Concierto de Varsovia

escultura anónima

Una bala en el corazón sobre su tatuaje: Había escrito en uno de sus cuentos que se mataría en Varsovia a los treinta y cinco:

Da lo mismo, estoy muerto desde hace mucho, en mi mente ya lo ejecuté miles de veces: la fuerte presión del arma sobre mí comulgando con el metal a través de mis latidos, sintiendo el piso alfombrado mediante la conciencia suprema de mi cuerpo; me adueñaré del eco de vida que permanece en la madera del buró donde sentado recargue mi espalda; extendiendo mis sentidos llegaré a la textura de las paredes, a la estructura misma del hotel, encontraré el trazo oculto que dibuja a esta ciudad desconocida; Siempre fui un turista en este mundo. Mi pulso me dará el latido adecuado, perfecto, diciéndome que es tiempo de morir. Mientras escurra la sangre, despacio, tibia, escucharé el Concierto de Varsovia como si lo interpretaran fuera a través de la ventana, en mi delirio observaré tranquilo las nubes negras que se forman contundentes e implacables delante de mí. Vivir, nunca logré descifrarlo. Tomaré un último vaso de cerveza previamente dispuesto y me quedaré esperando en la oscuridad, esperando a que todos se vayan.

¿Y esto qué? pregunté al terminar de leer el fragmento subrayado. Necesito que lo vigiles, me dijo aquel viejo conocido. Montesinos estaba sentado en su enorme escritorio, mueble que se veía más grande aun debido a lo poca estatura de mi colega, obsesionado e inseguro se empecina en comprar objetos colosales sin darse cuenta de que lo único que logra es resaltar más su poca altura; Su oficina era lujosa, libreros de caoba tapizaban las cuatro paredes, los había llenado de joyas literarias, ejemplares organizados de manera óptima —aunque dudo mucho que pudiera apreciar lo que ahí tiene mal habido—. Él y yo tuvimos a lo largo de nuestras carreras varias discusiones muy sonadas: los dos hacíamos ensayo y es fácil entrar en polémica cuando se practica este viaje tan vasto: si yo escribía sobre Contemporáneos, él publicaba también de Contemporáneos pero refutando mis argumentos sobre su estética; si yo escribía algo sobre Juan Vicente Melo, él hacía una revaloración de Gastón García Cantú; Si yo alababa la poesía visual él ponía por encima el performance. Siempre me pareció nefasto pero no puedo dejar de admirar su gran astucia, pues se convirtió en un burócrata más del sistema cultural mexicano; ya encumbrado se volvió “mordaz”, dejó sus actitudes cobardes y evasivas tan pronto se unió al discurso oficial. En los cargos que ha ocupado sólo logra numerosas pifias, demostrando pobreza de criterio y poca capacidad, lo cual lo convirtió en un instrumento más de nuestro paternalismo literario.

Eres el mayor de la comitiva que mandamos para allá, no te pido que te hagas cargo de todos, sólo de él, a los demás déjalos, que hagan lo que quieran, ya se cumple con mandarlos. Él es un escritor poco conocido, creo que va a sacar una novelita, me dicen que es buena, no lo sé, realmente no importa, el problema es que lo invitaron desde allá, parece que los organizadores del encuentro conocen su obra, quizá él mismo los contactó; el caso es que un funcionario de más arriba, de muy arriba, ni te imaginas, leyó este fragmento. No, no tengo idea de cómo pasó ni para qué. Sí, creo que leyó el libro completo, hay burócratas que leen libros completos, pero especialmente el fragmento que te acabo de pasar, se preocupó mucho. ¿Entiendes? ¿Cómo quedaría nuestra imagen si un escritor mexicano se suicida en medio de un evento internacional? Me han dicho que no debería dejar que asista, pero temo que esto se pueda apreciar como un acto de censura. No somos así, eso pasaba en el México de antes, ya no. Ya no. Te lo pido encarecidamente. Nos conocemos desde hace mucho, nos une una larga amistad, yo no puedo dejar mi puesto, no hay nadie capaz de reemplazarme; lo único que te pido es que no lo pierdas de vista. Te entiendo, es probable que ya tengas planes con tu noviecita la poeta, pero si nos haces este favor te estaremos agradecidos, más oportunidades llegarán para ti, nunca sobra el dinero, vería la manera de conseguirte más publicaciones, un bono especial o algún premio pequeño, ¿entiendes? Piensa en tus niños, en tu ex ¿cómo están por cierto? Espero que bien. Pero tienes que hacerme este favor.

Salí de su oficina casi sin decir nada, seguro Montesinos se quedó sentado detrás de su escritorio sonriendo con su cara de sapo, frotándose las manos porque había conseguido a alguien más que hiciera su trabajo. Acepté, más obligado que convencido, la engorrosa tarea de cuidar a un supuesto suicida. Fui a casa de Renata a la hora en que habíamos quedado y resultó que ella tenía un ejemplar del libro de cuentos de aquel suicida. No me pareció nada interesante, ni fresco ni innovador. Algunos textos muy infantiles pero por ingenuos y simplones; otros textos eran lo que llamo grandilocuentos, de toda la verborrea y pretensiones líricas sólo se salvaban unas cuantas frases. Era joven cuando lo escribió, quizá esa sería su disculpa. Muy difícil asombrarme con apenas tan poco. Había una página con la esquina doblada, era del cuento sobre Varsovia, probablemente su mejor texto. Pregunté a Renata qué le parecía, por qué tenía aquél libro, tan regularsón y prescindible, aunque me guardé estos justos calificativos. Dijo que hacía un par de años lo había leído y recordaba que sí le había gustado, ¿por qué? Porque se le hizo divertido, así me respondió.

Me le quedé viendo un rato en silencio. Entre nosotros había una diferencia de edad considerable pero ella no es como cualquier niña intelectual, su abuelo fue un poeta reconocido de provincia, es de buena familia por lo que fue educada en un ambiente colmado de cultura y arte; no es tan extraño que de todos los libros que devoró en la adolescencia la llegara alguno malo y que, empática o rebelde, le otorgara algún mérito dentro de su canon personal.

¿Por qué te lo pregunto? Pues, nada más, parece que nos acompañará la próxima semana en el viaje a Polonia, al Encuentro de Escritores Latinoamericanos, me encargaron que esté con él todo el tiempo posible. No, no lo conozco, sólo sé que es uno de esos escritores lumpen-clasemedieros, no creo que tengamos nada en común fuera del hecho de que los dos escribimos —qué terrible manera de igualarnos—. Tengo que estar con él, lo siento, sé que esperabas este viaje para estar juntos y que te mostrara la ciudad, prometo compensártelo, de veras, quizá encuentre la manera de quedarnos unos días más. No te preocupes, dijo casi sonriendo con una dulce mueca que hiló inmediata con un suave gesto para remover un mechón que caía sobre su frente, entonces siguió con la lectura de un grueso volumen de sonetos italianos del Catorce. Tendida a lo largo sobre un pesado futón rústico abarcaba muy poco espacio, el vestido corto que llevaba, la postura de sus brazos y cuello, junto con la iluminación tenue de la tarde muriendo me hizo imaginar que parecía como si fuera una actriz francesa de los años sesenta. Se quedó absorta en los endecasílabos mientras el silencio dio por terminada nuestra conversación. A todo el que tiene el privilegio de conocerla se impresiona por lo hermosa y joven, su rostro armonioso, su cabello ondulado, oscuro como una tumba; me enorgullece contribuir a su formación, seguro ella esperaba que un hombre de mi cultura le revelara los secretos de Polonia, país antiguo y con gran historia, sin embargo, hizo su mejor esfuerzo para no demostrar su disgusto. Eso pensé. Le di un beso en la frente, tomé mi abrigo y el fedora, me retiré para que leyera en paz.

Nos encontramos todos en el aeropuerto, Montesinos, Renata y yo. Aquel joven escritor, Diego Selvas, llegó ligeramente tarde, vestía unos pantalones de mezclilla deshilachados, y una playera deslavada de un grupo llamado “The Queen of the Stoned” o algo así, usaba unos lentes oscuros y un sombrero de paja, imitación de Panamá, de ala corta con la banda verde limón, probablemente hecha por él mismo con un trozo de listón: su vestimenta era un intento ridículo de aferrarse a su juventud: irremediablemente perdida. Al presentarnos se quitó los lentes de aviador en un movimiento que parecía ensayado, su mirada recorrió los extremos de la sala de espera antes de verme directo a los ojos, casi retándome. Mientras nos estrechábamos las manos me pareció notar algo en él que me repelió de inmediato, aún hoy me costaría explicarlo con palabras. Montesinos me tomó del brazo, sólo estaba acá para cerciorarse de que todo saliera bien al inicio de nuestro viaje, de que no fuera a suceder nada extraño en el aeropuerto, pues uno nunca sabe. Recuérdalo, a todos nos conviene que regrese vivo. Diego y Renata platicaban cerca de nosotros, ella sonriendo con atenta cortesía, siempre ingenua y amable con todo mundo, escuchaba asintiendo muy despacio con la cabeza, a veces cuando responde habla tan bajo que el interlocutor tiene que acercarse demasiado para escucharla apenas, habla tan bajo que obliga a concentrarse en el movimiento suave de sus labios; el tipo hablaba con desparpajo, agitando mucho las manos. Si él decide suicidarse regresando no hay problema, los medios en México no harán mucho ruido, siempre están ocupados hablando de otras cosas, es un don nadie, a nadie le interesa, pero si algo pasa en el extranjero…, bueno, cabezas rodarán, bastantes, la mía, la Tu-ya…, no queremos eso, ¿verdad? Asentí callado mientras observaba a Diego y Renata sonreír. Montesinos se fue abruptamente sin despedirse, al parecer vio de lejos a algún colega y se abalanzó en su búsqueda como si se tratara de alguna jugosa mosca, no podría estar seguro de qué pasó con él pues desaparecer así es otro de sus malos hábitos.

A punto de abordar me era imposible creer que estuviera en presencia de un suicida. Destacaba, en medio de la multitud de viajeros, por ser una persona simple y vulgar, pero nada más, no había nada único, ni especial, ni diferente, era una persona como cualquier otra; aunque sin duda un listillo, pues supo encontrar una oportunidad como ésta y todo le estaba saliendo bien.

Nunca antes había viajado en avión, Montesinos, con su desagradable forma de maquinar las situaciones, dispuso su asiento entre Renata y yo, pero hablando pudimos más o menos entendernos, al final el quedó del lado de la ventanilla, Renata en medio y yo en el pasillo, lo que fue algo molesto para mí. El tedio del viaje fue largo. Selvas se pasó todo el viaje garabateando nervioso unas fotocopias sucias y arrugadas, incluso cuando se paraba a caminar, interactuaba con otros pasajeros, con Renata, pero él y yo cruzamos pocas palabras, no había mucho de qué hablar en realidad, de inmediato nos dimos cuenta de que éramos muy diferentes. Tampoco sentí ganas de iniciar una conversación que nos incluyera a los tres. Era poco probable que llevara armas o algo peligroso en su maleta pero tendría que acompañarlo casi todo el tiempo, en las comidas, en las presentaciones, incluso durante el tiempo libre. En ningún momento debía estar fuera de mi vista por más de un par de minutos y todo esto tendría que hacerlo sin levantar sospechas para nadie, ni los organizadores ni los demás intelectuales podrían notar lo que estaba sucediendo. La única que sabía de todo esto era ella, sólo lo indispensable para no preocuparla. Es comprensiva, le dejé sugerencias de lugares para visitar, quizá sea mejor que tenga tiempo a solas, en todos lados hay gente ignorante que no entiende nuestra relación, por la diferencia de edad o porque fui su maestro. Pero eso no importa, ella es mía, es mi tesoro.

Desayuné a solas con él, porque Renata insistió en que si íbamos a pasar tanto tiempo juntos me serviría para conocerlo bien, quizá hasta pudiéramos congeniar, ella creía que mi “encargo” era ser niñera de un turista primerizo e inexperto. Dejé que se fuera con esa idea, era lo mejor, además, me comentó que tenía ganas de hacer muchas compras por su cuenta. Ya en el restaurante comprendí que el tipo no venía preparado, no sabía nada de la ciudad -lo cual me pareció raro debido a que había escrito sobre ella-, pero hice el esfuerzo de conversar con él ahora que estaba más animado que en el avión, seguramente mi actitud amable le mostró que los escritores y críticos profesionales no estamos tan lejos de personas como él.

Varsovia es el corazón, el cerebro y el tesoro de Polonia. Es al mismo tiempo una ciudad nueva y vieja, la simetría forzada de las ventanas y techos inclinados que resurgieron después de una polémica restauración conformaba el pulcro paisaje urbano. Nos registramos el día anterior en un hotel muy cerca de la avenida principal Krakowskie Przedmieście (durante la noche me arreglé con un conserje, un maletero y el guardia para que me tuvieran al tanto de todos los movimientos de Diego Selvas, era casi la mitad del servicio en aquel pequeño hotel). Fue un almuerzo más que un desayuno pero como las actividades principales eran más tarde teníamos tiempo de sobra, caminamos por la calle de Nowy Świat que tiene dos carriles y a los lados amplios pasos peatonales con tiendas y restaurantes. Ordenamos una de las comidas tradicionales de Polonia, el Pierogi, son parecidos a los ravioles sólo que un poco más grandes, el relleno de hongos secos con col agria es de los más comunes, existen otras variedades como el de papa con queso, que fue lo que ordenó Selvas; encima de las “empanaditas”, como las llamó mi colega, va una salsa hecha con grasa de cerdo frita. Es un platillo delicioso. También los preparan dulces, rellenos de fresa, zarzamora y demás, pero como quedamos satisfechos decidimos que los probaríamos en otra ocasión.

Bebimos cerveza, se consume mucho la de importación alemana aunque la nacional no es mala, acostumbran ponerle un jarabe de frambuesa para disfrazar el sabor amargo y acompañar las comidas. Es como una michelada de sabores, dijo Selvas. Para romper el silencio incómodo que siguió a su ingenua observación me contó que, efectivamente, había hecho todo lo posible por venir a este encuentro. Cuando se enteró, de inmediato mandó su curriculum con muestra de todas las publicaciones que tenía a los organizadores, pidió la oportunidad de recibir una invitación. Era su sueño conocer esta ciudad desde mucho tiempo atrás. Algo en estas palabras me inquietó pero traté de sacarle más información a través de cuestionamientos tangenciales, había que dar algunos rodeos para evitar cualquier clase confrontación. Le pregunté qué hacía para vivir y me comentó que era corrector de estilo en un diario de Jalisco, corregía y algunas veces redactaba, vivía modestamente y no había alcanzado aún el estatus de escritor consagrado como para mantenerse de ello. Por el tono triste de su voz sospeché cierta resignación a que nunca lo alcanzaría, y él estaba muy consciente de eso. Nuestro potencial no es ilimitado, como nos gustaría creer. Es cierto que cualquiera puede escribir pero no cualquiera puede llegar a ser un gran escritor, en la historia de la literatura mexicana siempre habrá escritores menores, no podría llamarles prescindibles, pero muy pocos autores lograrán publicar a nivel internacional, qué digo, habrá escritores provincianos que nunca serán conocidos fuera de sus pueblos.

¿Algo te preocupa? No, nada, no estoy pensando en nada. Amigo, déjame decirte que te entiendo muy bien, sé en qué estás pensando. ¿Ah, en serio? Así es, seguro estás pensando en tu novia, pero no deberías, ella es encantadora, muy lista por lo poco que tengo de conocerla, no podría hacerle mal a nadie. Ella no me preocupa, le respondí, pero tú no la conoces, no realmente, no creas que porque vienes con nosotros tienes idea de lo que pasa entre ella y yo, así que déjanos en paz. Me pidió que me calmara, no pensó que me fuera a alterar, sólo quería conversar un poco. Me recordó, un poco serio por el regaño, que no faltaba mucho para la inauguración, y luego las lecturas, entre ellas la de Renata.

Se nos hará tarde, dijo y salió dejando su parte de la cuenta, tuve que tomarme media cerveza de un trago, pues aún no me la había acabado; Odio cuando apresuran mi bebida. Caminamos despacio en el parque Łazienki Królewskiе donde sería la presentación. Parecía como si las calles le fueran familiares, o, más bien, como si lo desconocido le diera una especie de tranquilidad, permitiéndole desenvolverse a sus anchas: se detenía para dar las buenas tardes a los desconocidos, sonreírles, y de vez en cuando mirar de reojo las largas piernas de las polacas. Las personas reaccionaban de manera positiva hacia él, no pude verlo como una persona triste, aunque tenía la ligera sospecha de que se estaba esforzando por pretender, ¿pretender qué? No estaba seguro. Compró una flor en un puesto en la calle, una rosa. ¿Sabes?, me dijo, En algún lugar leí que la primera tienda que abrió aquí en Varsovia después de la Segunda Guerra fue una florería, no sé si sea verdad, pero es una bella historia, ¿no te parece? No sabría decirte, le contesté, nunca he leído algo así, me costaría creerlo, hay cosas más necesarias después de una guerra. ¿Más necesarias? Entonces, mi amigo, no sabes nada de la vida, me respondió mientras caminaba al escenario donde ya se encontraba Renata leyendo uno de sus poemas:

Simple insecto por las flamas cegado,
tornas cenizas las alas perdidas.
Olvida el cielo y el prado,
pues la muerte,
mariposa,
te llama y a la cita
vuelves incauta por el propio engaño.
Callado, el cruel poeta observa, goza, y no lo evita.

Arden las llamas

En el parque hay fauna silvestre en libertad, ardillas, pavos reales, patos, cisnes y hasta venados; el escenario se encontraba cerca del monumento a Henryk Sienkiewicz, premio Nobel de literatura polaco y autor de Quo Vadis? Cuando terminó de leer sus poemas Renata bajó hacía nosotros, yo la felicité y Diego, cortés, le regaló la rosa. Ella le dio las gracias, pero le comentó que le parecía muy triste que cortaran las flores. Para nada, dijo Selvas, las rosas deben de ser podadas justo en el cenit de su vida, de otro modo la flor terminará pudriéndose en el rosal, echándolo todo a perder, con un corte preciso y unas buenas tijeras será como si nada hubiera pasado. Renata sacó tabaco para liar que había comprado en la mañana, en Polonia es común su venta aunque se consumen también muchos cajetillas, generalmente los jóvenes gustan de liar sus propios cigarros y ella imitando a algunos locales lo compró como una curiosidad, sin embargo hasta el momento no había logrado hacer uno solo. ¿Me ayudas? Dijo algo apenada. Acepté, pero para mi sorpresa Selvas se me adelanto diciéndome A ver a quién le queda mejor, eh. Su actitud altiva me pareció más graciosa que molesta, después de todo él no sabía que yo tuve una gran afición al tabaco, el resultado fue obvio, en unos segundos arme un cilindro compactado y uniforme, el conillo de Selvas no parecía para nada un cigarro de tabaco. Diego y Renata rieron; ella le preguntó si tenía un tatuaje, ¿Por qué le preguntas eso?, la interrumpí, Pues, porque el personaje de su cuento tiene uno, justo donde se va a dar el balazo, aunque nunca explica de qué es, y se dirigió de nuevo a Diego, en el cuento pasas mucho tiempo sin hablar de eso, lo retomas casi hasta el final, me parece que eso es un error narrativo, pero dime, ¿de verdad eres como tu personaje?, ¿Tienes uno? Selvas se descubrió un poco la camisa para enseñarnos. Es un fractal, dijo. Es el conjunto de Mandelbrot, acoté. Benoit Mandelbrot fue uno de los más grandes estudiosos de la matemática fractal, por eso la figura lleva su nombre. Es un conjunto de valores, derivados de una ecuación iterativa, que reciben diferentes colores, a simple vista parece una figura bidimensional, sin embargo, los límites, el perímetro de la figura tienen valores infinitos, llegando a colocarse entre la segunda y la tercera dimensión. Me pareció un tatuaje extraño, aunque las personas tienen poco juicio al escoger un diseño.

Caminamos rumbo al hotel mientras seguíamos platicando, ellos parecían llevarse bien, yo les planteaba lugares que podríamos visitar mañana, teníamos que ir al Palacio de la cultura, a la Universidad, quizá al Puente Poniatowski; ellos no parecían ponerme mucha atención. Mañana nos tocaba leer a Selvas en la mañana, y a mí por la tarde, decidí darle un poco de espacio, o que así lo creyera, además yo necesitaba pasar tiempo con Renata, cuando llegamos al lobby nos despedimos de él y quedamos de acuerdo para cenar en un rato más. Le hice una seña al conserje para que lo tuviera vigilado. Había unos paquetes en recepción para Renata y cuando la acompañé a su cuarto le pregunté qué eran. Cosas, dijo. Al notar mi inconformidad me explicó que desde la semana pasada encargó por internet, o escribiendo a lugareños para pedir ayuda, algunas de las compras por adelantado, porque: se puede conseguir lo que sea con una tarjeta de crédito, lo que sea, menos tiempo. ¿Y qué tienes ahí? Pues nada importante, no veas, hay compras, recuerdos, baratijas, por ejemplo, en este paquete tengo unas cervezas, me dijo, por ende, le pregunté por qué no las tomábamos ya, No es el momento, Vamos, sólo un par, ¡No!, yo reí y le dije que no fuera boba, no pensé que se fuera a molestar. La abracé por la espalda sujetándola por la cintura, hice su cabello a un lado para besar su cuello, morderlo un poco mientras pasaba mis manos por debajo de su blusa, hacía falta temple para no temblar ante sus delicados y suaves senos. No hay nada que puedas hacer, le dije, voy a tomarla, mientras pasé mi lengua por el lóbulo de su oreja mientras apretaba mi cuerpo contra el suyo. Nunca pensé que fuera a reaccionar del modo en que lo hizo. No logré calmarla, a pesar de mis disculpas, no entendí en qué momento la había incomodado, pero después de que me empujó aventando una botella de cerveza a la pared —por fortuna su fuerza no es mucha por lo que la botella no se rompió—, me dijo muy sería: A mí nunca me vas a obligar a hacer nada, ¡atrévete!, atrévete a levantarme la mano, yo no soy tu ex-esposa, borracho. Y ahí estaba, después de una relación de año y medio por fin me lo echaba en cara, en otro país, en un viaje que tendría que unirnos más. Fue un momento muy triste para mí, tomé mi sombrero y salí del cuarto sorprendido, sin decir nada.

Es verdad, lo acepto, y mucha gente ya lo sabe, llegué a golpear a mi anterior pareja, lo que hice no tiene perdón ni se justifica, me apena aceptar que lo hice bajo la influencia del alcohol. El asunto se hizo rápidamente del conocimiento del círculo de amistades y conocidos, perdí trabajos, reconocimiento y oportunidades. La vida no siempre resulta como la planeas. Pero no soy un monstruo, no, en realidad no lo soy, no creo merecerme la forma en que me han tratado desde entonces. Después del divorcio busqué ayuda, entendí que en gran parte todo se debía a mis miedos e inseguridades, quise cambiar, quise buscar el momento en que me equivoqué. Aún intento mejorar, mucha ayuda de psicólogos. Incluso la madre de mis hijos me ha perdonado y llevamos, hasta donde se puede, una relación cordial, con ella y con su nueva pareja. No soy un monstruo. Renata es el motor que me mueve a ser mejor persona, aunque por lo visto sigo haciendo muchas cosas mal. En el fondo siento que no merezco ser feliz, aunque no conozco a nadie que lo sea.

Encontré a Selvas en la calle, fumando. Es un mal vicio, le dije. Él sólo sonrió, de nuevo había algo en él que me repelía. Incomprensible. Es cierto, dijo, andas cuidando que no me mate, ja, una fumada no me matará. El tipo se quedó serio mirándome un rato, y ante mi rostro de sorpresa me dijo pausadamente sin levantar la vista del cigarro consumiéndose y de su ceniza que caía como si nada pasara, Montesinos me llamó hace unos días preguntándome directamente si me iba a suicidar, le respondí que se fuera al carajo, es mi vida y haré con ella lo que yo quiera; cuando te vi en el aeropuerto con él, sospeché ciertas cosas, acá en tu compañía, viendo las señas que haces a la gente del hotel, me queda claro que sólo eres una herramienta. No me conoces, le dije pero no me dejo interrumpirlo. Te crees muy listo sólo porque escribes lo que llaman alta literatura, callado todo el tiempo, juzgando lo que pasa, aunque no te das cuenta de las cosas que de verdad suceden a tu alrededor, vives una mentira, eres un farsante; mientras gente como yo nunca tendremos las mismas oportunidades, no es la primera vez que nos vemos ¿sabes? Coincidimos en un par de encuentros de escritores en México, sólo que yo estoy del lado de los que esperan, ruegan, a veces por una invitación, mientras que tú vas a dar una plática de una hora y cobras lo que gano en meses, dime ¿realmente somos tan diferentes? Yo tengo que trabajar horas extra de madrugada, corrigiendo errores de los demás, escribiendo mi obra en los ratos libres del transporte público o sacrificando noches de sueño, para que cualquier escritor con amigos que le regalan premios se lleve la buena vida; “La verdad que trabaja, la mentira que triunfa”. Mira, Selvas, realmente no estoy de humor, así que dime a dónde quieres llegar con esto. Apenas noté un fuerte olor a vodka, se encontraba muy borracho. ¿Qué pasa —me preguntó—, no conseguiste acción con tu noviecita? No soy un monstruo, pero en ese momento no me pude contener, había sido un mal día de principio a fin aunque no sabría decir en qué momento todo se arruinó. Le di un golpe que lo mandó al piso en medio de la calle. Las cosas no acabaron ahí. Fue mejor que no. Selvas se levantó tacleándome, forcejeamos, le di un codazo en la quijada y él a mí un cabezazo. Cuando un oficial nos detuvo costó mucho trabajo convencerlo de que estábamos jugando. Fui diplomático, aunque era obvio que nos comportamos como unos imbéciles. Cuando el policía se fue comenzamos a reír. Le conté de mi vida, de mis hijos, de mi ex, de cómo a diferencia del tabaco nunca he podido dejar el alcohol, bajarle sí, pero dejarlo no; de cómo conocí a Renata en uno de los momentos más bajos que he tenido, por eso significa tanto para mí, por eso temo perderla. Esto será un buen cuento, me dijo. Nosotros no somos personajes, le respondí, somos seres humanos con voluntad y libre albedrío. No puedo separar mi vida de lo que escribo, me dijo muy serio, yo soy todos mis personajes. ¿También el suicida? Sí ¿Eso quiere decir que planeas hacerlo? Planeaba, pero no me has dado espacio para preparar nada, ya lo sé, es triste, pero hay personas que nacemos llenos de tristeza, pero dime, si te lo pidiera, ¿lo harías por mí? Cuando me di cuenta de que no estaba jugando le aclaré de manera tajante que no permitiría que eso pasara.

Te contaré cómo pensé en el cuento de Varsovia: En realidad nunca tuve interés por la ciudad pero mi padre tenía un casete donde venía esa canción: Warsaw concerto, es de una película, creo, nunca la he visto; el viejo llegaba del trabajo con una rosa para mi madre, ponía el casete en la grabadora cuando comíamos, con la música y la plática todos estábamos contentos, como una maldita familia feliz de postal; sin embargo, un día cuando se escuchaba esa canción soltó el tenedor y, como si fuera una revelación, dijo: Es una canción muy hermosa para morir y lanzó su plato hacia la pared; así, de la nada, mi madre y yo nos hicimos más callados después de aquel día. Unos meses después se fue al gabacho a buscar chamba, unos meses después de eso dejamos de saber de él. Hasta la fecha no sé nada, no le guardo rencor tampoco. Mi madre plantó rosas en el jardín, yo aprendí, haces los esquejes, con un poco de paciencia, buena tierra, composta, listo, prenden y de repente ya tienes demasiados rosales. Son bella compañía. Mi madre se suicidó cuando yo tenía dieciséis, entonces empecé a escribir —Me di cuenta de que lloraba pero no supe qué hacer—. Rápido noté que la mayoría de los escritores son gente de la peor calaña, concluyó, como si esto fuera una gran revelación. Eso es normal, le dije, no idealices, el talento no tiene que ver con la personalidad ni nada, ¿por eso crees que soy un farsante? Sé que tengo mala fama en el medio, y es merecida, no todos me tienen en un buen concepto, pero a veces no queda más que probar lo contrario, seguir intentándolo. Ya no quiero seguir, interrumpió mientras pasaba sus dedos entre su cabello, he sacrificado cosas hermosas de la vida por escribir, lo cual no es justo. Inténtalo un poco más, le pedí, sólo tiene que cerrar los ojos y empezar de nuevo, creyendo en ti, en tu talento, recuerda que tenemos que probar los pierogi dulces, mañana leerás tus textos, me contaron que tienes una novela, déjame ayudarte a corregirla, que quede perfecta, la mandaremos a algunos concursos, ¿no te gustaría ganar algún premio de los que tanto criticas? La verdad, reconoció Diego, es que en el fondo siento una gran envidia por los escritores que son considerados exitosos, pero me deprimiría mucho nunca ganar nada. No te preocupes, le dije, notándolo ya más tranquilo, la mandaremos esperando que reconozcan la calidad, sin pedirle nada a nadie, piénsalo como un reto, ¿te gustan los retos, no? Pues sí, respondió con una mueca de complicidad. Y si no ganas no será el fin del mundo, somos humanos, nos equivocamos todo el tiempo, pero no estás solo, ninguno de nosotros lo está. Gracias, me dijo. ¿Por qué, por la novela o por evitar que te suicidaras? No, gracias por ser un buen amigo. ¿“Amigos”?, pensé, aunque preferí quedarme callado.

Nos dirigimos al ascensor donde me despedí de él, cada uno se fue a su cuarto, nos encontrábamos calmados y nerviosos a la vez, habíamos dicho muchas cosas, así que sólo se me ocurrió palmearle la espalda y decirle: La vida es muy complicada, pero todo va a estar bien. Quizá me vi un poco ridículo o simplón hablando con lugares comunes, pero lo que la gente olvida es que hay grandes verdades detrás cualquier lugar común. Él movió la cabeza afirmando, todo va a estar bien, dijo en voz alta aunque sin hablarle a nadie en particular, hasta mañana. Se quedó en el elevador porque estaba alojado justo en el cuarto de arriba. Antes de entrar a mi habitación decidí pasar a la de Renata, tenía ganas de verla para disculparme, mi orgullo algunas veces me impide hablar y decir lo que realmente siento. Tenía ganas de contarle esta historia secreta que ella no había visto en nuestro viaje, sobre las pláticas con Diego y la manera en que sin darnos cuenta se había formado un vínculo profundo entre los tres. Esperé en la puerta unos minutos, ella no estaba ahí. La llamé después desde el teléfono de mi habitación sin ninguna respuesta, bajé al lobby a preguntar por ella sin ningún éxito. Me preocupé. Me di cuenta de que no había estado atento, quizá desde meses atrás, sin embargo, pensé que de ahí en adelante tendría que cambiar, trataría de ser más cercano a quienes me rodeaban. Ella no aparecía y aunque no había pasado mucho tiempo me puse tan nervioso que salí a buscar un cigarro, a pesar de los años sin fumar, caminé un poco para encontrar una cajetilla pues mis nervios no estaban en condiciones para hacer mi propio cigarro.

partitura

Regresé al hotel porque escuché sirenas llamándome. El cigarro que encendí nervioso se escapó de entre mis dedos. La policía estaba por todos lados, pregunté temiendo por ella pero me calmaron explicándome que apenas había regresado de un bar o algo así. Entonces comprendí de golpe. Subí corriendo las escaleras, en la entrada de su cuarto había muchas personas. Traté de decirles en polaco “Déjeme entrar, es mi mejor amigo”, lo repetí una y otra vez hasta que les gritaba, empujándolos, forcejeando. Entré abruptamente casi cayéndome, observé todo como si fuera un cuadro, justo como él lo había escrito: lo vi sentado con medio vaso de cerveza a un lado, sobre un pequeño charco de sangre, con la pistola aún en su mano, una herida sobre el corazón, justo sobre su tatuaje; cerca de él, como un palimpsesto había una rosa. Tardó unos minutos en morir, creí escucharles, El huésped de al lado escuchó un ruido, Pobre diablo, biedny diabeł. Nunca me sentí más fuera de lugar en mi vida. Vomité. Me sacaron arrastrando totalmente descompuesto.

Lloré por mi amigo, recordé algunas palabras de su texto: Es tiempo de morir. Todo estaba escrito ya: recursividad, autosimilitud, el acto abría de suceder miles de veces, cómo él lo había planeado. Reconstruí todo en mi mente, vi a mi amigo llegar a su habitación con la sorpresa de que alguien más había recreado la escena que él había escrito años atrás, todo estaba dispuesto frente a él como una concesión, pero también como un grave desafío. Rogué por que no se hubiera cometido ningún error, me di cuenta de lo descuidado que fui cuando reconocí la rosa, pensé en los paquetes que escondió, en cuántos momentos la dejé sola, nunca comprendí que ella era una gran admiradora. Aunque ninguno de los tres estaba libre de culpa. Lloré sentando en la oscuridad, esperando a que todos se fueran, esperando que no se llevaran a mi tesoro, ella era todo para mí y nunca pensé perderla de esa manera; fue cuando planeé la manera de incriminarlo, de manchar la memoria de mi amigo, insistiría en que no tenía deseos de vivir, en que no lo pude controlar, no había lugar en este mundo para él. Ya nada importa, ya es muy tarde, no hay redención para nadie. ®

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Publicado en: agosto 2013, Narrativa


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