Cómo juzgar una película

De mainstream, cine independiente, de arte y de autor

Las buenas y malas películas están dispersas en el mainstream y entre los independientes; entre autores pretenciosos, viscerales, noveles, caducos, acartonados y transgresores; en México, en Estados Unidos y en todas partes.

Siempre me ha hecho gracia escuchar a los que se les llena la boca cuando declaran que prefieren ver “cine de arte” y no el comercial, o a los que dicen que les gusta “más bien el cine independiente”. Pero particularmente chistoso me resultó enterarme de la disertación de un sesudo seudo-intelectual que afirmó que “Hoy día casi no hay cine de arte, sino de autor”.

Ahora que El artista se convirtió en la película más unánimemente premiada, tanto en los Óscares y los Globos de Oro, como en los Césares, los BAFTA y hasta en los Spirit Independent Awards, o dicho de otro modo, ahora que la película más aclamada resultó ser independiente, gringa, francesa, de arte y de industria, todo a la vez, vale deconstruir el entuerto del tema.

En la fila de un Cinépolis en cierta ocasión atestigüé cómo un sujeto anodino le decía a su mujer, señalando hacia el afiche de Batman, el caballero de la noche: “¡Mira, ya hicieron otra de Batman! ¿No se les podrá ocurrir otra cosa?” El tono fue despectivo y descreído. Yo estuve tentado a sacarlo del error: “¡No sólo es el mejor Batman de la historia, sino que esa película sin duda es una de las mejores de todos los tiempos!” Pero me contuve. Si el sujeto anodino no sabía nada de Christopher Nolan, si no había visto embelesado Batman inicia, si no tenía el referente de Amnesia, Insomnia o El gran truco, y ya no digamos del mediometraje Following, entonces seguramente era un cabeza dura que no sabría entender la metáfora de los ferrys —acerca de que si no haces daño, no serás dañado— ni sería capaz de maravillarse con la música de Hans Zimmer y James Newton Howard, ni apreciaría los retratos sociales nihilistas contenidos en los diálogos del Guasón, y no serviría de nada que acaso se prestara a verla.

Años atrás, una bella chihuahueña —no una chihuahuense: de hecho, era queretana— sentenció al teléfono: “Yo no veo películas de (sic) Jim Carrey”. Tras oír eso no tuve ánimo para explicarle que una película no es “de” los actores sino del director, así que sólo repuse: “Pues no sabes lo que te pierdes con esa postura tan cerrada. Por ejemplo: Eterno resplandor de una mente sin recuerdos (de Michel Gondry), El lunático (de Milos Forman) e inclusive Las locuras de Dick y Jane (co-escrita por Judd Apatow, hoy día un Woody Allen posmoderno), son magníficas”.

¿Qué es el arte? La posibilidad de hacer estallar una serie de sensaciones, mentales o emocionales, que además conduzcan a profundizar el autoconocimiento.

Al observar un Pollock la idea es que uno sienta la réplica del arrebato que experimentó Jackson al derramar y salpicar cada milímetro y color sobre el lienzo. Escuchar la mejor etapa de Mahler es dejarnos invadir por esas notas con las que nos compartió el tormento de saber que su esposa tenía un amante más joven.

¿Qué no es arte? La puesta en marcha de una obra a partir de una lista de requisitos para producir efectos, sin que provengan de la autenticidad y sin que logren profundizar el autoconocimiento.

Lo anterior ocurre todo el tiempo con la música pop. Bastan algunas mentiras sobre la efímera etapa del enamoramiento, la estructura millones de veces probada sobre cómo debe presentarse y durar una canción, ¡y el nuevo álbum está listo!

Los wanna-be cultos a veces me recuerdan el conflicto que tenía Mafalda sobre el extranjero. Hay una tira en la que no puede creer que para el resto del mundo Argentina sea parte del “Extranjero”, cuando ella creía que ese término englobaba todo lo que no era su tierra y sus ciudadanos. De igual forma, los culturosos llegan a considerar que si la película que tienen enfrente no está hablada en español ni en inglés entonces ya están viendo “cine de arte”.

¿Hace Reygadas cine de arte? Sin duda. ¿Es independiente? Pues… no depende de la industria y toma la encomiable decisión de trabajar con actores no profesionales, lo cual es renunciar al atractivo comercial de un rostro conocido para jalar espectadores; pero hasta donde sé, nunca le faltó dinero en la familia para financiar sus ambiciones.

Recuerdo a una chica que llevé a ver la majestuosa Luz silenciosa, de Carlos Reygadas: la tercera mejor película en la historia del cine mexicano, sólo después de Los olvidados y Amores perros. A la salida nos topamos con un célebre criticón de oficio, acompañado de un cineasta local bastante engreído. La chica, licenciada en algo, opinó que la película le había parecido “como cine europeo”.

—¿Qué fue eso de “como cine europeo”? —le reclamé en el auto—. ¿Como Almodóvar? ¿Como Mathieu Kassovitz? ¿Como Álex de la Iglesia? ¿Como Wim Wenders? ¿Bergman? ¿Hirschbiegel? ¡Un sinfín de estilos diferentes son europeos!

A propósito de Luz silenciosa ocurrió algo gracioso: en una entrevista Reygadas declaró que había visto María Antonieta en el avión y que estaba sorprendido de la basura que se filmaba hoy día. Años después la siguiente película de Sofia Coppola, Somewhere, abrió con un evidente homenaje a dos secuencias de Luz silenciosa: la de la propia obertura, un amanecer que sienta las bases para el espectador, y la de un auto dando vueltas y vueltas, como cuando el menonita canta “No volveré” a la mitad.

¿Hace Reygadas cine de arte? Sin duda. ¿Es independiente? Pues… no depende de la industria y toma la encomiable decisión de trabajar con actores no profesionales, lo cual es renunciar al atractivo comercial de un rostro conocido para jalar espectadores; pero hasta donde sé, nunca le faltó dinero en la familia para financiar sus ambiciones.

¿El cine de Sofia Coppola es independiente? Pues así se presenta; ¿pero se puede hablar de independencia siendo hija de Francis Ford, prima de Nicolas Cage y esposa de Spike Jonze; de haber actuado en El padrino 3 y de tener disponibles para dirigir a Kristen Dunst, James Woods, Scarlett Johansson, Bill Murray, Anna Faris, Stephen Dorff y a Elle Fanning, y abiertos el Festival de San Sebastián o el de Cannes para mostrar su siguiente obra? Y sin embargo, no podemos decir que Sofia sea parte del mainstream.

El árbol de la vida, de Terrence Mallick, una película que les habría encantado ver a Platón, a Aristóteles, a Descartes, a Schopenhauer, a Nietzche y a Freud, entre muchos, porque todos ellos quisieron explicar La Vida, y seguramente se hubieran maravillado al verla descrita en imágenes que se vuelven caricias, sensaciones y luz, tal vez pecó al llamar a Brad Pitt y a Sean Penn para “protagonizarla”.

Durante la función de prensa en Guadalajara varios invitados por quién sabe quién se sentaron en la fila de atrás de donde estábamos nosotros: mis hermanos y yo. El murmullo de los primates de atrás nunca cedió: “Qué mariguanada” / “Hay que dormirnos” / y “¡Ay no, no vayan a verla!”, profirió una gorda como parodiando lo que debe decirle un crítico de cine a su público.

Los primates entraron a una película con Sean Penn, Brad Pitt y Jessica Chastain suponiendo que verían una narrativa cualquiera, un melodrama normal. Nunca pudieron descifrar que estaban frente al Big Bang, la prehistoria, la cadena trófica, la biología, la crianza basada en la imitación, el crecimiento, la psicología derivada de los mimos precoces y la preferencia, el despertar sensual, la desgracia, el envejecimiento, el trauma, la intrascendencia, la comunión y el equilibrio mismo de la naturaleza. Espero que al menos cuando resultó nominada al Óscar por Mejor Película, Director y Fotografía (lástima, no se lo dieron a Lubezki), los primates al menos cayeran en la cuenta de su estupidez; pero no creo: son primates.

¿Por qué digo que la clave del arte es conducirnos a profundizar el autoconocimiento? Quizá tendría que dar algunas bases filosóficas para que luego la conclusión tenga un sustento claro, pero me las voy a saltar. Vemos deportes, películas, noticiarios; leemos libros, nos enteramos de chismes y observamos a la gente en la calle, todo por la misma razón: para entender nuestros actos y analizar la innumerable variedad de estímulos que definen los de los demás, con tal de a la larga incrementar nuestras posibilidades de sobrevivir.

Cuando vemos un churro como Novias en guerra, con Anne Hathaway y Kate Hudson, podemos vislumbrar una premisa que daba para mucho: la rivalidad femenina que nunca cede ni un ápice. El problema es que está tan condicionada a las fórmulas, que por ningún momento se siente auténtica. En cambio Damas en guerra, producida por Judd Apatow, le da cabida a más transgresiones, a verdades ocultas, a esa misma rivalidad inquebrantable pero expuesta con mayor sinceridad, con ganas de exponer “la neta”. Y aun cuando en ese intento se excede el resultado es tan agradecible que al término de cada función siempre hubo quien exclamara: “¡Así son las mujeres!”

Tal y como un cortometraje dura menos de 29 minutos, un mediometraje menos de 59 y en adelante será largometraje, igualmente podríamos referir los dólares, euros, pesos, sellos o firmas que hacen la diferencia entre filmes a los que se les puede considerar independientes y a los que no, según los cánones de cada industria cinematográfica en diversos países. Pero, la verdad, resulta absurdo. Como todos saben, Woody ahorra un dineral en actores porque la mayoría de las estrellas más cotizadas estarían dispuestas a trabajar gratis para él. Por otra parte, Robert Rodríguez es experto en optimizar gastos; pero la distribución que logra echa por tierra su pretendida etiqueta de cine “B”.

¿Qué pensarían los que se pavonean diciendo que les gusta el “cine independiente” si se les explicara que esa obra maestra (todas las obras de Kieslowski fueron maestras) titulada El decálogo fue subsidiada por la televisión polaca, para transmitirse ahí, y con recursos públicos con el pretexto de fomentar el turismo, de una forma (aquí viene el sacrilegio) muy semejante a la que se financió la telenovela Las tontas no van al cielo, de Televisa, en la que el gobierno de Jalisco aportó millones con tal de que aparecieran unas cuantas postales de Guadalajara?

Cuando vemos películas que retratan realmente la naturaleza humana siempre resulta que detrás estuvo un autor mostrándonos lo que sabe, dándonos una forma de ver el mundo, la vida. Gaspar Noé, por ejemplo, en Entra al vacío prácticamente nos obsequia el viaje correspondiente, con todos sus retortijones, a tomar DMT. Es verdaderamente increíble: la música y los torbellinos cromáticos, los travelings y los acercamientos… aquello es como una colonoscopía a las sensaciones.

La película Import / Export de Ulrich Seidl expone como ninguna la animalidad humana. Arranca con partos, termina con la vejez más vergonzante; entretanto, una mujer experimenta la efusión de la sexualidad hoy día y luego la vida en familia, y por otro lado, un joven se entrena para poder controlar el territorio a través de la violencia, y después debe aprender a sobrevivir sometido. Eso es todo: de eso se trataba la condenada existencia.

Como el arte es esa ráfaga de comprensión, de identificación, de descubrimiento, de estado de gracia, de revelación o epifanía que se detona en el espectador, entonces queda claro que el artista es el emisor, el conducto es la obra, y depende del receptor vivir el arte o perdérselo. Por lo tanto, no hay arte sin autor; ya está: ese tema queda zanjado. Así que el entuerto acerca de qué es cine de arte va más allá de la estúpida frase trillada que reza “Hay buen cine y mal cine”. Ayuda más Piaget, cuya premisa establece: “No sabemos lo que vemos, vemos lo que sabemos”.

Una película radicalmente independiente sería Trash humpers, de Harmony Korine, el guionista de Kids, director de Gummo y de Mister Lonely, esta última con Diego Luna en el papel de un imitador de Michael Jackson. Está grabada apenas con el celular y se constriñe a pocos diálogos y un poema. Con personajes de rostros deformes, Trash humpers retrata la deplorable vida actual, en la que peleamos, nos envenenamos y follamos con la basura (condones); en la que maltratamos, nos aburrimos y nos obsesionamos sin parar.

Es una maravilla, y sin embargo, pocos sabrían apreciarla porque implica recibirla sin los referentes clásicos del cine y requiere un esfuerzo de interpretación muy lúcido.

Algo parecido ocurre con El caballo de Turín de Béla Tarr. Un padre tullido vive con su hija. Cada mañana ella lo viste y luego sale a la noria a extraer una cubeta de agua. Él a su vez intenta sacar al caballo (el mismo con el que lloró Nietzche, inaugurando su demencia), si es que le da la gana moverse. Por la tarde la hija cuece patatas. Las pelan y las comen calentísimas. Enseguida el papá contempla un rato la ventana y ella teje. Día tras día, la misma rutina; a blanco y negro. Una mala tarde arriban húngaros a pedir agua y los corren. Otro día llega un calvo y les compra una botella, no sin antes resumir que el problema de la humanidad consiste en que, después de desear algo, al obtenerlo lo devaluamos automáticamente. Una mañana intentan mudarse. No pueden. Entonces ya no hallan como mantener la luz del ánimo encendida, ni juntos ni cada uno por su cuenta. Y nada quisieran más que poder dejarse morir.

El caballo de Turín es tortuosa mientras dura. Pero desde que termina se mantiene en la memoria como una experiencia inolvidable: uno entiende que así como ella sale a la noria, las mujeres citadinas van al supermercado; que como cuando él no logra poner en marcha al caballo otros dependen de que arranque su coche; que de la misma forma primitiva en que ellos comen papas nosotros comemos tacos y hamburguesas; que si él ve la tempestad por la ventana no hay diferencia en que nosotros atestigüemos el exterior a través del televisor y la computadora; y que aunque intentemos vivir diferente estamos atados a nuestra mera existencia (“el eterno retorno”).

Hay quienes se sienten muy inteligentes viendo las películas de Woody Allen sin atrapar el verdadero contenido. Particularmente Medianoche en París complace a ese público. Todos salían sintiéndose muy cultos por ver a Picasso, a Buñuel, a Hemingway, a Lautrec, o a los que reconocieran, mientras el mensaje les pasaba de noche.

Hay quienes se sienten muy inteligentes viendo las películas de Woody Allen sin atrapar el verdadero contenido. Particularmente Medianoche en París complace a ese público. Todos salían sintiéndose muy cultos por ver a Picasso, a Buñuel, a Hemingway, a Lautrec, o a los que reconocieran, mientras el mensaje les pasaba de noche. Woody siempre hace un diagnóstico categórico de los males de la humanidad. En Cassandra’s dream, con Ewan McGregor y Colin Farrell, toma a dos hombres —hermanos— y muestra cómo son capaces inclusive de cometer un crimen con tal de llenar las expectativas de la madre, quien se la pasa tildando de fracasado a su marido y comparándolo con su exitoso hermano: he ahí el origen del mal en los machos. Luego, en Vicky, Cristina, Barcelona toma a dos mujeres —amigas— y muestra cómo el problema hoy día es que las mujeres, no importa cuánto crean diferenciarse en principios, son igual de corruptibles sexualmente y todas están afectadas por la insatisfacción crónica. Más adelante, en Conocerás al hombre de tus sueños da por concluido el tema y exhibe que eso de la insatisfacción crónica lo padecemos absolutamente todos —mujeres, hombres, casados, separados, prometidas, solteros: todos— puesto que no podemos dejar de ver más verde el jardín vecino (o más apetecible a la mujer del prójimo). Es así que en Medianoche en París propone: No importa cuán patético creas que es el presente, disfrútalo al máximo, vívelo con arte, con una compañía que sepa gozar por igual, porque se puede poner peor y en el futuro hasta podrían envidiarnos.

Caso semejante se dio con El origen: todo mundo salía de las salas sintiendo que habían hecho un esfuerzo intelectual sobrehumano, pero que finalmente la habían entendido perfectamente. Cuando yo pedía que me la contaran caía en la cuenta de que se habían ido con la finta (que transige el propio Nolan como lectura).

Pese a que se insiste en el desarrollo de la película en que durante un sueño todos los personajes son proyecciones de uno mismo, contados son los que advierten que la cinta entera es un solo sueño —es más: ¡una siesta!— de Cobb, del que despierta en el avión y se baja modorro, o inclusive, del que no despierta ni al final y por eso sigue girando el tótem. Si bien Nolan permite que fluya una historia coherente de ficción científica en la que hay un escuadrón que se infiltra en los sueños vía intravenosa, hay que saber que lo de Nolan es el hiperrealismo. Las ya referidas Amnesia (narrada a la inversa, debido a la pérdida de memoria corta del protagonista), Insomnia (la menos suya: no es su guión), El gran truco (con revelaciones sobre viejas técnicas de magia), Batman inicia y Batman, el caballero de la noche (en las que todo tiene una explicación puntual: desde el trauma de los murciélagos hasta cómo se pone tensa la capa con una descarga eléctrica para que sirva de parapente) pasan la prueba de ácido del realismo más puro. Así que en El origen, Cobb (Di Caprio) duerme una siesta en el avión, adaptando los últimos rostros que vio —los de los pasajeros alrededor— y en el sueño canaliza sus grandes miedos: tanto a no poder ver a los ojos a sus hijos como ser considerado un fracasado por su papá (Michael Caine). Es por ello que aparece Fisher (Cillian Murphy), un personaje cuyo padre muere decepcionado de él, insultándolo. La razón por la que se avergüenza Cobb ante su padre es porque no logró la meta de felicidad inculcada por la sociedad y sintetizada en familia: envejecer con su esposa, ideal expuesto ahí. Por el contrario: morirá “solo y viejo”, como varias veces pregonan distintos personajes que es el destino más terrible. ¡Qué ocurrió con su esposa? Cobb, como su padre, era psiquiatra; como tal la medicó y se le salió de control. La culpa en su conciencia es fortísima. A través de la Arquitecta (Ellen Page), Nolan se vale de la supuesta mente de Cobb para hacer un chiste sobre que las mujeres hacen puros desastres, pero también expone la dependencia masculina a que una fémina tenga el control, y todo dura dos horas y media, que según la ecuación ahí mismo referida serían quince minutos de sueño. El papel de Joseph Gordon-Levitt (muy explicativo en la historia de ficción científica que no es la verdadera película, pero otra auto-proyección de Cobb en la correcta, en la cual no sobran sus propias explicaciones de lo que va soñando como profesional) es un homenaje de Christopher a su hermano Jonathan, quien ha sido su mano derecha en los guiones y ahora llevó toda la fórmula del Batman de su hermano mayor a una teleserie de Warner: Person of interest, en la que hay un Vigilante súper entrenado y adiestrado (Jim Caviezel), quien —gracias a un “Señor Fox” que inventó una máquina que evalúa mails, llamadas, etcétera, lanza una alerta de peligro sobre algún individuo— logra aparecerse (cual Batman sin disfraz) para evitar que se cometan crímenes y atentados, en coordinación secreta (como con Gordon) con una mujer policía que sabe que no debería haber un justiciero actuando al margen de la ley, pero al que le acepta la ayuda.

Una de las películas más maltratadas, que yo recuerde, por los culturosos ha sido el remake a cargo de Cameron Crowe de Abre los ojos: Vanilla sky. A nivel cinematográfico no es más ni es menos que la original española: es innecesaria, por supuesto que no tiene el valor autoral, pero tampoco la demerita. Y sin embargo, la vida no sería la misma sin Vanilla sky por una razón: Crowe incluyó en el soundtrack a esa banda islandesa que todos adoramos ahora, pero que antes de eso nadie conocía fuera de ese rincón gélido del mundo: Sigur Rós. Tan agradecido está Jonsi por ello que encantado de la vida le hizo a Cameron la música de una de las mejores películas del año pasado, lamentablemente no lo suficientemente laureada: Un zoológico en casa, delicia estelarizada por Matt Damon, Scarlett Johansson y Elle Fanning. El caso es que por ahí ha de andar más de algún soquete hablando mal de Vanilla sky y poniendo a Sigur Rós al mismo tiempo, para hacerse el interesante.

Seguramente algunos hipsters también desprecian la versión estadounidense de Déjame entrar, cacareando que prefieren la sueca. Si bien la gringa también era innecesaria (el asunto es que los angloparlantes no quieren oír otros idiomas y por eso les conceden la rehechura en el suyo), gana ligeramente en calidad y con Chloë Grace Moretz en el papel de la vampiresita. El problema es que no estoy seguro de que los hipsters sepan de lo que realmente se trata: Déjame entrar (la sueca o la gringa, da igual) es una metáfora inquietante sobre cómo las mujeres nos salvan de la horda de varones salvajes, distinguiéndonos con su compañía. Cuando un hombre es elegido por una mujer deja de ser uno más de la masa inútil. Nos conquistan con su juventud (aun cuando tengan un colmillo de doscientos años), y una vez salvados y seducidos por la gracia de su presencia estamos condenados de por vida a salir a desangrar a otros hombres con tal de llevarles el alimento.

El reto de ver la saga de Crepúsculo no consiste en soportar la telenovelita babosa, sino en tratar de entender por qué la aman intensamente la mayoría de las adolescentes del mundo occidental. ¡¿Por qué?! Pues porque quisieran vivir permanentemente disputadas por al menos dos hombres que insistan en mantenerlas, protegerlas y follarlas, y de ser posible, que sean opuestos… como lo son Edward y Jake: un añejo elegante que no envejece contra un jovenzuelo impulsivo y fogoso. Un tercer pobre diablo es el papá, quien precisamente por ser un padre cumplido que la mantiene sin penurias, ella es más caprichosa, exigente e irrespetuosa. Y todas las mujeres del mundo occidental quisieran, en el fondo, tener así tres hombres o más dedicados a intentar hacerlas felices.

Como dijimos: uno logra ver lo que sabe descifrar.

Martin Scorsese es uno de los grandes maestros, y sí: es parte del mainstream.

Él cuenta que tras filmar Kundun y La última tentación de Cristo se sintió comprometido a corresponder con el Studio, filmando una película que les recuperara todas las pérdidas, una cinta garantizada: y Scorsese realizó Casino, una calca en forma y fondo de Buenos muchachos, lo cual no la degrada: todo lo contrario. Ni duda cabe de que si hubiera que salvar a Buenos muchachos o a Casino de un Apocalipsis de películas, con la pena pero habría que preferir Buenos muchachos. Es un tanto más profunda, visceral y auténtica. Pero eso no significa que, incluso en la repetición de cierta receta que se comprobó funcional, un genio como Scorsese no sea pródigo en narrativa visual, estética, ritmo, dimensión de personajes e historia, de modo que —como en el caso de Casino— entregue una obra valiosísima, pese a su origen puramente lucrativo.

Un caso extremo es el de la segunda parte de The hangover: minuto a minuto, Todd Phillips y sus amanuenses siguieron la receta que hizo de la primera un éxito y dejaron una réplica estructural con circunstancias diferentes pero que saben idéntico. ¿El resultado? (No todos estarían de acuerdo, pero:) es exactamente igual de graciosa que la primera… con la desventaja del déjà vu.

Total que: ver películas magníficas no depende de su condición independiente o de si forman parte del mainstream; las nociones estéticas y filosóficas que guíen la valoración dependen del espectador, pero también se van enriqueciendo en la medida en que precisamente va recibiendo más y más arte y conocimiento de diversas fuentes. Las buenas y malas películas están dispersas en el mainstream y entre los independientes; entre autores pretenciosos, viscerales, noveles, caducos, acartonados y transgresores; en México, en Estados Unidos y en todas partes. Estoy diciendo obviedades. Los que verdaderamente amamos ver cine no prejuzgamos: juzgamos cada película después de verla; nunca antes. ®

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Publicado en: Destacados, Marzo 2012, Otro cine es posible

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