Crónicas de iniciación

La historia de Arnulfo Destrota

“La abuela también está muriendo. Hace tiempo que a los dos les llegó la enfermedad de la vida. Irremediablemente el abuelo se adelantó. Los días no serán los mismos sin ellos. Cuando el reloj de sus vidas toque la última campanada y Max se sienta solo, tendrá que arreglárselas para comenzar a escribir una nueva historia.”

Si una persona es perseverante, aunque sea dura de entendimiento, se hará inteligente; y aunque sea débil, se transformará en fuerte.
—Leonardo Da Vinci

I. Dios lo es todo

© Jacques-Henri Lartigue

El clima cálido del trópico se ha convertido en súbito invierno. La playa de Tuxpan, invadida por la neblina, evoca playas nórdicas. Hace dos horas un pelotón de veinte reclutas navales emprendió una caminata sobre arena apretada por la lluvia. Es imposible distinguir algo a dos metros de distancia. Finísimas partículas de brisa tiñen sus brazos de suave amarillo. Las cabezas bañadas de sudor resienten la presión del casco. Sobre su espalda llevan un rifle M-16, de casi cuatro kilos de peso, cuya figura se funde con la de sus cuerpos.

Diez hombres y diez mujeres caminan en silencio, uno detrás de otro. Desean llegar pronto al campamento, beber agua hasta reventar, aflojar las piernas, ir al baño. Los ejercicios de maniobras de ataque concluyeron sin novedad. Están a mitad del curso de instrucción para Oficiales Navales. Pronto se convertirán en militares y, sin manifestarlo, la mayoría baraja la idea de permanecer en este viaje de vida o dormir para siempre en su propia cama. Entre ellos se encuentra Max Destrota. Como el resto de sus compañeros, aún no encuentra solución a esta incógnita. Su gozo por el mar, legado de su abuelo, lo condujo a esta aventura, así como los genes heredados de un padre que perteneció a las filas de las Fuerzas Armadas de México a finales de los años sesenta. En realidad Max quería ser escritor, pero se hizo lector tardío y la escritura la fue postergando. Por miedo. Siempre es eso. Su tiempo para escribir se ha ido y su talento lo estima ínfimo. A decir verdad, se mantiene acumulando más vida, para tener qué contar. Pensar en los grandes escritores que escribieron su obra maestra a los sesenta le sirve de consuelo.

Entumidos por el frío y los pies callosos, la mirada de cada recluta inquiere si en verdad se sienten militares. A ratos, las preguntas irrumpen y se agolpan mañosas sólo para entretener las respuestas. ¿Pertenecen o no a esto? Nadie se siente seguro de responder. Desde su arribo a la base naval de Tuxpan, hace dos semanas, Max ha ido experimentando una transformación vital. Lleva días reflexionando sobre una línea muy breve, aparentemente simple, que escuchó en una película de guerra: “Los buenos soldados sólo tienen un propósito”. ¿Cuál es el suyo en este trozo de eternidad que le tocó vivir? ¿Cómo serán sus días en lo sucesivo, sobre todo ahora que los códigos deontológicos, propios de la milicia —valor, honor, orgullo, disciplina y orden—, van cobrando un sentido especial para él?

Max se encuentra en este lugar desconocido. Lejos de su ciudad natal. Mantenerse alerta en todo momento e ir configurando nuevos esquemas mentales conforman una condición indispensable como estrategia de superviviencia. Max ha experimentado en los últimos días lo suficiente para creer que cualquier especulación sobre el pensamiento militar no hallará horizonte de certeza. Para Max, todo aquel que desconozca el pensamiento militar jamás podrá comprender la esencia de tal régimen. Sólo ahora sabe que el acto de preservar la seguridad de una nación otorga particular perspectiva al sentido de la vida.

Conforme avanzan los días, nuevos hábitos encuentran cabida en el inconsciente de Max; empieza a sentir en su cuerpo el rigor de la disciplina: los músculos se le han apretado por el ejercicio y su claridad mental se agudiza. Es necesario aprender a controlar ansiedad, cansancio, hambre, sueño, caprichos y ego, como parte de una nueva rutina. Aprender a vivir con lo mínimo, prescindir de lo material, recapacitar en la real necesidad de poseer cosas, meros objetos. Aligerar el viaje de la vida es lo que Max pretende, reducirlo a lo esencial, despojarse de lo insustancial, como alguna vez leyó de Ciorán: “Vivir sin expectativas para no sufrir desilusiones”. Eso lo practica a diario: cumplir con su deber y resolver los malestares del alma entregado con plenitud al presente. Sobre todo, otorgarle a los días autenticidad y frescura.

Sobrevivir. Ésa es la consigna.

Diez hombres y diez mujeres caminan en silencio, uno detrás de otro. Desean llegar pronto al campamento, beber agua hasta reventar, aflojar las piernas, ir al baño. Los ejercicios de maniobras de ataque concluyeron sin novedad. Están a mitad del curso de instrucción para Oficiales Navales. Pronto se convertirán en militares y, sin manifestarlo, la mayoría baraja la idea de permanecer en este viaje de vida o dormir para siempre en su propia cama.

Parte del programa de instrucción incluye un ejercicio de sobrevivencia en el mar. El capitán Espíritu es el encargado de impartir esta clase. De mirada chispeante y jovial corazón, se trata de un hombre generoso con el conocimiento, que no se guarda para sí: lo comparte sin reservas, como lo hace también con su amor por el orden divino.

—Primera regla: la disciplina es autocontrol. Piensen en esto: pueden influir en las cosas hacia sí mismos para transformarse. Eso es posible. No dejen de confiar en la gente, pero sean precavidos y observadores. Eviten la fricción y ejerzan autocontrol para sobrevivir. No teman a lo incierto. Confíen en su conocimiento, en su equipo y en su adiestramiento —dice, mirando a los reclutas por encima de sus anteojos de dura pasta oscura, enfatizando cada frase—. Bien, como les había informado, esta noche nos trasladaremos al Puerto de Veracruz. El buque Cuauhtémoc está de visita y a primeras horas de mañana estaremos realizando nuestra práctica. Viajaremos dos días en él. Intentaremos sobrevivir en el mar, tal y como lo hacemos en nuestra vida.

El capitán Espíritu es un hombre que profesa la fe de manera tan profunda como el punto oceánico más cercano al corazón terrestre. Cree en Dios, en la vida, en el bien, en la transformación personal. Por eso no pierde oportunidad para formular pertinentes analogías: salvarse de un naufragio y luchar por salir lo mejor librados de la propia vida. Con mirada inquisitiva, intenta descifrar el código personal, escudriña el pensamiento y calibra la fe de cada uno de los reclutas.

—Segunda observación: cuando se es indisciplinado no se logra nada. Eviten todo movimiento inútil, sin objetivo; eso gasta la energía. No pierdan nunca el objetivo. Siempre deben razonar sobre lo que van a hacer. Y no olviden: Dios lo es todo —reitera el capitán Espíritu, en medio de un silencio que aflora cuando se habla del Misterio Divino—. Con fervor, él intenta purificar a los oyentes a través de La Palabra. Algunos se muestran inquietos; la mayoría permanece inmóvil.

Tal comportamiento hace a Max recordar el comienzo de Trópico de Cáncer, cuando Miller escribe: “Me parecía inútil cambiar el estado de las cosas; estaba convencido de que nada cambiaría sin un cambio del corazón, ¿y quién podía cambiar el corazón de los hombres?” Tal fragmento lo remite irremediablemente a la figura del capitán Espíritu, quien parece tener la respuesta correcta.

II. Un viaje

Nunca hay viento favorable para el que no sabe hacia dónde va.
—Séneca

© Jacques-Henri Lartigue

El buque escuela Cuauhtémoc luce imponente atracado en el puerto. Bello, incluso con su velamen cargado. La emoción es inmensa porque Max sólo lo ha visto en fotografías. Los reclutas pondrán en práctica sus conocimientos de supervivencia en el mar; simularán un naufragio, saltarán de la cubierta del buque y nadarán hasta una balsa relativamente lejana. Allí permanecerán solos la tarde entera.

Max lleva siempre consigo su cuaderno de notas. Aprovecha cualquier trayecto para releer sus apuntes, sin dejar de reflexionar en las máximas del Capitán Espíritu: “No dejen de confiar en la gente, pero sean precavidos y observadores”… “Cuando se es indisciplinado, no se logra nada”. Si lo sabré yo —piensa—, autor fallido de novelas y cuentos, y a veces siento que de casi todo…

He comenzado mi curso de adiestramiento militar —continúa leyendo— . Estoy lejos de casa, en un pueblo para mí desconocido ubicado en la costa del Golfo mexicano. Todavía es invierno. Un frente frío ha recrudecido la época invernal en estas tierras cálidas del trópico. Varios compañeros han enfermado de tos y catarro. Yo, por fortuna, me he librado. Tenemos las manos heladas y los pies fríos la mayor parte del día. Playera sobre playera, doble bóxer y calcetines largos apaciguan un poco la tensión del cuerpo. El día comienza a las 6:30 de la mañana con una rutina de ejercicios. La neblina espesa hace interesante el trote matinal. Al terminar nos bañamos, desayunamos a las ocho y asistimos a clases en punto de las nueve.

Las Fuerzas Navales de México cuentan con un aproximado de 40 mil activos en todo el territorio nacional. Y pienso: ¿cuál es la implicación de esto que hago?, ¿cuál su significado?, ¿cuál el precio? Inmerso en un hervidero de personas saludando, marchando, haciendo honores, cumpliendo a cabalidad cada una de sus labores, la idea de convertirme en militar apenas va cobrando sentido. La misión… ¿cuál es la mía? No lo sé. De cualquier forma no deseo seguir perdiendo el tiempo entre intentar interpretar el presente o mejor dejarme llevar por el natural flujo de la vida… En todo caso, prefiero lo segundo, aunque siempre termine por hacer lo primero.

Parte del adiestramiento implica conocer el armamento: armar, desarmar y disparar un fusil M–16 y una pistola calibre 45, participar en maniobras de ataque y preparar el cuerpo para soportar el estrés ocasionado por el cansancio, el sueño y el hambre de muchas horas. La mecánica de la rutina vuelve perfectos los movimientos de la marcha: poco a poco se van realizando sin pensar (la repetición vuelve todo perfecto: los hábitos “buenos” y los “malos”). El fusil M-16, calibre 5.56 milímetros, es un arma ligera que funciona por toma de gases enfriada por aire y alimentada por cargadores de 20 o 30 cartuchos. Realiza tiros en tipo automático y semiautomático.

He conocido un Fusil M-16. Lo he tocado, desarmado y calibrado su peso durante una caminata de 10 kilómetros sobre una playa solitaria cubierta de neblina. Silenciosa. La piel de mis brazos se mantuvo erizada por el viento helado; mis bellos quedaron cubiertos con diminutas partículas de agua: era la brisa…

Para sobrevivir en el ambiente militar habremos de ser callados, discretos, íntegros y disciplinados. Pulcros. Sin ser agresivos, decir siempre las cosas. Otorgar a nuestro comportamiento una sola línea y ser personas de excelencia. ¿Pertenezco a esto o no?

Max lleva siempre consigo su cuaderno de notas. Aprovecha cualquier trayecto para releer sus apuntes, sin dejar de reflexionar en las máximas del Capitán Espíritu: “No dejen de confiar en la gente, pero sean precavidos y observadores”… “Cuando se es indisciplinado, no se logra nada”. Si lo sabré yo —piensa—, autor fallido de novelas y cuentos, y a veces siento que de casi todo…

Max cierra su libreta para unirse a sus compañeros y a los cinco buzos que acompañan al capitán Espíritu para apoyar en la práctica. Caminan sobre el malecón para abordar el Cuauhtémoc. Max no deja de mirar a este buque galardonado con varios premios internacionales; junto con su hermano español Juan Sebastián El Cano, son los dos veleros de instrucción militar para cadetes más elegantes del mundo. Al subir por el portalón, el comandante y la tripulación les dan la bienvenida. Los reclutas saludan a la bandera. Sobre la cubierta del velero el capitán Espíritu añade “tres cuestiones básicas”.

—Uno: debemos aplicar siempre nuestro criterio en cualquier situación de la vida. Esto aplica también en los barcos: tener sentido común y desarrollar buen ojo marinero. Dos: en los barcos nadie conoce bien a otros hasta que se presenta una situación extrema. En el aspecto terrenal, es algo similar a conocerse uno mismo. Todos deberíamos conocer nuestras debilidades y saber hasta dónde puede llegar nuestra fortaleza. Tres: en el mar hay mucha soledad y es muy fácil deprimirse. Por eso es importante mantener la moral en alto durante un naufragio. Esa es la principal obligación del líder. Debemos desarrollar nuestra habilidad para fortalecer la moral del personal que se encuentre bajo nuestro mando. Otra cosa: el equipo siempre debe estar bien ordenado; de manera que durante una catástrofe o un accidente localicemos todo lo más rápido posible. Ya lo saben, las balsas impares se encuentran a estribor; las balsas pares, a babor.

El capitán Espíritu guarda silencio mientras el comandante del velero se acerca para saludar y conocer a los reclutas. Se escucha la señal de zarpe. El velero comienza a moverse lentamente. Max se encomienda a Tritón para no marearse. Toda su vida ha lamentado y detestado esa predisposición orgánica, razón por la cual es tan hábil para quedarse dormido en tres segundos, donde sea y como sea. En los viajes en auto, avión o autobús toma pastillas, dulces, chicles y procura llevar consigo varias bolsas de plástico, por si acaso. Ninguno de sus compañeros conoce todavía su secreto. Lamenta haber nacido así. Sin embargo, es éste uno de los momentos más felices y no piensa perdérselo por nada. Por un instante se borran de su recuerdo las situaciones desagradables vividas. Este tiempo es suyo y no lo negociará.

El mar está en calma, la singladura va bien. De pronto, Max escucha a alguien decir en voz baja que muchas personas van al mar a practicar la brujería. “Los animales marinos reciben esas vibraciones, y por eso después se empiezan a comer a la gente. Un ejemplo son los tiburones… Es decir, la Tierra responde a la maldad del hombre. Si el planeta está dañado es por nuestra culpa”. A Max se le desorbitan los ojos cada vez que escucha cosas tan descabelladas. Respeta la fe ajena y entiende las necesidades espirituales (¿existenciales?) de las personas, pero esas palabras le han generado una carcajada interna que más le vale dejar donde está, si no quiere ser arrestado. Max reflexiona en la idea de Dios. Para él representa la energía de todas las cosas, simboliza las leyes de la Naturaleza. Nuestros pensamientos interiores son Dios, nuestra perfección como especie humana, nuestra mente, nuestra conciencia poseen la esencia divina.

Los reclutas recorren el estribor de popa a proa y bajan por babor otra vez a popa. Miembros de la dotación suben a los mástiles para desplegar las velas. En cuestión de minutos el Cuauhtémoc emprende su ruta con todo el aparejo dado. Con su mirada en lo alto Max toca y desliza sus manos sobre los gruesos nervios del barco, acaricia los mamparos y las drizas a su paso, juguetea a intentar abrir las portas. Quiere llenarse de la imagen del velamen desplegando impecable blanco. La arboladura, con su velamen y sus jarcias, lo hacen sentirse cobijado por un breve bosque blanco. Dos mil 368 metros cuadrados de vela dan impulso a esta nave de casi cien metros de eslora, doce metros de manga y 48.5 metros de altura.

Por alguna extraña razón, uno de los reclutas menciona la palabra “telequinesis”. El capitán Espíritu voltea de inmediato para decirle: olvídalo, la telequinesis no está aceptada en la Biblia.

La clase prosigue.

—Todos los barcos llevan botes salvavidas y balsas autoinflables a las que les llaman “cacahuates”; éstas son construidas con la estabilidad necesaria para resistir una mar gruesa y una caída desde 18 metros de altura sin sufrir daños; están construidas para proteger a sus tripulantes de las inclemencias del tiempo en el mar. Todas incluyen equipo de supervivencia. Para poder ser maniobrables por la tripulación el peso de estas balsas, con su equipo y cubierta, no debe exceder 180 kilos.

Max evoca su primera y única travesía marítima, realizada en el año 2001. La agencia de noticias donde trabajaba lo envió a cubrir una conferencia de prensa al Instituto Oceanográfico de la UNAM; allí, el director del instituto anunció que se llevaría a cabo en el Pacífico y El Caribe varias campañas de investigación inéditas en México dedicadas e estudiar el fenómeno de “El Niño”, en colaboración con equipos multidisciplinarios de Estados Unidos, Cuba, Brasil, Venezuela, Colombia y Chile. Lo interesante para México fue haber encabezado el estudio. El buque oceanográfico Puma zarpó de Mazatlán un viernes al mediodía para arribar a Acapulco el domingo por la tarde. Max haría entrevistas a los investigadores, observaría los experimentos y escribiría la crónica de aquel viaje inolvidable.

Había silencio. Nada de viento. Ni un ruido. Ninguna ola. El avance del buque era tan lento y delicado que semejaba una mano acariciando el agua. Miembros de la tripulación y un grupo de investigadores permanecían inmóviles, parecían hipnotizados ante aquel paisaje de fantasía. Sin horizonte definido, el cielo y el mar se fundían en un solo espectro, configurando una inmensa bóveda celeste de color gris con jaspeados rosas.

A la mañana siguiente del zarpe en el Puma hubo un momento espectacular, el primero de tal belleza en la vida de Max. Él se había levantado muy temprano ante la preocupación de quedarse dormido. Se bañó y subió a cubierta a desayunar, como el itinerario lo establecía, en punto de las siete de la mañana. Pero Max no se percató de la diferencia de horario —una hora menos— y a las seis ya estaba listo. Subió por una estrecha escala y empujó la pequeña porta para salir a cubierta. Lentamente se acercó a los nervios del buque para contemplar el mar al amanecer y sentir la frescura matinal. Sostenido de ellos, no podía creer lo que veía. Había silencio. Nada de viento. Ni un ruido. Ninguna ola. El avance del buque era tan lento y delicado que semejaba una mano acariciando el agua. Miembros de la tripulación y un grupo de investigadores permanecían inmóviles, parecían hipnotizados ante aquel paisaje de fantasía. Sin horizonte definido, el cielo y el mar se fundían en un solo espectro, configurando una inmensa bóveda celeste de color gris con jaspeados rosas. Un mar desolado, inmensamente tranquilo, casi estático, al que los marinos llaman “mar de plato”. Un momento de sublime belleza ante la que un ser humano sólo puede rendirse y agradecer.

Días antes Max había descubierto unas líneas escritas por el filósofo Roger Bacon en el siglo XIII sobre la relación mar-literatura: “Es un acontecimiento extraño que, durante los viajes por mar, en los que sólo se tiene por ver cielo y agua, la mayoría de los hombres escriben un diario, mientras que cuando viajan por tierra, donde a cada paso encontramos algo que observar, pocos lo hacen, como si las inciertas eventualidades nos fueran más próximas para ser consignadas por escrito que las observaciones reales”.

Max percibe el mar como sinónimo de la conciencia humana: incomprensible, intangible, inconmensurable.

La singladura del primer día en el Cuauhtémoc transcurrió sin novedad, aunque con algo de mareo para varios reclutas, que debieron tomar una tableta contra el vómito y un poco de agua mineral con sal.

Anochece.

Antes de dormir Max abre su maravilloso Segundo libro de crónicas, de Lobo Antunes. Al concluir la lectura de la última crónica anota en su libreta: “Con Lobo Antunes se redescubre la función de la literatura. No a la manera de Kundera, quien apuesta por asentar la novela sobre asuntos profundos de la vida a través de hechos históricos. Antunes se detiene en lo cotidiano, lo transforma en estilo puro y así configura su mundo interior: con trozos breves de la mejor literatura contemporánea. Prescinde de los ‘grandes temas’, de la grandilocuencia. Prefiere quedarse abajo, a ras de tierra, en lo íntimo de los pensamientos, soplando polvo, oliendo a viento y flores, a atardecer y muerte… a pasado. Un ejercicio magistral y memorable de escritura, incluso él mismo confiesa, ‘cuando se tiene miedo de escribir’” (marzo, 2010).

Ha comenzado a llover. Recostado, Max cierra los ojos y sonríe por los nombres y apellidos recién conocidos: Mancisidor Galez, Rosalino Cocuchel, Aroldo Demonte, Ruano Milicua, Tristán Cochicoa, Gontrán Chapital. Y claro, su propio apellido, Destrota, completamente desconocido. Un marinero yucateco le contó que su madre le puso Rosalino porque ese nombre la hacía reír. Pensando en eso, Max se queda dormido profundamente, como un bebé mecido por las olas.

Es de madrugada. El reloj marca las 5:30. El Cuauhtémoc se mece tanto que despierta a los reclutas. Algunos se levantan y, con la intensidad del movimiento, tropiezan entre sí. Max no se mueve, la cabeza le da vueltas y el estómago también. Su instinto de conservación lo ha obligado a mantener el mayor tiempo posible la espalda pegada contra los mamparos; sólo así logra hacer tierra y sentir un poco de alivio. Suena la alarma general. La tripulación se ubica en sus puestos; los reclutas varones deben presentarse en cubierta. A las mujeres se les ordena permanecer en los camarotes. Nadie dice nada, pero es claro que están asustados. Mientras suben por las escalas el barco cruje con ganas de romperse.

© Jacques-Henri Lartigue

En cinco minutos todos están sobre la cubierta. La adrenalina hace latir el corazón muy fuerte. La tormenta baña al imponente Cuauhtémoc, dibujado apenas como un punto en medio del océano. Max no sabe por qué pero su mente empieza a evocar un párrafo escrito hace tiempo sobre el libro Esperando a los bárbaros, de J.M. Coetzie: “Una cacería de hombres comienza con una cacería de siervos, jabalíes y osos. Era mejor no pensar que la muerte estaba próxima. Mientras llega, más vale esperar tras las rejascuando uno ya ha visto el sufrimiento de los bárbaros, que es también el de uno mismo frente a la injusticia, nos acobardamos y cerramos los ojos y el corazón, y nos volvemos indiferentes a las vejaciones infringidas a quienes son vulnerables. Le tememos a la violencia, pero no impedimos que se ejerza. Cuando uno ve el sufrimiento, se resiste a repetir la misma experiencia. La historia de los bárbaros se desarrolla bajo un cielo violeta y negro, sobre horizontes marrones...”

—La tormenta se comporta tan salvaje como los hombres. En este momento, nosotros somos los siervos, los jabalíes, los osos, alterados y salvajes frente a la muerte… Todavía no quiero morir, no, por favor, todavía no, todavía no —repite Max como un mantra, aferrado de los nervios del barco, a punto de vomitar.

—No se alarmen, no pierdan la calma; permítanse sentir miedo, pero intenten controlarse y controlar la situación —grita el capitán Espíritu con la voz opacada por los relámpagos—. En cada balsa hay un equipo de supervivencia, ya ustedes lo saben. Pronto va a amanecer; la luz nos va a beneficiar para realizar las maniobras necesarias.

Max no puede más y lanza su vómito a las olas. Él y otros más. Entre las ropas lleva su libreta de apuntes envuelta en varias bolsas de plástico; allí anotó las indicaciones del equipo de superviviencia: “Tomar 18 tabletas de alimento concentrado (no más de ocho cada día) y seis comprimidos de glucosa. Las raciones recomendadas en caso de naufragio son cuatro comprimidos de alimento concentrado por persona cada 24 horas y dos comprimidos de glucosa por persona cada 24 horas, es decir, tomar sólo una sexta parte del comprimido de glucosa por persona cada dos horas, derritiéndola lentamente en la boca”.

Es una tormenta repentina. La tripulación corre el aparejo para evitar que el barco se vaya en vilo. El timonel intenta capotear el temporal. Olas de cinco metros de altura arremeten contra la cubierta. Para no ser arrastrados, los diez reclutas comienzan a atarse a los mamparos con una gruesa driza que encuentran. Están aterrados. Uno de ellos comienza a gritar. El capitán Espíritu le pide que guarde la calma para no asustar a los demás.

—No quiero que el barco se rompa —dice el recluta.

—¡No se va a romper!, la tripulación es buena, sabe qué hacer, tranquilo —grita el profesor que les prometió una práctica de supervivencia—. Parece que estamos a punto de salir de la tormenta. ¡Aguanten!, ¡aguanten un poco más! Manténganse calmados, por si hay que rescatar a las compañeras.

Mirando las olas gigantescas, el mar embravecido, los relámpagos y el cielo aún oscuro, los diez reclutas guardan silencio, esperando órdenes del capitán Espíritu, esperando el desenlace. Así permanecen alrededor de quince minutos: años luz. En el horizonte se perciben apenas algunos destellos del amanecer. Las velas se han desgarrado. La tripulación del Cuauhtémoc lo hace bien y el velero logra salir de la tormenta. Todos se encuentran a salvo, excepto un guardiamarina que se encuentra desmayado sobre la cubierta. Se ha pedido auxilio aéreo. La tormenta está pasando.

El capitán Espíritu, con las manos en alto agradece a Dios y pregunta si alguien desea bautizarse.

—Éste es un buen momento. Dios ha decidido darnos otra oportunidad. Miren, esto tiene un significado: descubrir cuál es nuestra misión en la vida y cumplirla.

Aparece el primer rayo del sol.

—Hará un día espléndido —grita el capitán Espíritu—. Alístense para el desayuno.

La tormenta dejó un caos en el interior del buque. Muchos objetos terminaron rotos en el piso. Al guardiamarina lo trasladaron en helicóptero al hospital más cercano. Ningún recluta pudo comer durante el día; quedaron con las entrañas revueltas.

Esa noche Max tuvo un sueño extraño. Se veía a sí mismo flotando entre la oscuridad del cosmos. Tenía la sensación de que algo iba a ocurrir. A lejos, percibía una inmensa nave espacial. Él intenta correr para ver qué es. Mueve las piernas tan rápido como su experiencia onírica se lo permite, pero avanza muy poco. No es una nave, sino un inmenso planeta descendiendo lentamente. De la parte inferior de aquel planeta, una red gigantesca baja muy despacio, con un inmenso cargamento. Lleva algo que ese planeta le quiere mostrar. Max se asoma y descubre millones de pequeñas y suaves plumas blancas. Primero las observa y luego con sus manos juguetea lanzando un puñado hacia arriba. Sin pensar nada en particular, sin autodirigir su sueño, como muchas veces le ocurre, de repente, escucha desde el infinito una voz vibrante, potente: Son las alas de Dios… Max no lo entiende, pero en el sueño se emociona y su madre es en lo único en que piensa, en que esto que ha visto y escuchado le agradaría a ella saberlo. Entonces emprende la carrera de vuelta para contar lo sucedido. Lo ha sentido tan real, que al despertar le escribe a ella un correo electrónico. Max jamás había relacionado a Dios con alas blancas, sólo a los ángeles. Al cabo de unas horas su madre le contesta: “Lee el Salmo 91”.

Es una tormenta repentina. La tripulación corre el aparejo para evitar que el barco se vaya en vilo. El timonel intenta capotear el temporal. Olas de cinco metros de altura arremeten contra la cubierta. Para no ser arrastrados, los diez reclutas comienzan a atarse a los mamparos con una gruesa driza que encuentran. Están aterrados. Uno de ellos comienza a gritar. El capitán Espíritu le pide que guarde la calma para no asustar a los demás.

Max sale corriendo de su camarote y le pide al capitán Espíritu su Biblia. El capitán lo mira con asombro: no puede creer que el recluta más escéptico quiera leer la Biblia. Pero se la presta. Ojalá que encuentres lo que buscas, le dice el capitán Espíritu. Max busca y encuentra: El que habita al abrigo del Altísimo morará bajo la sombra del Omnipotente/ […] Él te librará del lazo del cazador, de la peste destructora/ Con sus plumas te cubrirá, y debajo de sus alas estarás seguro; escudo y adarga es su verdad./ No temerás el terror nocturno, ni saeta que vuele de día, ni pestilencia que ande en oscuridad, ni mortandad que en medio del día destruya… [versículos 1-6].

(La madre de Max se jubiló hace tiempo. Desde entonces se dedica a las cuestiones de Dios. Habla en lenguas y está aprendiendo hebreo. “Shema Israel. Adonai eloheinu Adonai ejad varuj shem kevod maljuto le olam vaed”, es la frase más poderosa entre los judíos, dice ella; a la que recurre constantemente, para implorar ayuda en los momentos de tribulación. “Escucha Israel. El Señor, nuestro Dios, es Uno. Y amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. Y amarás a tu prójimo como a ti mismo. Bendito sea su Nombre en su reino eterno para siempre”. La madre de Max asegura que lo que afecta el alma, afecta el cuerpo y eso afecta el cosmos). Max queda atónito. Nunca olvidará ese sueño y jamás aquella voz…

Todo salió como viento en popa: el viaje concluyó sin novedad y el curso de adiestramiento le enseñó a Max el arte de aprender a sobrevivir. La ceremonia de graduación se llevará a cabo en el Centro de Instrucción Naval Operativo del Golfo (CINOG), en Tuxpan, Veracruz. Max fue designado para redactar y pronunciar el discurso de despedida. Sintiendo el viento a su favor, leerá con tranquilidad, sin prisas y sin nervios ante el comandante de la tercera Zona Naval, el director del CINOG y otros militares navales. Una vez que los veinte reclutas reciban su diploma, lo llamarán al estrado. Le sorprenderá que sus piernas no tiemblen, su boca no esté seca y su corazón no lata con fuerza. Subirá tranquilo, tratando de controlar su ritmo cardiaco, sus pasos, sus movimientos corporales. Saludará y pedirá la palabra al podium para dar comienzo a la lectura…

Max ha decidido comenzar una nueva etapa en su vida sin abandonar la literatura. Por cierto, la mejor noticia: al guardiamarina desmayado sobre la cubierta del Cuauhtémoc se lo llevaron muy delicado al hospital. Una ola lo prensó y las vísceras le estallaron. Fue necesario realizarle una reconstrucción casi integral de sus órganos. Ya se encuentra bien. El mar no lo intimidó, al contrario: sigue contento, navegando.

Epílogo

Tiempos reunidos

Cuando uno lleva muchos años ya en el mundo, comienza a preguntarse si la experiencia de tanto tiempo le ha servido realmente de algo…
—Enrique Vila-Matas

© Jacques-Henri Lartigue

Aquí comienza la historia. Max Destrota desciende de una familia peculiar. Su abuelo materno, Arnulfo Destrota (1930), jamás mencionó su origen español, excepto a su hija mayor (madre de Max), la Navidad de 2005. Nací en Cataluña. Mis padres murieron a causa de la Guerra Civil y a mí me trajeron a Michoacán junto con otros huérfanos a los que llamaron “los Niños de Morelia” —le dijo el abuelo aquella noche, con la mirada extraviada y un destello lacrimoso. Tras su confesión, miró el rostro de su hija amada, le sonrió apenas, con su sonrisa ladeada, como la tenía, y bebió un último y largo trago de su enorme taza de café; lo hizo, intentando diluir la zozobra de setenta y cinco años de incertidumbre. La soledad y el destierro en la vida de un niño se vuelven de pronto inmensa carga, por momentos imposible de sostener. Pero el abuelo salió avanti —su vocablo latino favorito. ¿Qué más?, debía hacerlo.

Durante su niñez y adolescencia careció de comodidades. Rubio, alto, flacucho, inteligente y con capacidad onírica premonitoria, tomó de la vida el oficio de picapedrero y tuvo siete hijos. Muy joven, aprendió el oficio de la albañilería y después aprendió a esculpir. Fue así como vivió una de sus experiencias laborales más interesantes: conocer a y trabajar con Diego Rivera, a quien recuerda soportando tranquilamente los mangoneos de Frida, mientras los trabajadores escuchaban cabizbajos, callados. El abuelo la observaba con disimulo. Vieja condenada, juzgaba para sí.

El abuelo era un artista. En sus recuerdos entrañables pervive la década de los años cincuenta, época en la que se realizaron importantes proyectos urbanísticos: la obra escultórica del edificio de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes, la inauguración del Monumento a los Niños Héroes en 1952, obra pictórica en Ciudad Universitaria y el revestimiento con mosaicos multicolores de algunos edificios con diseños de Diego Rivera. En esos años, el abuelo fue reclutado por el escultor Ernesto Tamariz, quien hizo el Monumento a los Niños Héroes, proyecto planeado por el arquitecto Enrique Aragón Echegaray. Con Tamariz empezó a trabajar la talla. Después, tuvo la fortuna de trabajar con el escultor Federico Canessi, para quien talló el busto de Humberto Aréizaga, estrella del equipo de futbol americano del Instituto Politécnico Nacional en 1951. La pieza quedó instalada temporalmente en el campo del Casco de Santo Tomás, hoy retirada.

De su acercamiento con Diego Rivera, el abuelo hablaba desde que Max era niño. Y ahora que ese niño se ha convertido en un curioso e inquieto periodista, ensaya con esta historia el género de la entrevista. El abuelo, fumando uno de sus Delicados sin filtro, le cuenta:

—Canessi me dijo: trabajas muy bien la escultura, muchacho… y me preguntó si quería trabajar con él. Vas a ir como mi ayudante, me decía. Y trabajando con Canessi fue como conocí a Diego Rivera. En aquel tiempo estaban haciendo edificaciones en Ciudad Universitaria. Diego llegaba a la obra y nos explicaba cómo debíamos hacer los bocetos, luego él se subía a corregirlos y a pintar, no con pinceles ni con brochas, sino con trapos envueltos en palos. Utilizábamos un malacate para subirlo a los andamios porque él solo no podía; ya que estaba arriba me decía: ¡Agárrame, Arnulfo, no me vaya a caer! Y empezaba a hacer los trazos. Al poco rato nos decía: bueno, ya tienen ustedes idea del color que lleva el mural, ya bájenme, yo les voy diciendo. Entonces, agarraba yo uno de esos palos con el trapo envuelto, lo embarraba de color y al aplicarlo Diego gritaba desde abajo, ¡Súbele más!, ¡sube más ese color!, ¡ahora auméntale!, ¡ponle un poco de amarillo y luego lo revuelves con el café! Yo le subía para darle el tono café claro que él quería. Le gustaban mucho los tonos cafés y naranjas… Así lo conocí. También conocí a su esposa Frida. Ya andaba en silla de ruedas. Tenían un estudio muy amplio e iban a visitarlos muchas personalidades. A Frida la veía casi todos los días, con un mozo que la subía y la bajaba, la traía y llevaba a todos lados. Ella tenía mucha personalidad, le hablaba medio fuerte a Diego, y, como tenía sus cejas, así, juntas, le pegaba unos gritotes: ¡Diego, necesito esto!; ¡Diego, necesito lo otro!; ¡Diego, ya deja de estar ahí, ni haces nada…! Y sí, era muy lento para terminar sus cuadros; pero en aquel entonces Diego ya tenía dinero, era famoso en todo el mundo y vivía de vender su obra; aparte, creo que una Secretaría de Estado le daba una pensión, no sé si vitalicia o no, pero vivía bien. Tenían un carro Buick negro, de esos grandotes; subían primero a Frida, atrás; él se iba también atrás con ella; su chofer los llevaba a fiestas, a los teatros, a las exposiciones. Trabajando con él fue como me di cuenta un poco de cómo era su vida. Al terminar su trabajo en Ciudad Universitaria, Diego se empezó a refugiar en su búnquer que hizo, el Anahuacalli, y yo ya no trabajé más con él, pero le seguí los pasos. Decían que era antropófago, inventaron que comía carne humana, lo acusaban de comunista retroactivo. Diego, que era muy mujeriego, no decía nada. Estuvo de visita en Rusia, donde se convirtió en un personaje de honor cuando el comunismo estaba en su apogeo; allá le trataron el cáncer que tenía. Después supe que murió. Dicen que Frida vendió todas sus cosas. Yo lo vi pintar sus últimos cuadros.

El abuelo, con un paliacate rojo al cuello y las piernas cruzadas, sostiene una de sus rodillas con las manos entrelazadas. Permanece pensativo antes de sacar otro Delicado y proseguir:

—El capulín de Chapultepec lo hicimos nosotros; está hecho de una cantera gris que se llama xaltocan. Esa figura la tallamos con un muchacho llamado Patricio; creo que a instancias de él se hizo en el bosque de Chapultepec un museo del arte moderno. Todavía está, ¿no? —Max asiente—. Diego exhibió ahí varias pinturas, pero, que yo sepa, nunca las vendió. No sé quién se quedaría con ellas, seguramente las vendieron o las pusieron a remate en las grandes casas de Estados Unidos o Londres, me imagino. Otra obra escultórica importante donde trabajé fue la fachada de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes. El escultor que hizo las figuras de la entrada principal se llamaba Francisco Zúñiga, un venezolano radicado en México. El trabajo de la Biblioteca Nacional de Rectoría la hicieron unos trabajadores que no me acuerdo cómo se llamaban, pero les decían “los panzones”, eran de Portales. También pegamos los mosaicos en algunos edificios que Diego diseñó, y otros edificios que ya no me acuerdo cuáles son.

Cuando el abuelo decidió casarse y los hijos comenzaron a llegar, dejó de tallar la piedra y aprendió electrónica por correspondencia. Con el paso de los años se hizo admirador de Mantovani, Rachmaninoff, Ella Fitzerald, la cerveza, el ron, el tequila, todo junto. Se divertía emulando la voz de Louis Armstrong en su canción “Hello Dolly”. El inglés —decía al concluir su parodia— es un idioma demasiado simple comparado con la riqueza, la variedad y la elegancia del español. Los gringos no tienen tantas formas como nosotros para decir ‘lo siento’; siempre salen con su sorry, I’am sorry, ¡y ya! En cambio, aquí decimos disculpe usted, perdóneme, lo siento mucho, mil disculpas…

El abuelo era inofensivo. Discreto y callado la mayor parte del tiempo, en las reuniones familiares solía transformarse en explosivo y excelente conversador. Su discoteca es vasta y muy variada, gracias a los discos “norteamericanos” que compraba en La Lagunilla y otros tianguis dominicales. Las fiestas familiares y las reuniones sabatinas de dominó y box por tele solía amenizarlas con tangos de Agustín Irusta, canciones de Glen Miller, Billie Holiday, Ella Fitzerald, Eartha Kitt, la orquesta de Paul Weston y Scott Joplin, propuestas musicales que eran reemplazadas a media velada por canciones de Luis Arcaraz, Lupita Palomera, Agustín Lara y Pedro Vargas; ritmos que iban menguando hasta adquirir tesituras clásicas y melancólicas pasada la medianoche: Mantovani, George Melachrino, la orquesta de Eddy Duchin (“Lovely to look at”, 1935; “You are my everything”, 1956), entre muchos otros compositores estadounidenses, incluyendo al cursi de Ray Coniff, pero a éste sólo de vez en cuando porque a nadie de la familia le gustaba Ray Coniff; en todo caso preferían a Frank Pourcel. Todos en la casa del abuelo escuchaban música, porque la música los hacía felices.

La pintura, la literatura y la música llenaron su mundo; las casas donde habitó siempre estuvieron llenas de objetos raros, de cuadros baratos adquiridos en tianguis de antigüedades y acuarelas (verdaderamente lindas y originales) pintadas por él mismo con los dedos. Amaba el cosmos con vehemencia y el mar de una manera obsesiva. Me gustaría morir en un naufragio, en un mar tempestuoso, entre olas gigantescas —llegó a decir en tono ocurrente, como si cualquier cosa. Se le hizo costumbre hacer preguntas extravagantes, todos los domingos a la hora del almuerzo. Los comensales las recibían como dardos punzantes, en particular sus dos nietos de seis y ocho años, que veían el dedo índice del abuelo revolotear en el aire cuando preguntaba cuánto pesa el Sol, cuál es la medida de la circunferencia terrestre o la definición de perihelio y su contraparte. A la mesa, surgía estrés espontáneo, miradas esquivas y el deseo generalizado de atrincherarse en el sillón grande de la sala.

—El sol pesa cuatro mil cuatrocientos cuatrillones de toneladas, no lo olviden —decía el abuelo con mirada fija y pausado parpadeo. Enseguida encogía su dedo índice hasta empuñar la mano, manteniéndola unos segundos en alto. Para regocijo suyo, el dato no ha sido olvidado.

—¿Por dónde sale el sol?

—Por allá —era la respuesta espontánea y medio racionalizada que sus nietos le daban, señalando un punto de la casa con cierta precisión.

—¿Y qué es allá: oriente, poniente, este, oeste? —guardaba silencio y decía:— El sol sale por el oriente y se oculta al poniente.

Gracias a que se sentían con Copérnico en casa, esos nietos —hoy cuarentones— pueden presumir de una no tan mala orientación planetaria.

A veces, el abuelo explicaba la dinámica de los vientos alisios.

—Son los vientos del verano… En el hemisferio norte soplan en dirección este-oeste; a la inversa en el hemisferio sur. No hay vientos alisios en el invierno. Por eso, navegar en esa temporada era sumamente peligroso para los primeros veleros que intentaban viajar al continente americano.

Aquellos nietos no comprendían del todo; sin embargo, con él aprendieron a desarrollar el poder de la atención. Hasta sus últimos días, el abuelo siguió siendo para ellos como un rayo de luz dispuesto a compartir sus variados reflejos.

De la abuela no hay mucho qué decir, salvo su efímero e indirecto contacto con la mafia italiana cuando ella tenía alrededor de tres años de edad. Según un mito de familia, en los años veinte del siglo pasado su padre se fue a vivir a Estados Unidos y —nadie sabe cómo— pronto ingresó a la nómina de Al Capone. Fue bautizada con el nombre de Aurora, por las auroras boreales que a su padre tanto fascinaban. Pero se trata sólo de una historia incierta y jamás corroborada.

Cumplidos los seis años mandaron a la abuela a un colegio de monjas para estudiar la primaria. Allí hizo seis veces el primer grado, anécdota que aún cuenta, diciendo que cursó, efectivamente, seis años de primaria. Y ríe, ríe mucho por eso. Así era antes, y nadie se avergüenza de ello.

La abuela nació escorpiona: dominante y porfiada, en 1928, dos años antes que el abuelo. Cuando se casaron, la madre de él tuvo que ratificar su consentimiento ante el juez, hecho que la abuela se encargó de recordarle los siguientes sesenta años de matrimonio.

—Soy mayor que tú, no lo olvides; así que no intentes intimidarme —vociferaba en cada pleito conyugal, con una ceja en alto, mirada fulminante y labios apretados; gesto que toda la vida le salió muy bien—. Él abuelo nunca respondía a las agresiones. Mejor se daba media vuelta y se iba a la cama en silencio a leer Pedro Páramo, sus ejemplares de Selecciones y demás libros de literatura mexicana, después de ponerse su pijama color cinzolín.

Todo eso se ha esfumado ya. A las diez de la mañana del 14 de septiembre de 2010 murió el abuelo; tres días antes de su cumpleaños ochenta. Fue derrotado por un cáncer de esófago. Su cuerpo quedó invadido por células que no se resistieron, seguramente, a muchas tristezas, a los sinsabores de la vida, tal vez, por no llegar a ser lo que él anhelaba. Dicen que el cáncer es rencor y tristeza. Lo sabrá el Universo.

Cuando Max volvió de su periodo de capacitación en Tuxpan, en marzo de 2010, el abuelo se encontraba relativamente bien de salud, aunque sus piernas reumáticas con trabajos le permitían recorrer los pasillos de su casa. Tan noble, recibió a Max animoso, como si nada ocurriera: ¡Hijo!, ¿cómo estás?, expresó con los ojos llenos de júbilo por la visita inesperada.

Ojalá que el abuelo fuera inmortal, pensó Max al verlo postrado en cama con un enorme tanque de oxígeno escoltándolo.

La abuela está muy triste, y Max lo extrañará como se extraña a los amigos de vida cuando se van. Sabe que el duelo no comenzará enseguida de su muerte, sino después, cuando el tiempo, en lugar de hacerle olvidar, acreciente la necesidad de su presencia. Entonces querrá volver a verlo y conversar con él sobre temas interesantes.

Como todo el mundo, Max tiene problemas con la muerte. No sabe cómo lidiar con el dolor extraño que causa la ausencia de la persona a la que ya no se puede ver, tocar, mirar, estrechar. Tendrá que ejercitar el acto de contener las lágrimas, porque Max no es bueno para no llorar, el llanto le sale con tanta facilidad como a los niños. Intentará aplicar una terapia de reemplazo: sentirse bien en lugar de mal y triste. Lo hará, recordando los episodios felices de infancia, uno en particular: la vez que entró al taller de trabajo del abuelo, que se encontraba de pie, entretenido examinando una enorme televisión todavía de bulbos. Max se acercó sigilosamente para asustarlo, sin embargo, ¡oh, sorpresa!, un leve pero firme golpe con sus pequeñas manos sobre el enorme trasero del abuelo, acompañado de un infantil ¡buuu!, provocaron una leve pero firme expulsión de gas. El abuelo volteó rápidamente a mirar a Max, sin pena, y le soltó una carcajada. Max, un tanto sorprendido por haber recibido tal descarga orgánica directo en el rostro, se carcajeó como nunca. Fue un momento de amor mutuo, sin mayor explicación que el saberse unidos en esta vida. El abuelo: tan alto, tan grande, tan fuerte, tan divertido y tan sabio, un Goliat, fue vulnerado por un niño que le pertenecía por derecho de sangre. Max está seguro de que ese recuerdo, al menos, le hará brotar un llanto gozoso.

Todos los momentos en que Max recuerde al abuelo, lo hará pensando en los viajes que disfrutaron juntos: paseos a Chalma, Pátzcuaro, Uruapan, Morelia; comidas familiares en el bosque de Xochimilco cada Jueves Santo, montar allí a caballo y recibir al atardecer la tempestad desatada por llamado “cordonazo de Judas”; frecuentes recorridos en auto, tardes de jazz y música clásica, preguntas extravagantes todos los domingos a la hora del almuerzo; escucharlo pronunciar siempre la palabra “espiritu” sin acento, o esperar que al llamado de alguno de sus nietos, él volteara y les contestara: quétu, quétu quétu…

La abuela también está muriendo. Hace tiempo que a los dos les llegó la enfermedad de la vida. Irremediablemente el abuelo se adelantó. Los días no serán los mismos sin ellos. Cuando el reloj de sus vidas toque la última campanada y Max se sienta solo, tendrá que arreglárselas para comenzar a escribir una nueva historia.

P.D.

Con motivo del Bicentenario de la Independencia, el Banco de México emitió, el 18 de agosto de 2010, un billete de 500 pesos con las imágenes de Diego Rivera y Frida Kahlo. El abuelo alcanzó a verlos. Y sólo sonrió, con su sonrisa ladeada, como él la tenía.

La vida y sus extraños misterios…

Encontré el conocimiento, siempre misterioso, de que la vida es un pretexto para escribirla…
—Alejandro Rossi

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Publicado en: Narrativa, Noviembre 2011


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