CREER EN LA CRÍTICA

Opiniones para tomar la crítica de arte en serio

“Un crítico verdadero y actual se asume en la perspectiva que construye y la fortalece para compartirla sin censura, sin ambigüedades. No se conforma como villamelón sociopolíticamente correcto ni se disfraza de cronista enredado que opina para enredar el entorno y así eludir las responsabilidades de sus juicios.”

El crítico de arte, Norman Rockwell.

El crítico de arte, Norman Rockwell.

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No debería sorprender si afirmo que la crítica de cualquier arte es mucho menos, pero también mucho más, de lo que la gente supone de común.

¿Sugiero entonces que el crítico y su ejercicio profesional suelen ser vistos, y así malentendidos, con cierto grado de mitificación?

Sí. Justo eso es lo que quiero decir.

Porque montados en definiciones de diccionario, conceptos idealistas o estético-filosóficos que poco dicen fuera de la teoría, no se llega muy lejos en el camino para comprender el ejercicio diario de la crítica. El real y cotidiano. Que ni siempre es ejercido por petulantes escultores de verdades absolutas ni abordado por artistas pasivos y frustrados en el arte que critican.

Aunque a veces, sobran ejemplos, en efecto sea así.

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La crítica, sea periodística o académica, es el género subjetivo por excelencia. Ello significa que siempre estará condicionado por el sujeto que lo escribe y por su mirada particular del mundo.

En este punto ya quedó claro que hablo del crítico y su entorno precisamente desde mi propia subjetividad. No podría ser de otra forma y no está de más advertirlo, sobre todo si se considera que es así como me permitiré esbozar algunas inquietudes sobre esta herramienta del pensamiento que es el ejercicio de la crítica.

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La crítica, ante todo, es un instrumento cultural elaborado desde su misma época.

Así puede entenderse por qué no existen, ni existirán, los juicios definitivos en gustos, técnicas, estilos o estructuras en la obra o interpretación que se valora. Aunque algunos valores son de referencia universal e intemporales, lo que los rodea, quienes los aprecian, no. Las tendencias, las corrientes principales, mutan.

Y las personas, las sociedades, antes que ellas.

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La crítica, ante todo, es un instrumento cultural elaborado desde su misma época.

En ocasiones, sólo a través del tiempo se sabe si perdura aquello que lo merece. Pero a veces ni siquiera lo que merece permanecer se libra de las fauces del tiempo.

Y es justo esta contemporaneidad a la que está ceñida toda crítica la que me hace plantear que la mirada del crítico siempre debe ser fresca: nueva, inquieta, joven, si quiere aportar algo al arte que critica.

Porque es obvio que si bien se pueden construir relecturas importantes, por lo general hacer hoy una crítica sobre obras o artistas de un pasado muy remoto resulta una labor relativamente sencilla, entre otras razones porque carece del riesgo, compromiso y valor inherentes de una buena crítica que se lanza al mundo y a lo que en él ocurre.

¿Pero qué dice un crítico del arte de hoy, del que le toca presenciar; de las obras y las interpretaciones, de los contenidos y las formas del arte contemporáneo?

¿Ese crítico en verdad tiene una mirada crítica o como crítico el que está en crisis es él?

© Pablo Helguera

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Señalado el verdadero campo de acción de un crítico, o sea el arte vivo, es posible y acaso necesario preguntar: ¿la crítica es un género actualizado o, como sustento argumental y valorativo abrazó una tradición que se hace vieja y así ella misma se volvió pasada de moda, vintage o, peor de los casos, inútil?

Un crítico verdadero y actual se asume en la perspectiva que construye y la fortalece para compartirla sin censura, sin ambigüedades. No se conforma como villamelón sociopolíticamente correcto ni se disfraza de cronista enredado que opina para enredar el entorno y así eludir las responsabilidades de sus juicios.

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Un crítico verdadero y actual se asume en la perspectiva que construye y la fortalece para compartirla sin censura, sin ambigüedades.

¿Cómo puede ser válido un juicio, una opinión si las referencias filosóficas legadas por Kant, Schopenhauer, Nietzsche y algunos otros apóstoles de la estética moderna hoy difícilmente son algo más que poesía y los poetas, como enseña Zaratustra, siempre mienten?

O, lo que es lo mismo: ¿cómo no caer en el juego de que toda opinión y juicio es respetable y tiene validez en plena posmodernidad, un tiempo y espacio ambiguo y relativista en el que según los teóricos el ser humano dejó de creer en lo que antes creía: ideologías, instituciones, valores tradicionales, en él mismo y hasta en los propios escépticos?

Así, en medio de semejante hoyo negro de incredulidad, en el que por otra parte todo se puede creer, desde el célebre Credo de Wagner (“Creo en Dios, en Mozart y en Beethoven…”) hasta los mundialmente célebres vaticinios del pulpo Paul, no puedo más que ser posmoderno y salir con una serie de creencias particulares.

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Uno: creo que la crítica es, como dijera Tomas Sterns Eliot, una actividad instintiva de la mente civilizada.

Puede ser entonces un instrumento cultural, una herramienta del pensamiento, aunque eso no lo crea Eliot, sino yo.

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Dos: creo que podemos creer en la crítica como un género de opinión que vale, más o menos, de acuerdo con su argumentación formal, lógica y profesional; que lanza un juicio de valor de acuerdo al conocimiento, intuición y perspectiva del autor respecto de aquel arte del que escribe.

Porque hay que escribirlo: toda crítica que aspire a ser tomada en serio debe sentarse por escrito.

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Tres: creo igual que la crítica puede ser escrita por un periodista, por un escritor o poeta, o bien por alguna persona que tenga la formación artística que valora, pero en todo caso debe partir de un interés particular por el objeto o sujeto que critica.

No es una obviedad.

Un crítico auténtico es en esencia un fan de aquello que critica. Un fan es genuinamente entusiasta en sus motivaciones: él mejor que nadie sabe cuándo una obra o un intérprete, un director, le convence con su trabajo artístico y cuándo no.

Y, sobre todo, le interesa saber, reflexionar o intuir por qué.

A un fan de verdad, en el fondo, nunca se le puede engañar.

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Cuatro: la crítica, reitero, es un género de opinión que debe ser argumentada. Es también un género persuasivo y de autor.

Creo, por lo tanto, que la personalidad y el estilo del crítico debe manifestarse en la crítica. Ese punto personal, esa mirada particular del autor de la crítica respecto a lo que critica, al arte en general, a la vida, es lo que proyecta una crítica. Eso es de lo más valioso, es la esencia.

Porque la literatura no es letras o palabras. La música no es sonidos y silencios. La pintura no es color y espacio. O sea sí, eso son esas disciplinas, igual que estructura, técnica y propuesta, pero en realidad son experiencias de vida real o imaginada, posible o imposible. Son expresiones humanas a partir del mundo.

© Pablo Helguera

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Cinco: creo que una crítica puede ser un libro entero o bien algunos cuantos caracteres.

Y no una verdad irrefutable, sino una perspectiva, entre más sólida y conocedora mejor, es lo que sin dogmatismos debe argumentarse.

Todo elemento del quehacer cultural es un ingrediente para la argumentación: los libros, los estudios académicos, discografías, investigaciones, los medios de comunicación masiva, los viajes y un largo etcétera, entre ellos.

Depende de cada crítico su uso y abuso, de su mayor o menor arte, para fundamentar sus opiniones y así persuadir a sus lectores de su mirada, de su juicio, de su interpretación de la realidad. O de la falta de ésta.

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La crítica, reitero, es un género de opinión que debe ser argumentada. Es también un género persuasivo y de autor.

Seis: creo que la crítica que se publica en cualquier medio formal, o no tan formal: pero casi, confiere al crítico un coto de poder a fin de cuentas, y por ello lo escrito y publicado debe ser honesto, con lineamientos éticos definidos y al mismo tiempo insobornable.

Aunque toda crítica surge de la subjetividad, al momento de ser plasmada debe ser completamente objetiva. O lo que es lo mismo: el juicio es subjetivo, las motivaciones profesionales y éticas, la honestidad, eso sí que es pura objetividad.

De lo contrario ya no es crítica.

El crítico, llegado el caso, puede equivocarse en el natural e inevitable riesgo de su actividad. Puede apostar por aquello que quizá no haya valido la pena (aunque eso sólo con el tiempo se sabrá), puede pasar por alto algún detalle, puede incluso ser un tanto radical y empecinado al momento de fundamentar lo que escribe y no por ello comprometer su honestidad. Acaso, si eso ocurre, pierda lectores y su porcentaje de bateo en la comprensión del mundo disminuya.

Pero su integridad no depende de ello. Lo inaceptable, lo que no puede ser es un mentiroso o un vendido. Puesto que ya no sería un crítico, sería un cabrón.

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Siete: creo que la crítica no consiste en acuchillar a un intérprete o una obra. No se trata de ninguna crucifixión y menos de una crucificción.

Es decir, no creo en los sicarios de la crítica que descuartizan a los que consideran sus enemigos ni tampoco en los laudatorios críticos que escriben para granjearse los favores de sus amigos, que en el peor de los casos ni siquiera lo son.

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Ocho: la experiencia, en ocasiones, sirve para seguir ejerciendo la crítica. Pero no creo, no creo y es más: no estoy convencido de que el paso de los años en sí mismo le dé las herramientas a un crítico para afinar la puntería de sus opiniones.

De hecho, considero que los críticos o sus miradas pueden tener una fecha de caducidad, si como ha dicho el periodista, escritor, ex crítico y hoy cineasta Alberto Fuguet, “El crítico opta por dejar de ser un creador y se conforma, ya desde la paz interior o desde la frustración y la mala leche”.

En ese caso, decía Fuguet, los críticos deberían ser como los Niños Cantores de Viena (o como los Menudo): a determinada edad deben retirarse.

No pienso en una edad física, por cierto, sino en una de perspectiva de entendimiento del acontecer artístico que se avejenta, que se arrancia y se atrofia, y vicia lo que de ella emana.

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Nueve: creo que la crítica sirve o no sirve para algo dependiendo de los horizontes intelectuales de quien la lee.

Ahondar en el valor y utilidad de una crítica o incluso en su virtud de entretención y esparcimiento sería menospreciar las capacidades de los lectores.

Sólo conviene dejar claro que, como dijera Henry James, “El crítico puede ser un cofrade del artista, un aliado, un intérprete, un hermano, pero lo es a la vez del público”.

El crítico separa, desde su perspectiva, el trigo de la paja, como señala el periodista y teórico chileno José Ignacio Silva, y también se encarga de señalar los granos más selectos del granero y por qué éstos y no otros.

Milan Kundera señala algo parecido al afirmar que la crítica identifica aquello que es arte y desenmascara lo que es sólo kitsch, el gato por liebre. La crítica es necesaria, dice Kundera, porque si todo en la vida fuera una obra de arte, y no necesitara del crítico para emitir un juicio al respecto, entonces para qué querríamos ya las obras de arte.

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Ocho: la crítica, creo, tiene una dignidad propia y no debe conformarse con sólo ser una actividad subvencionada y accesoria del arte que critica. No tiene que repetirse dogmáticamente que la crítica es pasiva, en tanto que el arte es activo. En tiempos de crisis, acaso pueda incluso resultar al contrario. Pero para ello la crítica debe estar a la altura.

La crítica tiene un valor independiente dentro de sí misma, ya que, como dice Phillip Lopate, en la introducción del libro The Critic, “La crítica… es una parte de las letras, tanto como la poesía y la crónica”.

En todo caso, se me ocurre pensar, el crítico no es el perrillo faldero de lo que critica. Más bien, como también observa José Ignacio Silva, “es el lazarillo entre todo el fárrago de libros, películas, programas de televisión, exposiciones, conciertos, discos, y demás subproductos de la industria cultural”.

Un lazarillo, entonces, “que llevará finalmente al lector hacia un lugar u otro, hacia una manifestación cultural específica y no a otra”.

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Nueve: creo que el crítico nunca debe olvidarse de que juzga el trabajo de otros y que ello involucra la sensibilidad, la estima, la entrega y la personalidad del artista criticado.

El artista en su obra, en su interpretación, cuando es genuina, muestra su fragilidad como ser humano y ello en sí mismo no es razón para ser tratado sin tacto, sin respeto e irresponsablemente por nadie y menos aún por un crítico que más que acribillarlo aspira a comprender lo que hace, cómo y acaso por qué, para después explicarlo al público.

No hablo de ser complacientes como críticos, sino de que es necesario comprender que la crítica no es un santuario pero tampoco una hoguera.

Quizá, como afirma el escritor argentino Ricardo Piglia, “La crítica es la forma moderna de la autobiografía”. Lo comparto, porque es claro que en aquello que se juzga el crítico sólo encuentra lo que es él mismo y lo que sabe y tiene.

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Diez: la periodista Mónica Maristain, en lo que fue la última entrevista hecha al escritor Roberto Bolaño, fallecido en 2003, le preguntó si había derramado alguna lágrima por las múltiples críticas recibidas de sus enemigos.

Bolaño, genial e irónico siempre, respondió: “Muchísimas, cada vez que leo que alguien habla mal de mí me pongo a llorar, me arrastro por el suelo, me araño, dejo de escribir por tiempo indefinido, el apetito baja, fumo menos, hago deporte, salgo a caminar a orillas del mar, que, entre paréntesis, está a menos de treinta metros de mi casa, y les pregunto a las gaviotas, cuyos antepasados se comieron a los peces que se comieron a Ulises, ¿por qué yo, por qué yo, que ningún mal les he hecho?”

¿Hay alguna forma de tener más presente la crítica?

En todo caso, no hay que menospreciar las palabras del también escritor Javier Cercas: “Si la crítica literaria se va al garete, la literatura la seguirá después”. Cercas habla de la literatura, pero yo creo que es aplicable a todo arte. Lo que no me queda del todo claro es si sólo se llega al garete o también, incluso, al retrete. Hay cosas en el mundo que me hacen pensar que tal vez sí. ®

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Publicado en: Arte, Septiembre 2010


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