferencia. Salgo a explorar.

Siete

Enciendo la ear-eye-snif-recorder.

Hay abandono en la ciudad. Vuelvo a observar poca gente en las banquetas, incluso en horas de la tarde y noche, cuando el calor ha disminuido, lo que no deja de ser un decir. Encuentro tonalidades de gris y tierra por todas partes. Las casas son de una o dos plantas, con patio delantero. Hay quietud. Calma. Me invade esa sensación de que ya lo he visto todo, pero la controlo. Paso delante de un terreno amplio que alberga una estructura metálica y roja mate. Está inacabada y huele a agua estancada. De ella provienen ruidos que puede ser lo mismo la vida de algún pájaro o de un perro o un animal rastrero de cuatro patas. No puedo evitar un pensamiento morboso: si tuviera el cuerpo de una mujer muerta no me sería difícil deshacerme de él en este sitio en complicidad con la noche. O la madrugada. Me entero de que la propiedad era de un narcotraficante. Lo agarró la tirana. Hoy está en venta. Sigo. Hay pequeños negocios cerrados, de tomas de fotografías para pasaportes, de gestoría de documentos de emigración. Miro uno tras otro locales vacíos. O abandonados, con las mercancías cubiertas de polvo. Parece que los locatarios tenían prisa por marcharse. Y adónde, me pregunto. No lo sé. Pero me da por especular. Pienso en los comercios del videojuego serial Silent Hill, porque a ratos uno se siente en un pueblo fantasma.

Voy a dar a una avenida llena de consultorios médicos y sanatorios. Salgo de ella, deseando no caer en uno de ellos. Camino y fumo. Una como autopista, que no lo es. Freno. No quiero ser atropellado. La opción es internarme en un barrio con suelo de tierra, descontando que tierra hay en todas partes, incluso en las superficies donde no debería haberla. Desde aquí se aprecia con nitidez el horizonte recortado por las siluetas inestables y angustiadas de las montañas. Hay un intento de jardín con árboles artríticos y muy probablemente en fase terminal donde no hay nadie y unos bancos de cemento.

A lo lejos distingo una bandada de perros que esperan a un camarada. Son más temerarios que yo y se disponen a cruzar lo que me pareció una autopista. Sigo mi camino. Oigo un rechinar de llantas. Volteo. La llanta delantera primero, luego la trasera, ambas del lado derecho de una camioneta blanca, pasan por el cuerpo que se revuelve de uno de los canes. Cierro los ojos, pero no tardo en abrirlos. No escasean los lotes a medio construir o de plano los predios baldíos, sin mayor atractivo que el que yo me empeño en encontrarles. Son como poemas mal escritos y por ello incomprendidos. Sudo. Cruzo aceras de un lado a otro. Es encantador perderse por calles y avenidas que uno jamás pensó que existieran y que de hecho desaparecerán inmediatamente después de que uno transite por ellas. No traje mapa. No creo necesitarlo. Una librería pequeña, cerrada. Husmeo por los cristales de la puerta y distingo unos ejemplares de literatura de autoayuda. Avanzo. Fuera de una casa hay un coche deportivo con las puertas abiertas del que sale música bandolera, dos tipos con playera de la selección de México están recargados en la pared y beben cerveza. Al pasar junto a ellos miro que el zaguán de la casa está abierto y dentro hay otros sujetos bebiendo y jugando a los naipes. Me miran y quizá descubren mi extranjería. Memorizo dónde se localizan hamburgueserías Wendy’s, Rapiditos Bip-bip, ciertos hoteles y negocios que ofrecen salidas diarias a Las Vegas. Por 55 dólares, no más. He visto a algunas mujeres jóvenes caminar solitarias. Unas me dieron la impresión de que habían salido del trabajo e iban a sus casas. Otras que habían salido de sus casas e iban al trabajo. Al tercer turno, seguro. Me interno por el centro y doy con prostitutas decrépitas sentadas en una silla fuera de sus vecindades. Me miran, las miro, entre luz amarillenta. No me detengo porque imagino para darme valor que seguir caminando es mi seguro de vida. En las esquinas hay tipos carcajeantes, en banda. Algunos me ofrecen líneas, mota o lo que yo quiera. El olor es a tubería. Una patrulla con las puertas abiertas está atravesada entre dos calles. Las luces de la torreta me dan en la cara. Rojo, azul. Rojo, azul. Dos ratis catean a una pareja, sobre la pared. Llego a un punto por el que decido que no puedo seguir, si es que quiero seguir.

Seis

Una montaña que se ve de todas partes o casi, dice con letras grandes y blancas algo así como que Ciudad Juárez La Biblia es la verdad Léela. Un mall. Lo más grande es una tienda de autoservicio cuya iluminación insuficiente me hace pensar en una tienda Conasupo a la que iba de pequeño. En diversos locales atendidos por mujeres jóvenes se exhiben ropas económicas. Hay dos, quizá tres café-internet. En el cine, multisala, se dan tres películas que vi hace seis meses. En algunos puestos a la mitad del paso muchachas en edad escolar venden celulares, adornos femeninos, paletas heladas y golosinas. Camino hasta una pista de hielo, que no tiene hielo, sino un suelo disparejo de cemento que forma un óvalo. Alrededor, recargadas sobre la barandilla, algunas parejas de novios miran hacia la pista de hielo, que en un letrero dice Celebra tu fiesta en la pista por sólo 550 pesos y en otro Cerrada por reparación. En Burger King compro un cono y luego me dirijo a un teléfono público de tarjeta y marco un número de Ciudad de México.

Cinco

La gente en Juárez que no pretende ser o es de las filas del narcotráfico da la impresión de ser noble, diría que hasta sumisa y muy provinciana. Son amables, hablan bajito. Bajan la cara o miran a otro lado mientras le hablan a uno. Los taxistas de inmediato se vuelven cómplices de sus pasajeros y cuentan mitos urbanos mezclados con la historia del homicidio más reciente. Hay más de diez diarios, así que la información es fresca. También dan sugerencias hacia donde encaminarse. La calología en las mujeres, como el clima: en los extremos. Unas declaradamente feas. Otras, como pepitas de oro en una mina, sorprendentemente hermosas. Así es, casi sin términos medios. Todas con acento norteño que de pronto me dio por imitar cuando hablaba con ellas.

Aunque parece que hay vida nocturna ruda, no lo es tanto. O sí lo es, pero se mantiene en stand by y uno vive cierta paranoia percibiendo el peligro en el aire. En los expendios de burritos y tacos de asada a la intemperie uno tiene la sensación de que el mesero es una mezcla de Jason y los patos malos que conducen el auto negro con llamas en Sometimes they come back.

En los antros todo acaba a las dos de la mañana. Lo público, al menos. Dicen que en ocasiones llegan pistoleros que arrebatan sus minas a tipos que no pueden impedir que las violen. O se las lleven y nunca más vuelvan a verse. El célebre Noa-Noa se quemó hace años. Todos refieren como lo más interesante dos o tres tables. En uno bailan muchachas originarias de USA. En el otro, que tiene nombre de músico, también, pero junto con mujeres nacionales, de la región. El tercero es lamentable y si los dos anteriores son aburridos, en éste al menos pude ver Estigma en una de las televisiones que transmitía en la pista. Hay muchas discotecas. La mayoría resultan bastante monótonas y pobladas por gringos y rancheros locales ebrios, que son narcos o de menos quieren parecerlo, algo que en sí resulta importante para ligar, ya que según una tipa con la que estuve platicando me hizo saber, o inventó: vaya uno a saber, que muchas mujeres, sobre todo las jóvenes, hoy en día a lo único que van a las discotecas es a intentar pescarse a un narquito y resolver sus vidas. Así dijo, en diminutivo, narquito. Que generalmente visten como vaqueros y se muestran con alhajas y todo tipo de fanfarronerías que los separan de los narcos pesados, que en general, si prefieren ir a lugares públicos y no celebrar fiestas exclusivas en sus propiedades, lo hacen con cierta discreción o de plano mandan cerrar el lugar, sin cerrarlo, sólo reservándolo para ellos y sus amigos.

Durante la noche, en avenidas amplias, hay coches que parecen jugar a las carreras. Aceleran a fondo. Como en todo Need for speed.

Me costó, pero encontré en algún sitio el legendario mezcal Los Suicidas. Bebí una copa y comprobé que es muy bueno.

Cuatro

A la fecha son más de 500 las mujeres asesinadas en los últimos quince años y, sumando las desaparecidas, el total supera las 800, aunque hay quienes cuentan mil. En el caso de las muertas de Juárez toda cifra exacta es inexacta.

Hay detenidos. Uno de ellos, extranjero, murió hace más de dos años en la cárcel. Se suicidó. Se especula mucho pues desde que estaba preso los asesinatos seguían. Y no paran. Si es uno el asesino serial, hecho poco probable aunque sostenido entre otros por un especialista estadounidense, tiene el récord mundial e histórico. La policía, como me hicieron notar varias personas, está alerta, ronda la ciudad: aun vestida de civil para no llamar la atención, aunque hay gente que señala a la autoridad como cómplice.

—Curiosamente patrullan la ciudad, todos lo vemos, pero a los lugares de los homicidios la poli es la última en llegar —me aseguró un chofer de transporte público.

El narcotráfico, los crímenes de la delincuencia organizada y los ajusticiamientos han enrarecido más el ambiente. El ejército está desde hace algunos meses en las calles, pero Juárez sigue sin ser territorio seguro.

—Hace algún tiempo se estaba preparando la primera generación de policía especializada en Juárez, les trajeron instructores israelíes y la chingada. Pero unos días antes de graduarse les tirotearon el cuartel y les dejaron un mensaje claro: si se graduaban los mataban uno a uno. Y fin: así se acabó la policía especializada.

Por supuesto, iba preparado para investigar algo de las muertas. Iba, de hecho, con esa frase en la cabeza de que en los asesinatos de Ciudad Juárez se encuentra el gran secreto del mundo actual. Y entendí que los asesinos son la indiferencia, el machismo, esa calidad de traspatio del primer mundo de una ciudad donde la gente de fuera, y la del interior, la que puede, va a divertirse y al desmadre, aunque todo el cuadro en conjunto pueda juzgarse, en realidad, monótono y desangelado.

Aquí, el asesino es también el asesinato visto como lo común y corriente. La indolencia.

Cuando platiqué con una amiga antes de volar a Juárez le dije un tanto en broma que iba exclusivamente a investigar lo de las muertas y pareció sorprenderse.

—¿Para qué? —dijo después de pensárselo—, si ya hay muchos reportajes y libros y gente que han hablado de ello. Ya hasta hay tipos en la cárcel. Ya no hay nada qué investigar.

¿No?

Cierta gente cree que las muertas, que a veces aparecen violadas anal y vaginalmente o mutiladas de los pezones o los labios vaginales y golpeadas y estranguladas o acuchilladas, en parques industriales, en el desierto, en sus barrios, en lotes baldíos, son sólo prostitutas o meseras de antros de medio y bajo pelo, mujeres prescindibles por tratarse de lacras sociales. No siempre es así y ni aunque fuera así podrían justificarse los asesinatos. Las mujeres muertas o desaparecidas, por regla general, que tiene sus excepciones, son jóvenes, de cabello largo. Casi siempre pobres. Las hay atractivas y otras no. Aunque ya se sabe que en gustos se rompen géneros y madres. O sea que ser mujer ya en sí es un factor de riesgo. Y si entre las muertas hay putas profesionales, puesto que igual las hay de hobby, también hay empleadas de maquiladoras, de empresas de servicios, vendedoras de productos varios, cajeras, hijas de familia, novias, hermanas, madres.

Tres

También hay turistas que compran recuerdos y pasean contentos por zonas que parecerían turísticas y culturales. Como todo visitante atento, observan una Ciudad Juárez que trabaja y se esfuerza para salir del violento día a día en el que parece vivir. Una cotidianidad absurda que convida al mundo y de la que todos, en cierto modo, formamos parte.

Me queda claro que hay gente de dentro y de fuera que quiere la ciudad, que en ella se siente como en casa.
Así me sentí yo por ratos. Aunque me tocaron un par de tormentas de arena.

Dos

Una madrugada, la del regreso.

En la caja-loro un tipo devora ensaladas con el cuerpo desnudo de mujeres como platos. Luego las mujeres comen sobre él, desnudo. En otro canal, un noticiero reporta sobre el caso del día: un perro asesino, en Texas. Tipo Cujo, supongo. El perro matón fue muerto. Pelis tediosas. La conducta alimenticia de ciertos mamíferos en época de celo. Un par de teledramas. Culebrones antiguos. Golf. Lo bueno es que solicité en la recepción mi control remoto. Puro zapping. De nuevo, el tipo de las ensaladas. Ahora anuncia que una mujer experta en sadomasoquismo le clavará los testículos en una pequeña tabla, lo que no es verdad. Lo que le clava, cuatro clavos, en rigor, es el escroto.

Más tarde. Cierro mi Macbook porque mis vecinos, número de habitación descendente, andan apasionados y se nota aun a través de las paredes. Según alcanzo a escuchar, son médicos. Él es de Chihuahua. Ella, que no dice de dónde es originaria pero que tiene también acento norteño, habla de un congreso médico al que asistió hace poco y se queja de sus colegas nada solidarias y de un medicamento que se promocionaba en el encuentro. Ella le pregunta por su esposa. Él evade la pregunta. Chasquidos. Besos. Él le pregunta por sus hijos. Ella habla de una muchacha que va a la secundaria y luego los chasquidos se vuelven respiraciones agitadas y también risas. Y después gemidos.

Uno

Ciudad Juárez es un infierno. Uno sin llamas, de infinitas tonalidades de gris, pienso en mi lugar del avión, mientras una azafata, ¿Diana, Mónica?, se empeña en darme caderazos cada vez que pasa junto a mi brazo. Me tocó pasillo. Tengo enchufados los audífonos de mi iPod. Escucho a Juan Gabriel, por supuesto: Ciudad Juárez es número uno / Ciudad Juárez es the number one / Y la frontera en donde debe vivir Dios. ®

Compartir:

Publicado en: Abril 2010, Apuntes y crónicas

Suscríbete gratis a Replicante:

Aquí puedes Replicar

¿Quieres contribuir a la discusión o a la reflexión? Publicaremos tu comentario si éste no es ofensivo o irrelevante. Replicante cree en la libertad y está contra la censura, pero no tiene la obligación de publicar expresiones de los lectores que resulten contrarias a la inteligencia y la sensibilidad. Si estás de acuerdo con esto, adelante.