Cuatro narraciones extraordinarias

El cuarto de las injurias

© O. Winston Link

Cuando despierto aún oscura la mañana es que me robó el sueño la bebé de meses del departamento de abajo. El tren no, ya es parte de mi sueño su paso a horas tiernas del día: sea jueves o día festivo el tren pasa cerca de donde duermo.

Aunque haya días que la niña tierna no llora, “está resfriada”, me dicen los recién estrenados papás, abro los ojos todavía oscuro, antes del crepúsculo. Entonces me incorporo, levanto la cortina y trato de intuir cómo empezará el día.

Si enciendo la tele, si echo a andar mi lap-top, si prendo el radio, si abro los periódicos on line: el país, la ciudad, las montañas, los cerros y el amanecer se aprecian teñidos de sangre.

En este contexto es que las relaciones personales y las raíces familiares están permeadas por la violencia, por fórmulas secretas del crimen, por una adoración no intuida de la sangre joven, de los cuerpos vírgenes, sin pecado, sin recuerdos, sin memoria ni heráldica alguna.

Sin aviso ninguno, sin yo advertirlo esa mañana con el llanto anticipado de mi tierna vecina, el paso del tren o los ladridos ocasionales de los perros que pasean por el barrio, llegó Beto, procedente de Torreón.

Luego del reconocimiento de rigor: Cómo has estado, cómo te ha ido en la vida, la enfermedad, el corazón, el trabajo, la familia, los amigos, la fortuna, el sueño, el amor, la soledad, los contratos, el conocimiento, el falso equilibrio, la casa, los negocios, el coche, las puertas, el verano, los viajes a Saltillo, a Monclova; en suma, qué vientos te traen por aquí.

Finalmente, Beto me cuenta, muy por encimita y como de pasada, que un su amigo, a propósito de la violencia que permea incluso las crestas más lejanas del paisaje, apareció un día con tajos en el rostro, las piernas, el torso, la espalda, los omóplatos, las plantas y las palmas. Tajos surcados con violencia, como algunos diseños de artistas mitad figurativos y mitad abstractos, con arma blanca. Con pasión entonces. Con moretones en la cara y en los ojos, el amigo no quiso contar lo sucedido, aunque su cuerpo era el bosquejo de una historia sórdida y muda a un tiempo, como una historia esbozada en el fondo de un mar cercano a nuestras costas. Había prestado su morada, en Gómez Palacio, a un pederasta y, claro, lo confundieron con el victimario, o con un cómplice; el caso es que le pudo ir peor.

Beto había venido a esta ciudad para estar presente en un rito religioso luego de la muerte de una chica, tres años atrás, en un percance carretero. La joven tenía dieciocho años, como decían los adultos de entonces: con toda la vida por delante. La idea de la visita era vernos de nuevo antes de su retorno, pero ya no fue posible. Me avisó que saldría de madrugada, horas antes de su plan original, así que quién sabe cuantos años pasen antes de vernos de nuevo.

Aunque es más fácil conseguir información de un viejo, que tuvo otra formación religiosa, visual, lingüística, sensorial, emocional y todo lo que quepa en el libro de la vida, yo abrigaba la intención de preguntarle a mi amigo de Torreón por el cuarto de las injurias.

Luego del reconocimiento de rigor: Cómo has estado, cómo te ha ido en la vida, la enfermedad, el corazón, el trabajo, la familia, los amigos, la fortuna, el sueño, el amor, la soledad, los contratos, el conocimiento, el falso equilibrio, la casa, los negocios, el coche, las puertas, el verano, los viajes a Saltillo, a Monclova; en suma, qué vientos te traen por aquí.

Hasta donde sé, éste era el lugar donde se almacenaban las cosas en desuso: baúles, petaquillas, valijas, periódicos, planchas, máquinas de coser manuales marca Singer, revistas, libros, libretas y cuadernos, monturas y cosas con un pasado que en su momento no se llevaron al muladar ni se les prendió fuego. Esa habitación, el cuarto de las injurias, hacía las veces de bodega o almacén de tiliches, objetos abandonados y acumulados mientras no tuviesen alguna utilidad. Ahí, me dijo alguien, se encerraba también a los niños rebeldes, malcriados y rezongones.

Podía ser un cuarto de grandes dimensiones, una bodega, sin ventanas y con una sola puerta; a veces tenía un ojo de buey, cerca del techo, con el fin de que se ventilara el lugar o, dado el caso, saliese el humo o el llanto del chico castigado por respondón, desobediente o cualquiera fuese el motivo de la sanción.

Esta mañana de septiembre no ha llorado la bebé tierna de mis vecinos ni ha pasado tren carguero alguno; tampoco he tenido noticias de Beto y su llegada con bien al remoto Torreón. Pero me he incorporado con una certeza: aquellos hogares que no tenían un cuarto de las injurias donde aislar a los chamacos rebeldes, a éstos se les castigaba en el patio, cerca de los hormigueros, hincados, o los dejaban en la azotea mientras los señores de la casa se iban al rosario, o simplemente los dejaban sin cenar, aislados del mundo (para que nadie los viese llorar).

Pero hay una duda que me asalta en cuanto abro los ojos: la recién nacida, que ya recibe clases de estimulación temprana y natación a domicilio, aunque en los departamentos se carece de piscina, ¿suelta el llanto prque adivina que hay un cuarto de las injurias en su vida? ¿Su vocación en la vida, en el sentido etimológico de la palabra —“sentirse llamado a”— está relacionada con alguna celda de castigo o, por el contrario, la bebé, en el corto tramo de su vida, añora el lugar estrecho en que vino al mundo y donde maduró antes de ser expulsada a esta ciudad de piedra? Aunque hay pensadores que afirman que pasan meses y años para que un neonato se despabile antes de pasar de la galaxia de donde se desprendió, antes de caer —¿de pie?— en este plano de la realidad terrenal. Para mí, lo cierto es que quién sabe.

Esta vez me desperté aún oscura la mañana; aunque no se escuchaba el llanto de la nena tierna, ya estaba despierto. La víspera me había planteado la posibilidad de viajar a un pueblo distante cinco horas, donde viven Fernando y Sergio: la disyuntiva que tenía frente a mí, como cuando me peino frente al espejo, era si salía el sábado en la tarde o viajaba la mañana del día siguiente. El quid del viaje era el regreso a casa: el lunes o el martes pues a media semana tenía cita con el médico, a primera hora.

Pero ya estaba despierto y no podía, en ese momento, retomar el sueño. Por lo que me incorporé a desalojar los riñones y a preparar el café de ese día. Finalmente dejé que el día desvaneciera el propósito, cada vez más lejano, de ir al pueblo distante casi un cuarto de día.

Por la tarde recordé una creencia de un conferenciante: hay casas que cobijan y casas que matan; pensamiento o idea que relacioné con una casa en que viví a mediados de la década de 1980, en otra ciudad. Aunque ahí no enfermé de hepatitis, a ese lugar me trasladé mientras convalecía; ahí escribí “La noche a cuentagotas”, que fue una recreación de la enfermedad y la paulatina recuperación. Mientras vivía esta etapa supe que, años atrás, ahí, donde ahora habitaba, habían estado las instalaciones de la Cruz Roja, es decir, era una casa que encerraba dolor, enfermedad, duelo, colores apagados, cuerpos inermes e inertes. Pero ahí me acompañaba Josefina, minina que una noche me impidió dormir: era la primera vez que mi mascota trepaba a un árbol, de donde no supo bajar, hasta que un vecino le ayudó con un palo de escoba.

El pañuelo

Enrique tiene cinco años de edad. Ese sábado dos de noviembre acompañó a su familia al camposanto para llevarle flores de cempasúchil al abuelo, con él iban los padres y sus hermanas, mayores que él y la abuela, que enviudó hace nueve y ahora vive aquejada de diabetes mellitus,una enfermedad crónica que cada vez ataca a más jóvenes. El cementerio estaba a rebosar por el arraigo que el Día de Finados tiene en este punto y sus alrededores, y Enrique se había empeñado en asistir a su primera ceremonia de acercamiento con uno de sus antepasados, el abuelo, pese a que no es diestro aún —usa muletas—, en desplazarse por sí mismo y en grandes multitudes.

El cementerio estaba a rebosar por el arraigo que el Día de Finados tiene en este punto y sus alrededores, y Enrique se había empeñado en asistir a su primera ceremonia de acercamiento con uno de sus antepasados, el abuelo, pese a que no es diestro aún —usa muletas—, en desplazarse por sí mismo y en grandes multitudes.

Acaso el aroma profuso de la flor de muertos, como se le llama al Diente de León y a la flor amarilla tradicional, acaso el sol clásico de otoño, quemante, tal vez el apeñuscadero de los deudos fieles a sus raíces, la cuestión es que nadie se lo esperaba, pero Enrique soltó el llanto con ganas, como si se hubiese materializado el abuelo de anteojos de fondo de botella, nadie dijo nada, simplemente los acompañantes del menor hicieron, silenciosos, un círculo —como cuando dos personas se lían a golpes—, como para que el pequeño llorara sin estorbos, o como si su dolor y llanto fueran sagrados. Es decir, se hizo un silencio respetuoso. Nadie le dijo “Enrique, qué tienes” o “Cállate que vas a asustar a la gente”. Simplemente esperaron a que al chico se le pasara el acceso de llanto, a que acabase la catarsis, a que pasara la pequeña nube de tormenta que a veces pasa por nuestras vidas o por algún ceño fruncido.

El terregal que levantan las escobas sobre las losas y lápidas se había hecho presente en las mejillas del chico, que se acentuaron con las lágrimas que le escurrían, en los mocos que le resbalaban ya de una, ya de otra fosa nasal. Alguien se acordó de que traía pañuelos desechables pero nadie quiso sacarlos y tenderle uno al chico. Era como un llanto que paralizaba. Como muchos seres de su edad, el pequeño hubo de rubricar el fin del momento de dolor con un hondo suspiro, fue cuando la abuela se acercó y le limpió lo que había que retirarle del rostro. Esta vez no le pidió “A ver Enrique, suénate fuerte”, simplemente le pasó el pañuelo por el labio superior y los cachetes empolvados. Nadie preguntó nada.

Cuando estoy comiendo en el restaurante familiar, días después de la incursión al cementerio, alguien empieza a evocar el episodio. Es cuando el chico se atreve a hacer la aclaración pertinente: “Lloré porque no alcancé a conocer a mi abuelo”.

La ventanilla uno

Eres cuentahabiente del Banco Nacional de México (Banamex) desde una década atrás pero la cajera de la ventanilla uno ni se da por enterada cuando te retiene un billete que, a sus ojos, tacto y olfato, resulta falsificado, aunque alegues en tu defensa que recién hiciste un retiro del cajero automático del propio banco; que al momento de retirarlos la máquina te entregó el papel moneda que ahora te señala como espurio, clonado o duplicado.

Desde que te señala con el dedo para acusarte de delincuente sabes que ni te lo regresará y que has perdido el equivalente de cuatro salarios mínimos. Le preguntas que en dónde radica la falsificación pues es un billete de emisión reciente, que posee una banda de seguridad que cambia de color según la intensidad de la luz, contiene firmas y un código de barras oculto sólo apreciable a los rayos infrarrojos.

Te extiende el papel moneda dizque falsificado y otro idéntico, con la imagen del cura Hidalgo con una bandera oteante, para que los compares no sólo con tu olfato degradado sino con el tacto de teporocho y tu vista disminuida por el abuso frente a la tele, la compu y la lectura de las notas rojas de los diarios (no hay otro género periodístico con más lectores que las acciones de los criminales), pan nuestro de cada día.

Mientras comparas las figuras ocultas a contraluz le preguntas en dónde radica la diferencia que ella detectó con la rapidez de un ciego. Te dice que el billete falso tiene una película de cera para disimular que es papel bond, que el otro, el original, está elaborado con papel de algodón y al tacto pueden apreciarse ciertos relieves, de los que no me puede informar pues, ella supone, soy uno de los pillos que ha puesto en circulación billetes de distintas denominaciones, que mantienen al mercado inundado de ellos.

Te dice que el billete falso tiene una película de cera para disimular que es papel bond, que el otro, el original, está elaborado con papel de algodón y al tacto pueden apreciarse ciertos relieves, de los que no me puede informar pues, ella supone, soy uno de los pillos que ha puesto en circulación billetes de distintas denominaciones, que mantienen al mercado inundado de ellos.

Le preguntas si ya sabe lo que ha informado a la prensa un alto funcionario del gobierno estadounidense: que el cincuenta por ciento del dinero generado por el crimen organizado en Estados Unidos se lava en nuestro territorio. En seguida te ve con ojos de que quieres justificar tu acción ilícita e insignificante ante lo que representan millones de dólares que entran a las arcas de los banqueros. No te quita la vista de encima porque cree que la quieres marear con tu alegato estúpido y trocar un billete espurio por otro auténtico, para desaparecer en la bolsa de la camisa el cuerpo-billete del delito. Ella supone que te ha cogido in fraganti.

Mientras te informa que retendrá el billete falsificado para enviarlo a las oficinas centrales de Banamex, del que soy cuentahabiente desde hace buen rato, lo repito, en donde dictaminarán si es o no auténtico —aquí observas que ella incurre en otra contradicción—, te expedirá un recibo manuscrito que ampara el valor del billete decomisado y a la brava caes en la cuenta de que es viernes, de que te está aplicando un impuesto expropiatorio imprevisto violento y de mal gusto, que acabas de perder la oportunidad de comer en un restaurante del centro, de pagar el boleto de entrada al cine, de tomar camión de ida y de regreso no sólo a varias colonias de la ciudad sino a puntos cercanos como éste y aquél y el otro.

“Señorita”, le dices, “ambos billetes son idénticos”, al tiempo que se los devuelves por la ranura de la ventanilla que te ha hecho sentir no sólo el reo de sus acusaciones sino de todo un sistema financiero diseñado para mantener de rodillas a los que viven esperando la remesa de familiares residentes ilegales en Arizona y toda la franja fronteriza del norte, pero de aquel lado, el de los perpetuos indocumentados, vulnerables a acusaciones, señalamientos y palizas las 24 horas del día y todos los días del año.

Se lo quieres decir pero te gana la saliva de la indignación, se te adelanta la manzana de Adán que se ha atravesado en el gañote, te gana el dedo de la cajera que oprime un botón de alarma roja y que no has descubierto porque está disimulado en el anverso de la superficie donde colocaste los dos billetes, el auténtico y el falso, es cuando ella empieza a llamar a voz en cuello a los guardias, que ya estaban a tus espaldas y que supusiste eran clientes que esperaban que te fueras o que la hicieras de tos.

Le quieres decir pero no te alcanzó el tiempo por la violencia que en ese momento ejercieron los guardias disfrazados de cuentahabientes: “Señorita, usted me conoce, es mi vecina del segundo piso en la Unidad Infonavit y usted sabe que llevo una vida de jubilado, como todos los que trabajan para la banca…” Pero no puedes porque un guardia te ha esposado y el otro te cubre la boca.

Volver a Varadero

uno

El comerciante Víctor, propietario de cuatro bodegas en la Central de Abastos, desde donde mueve perecederos, acaba de regresar de Cuba, sin su amado, un chico que conoció y trató en el malecón de La Habana. Antes de conocerlo ya lo esperaba: de aquí se llevó en el equipaje un estuche de afeites que incluía mascarillas, lociones refrescantes, rastrillos desechables, cremas bronceadoras, etcétera. Playeras Polo que pusieron de moda los capos presentados en horario estelar, esposados y desafiantes en su look masculino. Zapatos de gamusa y lona nuevos, pantalones deportivos como la ropa que lucía en los viveros de Coyoacán, cuando fue detenido y deportado el Vincent, el hijo de un narco buscado por la DEA.

La tarde que Víctor el comerciante conoció al adolescente oriundo de Varadero era una tarde de octubre, con el cielo atravesado de gaviotas y parvadas de golondrinas que se entrenaban antes de la plenitud del otoño. Ese día el chico se negó a acompañar a Víctor al hotel, aunque ya se permitía el ingreso a los nativos invitados por turistas huéspedes. El mexicano supuso que la negativa tenía su raíz y razón en la timidez del isleño, aunque su aplomo para dejarse abordar desmentía ese temperamento inseguro y retraído, ese no dejarse testerear la piel oculta, el envés de los párpados.

La primera vez estuvieron en un departamento compartido con integrantes del Tropicana, amigos de una bloguera muy leída dentro y fuera de Miami, donde tiene informantes de hechos que no trascienden al grueso del público medio de la isla. Víctor había ido de vacaciones por una semana. Sólo la última noche el adolescente accedió a entrar con él al Copacabana, un hotel de lejano y dudoso esplendor, donde se dice pasaron dos noches el escritor Truman Capote y el galán Errol Flynn. Ahí Víctor le entregó al chico dos toallas nuevas y una caja de jabones de Liverpool, que había apartado para el final, acaso como un acto inconsciente de purificación de ambos.

dos

Tres años después de iniciada la relación y de un sinnúmero de viajes a Cuba en que ambos se juraban no sé qué propósitos, el comerciante Víctor me confesó que no se traería al bailarín del Tropicana por una razón: aquí Víctor, en esta pocilga de fachada barroca, era un comerciante respetable, con familia, con el cargo de tesorero en la Cámara de Comercio y con la posibilidad de abrir otras bodegas en la Central de Abastos de Fresnillo o Jerez. Heredero único, además, del fundador de la Unión de Comerciantes de la ciudad. Entonces, me dijo, su curriculum no checaba con Hernán, el chico de Varadero que lo traía fuera de foco. “En realidad”, le expuse, “tu amigo Víctor no puede con el ser deforme que carga dentro: su verdadera sexualidad, su propia visión de sí mismo como homosexual”.

—Sí —me dice Martín—. Es como esos negocios de enmarcado donde cuelgan de las paredes distintos tipos y tamaños y colores de marcos, todos vacíos, en espera de ser “llenados”. Utilizamos cada uno según las circunstancias: uno en casa, otro con los amigos, otro cuando salimos de viaje, otro para las fiestas y otro más en los velorios. Y así, según las circunstancias.

¿Entonces tu amigo Víctor ya no regresará a la isla? No por lo pronto, recibió una postal que Hernán le mandó de Vancouver, donde ahora vive con un profesor universitario.

Cada vez que el comerciante Víctor recuerda a Hernán, sonriente éste con una piel de zorro que le regaló, imagen estampada en una foto que más tarde Víctor echó al fuego, Víctor mi amigo, me dice Martín, empieza a sangrar de la nariz. ®

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Publicado en: Enero 2012, Narrativa

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  • Iván

    Sin duda los relatos me atraparon al punto de casi querer sangrar por la nariz al igual que a Victor, relatos que se convirtieron de principio a fin en una aventura de la que fui participe

  • Andrea

    ….. y aqui una oficinista cualquiera se pierde entre las letras, los relatos, los viajes que me llevan de la manita a lugares tan insospechados de la mente humana… mexicana… : D

    uff

    gracias por el paseo!

    me estoy conviertiendo en su admiradora : D