¿Cómo entender la revolución 4.0?

La educación y las nuevas tendencias tecnológicas

Basada en cuatro pilares —internet de las cosas, sistemas ciberfísicos, cultura maker y fábrica 4.0—, este nuevo modelo de industria propone una digitalización total o parcial de los procesos de producción para alcanzar una mayor adaptabilidad a las necesidades y los procesos de producción, así como a una asignación más eficiente de los recursos.

La máquina de vapor de Watt.

Fue a finales del siglo XVII cuando la máquina de vapor encabezó la primera revolución industrial, al menos la primera en la era moderna de la humanidad. Desde entonces el desarrollo tecnológico ha sido parte indivisible en la evolución de las sociedades. La producción, que si bien es cierto, es un concepto que precede por mucho al inicio de aquella primera revolución, adquirió un papel preponderante en el desarrollo social y económico de los diferentes grupos étnicos alrededor del planeta.

Es imposible entender el porqué de aquel movimiento sin la creación y posterior cimentación del sistema bancario y los inicios de un todavía experimental neoliberalismo económico en Europa y Norteamérica. A partir de este punto podemos entender el desarrollo científico y tecnológico como respuesta a la demanda que marcan los mercados globales. Sin bien es cierto que la tecnología tiene como principal finalidad el satisfacer las necesidades de la vida diaria de las personas, así como de simplificar al máximo la realización de sus tareas, no podemos dejar de lado que muchos de los grandes avances tecnológicos que se vienen desarrollando desde aquel lejano 1774 van en función de necesidades más bien marcadas por una línea mercantil que por una verdadera adolescencia básica.

La primera revolución industrial comunicó al mundo, acortó las distancias, metafóricamente hablando, y fundó las bases de lo que tiempo después se entendería como el fenómeno de la globalización. Asimismo, dio origen a una nueva clase económica que encontró en la revolución del acero la oportunidad de amasar incalculables fortunas y adquirir un poder económico y político que aún hoy se mantiene a través de linajes industriales ubicados en lo más alto de la estructura social. La máquina de vapor de James Watt es sin lugar a dudas el estandarte de aquel movimiento que marcó el desarrollo histórico del ser humano, a partir de ella se derivan la industrialización en las fábricas y, por supuesto, el sistema ferroviario.

Acotada en un periodo relativamente breve, la segunda revolución industrial arrojó avances sumamente importantes como la creación de la bombilla, las primeras centrales eléctricas a lo largo del territorio estadounidense, el automóvil de combustión interna, la radio, el cinematógrafo…

Prácticamente un siglo de industrialización que, al margen de vencedores y vencidos representó quizás la época de mayor progreso hasta entonces. Cien años en los que la humanidad dio un paso gigantesco en la línea histórica de su desarrollo y que marcó a golpe de martillo lo que hoy entendemos como sociedad contemporánea. Una vez colocados los cimientos y construidos los pilares del desarrollo industrial, llegó en 1870 la llamada segunda revolución industrial tomando como virtual punto de origen la creación de la cinta transportadora. Es en esta segunda etapa en la que se presentan algunos de los avances más significativos en el desarrollo tecnológico.

Acotada en un periodo relativamente breve, la segunda revolución industrial arrojó avances sumamente importantes como la creación de la bombilla, las primeras centrales eléctricas a lo largo del territorio estadounidense, el automóvil de combustión interna, la radio, el cinematógrafo… Si la primera revolución sirvió como plataforma de prominentes empresarios cuya estrecha relación con el sistema bancario potenció su poderío en todos los flancos, esta segunda etapa fue liderada por un conjunto de emprendedores apoyados en una visión innovadora, y financiados en muchos de los casos por aquellos emporios fundados décadas atrás, que trasformaron radicalmente el modo de vida como se conocía por aquellos años.

Nombres como el de Henry Ford, Thomas Edison, Nikola Tesla o los hermanos Wright destacan como abanderados de una revolución cuyo denominador fue la disrupción tecnológica. El final de la segunda revolución industrial, apegándonos a las referencias bibliográficas, se sitúa en el año de 1897, aunque durante al menos las dos décadas posteriores las tecnologías que se venían desarrollando alcanzaron su punto de perfeccionamiento. La electricidad y el automóvil fueron los emblemas industriales que no solamente destacaron durante este periodo, sino que se incrustaron como elementos vitales en la vida cotidiana y que fungirían a futuro como piezas trascendentales de un nuevo movimiento científico y tecnológico.

Nikola Tesla en su laboratorio. Foto © Dickenson V. Alley, doble exposición.

El siglo XX nació en medio de constantes conflictos bélicos y un sistema económico que se apoyó en ellos para establecerse de manera definitiva como modelo hegemónico en Occidente. Dos guerras mundiales que terminaron por redistribuir la geografía del mundo podrían asumirse como la razón por la cual el tercer capítulo en la saga de las revoluciones industriales tardó en llegar. La mal llamada Guerra Fría que prosiguió a la segunda gran guerra sirvió como punta de lanza y laboratorio experimental para el desarrollo de nuevas tecnologías, aunque éstas estuvieran aún supeditadas al desarrollo armamentista de los dos grandes bloques que dominaban por entonces.

No es sino hasta inicios de los años sesenta cuando, con el surgimiento de las primeras computadoras personales, arranca la tercera fase de la ya para entonces constante revolución industrial. El desarrollo de la microelectrónica y las tecnologías de la información sirvieron como base de los modelos de automatización en la industria. Naciones como Estados Unidos, Alemania y Japón encabezaron este nuevo movimiento basado en el control remoto de las diferentes etapas de producción. Si hay algo que podemos identificar en este periodo es que los hombres forjados a sí mismos, es decir, aquellos empresarios que surgen desde abajo como Ford, Edison o Wright, dan paso a consorcios multinacionales que si bien nacen en una estructura similar a la de sus antecesores, son convertidas rápidamente en industrias de alcance global que dejan de tener un rostro para convertirse en un logotipo.

El mercado computacional se establece en las dos décadas posteriores como el gran ganador de la tercera revolución. Silicon Valley en el oeste de California es, al menos para el imaginario colectivo, la mitificación de la industria moderna. Personajes como Steve Jobs y Bill Gates pasan de ser únicamente empresarios destacados a iconos de la cultura pop, reflejo latente de los tiempos que corren. Aunque si bien es cierto que la industria computacional y sus adyacentes gozaron de un gran auge en las décadas de los setenta y ochenta, lo que realmente la convierte en uno de los gigantes es el surgimiento de la World Wide Web en 1990. Y es este factor también el que daría origen posteriormente a lo que hoy llamamos industria 4.0 o cuarta revolución industrial.

La industria 4.0 es un concepto que irrumpe en el lenguaje tecnológico por primera vez en 2011 el marco de la Feria de Hannover, salón de la tecnología industrial, y ratificado un par de años más tarde en un detallado informe sobre la naturaleza del concepto y sus implicaciones, también en esa celebración anual, y desde entonces el término de industria 4.0 ha sido sustituido por algunos economistas por el de cuarta revolución industrial. Basada en cuatro pilares —internet de las cosas, sistemas ciberfísicos, cultura maker y fábrica 4.0—, este nuevo modelo de industria propone grosso modo una digitalización total o parcial de los procesos de producción, con la finalidad de alcanzar una mayor adaptabilidad a las necesidades y los procesos de producción, así como a una asignación más eficiente de los recursos.

Como en todos los procesos revolucionarios que han tenido lugar desde 1774 en Inglaterra, existe una larga lista de marginados que son aplastados por el ritmo avasallador del desarrollo industrial, desde individuos hasta naciones enteras.

Las aristas que podemos encontrar en la industria 4.0 son tan amplias como la cantidad de recursos técnicos que requiere su instrumentación. Por un lado tenemos a la comunidad industrial que actúa y responde en función del comportamiento de los mercados y la economía global, de los que son el corazón mismo. La industria como ente tiene forzosamente que buscar su subsistencia como mínimo y su crecimiento en un escenario ideal. Por ello es natural que se valga de todos los recursos a su alcance para lograr esas metas. Y el universo de oportunidades que el desarrollo exponencial casi desmedido del internet ha traído consigo supone un oasis del que no pueden pasar indiferentes.

En el otro extremo se encuentran los sectores más desprotegidos ante la inminente digitalización de la vida en general. Como en todos los procesos revolucionarios que han tenido lugar desde 1774 en Inglaterra, existe una larga lista de marginados que son aplastados por el ritmo avasallador del desarrollo industrial, desde individuos hasta naciones enteras. Aquellos atados por diferentes factores que no logran integrarse al ritmo del desarrollo de la época y terminan claudicando o, en su defecto, pasan a formar parte del nivel más bajo de la estructura piramidal que suponen las sociedades modernas.

La industria 4.0 representa en sí misma un cambio radical de paradigmas en el entendimiento de la tecnología y su relación con el entorno. Aunque tampoco podemos definirla como un fenómeno surgido a partir de terreno llano, pues aspectos básicos de su modus operandi son ya algo cotidiano para nosotros. El internet de las cosas, por ejemplo, la conectividad entre personas, entornos y dispositivos es una idea que se viene materializando desde hace alrededor de una década. Además de ello, podríamos enlistar varias tecnologías emergentes que marcan el inicio en forma de esta nueva revolución industrial aún en fase de consolidación. La fabricación aditiva, también conocida como impresión 3D, el big data, la inteligencia artificial, la robótica colaborativa, la realidad virtual o realidad aumentada, todos ellos componentes que han ido dando forma a este movimiento.

El internet de las cosas.

La madeja industrial comienza a mutar en torno al proceso de adaptación ante los nuevos mercados. Ya desde hace algunos años muchas industrias han quedado obsoletas y van siendo relegadas ante el surgimiento de nuevas tecnologías cuya tendencia apunta hacia la integración y simplificación de procesos y dispositivos. Uno de los ejemplos más claros que podemos encontrar es el lanzamiento y evolución del iPhone en 2007 y que al paso de una década ha retirado prácticamente del mercado dispositivos como reproductores mp3, cámaras digitales o sistemas de GPS, dando paso a nuevas industrias como el desarrollo de aplicaciones y obligando a replantear los modelos de negocio a toda escala.

Al respecto existe otro ángulo desde el cual la industria 4.0 merece ser analizada, y es el hecho de que la concentración de este desarrollo tecnológico parecería en principio estar destinada a los países o bloques geográficos que gozan de una estructura económica lo suficientemente sólida como para soportar la inversión en investigación, desarrollo y perfeccionamiento de nuevas tecnologías. De esta manera, aquellos países en vías de desarrollo desempeñarían el papel de obreros al servicio de las grandes industrias ubicadas en el primer mundo, y los países subdesarrollados pasarían a ser meros espectadores y, como casi siempre, los más perjudicados en el reajuste estructural que presume toda revolución.

En contrapunto, las nuevas tecnologías promueven la democratización de los sistemas de producción, acercan al consumidor de a pie los recursos para hacer uso de ellos de manera libre dejando al ingenio y la creatividad una inmensa gama de posibilidades. De ambas visiones podemos obtener verdades y verdades a medias, pues la tecnología no es ya exclusiva de las cúpulas económicas, pero siguen existiendo factores contextuales que impiden a los sectores de menor mando generar e innovar en el terreno fértil del desarrollo tecno–científico. De alguna manera, aunque las nuevas tecnologías abren las fronteras del conocimiento, se mantiene ese círculo vicioso en el que los más beneficiados de todo este devenir histórico siguen siendo los mismos.

En contrapunto, las nuevas tecnologías promueven la democratización de los sistemas de producción, acercan al consumidor de a pie los recursos para hacer uso de ellos de manera libre dejando al ingenio y la creatividad una inmensa gama de posibilidades.

¿Cómo adaptarnos al cambio que representa la revolución 4.0? Ubicándonos de manera objetiva en el contexto en que nos encontramos como individuos y como sociedad, es importante aceptar de la mejor manera los cambios que el entorno plantea. Aunque, naturalmente, llega un punto en el que resulta virtualmente imposible seguir el ritmo del desarrollo tecnológico actual, por lo que debe existir en el colectivo una apertura hacia la adaptación. En este sentido podríamos decir que, a diferencia de generaciones anteriores, hemos ido perdiendo la capacidad de asombro ante la innovación cotidiana. Es por eso que en teoría la inmersión paulatina en un mundo digital no debería representar un choque ideológico tan acentuado, aunque, como en todo, existen y existirán las excepciones que ratifican la regla.

Otro punto de vital importancia es el papel que desempeñan a partir de aquí las instituciones educativas en todos los niveles. ¿Cómo migrar un sistema que pareciera estar siempre un paso por detrás de lo que el mundo demanda hacia la difícil tarea de preparar personas capaces de adaptarse sin problema a estas nuevas exigencias? Poniendo énfasis en la palabra personas, pues en esencia ésa es la finalidad primaria e todo sistema educativo. Enseñar a actuar, enseñar a hacer, enseñar a innovar teniendo siempre como lineamiento fundamental la sustentabilidad en todo sentido, económica, social, humana, ambiental, etc. Como en cada uno de los procesos industriales que han fragmentado el curso lineal de la historia, la educación tiene por fuerza que madurar de la manera más dócil posible hacia donde las tendencias tecnológicas le indican, y en el caso de esta industria 4.0 no habrá lugar para la excepción.

La cuarta revolución industrial es una consecuencia ineludible en el proceso evolutivo del ser humano que hace tiempo ya optó por fusionarse con la técnica. Lo que viene es aún incierto, aunque, como en toda gran revolución, no podemos dejar de cuestionar cuáles son los intereses, los costos y las repercusiones que intervienen y resultan de ella. ¿En hombros de qué o quiénes camina esta nueva revolución industrial? Y más importante aún: ¿a costa de qué o quiénes lo hace? Si hay algo que la historia nos ha enseñado es que los procesos revolucionarios necesitan por fuerza un bando ganador. ¿Cuál crees tú que será éste en la revolución 4.0? ®

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Publicado en: Ciencia y tecnología

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