Conversaciones con Sartre, de John Gerassi

“Me encontré con Sartre el día de Navidad. Discutimos durante casi dos horas sin llegar a un acuerdo. Al final, me dijo: «Muy bien, ha cumplido con su obligación. Ha agotado todos los argumentos posibles. Ahora, como amigo, explíqueme por qué ha abandonado a su familia en mitad de la Navidad para unirse a este tribunal y viajar a Vietnam del Norte»”.

Cuando en 1966 el filósofo británico Bertrand Russell, de noventa años, fundó el Tribunal Internacional sobre Crímenes de Guerra —que fue concebido sobre todo como arma de propaganda para investigar e, inevitablemente, condenar a Estados Unidos por su agresión al pueblo vietnamita—, sabía que estaba demasiado viejo y frágil para asumir su presidencia. Por ello, le pidió al novelista-dramaturgo-filósofo-activista más ilustre del siglo, Jean-Paul Sartre, que fuera el presidente ejecutivo, pero Sartre lo rechazó. Fue entonces cuando Russell me pidió que intercediera ante Sartre.

Como cabecilla de la Fundación Bertrand Russell para la Paz en Nueva York, yo había hecho varias propuestas para la fundación de dicho tribunal; además, Russell sabía que yo conocía muy bien a Sartre. Esto se debía, en parte, a que mi padre, el pintor español Fernando Gerassi, había sido el mejor amigo de Sartre antes de la Segunda Guerra Mundial, y había escrito sobre él en su trilogía Les chemins de la liberté [Los caminos de la libertad].

Gomez, como lo llamó Sartre, es un personaje importante en la novela que abandona a su mujer y a su hijo y combate por la república durante la Guerra Civil española entre 1936 y 1939, y se convierte en general y en el último gran combatiente por la defensa de Barcelona, cosa que, de hecho, sucedió de verdad.

Sin embargo, en aquella época a Sartre esto no le parecía admirable en absoluto; nada, insistía, debería interferir con la vocación artística. Al ir a luchar contra el fascismo, Fernando había traicionado su compromiso como artista. Sartre me preguntó en muchas ocasiones por qué mi padre había ido al frente, aun sabiendo que la república perdería. En la novela, Gomez dice: «No se combate el fascismo por que se vaya a ganar. Se combate el fascismo porque es fascista». Una explicación perfectamente lógica para cualquier animal político, hasta para Sartre, pero eso sería más tarde.

Por otra parte, mi madre, Sarah en la trilogía, había sido una de las mejores amigas de Simone de Beauvoir cuando ambas estudiaban en la Sorbona, fue ella quien le presentó a Sartre a mi padre. Castor (el apodo de Simone) y mi madre conservaron su gran amistad después de la guerra, y Beauvoir siempre se quedaba en nuestra casa cuando viajaba a Estados Unidos. Cuando yo iba a Francia también me quedaba con Sartre y Beauvoir.

Yo tenía mis propias razones para quedarme con ellos. En aquel entonces, estaba escribiendo mi tesis doctoral en la Universidad de Columbia, primero sobre la estética de Sartre y, cuando aquel tema me causó demasiado dolor de cabeza en el departamento de filosofía, sobre la pelea entre Sartre y Camus. Así que yo le hacía muchas preguntas a Sartre, cosa que parecía que le gustaba, aunque casi siempre hablábamos más sobre ideas políticas que sobre su estética o su pelea con Camus (de hecho, acabé cambiando el tema de mi tesis doctoral y escribí sobre teoría revolucionaria en el Colegio de Economía de Londres).

Fue durante una de esas conversaciones, en el piso superior del bar Falstaff, en la avenida Montparnasse, cuando con veintitrés años me porté como un malcriado. De forma muy arrogante, le dije a Sartre que jamás sería capaz de combinar su filosofía, el existencialismo, con el marxismo, tal y como deseaba, si no renunciaba a su idea de «proyecto del hombre», que estaba en el corazón de su filosofía de libertad. Cuando al fin me dio la razón y abandonó el marxismo, creí haberme ganado su confianza, al menos en asuntos de política.

Como yo había escrito varios artículos aquí y allá con citas directas de Sartre, Russell pensó que podía hablar con él en cualquier momento, y el 23 de diciembre de 1966 me llamó a

Nueva York, mientras yo decoraba el árbol de Navidad con mi hija Nina, de seis años, y me preguntó si quería ir a Vietnam del Norte con el primer comité de investigación, que partiría de París el 26 de diciembre. ¿Cómo iba a rechazarlo? Entonces Russell me preguntó si podía hacer escala en París y convencer a Sartre para que aceptara el puesto de presidente del tribunal.

Me encontré con Sartre el día de Navidad. Discutimos durante casi dos horas sin llegar a un acuerdo. Al final, me dijo: «Muy bien, ha cumplido con su obligación. Ha agotado todos los argumentos posibles. Ahora, como amigo, explíqueme por qué ha abandonado a su familia en mitad de la Navidad para unirse a este tribunal y viajar a Vietnam del Norte».

«Tiene toda la razón —respondí—, no hará ningún bien político, pero voy porque los vietnamitas son las víctimas. Deben saber, aunque ello no detenga ni una sola bomba estadounidense, que estamos con ellos; que gente como usted, Sartre, y como Russell o Dave Dellinger [un pacifista estadounidense muy importante] está con ellos; que sabemos que Estados Unidos es el agresor, y el pueblo vietnamita la víctima valiente que lucha por su libertad. Por eso iré, aunque la prensa americana e inglesa no diga ni una palabra sobre este tribunal.»

Sartre sonrió y luego dijo: «De acuerdo, es una buena razón; cuente conmigo».

Ése fue el mejor momento que pasé con él.

Fueron muchos los momentos que compartimos, aunque no todos tan buenos. En 1970, yo ya no me dedicaba al periodismo profesional y me habían prohibido enseñar en escuelas americanas por mi activismo en contra de la guerra. En aquel entonces, estaba dando clases en la Universidad de París VIII, en Vincennes, y todos los domingos comía y hablaba de política con Sartre y Beauvoir en La Coupole, un restaurante bullicioso, art déco y decadente de Montparnasse, o en La Palette, otro restaurante que quedaba a una calle y era más tranquilo. En una de esas ocasiones, un tipo logró burlar la vigilancia de los camareros y se acercó a nuestra mesa para preguntarle a Sartre cuándo terminaría su autobiografía. De hecho, Sartre había empezado a contar la historia de su vida en Les mots [Las palabras], pero sólo había llegado hasta los trece años. No tenía intención de continuar. Antes de terminar aquella cena, como he explicado en Jean-Paul Sartre: Hated Conscience of His Century, acepté escribir su biografía, y Sartre escribió una carta que sirvió de contrato en exclusiva.

Empezamos a grabar las conversaciones para su biografía en noviembre de 1970, y continuamos durante cuatro años académicos, hasta 1974. Nos encontrábamos en el apartamento de Sartre todos los viernes, mientras yo recibía noticias continuas sobre mi caso hasta que mis abogados lograron ganarlo y reinstalarme en una universidad americana. Nuestras conversaciones solían convertirse en peleas, a veces tan feas que muchas veces creí que el proyecto terminaría.

En una ocasión, después de que yo publicara un artículo en la prestigiosa revista anual francesa Obliques, en el que dije que la relación entre Sartre y mi padre se había deteriorado porque Sartre se sentía culpable por no haberse involucrado más en la Guerra Civil española, Sartre me gritó que jamás se había sentido culpable por nada en toda su vida, y que yo nunca entendería el verdadero significado de la literatura. En otra ocasión, cuando defendí al entonces presidente Charles de Gaulle, alegando que él era el único político conservador que quería expulsar a Estados Unidos de la OTAN porque sabía que sólo quería dominar el mundo, Sartre me llamó «idiota reaccionario » como De Gaulle («Vous n’allez pas devenir un macreau réac comme lui?»). Profesaba un odio feroz por De Gaulle, y el viernes siguiente me castigó con una nota colgada en su puerta que decía:

«Tuve que ir al dentista. Creo».

Pero siempre hacíamos las paces o, más bien, ignorábamos nuestras antiguas peleas, y seguíamos comiendo juntos todos los domingos como de costumbre con Beauvoir y con mi novia, Catherine. Durante una de aquellas comidas pasé mi peor momento con Sartre. Yo llevaba unos años viviendo con Catherine, una estudiante bonita, dulce y simpática que no tenía ningún interés por la filosofía de Sartre, pero disfrutaba burlándose de él por su gran apetito (a pesar del cual nunca engordaba) y hablando con él de cine contemporáneo. Una vez cuando todos estábamos en la casa que estaba cerca de Nîmes, en el sur de Francia, y que Sartre le había regalado a su hija adoptiva Arlette, ésta y yo fuimos de compras y, al regresar, nos encontramos a Sartre y a Catherine agachados como animales, observando el suelo.

«¿Sabía —explicaba Sartre, complacido— que las hormigas siempre se saludan entre ellas entrechocando la cabeza, antes de desplazarse hacia la izquierda para continuar su camino?».

«¿Cree que eso demuestra que la naturaleza es de izquierdas?», respondió Catherine.

Por esta razón, cuando unos meses después llegué tarde, y obviamente disgustado, a comer a La Palette, Sartre me preguntó: «¿Dónde está la petite?». Siempre la llamaba así porque era tres centímetros más baja que él (un metro cincuenta). No supe qué decir. Beauvoir se dio cuenta de que tenía los ojos llenos de lágrimas y lo dijo. «Hemos terminado», confesé al fin.

Sartre me miró de lado a lado con sus ojos bizcos, y luego declaró: «Pues lo envidio. Yo nunca he llorado por una mujer en toda mi vida».

Esto fue doloroso para Beauvoir. Sartre lo intuyó y trató de explicarse a toda prisa: «Cuando Castor y yo decidimos mantener lo que se llama una relación abierta, descubrimos que la pasión lleva inevitablemente al afán de posesión y a los celos. Así que, como sabe, decidimos que nuestra relación sería “necesaria”, pero que seríamos libres para mantener otras relaciones, a las que llamamos “contingentes”. Esto exigía que elimináramos la pasión, la clase de emociones que a menudo se manifiestan con lágrimas. Pero ahora me doy cuenta de que… lo envidio; puede llorar a los cuarenta, y yo, a los setenta, nunca he llorado».

Observé el profundo sufrimiento de Beauvoir. Obviamente, ella sí había derramado lágrimas por sus amantes a menudo, fuera Sartre u otro, y estaba herida por el hecho de que él no hubiera llorado por ella.

De forma muy arrogante, le dije a Sartre que jamás sería capaz de combinar su filosofía, el existencialismo, con el marxismo, tal y como deseaba, si no renunciaba a su idea de «proyecto del hombre», que estaba en el corazón de su filosofía de libertad. Cuando al fin me dio la razón y abandonó el marxismo, creí haberme ganado su confianza, al menos en asuntos de política.

Para mí también fue una experiencia muy dolorosa, especialmente porque, en aquel momento, Catherine formaba parte de mi cotidianidad con Sartre. No se encargaba de transcribir las conversaciones —eso lo hacía un profesional—, pero Catherine corregía los nombres, me describía los lugares que Sartre mencionaba y me contaba historias, suyas o de sus padres, sobre los acontecimientos evocados por él, volviéndolos mucho más humanos. Solía marcar con un rotulador verde los pasajes que más le interesaban de la transcripción de las conversaciones y, a decir verdad, eran los más fascinantes. Siempre estaba impaciente por escucharlos, ya que Sartre y yo habíamos convenido en que no nos enzarzaríamos en discusiones sobre su filosofía. «Dejemos que los académicos se encarguen de eso», dijo Sartre, delatando su desdén por esa clase de gente que dedica su vida a disectar las obras de otros. «Nosotros nos concentraremos en le vivant [lo vivo]», repliqué.

«D’accord», asintió.

Mis entrevistas con Sartre fueron más bien conversaciones. Yo era, y sigo siendo, un animal político, un internacionalista, y sobre todo un defensor del Tercer Mundo. Había viajado por todo el planeta, en ocasiones como periodista, a menudo como militante antiimperialista e, inevitablemente, también como un turista cualquiera. Sartre había viajado tanto como yo, pero como una persona famosa, era esperado siempre en los aeropuertos por funcionarios importantes y acompañado por intérpretes. Cuando empezamos las entrevistas, yo ya había publicado una docena de libros sobre América Latina, Vietnam, la Guerra Civil española y, con un amigo, sobre los estrechos vínculos entre el crimen organizado y el capitalismo en Estados Unidos. Sartre, por su parte, tenía una obra literaria compuesta por obras de teatro, ensayos, novelas y la brillante autobiografía de su juventud, Las palabras, por la cual había ganado el Premio Nobel. Cada cual traía sus propias experiencias.

Aunque ninguno de los dos éramos marxistas, compartíamos una idea indiscutible. Conveníamos en que, a pesar de lo que sostuvieran los académicos pragmáticos, a pesar de lo que casi cualquier profesor estadounidense de bachillerato inculcara a sus alumnos crédulos, a pesar de que los ricos de los países desarrollados proclamaran que se preocupaban por los pobres, y que todo el mundo se acaba beneficiando de la riqueza de unos pocos (la teoría del goteo de la riqueza), el mundo está en guerra, en una guerra de clases de pobres contra ricos. Y estábamos de acuerdo en que, hasta que los pobres no se sublevaran y demandaran la riqueza de los ricos, y luego la distribuyeran justamente entre todos, la guerra de clases sería una guerra a muerte, al menos cada cierto tiempo.

Nuestra intención, por tanto, no era discutir quién había hecho algo ni cuándo lo había hecho, sino por qué. Perseguíamos las causas políticas de nuestras acciones (y digo «nuestras» porque Sartre pretendía explicar el comportamiento de mi padre a través de mis reacciones). Acatábamos el gran precepto existencialista de que todo lo personal es político, y todo lo político es siempre personal. Sartre y yo convinimos en que no tenía sentido repetir lo que él ya había contado con tanta elocuencia en Las palabras, a no ser que yo pensara que había mentido, cosa que había hecho en ocasiones. Me propuse escribir su biografía política, evocar los caminos que había recorrido hasta convertirse en la conciencia mas odiada de su siglo, por retomar el título de mi libro. Nuestras conversaciones me darían las claves para entender por qué era tan odiado y por qué, al mismo tiempo, seguía siendo la conciencia de los estudiantes, los intelectuales y los militantes de todo el mundo.

La grabación de nuestras conversaciones requirió setenta y pico casetes, convertidos en una docena de cintas profesionales de calidad superior, cuya transcripción ocupó más de dos mil páginas de interlineado sencillo. Como es lógico, gran parte de lo que hablamos resulta hoy redundante, repetitivo e incluso incoherente, pues a menudo alude a episodios que ya no interesan ni a los académicos ni a los lectores inquietos. Por lo tanto, al traducir las conversaciones he suprimido dichos pasajes. En todo caso, algunos de los hechos mencionados siguen siendo importantes desde una perspectiva histórica. En caso de que requieran explicaciones, las he añadido en forma de notas. He incluido fragmentos de conversaciones que mantuvimos durante nuestras comidas, que transcribí de memoria justo después de terminar dichas comidas y que Catherine (hasta el día en que rompimos) revisó, aunque no estén grabadas. Quienes sientan curiosidad por lo que he suprimido o añadido, los que no confíen en mí, o simplemente quieran oír la poderosa voz de Sartre, encontrarán todas las cintas originales y todas las transcripciones sin editar en la biblioteca Beinecke de la Universidad de Yale, que las adquirió cuando regresé de Europa, sin dinero y sin trabajo.

He agrupado las conversaciones por meses, pero el orden no es del todo exacto, ya que nuestras conversaciones no siempre eran cronológicas. Podíamos discutir sobre un tema en particular durante un mes y luego, varios meses después, retomarlo. Así que he mezclado varias conversaciones bajo el epígrafe del mes en el que se desarrolló la parte más importante de la conversación. El investigador que desee oír el original deberá proceder como yo: primero, escuchar todos los casetes (o leer toda la transcripción), apuntar los temas que tratan y asignarles un número; y, por último, reconstruirlos. Es un trabajo muy difícil, o al menos lo fue para mí, pero el resultado —un testimonio, más o menos cronológico, que restituye la vida y la interpretación de una gran figura literaria— vale la pena.

Noviembre de 1970

Gerassi (G): ¿Qué edad tenía cuando se dio cuenta que era diferente a sus amigos, sus semejantes y sus compañeros de clase? Su padre había muerto. Su abuelo materno —el hombre de la casa, un titán barbudo que interpretaba el papel de Dios en las obras de teatro de la escuela, un tirano benévolo que trataba a su madre como si fuera su hermana, e incluso le hacía compartir la habitación con ella en su casa— debió de influir en su visión del mundo desde muy pronto.

Sartre (S): Sí y no. Su atención, su aprecio por mis fantasías literarias —pasaba todo mi tiempo libre en casa, leyendo y escribiendo «novelas» de aventuras, que él leía puntualmente—, su devoción por «sus hijos», que éramos mi madre y yo, me hacían sentir importante, por supuesto, pero no diferente. En la escuela no me sentía diferente a mis compañeros de clase. A las once y media, la hora del almuerzo, mi madre venía a recogerme como las otras madres, y después de las clases de la tarde, a las tres y media, vagaba por las calles igual que los otros niños. Jugábamos al fútbol en la calle y formábamos una especie de pandilla, por lo que a menudo acabábamos peleándonos con los chicos de otras escuelas.

G: En una ocasión me contó usted que esos chicos eran pobres, que venían de barrios malos. ¿Cree que eso le daba una idea de lucha de clases a sus peleas?

S: No. Es verdad, como sabe, que los niños ricos viven en barrios ricos, lo cual significa que allí las escuelas son mejores. Ello no se debe a que el Gobierno les dé más dinero. En Francia, donde la educación está centralizada, cada escuela recibe la misma suma por alumno, a diferencia de Estados Unidos, donde, según me ha contado usted, las escuelas se financian con los impuestos locales, de modo que están determinadas socialmente. Aun así, en Francia, como en todas partes, los niños ricos viven en barrios ricos. La mayoría de las madres de los niños ricos no trabajan, y dedican parte de su tiempo, y de su dinero, a hacer que la escuela sea más atractiva, que esté mejor decorada, sufragando obras de teatro, conciertos y otras actividades. En los barrios pobres, las madres trabajan y los padres no tienen ni tiempo ni costumbre de preguntar a sus hijos qué hacen en la escuela, ni tampoco de regañarlos cuando algún profesor dice que no se han portado bien. En ese sentido, sí había una diferencia de clases muy marcada entre las pandillas callejeras. No obstante, cuando te peleas con un adversario por el control de un territorio, el adversario es un adversario, claro, pero es un igual. Así que, cuando iba a la escuela en París, a pesar de mi entorno y de mis circunstancias familiares, jamás me sentí diferente ni tuve ninguna conciencia de clase.

G: A pesar de que su lycée [escuela primaria francesa] de entonces, el Henri IV, era uno de los mejores en París.

S: Es verdad, pero todos recorríamos París a nuestras anchas. (En aquella época, las calles eran seguras.) Tal vez los niños de otras pandillas sentían cierto antagonismo de clase, pero nosotros no, y no nos insultaban gritándonos «¡Ricachones!» ni nada parecido.

“Yo jamás fui un rebelde. Usted mismo lo dijo cuando insistió en que su biografía intentaría desentrañar cómo un buen burgués que nunca se había rebelado contra su clase social acabó siendo un revolucionario. Y es verdad. He denunciado las contradicciones de la sociedad, subrayando las diferencias entre lo que la gente dice y lo que hace, pero jamás he combatido con los proletarios, ni siquiera he convivido con ellos; siempre he llevado una vida de burgués”.

G: Pero cuando su madre volvió a casarse, con un ingeniero, y se mudaron a La Rochelle, me imagino que las cosas cambiaron.

S: Y mucho, pero no por una cuestión de clase. En primer lugar, yo era parisino, y en La Rochelle odiaban a los parisinos. Los niños de la capital. Eso era una distinción de clase, por supuesto, pero ni ellos ni yo lo veíamos así. Yo era un extranjero. Y no olvide que cambié de escuela a mitad de curso. Simplemente, no les caí bien a mis compañeros de clase, aunque ellos también eran niños burgueses. Las cosas se complicaron aún más porque al poco tiempo me convertí en un buen estudiante, ya que había leído mucho más que ellos, gracias a Charles [Schweitzer], mi abuelo, que me sugería sin cesar que leyera tal o cual libro, y que cuando leía mis «novelas», las comparaba con las de grandes autores. Y todo ello sin dejar de elogiarme. El resultado fue que en La Rochelle me convertí en el niño mimado del profesor de literatura. ¡No se imagina usted cómo se burlaban de mí por esto mis compañeros de clase! Pero todos éramos de la misma clase social. No éramos verdaderamente ricos, porque esos iban a escuelas privadas, religiosas. Nunca nos peleamos con ellos porque nunca llegamos a verlos. Digo «nosotros» porque cuando se trataba de pelearse, yo formaba parte de la pandilla. Sólo para las peleas.

G: ¿Con palos o sólo con puños?

S: Ni una cosa ni la otra. Sólo había empujones y bofetadas. Nadie se hacía daño de verdad. Pero cuando se acababan las peleas, mis compañeros de clase me ignoraban durante mucho tiempo, una vez durante un año entero. Nos peleábamos con niños de otras escuelas, que en su mayoría también eran burgueses, no como en Estados Unidos, donde las clases sociales se mezclan en las escuelas, ¿verdad?

G: En general, sí. Los ricos también van a escuelas privadas, pero yo me crié en el Upper West Side de Manhattan, que era una mezcla. Yo era un niño burgués, por supuesto, pero siempre acababa vagando con los niños pobres, sobre todo con los extranjeros, en parte porque, como les pasaba a ellos, se metían mucho conmigo por ser extranjero con un acento raro. Muchas veces llegaba a mi casa llorando, con la ropa rota, y Fernando siempre me preguntaba si me había defendido y cómo. Un día —nunca lo olvidaré— regresé a casa con la ropa hecha jirones, sangrando y dolorido, pero riéndome, y Fernando, antes de preguntarme qué había pasado, me felicitó.

S: La diferencia es muy significativa. Usted se crió como un rebelde. Usted experimentó subjetivamente la lucha de clases, aunque en aquella época sus enemigos fueran raciales, una especie de xenófobos, y cuando regresaba a casa, su padre le daba una perspectiva objetiva de todo ello. No fue mi caso. Tanto en el lycée Henri iv de París, donde la mayoría de alumnos eran hijos de burócratas o de funcionarios —a fin de cuentas, Charles era profesor de alemán—, como en La Rochelle, donde la mayoría de las familias estaban relacionadas con el mar y el puerto, pero no eran pescadores, sino administradores, no había conflictos de clase. Yo jamás fui un rebelde. Usted mismo lo dijo cuando insistió en que su biografía intentaría desentrañar cómo un buen burgués que nunca se había rebelado contra su clase social acabó siendo un revolucionario. Y es verdad. He denunciado las contradicciones de la sociedad, subrayando las diferencias entre lo que la gente dice y lo que hace, pero jamás he combatido con los proletarios, ni siquiera he convivido con ellos; siempre he llevado una vida de burgués.

G: Pero sus lecturas y su escritura eran actos de rebelión, ¿no?

S: No del todo. Es complicado, ¿sabe? Mi madre y mi abuela querían que yo leyera libros para niños, el tipo de libros que suelen leer los niños de diez años, e intentaban que Charles me impusiera mejores costumbres al respecto. Y Charles sabía que las «novelas» que yo escribía habían sido copiadas, inspiradas por las que leía y que, la verdad sea dicha, apenas comprendía. Está claro que cuando leí Madame Bovary a los diez años —¿o fue a los ocho?— no entendí nada, pero de ella saqué un hilo que luego retomé en una de mis historias. En teoría, toda mi familia estaba en contra de mis «novelas», pero yo sabía que mi madre se apoderaba de los cuadernos —cada novela ocupaba un cuaderno escolar— y se los daba a Charles, al parecer para demostrarle lo raro que yo era. Charles los leía a conciencia e incluso corregía las faltas gramaticales y ortográficas. De hecho, creo que en cierta medida escribía aquellas «novelas» para él, aun sabiendo que no le gustaban. En fin, el caso es que toda mi familia estaba en contra de mis lecturas, pero no de todas, porque también leía todo lo que escribían [Michel] Zévaco y [Pierre] Ponson du Terrail, dos escritores populares que, a pesar de ser anarquistas, publicaban todas las semanas en la prensa local, junto a chillonas ilustraciones. Tampoco les gustaban mis «novelas», pero sabía que, en realidad, me admiraban por escribirlas.

G: Eso forma parte de su infancia en casa, pero contrasta radicalmente con su vida fuera de casa.

S: Es complicado. Charles me convenció de que yo era especial, un prodigio, sin decírmelo nunca explícitamente, por supuesto. Eso significaba que yo era extraordinario. Pero en el mundo exterior, sólo los dioses como Charles eran capaces de comprender que yo era especial. A ojos de los demás, yo era como todo el mundo…

G: Usted ha dicho que de niño pensaba que en el mundo reinaba una armonía perfecta, que todo estaba en orden, estable, establecido. ¿No es contradictorio con el hecho que cuando usted quería jugar con otros niños en los Jardines de Luxemburgo, éstos le dijeran sistemáticamente que se largara, hasta tal punto que su madre intervino y le pidió ayuda a los otros padres? El mundo no era tan armonioso, a fin de cuentas.

S: Espere. Trataba de objetivar la situación. Aquellos niños estaban acostumbrados a estar juntos, a jugar juntos, sin mí. Por lo tanto, el orden de las cosas era que yo no formaba parte de su grupo. En el Henri IV era diferente. Yo conocía a los otros niños y ellos me conocían a mí. Los niños de los Jardines de Luxemburgo no me rechazaban porque yo fuera pequeño o feo, sino porque no formaba parte de su grupo.

G: Pero en Las palabras [la autobiografía de Sartre] usted confiesa haberse sentido frustrado, rechazado. ¿Por qué esto no le hizo darse cuenta que usted era diferente a los demás?

S: En cierto modo, sí. Me reafirmó en la idea de que era un prodigio, cosa que Charles había dado por sentada. En casa, yo era el centro. Mi abuelo era extremadamente autoritario, pero conmigo no. ¿Por qué? Porque yo era un niño prodigio. En los

Jardines de Luxemburgo, yo no era nada, lo cual era normal. Y en la escuela tampoco, al comienzo. Cuando empecé el bachillerato en La Rochelle (tenía doce o trece años), era un pésimo estudiante porque mis compañeros de clase no se daban cuenta de mi inteligencia. Era tan mal estudiante que mi madre tuvo que reunirse con los profesores de francés y de latín y rogarles que me prestaran un poco más de atención, cosa que hicieron. Aquello devolvió las cosas a la normalidad, de nuevo en orden. Pero Charles no estaba en La Rochelle. Con todo, obtuve la misma reacción que cuando intenté unirme al grupo del parque. Ellos formaban una unidad, mientras que yo era un extraño. Era normal.

G: ¿De veras? Por una parte se pasaba el día leyendo y escribiendo historias que Charles y las dos mujeres de la casa censuraban. Eso era un acto de rebeldía, pero deseaba la aprobación y la admiración de Charles. Por otra parte, los niños de su edad lo rechazaban, cosa que usted reconoce es dolorosa, pero le parece normal. No entiendo.

S: ¿Es que usted no hacía lo mismo? Castor me contó que en una ocasión en la que estuvo en Nueva York, usted discutió con ella durante más de dos horas, tratando de imponerle su visión marxista, mientras que su padre, que siempre fue antimarxista, o al menos no marxista, se limitaba a escuchar, sin decir una palabra —cosa rara en Fernando—, aunque usted buscara su aprobación.

G: Sí, me acuerdo bien, pero yo era mayor, debía de tener quince años. Fue en el bar Menemsha, en la calle Cincuenta y siete. Para mí era difícil hablar con Fernando, el hombre de acción, así que adopté la postura contraria a él: leía, estudiaba, hablaba, discutía, pero sin entrar en acción. Ésa era mi rebeldía. Perseguía su aprobación al tiempo que adoptaba un punto de vista opuesto al suyo. Y cuando más tarde, aquella misma noche, me dijo que no había defendido demasiado bien mi causa, me dolió.

S: Ahí lo tiene. Se rebelaba y buscaba su aprobación. ¿Es contradictorio? En absoluto.

G: Pero usted afirma que jamás se rebeló contra Charles.

S: Exacto, no lo necesitaba. A diferencia de Fernando y usted, Charles me había convencido de que yo era especial.

G.: Pero después sí le fascinaron los hombres de acción, cosa que Charles no era. Por ello se involucró con el único de sus amigos que sí lo era, Fernando. De todos sus amigos, Fernando fue el único por el que usted se tomó molestias para verlo, como cuando viajaba al sur de Francia siempre que Fernando cruzaba la frontera. Y está la fascinante conversación entre usted, representado por Mathieu [en Los caminos de la libertad],

y Gomez, que encarna a Fernando. ¿Por qué regresa usted al frente, le pregunta Mathieu a Gomez, si sabe que la guerra está perdida?

S: Era una pregunta lógica.

G: No tanto, ya que Gomez le responde de una manera sumamente política a Mathieu que uno combate el fascismo no porque vaya a ganar, sino porque el fascismo es la ideología

de los fascistas.

S: Eso fue lo que dijo su padre.

G: Pero usted decidió reproducirlo porque eso es lo que dice un hombre de acción comprometido, y porque usted, como Mathieu, se sentía culpable por no haber sido un hombre de acción.

S: Pero Mathieu se convierte en un hombre de acción.

G: No del todo. Acaba en el ejército y vive el día a día de un soldado, y luego de un prisionero, como usted, pero sin compromiso verdadero, tan sólo porque Francia está en guerra y usted y Mathieu son franceses. No es lo mismo que presentarse como voluntario para luchar en otro país, ni, como me preguntó usted cuando yo estaba a punto de marcharme a Vietnam del Norte, cosa que demuestra que semejante acto aún le desconcierta, «¿Por qué abandona a su mujer y a su hija?».

S: Espere. En primer lugar, su padre era español, aunque hubiera nacido en Constantinopla y hasta los veintisiete años no fuera a España, a copiar unos Velázquez en el Prado. El castellano, o el ladino, era su lengua materna, y tenía el carácter de un anarquista español en muchos aspectos. En segundo lugar, tal vez Mathieu no fuera un revolucionario comprometido antes de la guerra, pero es indiscutible que tenía cierta conciencia social, y fue comprometiéndose a medida que descubrió la vida colectiva en el stalag.

G: Vamos, no es lo mismo. Ni usted ni Mathieu tuvieron que enfrentarse a la realidad de tener que matar a un ser humano, por malvado que fuera. Y cuando Mathieu es liberado del

stalag, retoma sus viejas costumbres, como escribir en un café, como usted.

S: Está usted hablando del compromiso desde un ángulo equivocado. La cuestión que yo trataba en esa conversación entre Mathieu y Gomez es la del abandono del verdadero compromiso del artista, es decir, cómo puede un escritor o un pintor abandonar su propia vocación, aunque sea por una guerra justa.

G: ¿Se refiere a la carta de Fernando a Stépha [la mujer de Fernando, mi madre], a la que abandonó para ir a luchar a España?

S: Fue crucial, absolutamente crucial. Le envió una carta que decía: «No soy un artista. Un artista no mata. Acabo de matar a un hombre. Olvídame». Tenía razón. Por eso en 1954 Picasso le dijo que si su padre no hubiera ido a España, habría sido tan famoso como él.

G: ¿Sabía que Fernando le escribió aquella carta a Stépha cuando usted escribía Los caminos de la libertad?

S: Ella misma me la enseñó antes de marcharse a España, a su vez, a trabajar en la oficina de propaganda.

G: Pero usted no la utilizó en la novela.

S: Era demasiado melodramática, típica de Fernando.

G: Pero usted seguía fascinado por mi padre.

S: De todos mis amigos, era el único como yo, o eso creí. Una vez me dijo: «Ante todo, pinto; luego está mi familia. No me importa que Stépha o Tito se mueran de hambre; ante todo, pinto». [Tito era mi apodo]. Eso mismo pensaba yo por aquel entonces, aunque no tuviera familia: ante todo, escribo. Castor pensaba lo mismo. Probablemente por eso ninguno de los dos quiso formar una familia. Y de pronto resultó que uno de nuestros mejores amigos, que siempre había declarado el mismo compromiso con su arte que nosotros, se fue, sin maleta siquiera, sin muda de ropa, a la guerra. ¿Sabía que cuando lo llevé a usted a casa y le expliqué a Stépha lo sucedido, se puso histérica y empezó a repetir, una y otra vez, «Pero si llevaba calcetines de seda».

Después de un tiempo fingiendo que leía, comencé a descifrar lo que en realidad no leía, y aprendí a leer solo. Como había que compartir el talento, empecé a escribir mis propias historias, con héroes como Pardaillan, de Zévaco, que, por supuesto, se parecía mucho a Charles.

G: ¿Cree usted, en retrospectiva, que existía alguna relación entre Gomez y Pardaillan, el héroe de capa y espada de Zévaco que tanto admiraba usted —es más, veneraba— de niño? ¿Y puede que también incluyera a Charles, el imponente hombre de acción, aunque en realidad no lo fuera?

S: Exacto. La verdad es que no sé cómo era Charles. Por eso no lo definí en Las palabras, y hasta el día de hoy sigo preguntándomelo. Sé que le asustaba la muerte. Creo que por eso interpretaba la comedia del gran amor que me profesaba. Trataba de aceptarlo todo, la naturaleza, la vida y la muerte; pero necesitaba algo más para aceptar la muerte como algo normal, y eso era yo, así que sobreactuaba, lo convertía en un papel, para convencerse de que yo sería su extensión, su supervivencia, por así decirlo, su continuación tras su muerte. Así pues, en realidad, era lo contrario de un hombre de acción.

G: ¿Tan atormentado, tan atenazado estaba Charles por la angustia de la muerte que esperaba convertirle a usted en la extensión de su vida?

S: Creo que jamás llegó a comprender ni a enfrentarse con sus demonios, pero yo debí de contagiarme y, al tratar de parecerme a él, rechacé cualquier acto de rebeldía, descarté la idea del hombre de acción, aunque, como ha dicho usted con acierto, me convertí en uno de los héroes de Las palabras. Aquello no era cierto. Mi abuelo era un voyeur.

G: ¿Y usted también, verdad? A pesar de sus peleas con otros niños en las calles de París, a pesar de todas sus negaciones, usted también estaba asustado por la muerte. Por eso una vez dijo que uno escribe para dios o para los otros, pero no para ser leído. En otras palabras, usted escribía para engañar a la muerte porque usted también estaba asustado. O, mejor aún: escribía para evitar la muerte. Escribía para ganar la eternidad.

S: Y por eso me fascinaba su padre, que se convirtió en lo opuesto, que no sentía temor alguno por la muerte.

G: Se equivoca usted. En un pasaje maravilloso de sus memorias, [Iliá] Ehrenburg habla sobre su visita a Fernando durante el sitio del alcázar de Toledo. Fernando lo llevó hasta la parte más alta de un edificio, cuyo tejado era muy resbaladizo, y desde donde podían ver a unos niños que jugaban en el interior del alcázar, tras las murallas. Fernando se había negado a bombardear la fortaleza por esta razón. De pronto, Ehrenburg vio que Fernando estaba blanco como un cadáver y que temblaba. «Una cosa es morir en la batalla —explicó Fernando—, pero caerse del tejado sería una estupidez.»

S: Claro, claro; Fernando, el macho anarquista.

G: No, en parte era ese absurdo sentido español del honor y del orgullo, pero también una maravillosa creencia en que la muerte debe tener sentido. Pero aun así miedo a la muerte.

S: Temor a la muerte, tal vez, pero no temor a ser olvidado.

G: Exacto. Eso es lo que temía Charles, y lo que le transmitió a usted.

S: Pero no nos burlemos de eso, porque ese temor nos vuelve más creativos, nos empuja a hacer el bien, o a convertirnos en hombres de acción. Al fin y al cabo, es un acicate para hacer algo durante los pocos años que vivimos en este mundo.

G: Es exactamente lo que decía usted en su maravilloso cuento «Érostrate» [Eróstrato], en el que el héroe, al darse cuenta de que nadie recuerda quién construyó el templo de Éfeso, pero sí quién lo redujo a cenizas, decide asesinar a seis personas al azar a fin de desencadenar un suceso tan absurdo que nadie lo olvide jamás. Pero sus ejemplos no son comparables. De los sesenta mil voluntarios extranjeros de las Brigadas Internacionales que fueron a España a luchar contra Franco, Hitler y Mussolini, al menos la mitad se presentaron con un nombre falso, sin ningún documento de identidad que permitiera reconocerlos. El mundo jamás sabría quiénes eran, jamás podrían ser identificados. Fueron a España, lucharon y murieron porque ése era el deber de un verdadero humanista. Y punto.

S: «Se combate el fascismo porque son fascistas.»

G: Exactamente.

S: Por eso fue usted a Vietnam del Norte, aunque tuviera que sacrificar un matrimonio feliz.

G: Por eso aceptó usted ser el presidente del tribunal. Y por eso le gustaban las historias de Zévaco, porque sus héroes luchaban por los pobres, los oprimidos, los explotados. Y en condiciones asombrosas: veinte contra uno, treinta contra uno… Pero Charles no era así. Y, sin embargo, usted lo admiraba; ¿por qué? Porque era un ateo que interpretaba el papel de Dios. ¿Y por qué amaba usted a su madre? Las madres no necesitan ser extraordinarias para ser amadas por sus hijos; tan sólo deben estar presentes.

S: Mi madre se dejaba tiranizar por Charles, que la regañaba delante de mí. «No hagas eso. No, eso está mal. Cállate.» Y ella se doblegaba. Pero en La Rochelle las cosas cambiaron. Un día, mi madre me pilló robándole dinero del monedero. Yo seguía intentando complacer a mis compañeros de clase y, como un idiota, pensaba que si compraba caramelos y se los daba, me aceptarían. Mi madre no sólo me pilló, sino que cuando Charles vino a pasar una temporada con nosotros, se lo contó. Él lo entenderá, pensé yo. Se pondrá de mi parte. No dijo nada, pero al día siguiente fuimos a comprar juntos y dejó caer una moneda, que yo recogí de inmediato. Con un gesto grandilocuente con la capa y el bastón, me detuvo. «Tú no puedes tocar dinero honrado —me dijo—, porque te has convertido en un ladrón.»

Y aunque le crujieran los dedos, muy despacio, y con mucho dolor, me pareció entonces, se agachó para recoger la moneda. Aquello fue la ruptura. Ya no era mi defensor. Nunca más lo admiré ni traté de imitarlo. Pero eso no me acercó a mi madre. Ella me había traicionado. Se había casado con un hombre que no me gustaba, un graduado de la [Escuela] Politécnica. Me había llevado a una ciudad que desdeñaba. Y me había puesto en una escuela en la que todo el mundo me odiaba. Aun así, jamás pude decirle lo mal que lo pasaba. ¿Por qué? Tal vez porque hasta aquel día, en la tienda —era una farmacia; parece que aún la veo—, detrás de mí había una roca inquebrantable que me hacía comprender que la vida era tal y como debía ser, y que una madre no significaba gran cosa. Una vez traicionado por la roca, por Dios, ya no me quedaba nada. A fin de cuentas, mi madre formaba parte de ese mundo.

G: ¿Tan malvado era su padrastro?

S: Desde un punto de vista objetivo, no, en absoluto. Era hijo de un ferroviario, y era estudioso, voluntarioso, un hombre de deber. Se había deslomado para ser el primero de la clase e ingresar en una de las instituciones académicas más prestigiosas de Francia. El triunfo burgués por antonomasia. Y se enorgullecía de ello. Desde un punto de vista subjetivo, era un fantoche engreído, un pesado que me había robado a mi hermana (es decir, mi madre) y que jamás me consideró un prodigio. Pero no era mi padre, así que nunca pintó gran cosa, y no me rebelé contra él.

Mi abuelo era un farsante, un impostor, incluso, pero me hacía creer que me admiraba. ¿Sabía usted que nos comunicábamos —hasta su traición, claro— en verso? Sí, en verso. Ojalá aún los conservara y pudiera mostrárselos. Figúrese, pues, su paciencia y su indulgencia. Leer mis espantosos poemas, llenos de faltas y de falsas rimas, ¡y tomarse la molestia de responder en verdaderos pentámetros yámbicos!

G: ¿A qué edad? ¿A los ocho, diez o doce? ¿Cómo llegaron ahí?

S: No, no, mucho más pequeño. Creo que siendo muy pequeño decidí que ya que mi dios y las dos mujeres de la casa leían en su tiempo libre, la lectura debía de tener un gran valor, así que empecé a fingir que leía. Me sentaba en una caja o en algún lugar imponente frente a mi familia, y fingía que leía, pasaba las páginas y esas cosas. Para no aburrirme tanto, mientras «leía» me inventaba historias inspiradas en las ilustraciones que acompañaban las historias de Zévaco o Ponson du Terrail en los periódicos. Empecé a fingir que leía el periódico porque Charles siempre lo leía, aunque los folletines no, por supuesto. De hecho, no le gustaba la ficción, e incluso la censuraba, pero leía a los clásicos porque «es necesario.»

Después de un tiempo fingiendo que leía, comencé a descifrar lo que en realidad no leía, y aprendí a leer solo. Como había que compartir el talento, empecé a escribir mis propias historias, con héroes como Pardaillan, de Zévaco, que, por supuesto, se parecía mucho a Charles. Mi primera «novela» se llamaba Le marchand de bananes [El vendedor de plátanos], y el protagonista llevaba barba, como Charles. Pero hubo un libro que a Charles le encantaba, y que me dio con tanta pompa que entendí que quería que me gustara. Y me gustó, aunque me salté páginas que habrían aburrido a cualquier niño, claro. Se trataba de Los miserables, de Victor Hugo, que, por supuesto, tiene su propio Pardaillan, ¿verdad? Sobre todo, Jean Valjean. Me pregunto por qué no incluí Los miserables en la lista que le di de mis lecturas de aquella época. Qué raro que me olvidara del libro más importante, ¿no?

G: Coménteselo a [Jacques] Lacan cuando vuelva a verlo.

S: ¿Bromea usted? Le encantaría, pero jamás le daré ese placer.

G: ¿Cree usted que su abuelo, al darle a leer Los miserables, trataba de inculcarle cierta conciencia política?

S: Oh, no; bueno, quizá un poco. Nunca se me había ocurrido, pero ahora que lo pienso, nunca puso ninguna objeción a que leyera a Zévaco, aunque él no siguiera el folletín semanal. Sabía muy bien quién era, que era anarquista. Pardaillan —es decir, Zévaco— decía: «No soy superior a nadie». Pero sí que lo era. Sin embargo, yo acepté aquella idea, aunque debía ponerla en tela de juicio cuando mis primos venían de visita. Charles los trataba de forma diferente que a mí. No era complaciente con ellos. A mí ellos tampoco me entusiasmaban, pero me parecía que era injusto por parte de Charles que hiciera diferencias, ya que éramos todos iguales. Ellos eran hijos de familia numerosa, así que no les importaba lo que Charles pensara, o cómo les hablara. Pero a mí aquello me hizo consciente de que mi familia no era como la suya. Creo que para un niño es muy importante tener un padre, sea bueno o malo. Y yo no tenía. Charles era como un dios, pero no era mi padre. Así que mi vida era, ante todo, solitaria. Y, sin embargo, me sentía feliz porque estaba mimado. Me decía: qué suerte haber nacido en Francia, con unos abuelos así, y una madre. Por supuesto, no me lo creía del todo. Sabía que los demás, la gente que no formaba parte de mi familia, me juzgaban por mis actos.

G: ¿Huis clos [A puerta cerrada]? ¿El infierno son los otros?

S: Exactamente.

G: Y Charles, de hecho, era una prolongación suya, a su entender.

S: Exacto, y como yo sabía que yo era un impostor, él también lo era, así que ya no lo respetaba. Pero lo admiraba. Qué contradicción, ¿no?

G: ¿Es ésa la raíz de su inseguridad?

S: Es complicado. Creo que en aquella época era inseguro porque Charles me trataba de forma diferente que a mis primos, que a los demás niños. Por supuesto, me encantaba que Charles y mi familia cercana pensaran que yo era especial, y está claro que nadie, yo incluido, entendía que Charles me tratara de ese modo porque temía la muerte, y quería que yo fuera su extensión cuando se muriera. Pero algo no encajaba. ¿Era por mi soledad; quiero decir, porque era un niño en una familia de adultos? ¿O porque mi sentido de la igualdad, aprendido de Zévaco, estaba en contradicción con mi realidad? ¿Puede uno

enamorarse del concepto de libertad, igualdad y fraternidad tan sólo a través de la lectura?

G: Es una cuestión difícil, porque la idea de solidaridad, que está en la base de la libertad, la igualdad y la fraternidad, es un sentimiento instintivo. Por eso nos hicimos socialistas mucho antes de comprender qué significaba la palabra. Supongo que eso es lo que le perturbó cuando descubrió que Charles no trataba a sus primos igual que a usted. A ningún aprendiz de capitalista le hubiera extrañado. Si la diferencia le resultara favorable, estaría contento. Y si le resultara perjudicial, se pondría celoso.

S: Desde luego. Pero al mismo tiempo que sabía que yo era igual a mis primos, también sabía que ellos tenían una estructura familiar más estable que yo y que, por otra parte, yo era superior a ellos. Dicho eso, era consciente de que en mi clase había alumnos que decían cosas más interesantes que yo. Pero nada de eso afectaba a mi profunda convicción de que no existía ninguna diferencia original entre las personas. Se trataba de una convicción emocional. Como dijo usted en su artículo en Les Temps Modernes [una revista mensual fundada en 1945 por Sartre y Simone de Beauvoir, entre otros, y dirigida por Sartre, que aún se sigue publicando], aunque usted tenga un cociente intelectual de 20 y yo de 120, nuestras experiencias son equivalentes. [El artículo al que se refiere Sartre se titulaba

«Vivre la révolution» (Vivir la revolución) y fue publicado en el número de junio-julio de 1969 de Les Temps Modernes]. Si no se acepta este postulado, no se puede ser un verdadero socialista. ¿Sabía que en 1955, cuando estuve en China, Zhou Enlai dijo que la idea de igualdad era pequeñoburguesa? La verdad es que me dejó atónito. Supongo que los comunistas del partido tienen que creer en ello para justificar los comités centrales, que dirigen la vida de todo el mundo. A la gente le cuesta mucho entender que la igualdad no significa que todos seamos igual de inteligentes, sino que nuestra alegría, nuestro dolor y nuestra necesidad de reconocimiento son equivalentes.

G: ¿Dónde aprendió usted esta idea de igualdad? ¿A Charles le interesaba la política?

S: Charles votaba por los radicales-socialistas. Era un partido de centro, pero anticlerical, al que votaba, sobre todo, la burguesía.

G: Lo cuenta usted en Las palabras, en especial que Charles votaba por un partido conservador creyendo que favorecería el progreso… Pero ello no le influyó, ¿verdad? En primer lugar, porque antes de la guerra usted era apolítico, y luego, cuando empezó a interesarse por la política, no era un verdadero izquierdista, sino un izquierdista de salón… ®

*Fragmento del libro del autor Conversaciones con Sartre, traducción de Palmira Feixas, Madrid, España, Sexto Piso. Reproducido con autorización de la editorial.

Archivado en Abril 2012, Fragmentaria
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