CON BOLETO PARA EL ESPECTÁCULO

Crónicas perdidas, de Gerson Gómez

La crónica exige del periodista que utilice el lenguaje literariamente porque sabe que es imposible hacerle vivir al lector la misma experiencia, aunque las palabras puedan acercar todo lo posible, siempre sin romper esa frontera que deja en soledad al cronista.

La crónica es el género periodístico más viejo. Es el primero y el origen de los periódicos. En los cursitos de periodismo que se imparten en la carrera de Comunicación y en los múltiples manuales de periodismo se dice que el género más importante, la célula de todo periódico, es la nota. Pero habría que revisar bien ese concepto, pues se da por hecho que la nota es más objetiva y neutral que todos los demás géneros. También se afirma que la noticia pura se encuentra en la nota, principalmente porque el periodista desaparece y queda en su lugar la información.

Habrá que preguntarse si es realidad que el periodista se disminuye, se desvanece en la nota; tal vez eso no es verdad porque el reportero tiene un punto de vista personal y tiene que preparar cierta cantidad de notas y entregarlas a cierta hora al editor y tiene que redactarlas como el editor quiere y cumplir con su cuota diaria de notas y hacerlo en tiempo límite y tiene que y tiene que y tiene que y tiene que…

¡Carajo! Que el reportero es un estudiante de comunicación o acaba de graduarse o dejó la carrera a la mitad o, peor, un tipo que lleva 25 años haciendo lo mismo de la misma forma a la misma hora. No, diría yo, la nota es lo menos importante del periodismo, la nota proporciona información pero no nos explica los contextos, la nota intenta alejarnos de la experiencia y se acumula como paja en el cerebro. La nota no es suficiente para entender la vida humana de todos los días.

Así, regresamos a la crónica, el género más viejo y con el que nace el periodismo. Tendríamos que imaginarnos a los primeros periodistas que intentaban explicar cómo ellos habían visto las acciones. Esos periodistas escribían incluyendo opiniones y emociones propias, llenaban la crónica de ellos mismos. No alejaban la experiencia sino que intentaban expresarla a los lectores, que la vivieran intensamente, incluso cuando era una mentira.

La crónica exige del periodista que utilice el lenguaje literariamente porque sabe que es imposible hacerle vivir al lector la misma experiencia, aunque las palabras puedan acercar todo lo posible, siempre sin romper esa frontera que deja en soledad al cronista, una soledad amarga porque el interés por expresarle a todos los demás la existencia misma nunca será satisfecho en ningún momento.

Gerson Gómez también estudió comunicación, como muchos lo hicimos, y estoy seguro de que recibió clases de periodismo donde le explicaron las características básicas de todos y cada uno de los géneros periodísticos. Pero creo que Gerson no le hizo caso a nada de eso, tengo la impresión, después de leer su libro, de que el autor se nutrió más de Ryszard Kapuscinski que de cualquier maestro universitario.

Leer Crónicas perdidas (Universidad Autónoma de Nuevo León, 2010) es como subirse al metro de Monterrey o pasearse por la Macroplaza o ir a La Pulga Río a comprar piratería. Gerson se debe y lo sabe bien al de a pie, a aquel que guarda los últimos pesos para tomar el camión y regresar a casa agotado por el trabajo y la ciudad.

La crónica exige del periodista que utilice el lenguaje literariamente porque sabe que es imposible hacerle vivir al lector la misma experiencia, aunque las palabras puedan acercar todo lo posible, siempre sin romper esa frontera que deja en soledad al cronista.

Ahí encuentro la herencia de Kapuscinski, el maestro comprendía al periodismo como una entrega, como tomar el metro hacia el otro y hacer una exploración sensible, un examen de buena fe. El periodismo, desde este punto de vista, es honestidad y búsqueda de la verdad en un territorio que tiene que convertirse en la sala familiar aunque sea desconocido. Los periodistas que cómodamente buscan el boletín y esperan el desayuno gratuito en las ruedas de prensa no sirven. Los periodistas que no salen a buscar la nota no sirven. Los periodistas que no se empolvan los zapatos y prefieren la comodidad del aire acondicionado no podrán acercarse a su objeto de estudio.

Gerson se ha paseado, es un vago, un callejero, sale a la calle a hacer la talacha y que quede claro que siempre me refiero al periodismo. Gracias a estas crónicas podemos asistir al espectáculo del bato que abraza a su morra de las de acá, la jala de la cintura y la trae bien apretadita para bailar la cumbia colombiana al mejor ritmo de Celso Piña y su Ronda Bogotá. O también podemos ver el concierto de rock local en el Café Iguana en donde los rockeros, que también gustan de la cumbia, mueven su cuerpo a la orden de las guitarras y el bajo y la batería, se internan al slam mientras la pluma de Gerson recoge todo sin concesiones, minuciosamente.

Pero además de vivir la vida diaria del barrio observa también el otro lado, el de la señora rica que asiste, engalanada y bien perfumada, extática, a la presentación de Carlos Fuentes, porque es necesario también hacer un poco de vida cultural. O, por ejemplo, podemos asistir a la vida tan bonita de una hija de papi, de una chica fresa que en un viaje a la playa se liga gringos que están bien sabrosos pero sin perder nunca la moral regia.

Son los dos puntos de vista del mismo tema. Sin uno no existe el otro, el barrio reclama su lugar frente a San Pedro (me refiero, obviamente, al segundo municipio más rico del país: San Pedro Garza García, para nada a San Pedro, Coahuila, aquí tan cerquita de Torreón). Pero al mismo tiempo Garza García toma su lugar frente al barrio, frente a la mierda diaria. Al final los dos puntos confluyen y Gerson sabe cómo presentarlos uno frente a otro.

Pero no todo es miel sobre hojuelas, coca sobre espejo, güisky sobre hielitos: la crónica también es joda. Trabajo cotidiano que tiene su enseñanza diaria y no me refiero a ningún curso de superación. La crónica no proporciona instrucciones precisas para cambiar mágicamente a la sociedad. Tiene responsabilidad social pero es apenas una pequeña espina en la sociedad. Por eso es trabajo continuo, y Gerson tiene diez años trabajando sobre ella. Pero además, presentar las voces y los hechos sin analizarlos es vacío y gratuito. La pura acción se olvida, Gerson, entonces, echando mano de sus habilidades académicas, analiza cada una de las situaciones que vive como periodista. Tiene que hacerlo si no se quedaría en reportero de nota roja. Ahí radica la diferencia de un buen periodista, cuando hace un análisis que involucra su visión del mundo, tan odiado en el periodismo tradicional. Aunque me parece que aquí existe un punto débil en la crónica del regio: a veces se eleva demasiado, se pone metafísico y el lector puede perder por un momento de qué trata el texto. Afortunadamente no sucede siempre y cuando pasa no se extiende demasiado, así la realidad regresa y podemos entender a lo que Gerson se refiere. Otro defecto grave es la edición lamentable del libro. No sólo está lleno de errores de ortografía y descuidos varios, sino que incluso dos crónicas quedan a medias, con el final mocho, pues. Ese tipo de problemas, a mi parecer, no tendrían que suceder en una edición universitaria. Creo que este tipo de editoriales tienen más tiempo y cuidado para hacer un trabajo que debería enseñarles a las grandes editoriales cómo publicar un libro de calidad.

Aparte de lo anterior, llegamos a la conclusión de que la nota estará ahí en los periódicos pero pasa inadvertida. Es fogonazo y ya, la crónica, con la voz del periodista en todos lados, manoseando y escarbando en la escritura, es más honesta y original. Escuchar la voz del periodista es mucho más importante de lo que parece, porque aunque muchos se atreven a ensuciar los hechos con sus opiniones, pocos lo hacen inteligentemente.

Gerson no se queda quieto, tanto en lo físico como en lo mental: sin el análisis de la cumbia de moda, del concierto de Enrique Iglesias, de los mercados llenos de fayuca, de la tocada tan esperada por la raza, de las calles siendo pateadas diariamente por miles, sin el análisis de tanto que ha observado nos quedaríamos perdidos, dando vueltas como perros. Pero Gerson nos entrega a Monterrey lúcidamente, nos toma de la manita y nos guía para saber que aunque nos perdamos algo hemos entendido, aunque sea un poco. ®

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Publicado en: Agosto 2010, Libros y autores

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