Crónicas de una viajera

El derecho del turista a ver un solo cuadro

Reivindico los derechos de todos los turistas del mundo a hacer lo que les dé la gana. A no visitar lo que no quieran, a pasar dos días en un lugar e irse, a entrar en un museo para mirar un único cuadro…

Rothko en la Tate Gallery.

Rojo y negro

Al parecer, Mark Rothko era extremadamente celoso de sus técnicas de trabajo. Poco decía —o casi nada— acerca de cómo lograba que sus rectángulos difusos dieran la impresión de flotar sobre las telas creando en el espectador ese efecto meditativo y profundamente emocional.

En 1950, el famoso hotel Four Seasons encargó a Rothko las pinturas que habrían de vestir las paredes de su restaurante. Rothko se inspiró en la atmósfera de un cuadro de Miguel Ángel: “La Biblioteca Laurenciana de Florencia”, y el resultado fueron colores más apagados: negros, terracotas, rojos menos vibrantes. Los cuadros encargados nunca llegaron, entonces, a las paredes del Four Seasons, por lo que su autor los ofreció finalmente a la Tate Modern Gallery, donde podemos contemplarlos hoy en una sala que, en efecto, exige el silencio y el recogimiento de una biblioteca.

Según los expertos, de lo que puede inferirse mirando la obra de Rothko, su técnica era aplicar el color en finas capas, y difuminar los contornos de las figuras con aguarrás.

Pero algo pasa en uno de esos cuadros, en esa sala: de pronto, si miramos con atención, bajo las tenues luces podemos distinguir, abajo y a la izquierda, una fina lluvia de lágrimas negras corriendo en dirección a los bordes. Es evidente que Rothko dio vuelta el cuadro, en casa ocasión, para trabajar sobre cada uno de los lados. ¿Utilizó otra técnica? ¿Por qué decidió dejar esas gotas visibles, esa enseñanza sobre su pintura, ese defecto?

Quizá por lo que Duras dice en Escribir, eso de que todo libro tiene un paisaje fallido, insoslayable, y que hay que dejarlo para que no resulte una falsedad. ¿Por qué Rothko dejó esas gotas, únicamente en ese cuadro? ¿Acaso como un gesto puramente narcisista, para que no nos olvidemos del pintor?

Quizá ya se haya discutido sobre este misterio, no lo sé. Lo que sí sé es que ver un cuadro de Rothko una vez en la vida debería ser un derecho universal. Probablemente nos enseñe más sobre nosotros mismos su contemplación que diez años de psicoanálisis.

La salud de Lord Elgin

Llama la atención, cuando uno visita el British Museum —en particular la sala dedicada a los frisos traídos del Partenón— el cuadro de Lord Elgin.

La historia de este personaje es por todos conocida: el susodicho, hijo de una noble familia, fue nombrado en 1799 embajador para Constantinopla. Allí, percatándose del deteriorado estado del monumento —mayormente utilizado en la época como plaza militar—, y temiendo su futuro destino, consiguió un permiso del gobierno turco para trabajar allí. Con ayuda de su secretario, sir William Hamilton (Elgin casaría pronto con su hija), organizó un equipo de cuatro arquitectos, quienes estudiarían el Partenón y harían copia de los frisos. Ocurrió que el buen Elgin, de pronto decidió que la mejor manera de conservar todo aquello era simplemente removerlo y llevarlo a Inglaterra, razón por la cual contrató a trescientos hombres que se ocuparon del trabajo.

Visita relámpago al Partenón.

Muy controvertida resultó la decisión de Elgin (en su momento Lord Byron fue uno de los que lo ridiculizaron vilmente), entonces y también ahora. Desde los años ochenta Grecia exige la devolución de los frisos, y quizás no les falte razón.

Sin embargo, la obsesión coleccionista de Elgin no deja de tener una cierta épica.

Pensemos que ya Elgin llegó como diplomático a Constantinopla con una salud deteriorada. Padecía asma, reumatismo y sífilis —posteriormente perdería casi por completo la nariz—. Las condiciones climáticas de Grecia solo agravaron sus dolencia, pero no cejó en su empeño de “conservar” lo que creía se arruinaría para siempre. Cuando emprendió el regreso en 1802, la ruptura de la Paz de Amiens hizo que los franceses lo tuvieran prisionero hasta 1806. Llegó enfrentando la bancarrota. Su mujer lo había dejado y fue entonces cuando le vendió los frisos al Museo Británico por la suma de 35 mil libras, aunque inicialmente había pedido 75 mil. Para resarcirse demandó al amante de su mujer y al parecer cobró buen dinero.

La cuestión, en definitiva, es que Lord Elgin era un personaje cuando menos controvertido.

Imaginarlo permanentemente enfermo, hundido en el colapso de su dolor, aunque tengo la sensación de que nos permite comprenderlo un poco mejor. ¿No era un sentimiento totalmente lícito desear que no se corrompieran los mármoles del mismo modo en que se corrompía su cuerpo? En el British Museum, sin embargo, prefieren recordarlo en su más temprana juventud: a los veinte años, cuando todavía tenía nariz y pensaba que el mundo era suyo.

Fantasía steampunk

Apenas uno se adentra en el mercado de Candem en Londres, aparecen las señales de su tendencia steampunk. Muchas tiendas, ubicadas en diferentes lugares de este amplio mercado, ofrecen ropas que cruzan los estilos punk y victoriano en una mélange encantadora. Blusas de encaje con camafeos, cuero, muchas hebillas, levitas y chaquetas para los hombres, botas y corsets.

A pesar de que Rosemblum tenía, en esto de hacer desaparecer lo peor y conservar lo mejor, una especial devoción por Hitler, nunca dejará de haber quienes crean que el presente es lo más terrible que le puede ocurrir a una persona.

El steampunk surgió en realidad como un subgénero de la ciencia ficción, de la mano de ciertos escritores cyberpunk, fundamentalmente K. W. Jeter. Esta fantasía de corte retrofuturista se sitúa por lo general en la época victoriana, donde el vapor era la principal tecnología (steam = vapor).

Así como se lo ve, el steampunk es un movimiento contracultural, que ha trascendido los límites de lo literario y se plantea crítico con la sociedad de consumo.

La fiebre steampunk es epidemia en todo el mundo. De hecho Omaru, un pequeño pueblo agrícola de Nueva Zelanda, es hoy la capital del movimiento. En 2016 consiguió el Récord Guinness por albergar la reunión más multitudinaria de seguidores del steampunk.

Estos entusiastas de las épocas victoriana y eduardiana no dejan de recordar un poco a aquel entrañable personaje de La sinagoga de los iconoclastas de Wilcock: Aaron Rosemblum, el hombre que en 1940 quería volver a la vida elisabethiana y abolir toda novedad aparecida desde 1580. A pesar de que Rosemblum tenía, en esto de hacer desaparecer lo peor y conservar lo mejor, una especial devoción por Hitler, nunca dejará de haber quienes crean que el presente es lo más terrible que le puede ocurrir a una persona.

Por otra parte, ¿quién no querría, al menos por un día, enfundarse en uno de esos magníficos corsets del Candem Market, ataviarse con faldas de cinco enaguas y dar una vuelta así engalanado por los jardines de Kensington?

Yo misma lo pensé, pero, a casi cien libras el corset y ciento cincuenta la falda, preferí seguir en 2017.

Las ruinas del porvenir

En el año 79 d.C. una inesperada erupción del volcán Vesubio sepultó la ciudad romana de Pompeya. El suceso, descrito por Plinio el Joven, fue brutal y dejó miles de muertos.

Hubo que esperar al 1700 —época en la que se empezó a desenterrar Pompeya— para tener una idea más precisa del drama. En 1750 Fiorilli, arqueólogo italiano a cargo de las excavaciones, tuvo la brillante idea de cubrir de yeso líquido una cavidad que tenía forma de persona. Fue el comienzo del famoso método de los “calcos”, que permitió captar las formas y posiciones en que sorprendió la muerte a los pobladores de Pompeya.

El Vesubio, sin embargo, había hecho erupción ya en el año 8000 a.C., y posteriormente, hace tres mil años. Los pompeyanos no tenían manera de saberlo. Luego del terremoto del 62 d.C. emprendieron la reconstrucción de la ciudad. Cuando Numedio Popidio Celsino, de seis años de edad, aportó el dinero (claramente a través de su padre, un liberto), para reconstruir el Templo de Isis, no podía imaginar que la obra quedaría inconclusa, y mucho menos prever su propia muerte.

Resulta significativo que nosotros, hoy, en Pompeya, contemplemos ruinas: los propios pompeyanos vieron, por más de diez años, su propia ciudad en ruinas.

Luego del 79 d.C. el volcán no se quedó quieto: en 1600 entró nuevamente en actividad, y hubo sucesivas erupciones en 1906 (dejó alrededor de cien muertos), en 1914 y 1944.

El Vesubio permanece inactivo desde 1944 a la fecha. Aunque no se sabe qué puede pasar. En caso de que ocurra otra erupción tan terrible como la del 79 a. C. probablemente, y a pesar del plan de evacuación, habrá muertos y pérdidas incalculables, aunque en Nápoles nadie parece demasiado preocupado.

Un día desaparecerá todo. Europa con su farsa de castillos, la costa amalfitana, las islas, el mar, los monumentos, los turistas. La falsa seguridad en que vivimos todos, creyéndonos inmortales.

Me pregunto qué hubiera pasado si los habitantes de Pompeya hubieran sabido que se avecinaba la erupción. ¿Hubieran huido? ¿Hubieran dado crédito? ¿Hubieran proseguido con la reconstrucción de la ciudad? No lo sabemos. Lo que sí sabemos es que hoy, como en todos los siglos pasados, miramos siempre las ruinas del porvenir.

Turistas y viajeros

El cielo protector, la famosa novela de Paul Bowles, empieza con una conversación entre los protagonistas en un bar de Marruecos. Sentados entre el calor y las moscas, Port y Kit hablan con orgullo de su condición de viajeros. Viajeros, y no turistas —a diferencia de su amigo Tunner, quien los acompaña en el viaje y que está ahí sólo por curiosidad— Kit y Port viven en permanente estado de tránsito, desplazándose de un lado a otro por meses, incluso años.

Port y Kit quieren ver la verdadera cara de África, descubrir la excentricidad, sentirse sapos de otro pozo en un lugar completamente ajeno.

El turista, sin embargo, más relajado, busca diversión y una buena acogida. Visitar un poco las ciudades, sus monumentos, comer bien, sentir el pulso de la gente y sus costumbres.

A veces no importa cuán corto sea el paso por una ciudad: se vio gente distinta, personas, por ejemplo, de gala en la entrada de la ópera, se vieron iglesias imponentes, se oyó un idioma distinto y se habló, como se pudo, en lenguas extranjeras. Se intercambiaron opiniones y modos de ser.

Hay un tipo de turista que nunca está contento con lo que tuvo ocasión de ver: son siempre viajeros frustrados. Hubieran querido recorrer Florencia en tres meses, Nápoles en seis y París en un año. Ninguna primera impresión es válida.

Pero existe una clase de turista snob que se considera a sí mismo un viajero, incluso sin serlo. Para este tipo de turista, todo tiempo siempre es poco: a X le faltó ver esto y lo otro. Dos días en Marsella son nada y diez son pocos —para recorrerla a conciencia se necesitarían quince días—; una semana en Londres es un castigo —¿llegamos a recorrer entero el British Museum?—: para Londres se necesitarían al menos dos meses.

Hay un tipo de turista que nunca está contento con lo que tuvo ocasión de ver: son siempre viajeros frustrados. Hubieran querido recorrer Florencia en tres meses, Nápoles en seis y París en un año. Ninguna primera impresión es válida. Ninguna alegría proporcionada por un cuadro o una calle tiene valor real. No hemos visto nada, los sentidos nos engañan y todo es una ilusión.

¿Cuál es el verdadero París, la verdadera México, el Vietnam que vive el vietnamita? En su ignorancia, el turista snob cree que la verdadera identidad de un pueblo puede apresarse en unos cuantos días, más cortos o más largos.

Reivindico los derechos de todos los turistas del mundo a hacer lo que les dé la gana. A no visitar lo que no quieran, a pasar dos días en un lugar e irse, a entrar en un museo para mirar un único cuadro, e incluso a bajar en un pueblo solamente para hablar con el dueño de un bar y volver al barco.

Ninguna persona de bien —salvo que se tratara de un perfecto idiota— pensaría otra cosa. ®

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Publicado en: Apuntes y crónicas


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