De canciones y viajes en el tiempo

Sobre una novela de Joe Meno, Guns N’ Roses y cómo aprendí a escuchar las películas antes de verlas

La lectura, relectura y traducción de la novela de Meno me reafirmó mi idea de que la música —queriendo o no y en grados muy variables— tiene un peso en la vida de quienes la escuchan, más cuando es durante la juventud.

Syd Barrett.

Syd Barrett.

Nunca tuve ningún disco de Guns N’ Roses. Cuando empecé a comprar casetes y cedés —allá por 1995, casi esquina con 1996—, el grupo angelino ya iba de salida: habían sacado un disco reciente, sí, pero su fama se apagaba en pos del britpop y acaso con la canonización del grunge tras la publicación del acústico de Nirvana, a finales del 94. Aunque la banda sí fue parte de mi formación musical, un poco por la influencia de mi hermano mayor. Él sí tenía su discografía completa y yo, como buen hermano menor que fui, repasaba sus discos para escucharlos y ver qué podía gustarme de allí —de preferencia lo hacía cuando no estaba en casa, claro.

No niego el gusto: iba en la secundaria y pretendía aprender a tocar guitarra, buena combinación para tomar a Slash como ejemplo. Aunque yo carecía de guitarra eléctrica: con mi acústica apenas alcanzaba a parafrasear algunos acordes de “Don’t cry”. Pero no me malinterpreten: aunque era un adolescente finisecular, es decir, un chamaco al borde del fin de siglo, mi gusto se remontaba unos veinte años atrás, con Led Zeppelin, Pink Floyd, King Crimson y tantos otros —que de cualquier forma tampoco lograba emular con mi guitarra, que de hecho se la expropié a mi mismo hermano.

Al llegar a la preparatoria mis horizontes musicales fueron ampliándose: pronto aquellos discos de Guns N’ Roses pasaron al olvido. Hasta hace poco. Fue a comienzos del 2015 cuando tuve un breve redescubrimiento de esta banda, pues trabajé sobre un texto plagado de referencias musicales, entre las cuales se incluía a Guns N’ Roses. Para amenizar mis sesiones de traducción me la pasé escuchando los discos, canciones y grupos que mencionaba.

A comienzos de 2015 Felipe Ponce, editor de Arlequín, me roló un ejemplar de Hairstyles of the Damned, una novela de Joe Meno. Se la propusieron para publicarla en español y quería mi opinión de lector. Me puse a leerla y desde el epígrafe me llamó la atención la carga de musicalidad que el autor imprimió a su texto: unos versos de “Sweet Child o’ Mine” y unos más de una rola de los Smiths. Más allá de ese íncipit, en los primeros capítulos me encontré con Brian, un amigo con el que pasé varios meses en el proceso de traducción de Los peinados de los malditos. Queda claro: di mi voto a favor del texto de Meno, a sabiendas de que lo siguiente sería proceder con la redacción de la versión en español.

Brian, a diferencia de mí, sí estaba bien clavado con los Guns N’ Roses, por lo menos al arranque de la trama. Tanto que en las primeras páginas de su relato cuenta: “El único disco que podía escuchar de principio a fin era Appetite for Destruction de Guns N’ Roses. Cuando todo lo demás estaba mal, ese disco lo rectificaba. Siempre podía recurrir a él. Sin importar qué, el disco me hacía sentir bien. Appetite for Destruction. Guns N’ Roses. Eso era. Ése era mi disco. «It’s So Easy», «Nightrain», «Out ta Get Me» luego clásicos como «Paradise City», «Welcome to the Jungle» y quizá la mejor canción de todos los tiempos: «Sweet Child o’ Mine».”

En estas palabras laudatorias del personaje que cité se advierte un sentido de catarsis purgativa en las canciones. No es casualidad que uno de los capítulos —mi favorito— se titule “El álbum que me salvó la vida”. La música en la adolescencia ofrece la posibilidad de asirnos a algo, por lo menos de manera momentánea; es parte de lo que retrata el autor del libro.

Yo discrepo mucho en aquello de que “Sweet Child o’ Mine” pueda ser considerada la mejor canción de todos los tiempos, pero el personaje que habla es un adolescente fanático del grupo; lo perdono porque lo comprendo. En esos años yo creía que la mejor canción sería algo parecido a “Hey You” o “Comfortably Numb”; de todos modos, ¿mejor que qué? Como si la música fuera una competencia. Tal vez el sentido de “competir” abanderando un grupo es más notable en esos años de formación: el joven Brian se enfrenta a Gretchen, una chica punketa, por lo menos en pose, que considera a los Guns una basura comercial —carentes de cualquier “do it yourself” del punk—. En mi caso, yo solía debatir en largas conversaciones con un amigo en la secundaria que defendía la supremacía de los Beatles frente a Pink Floyd. No la tenía fácil.

Yo discrepo mucho en aquello de que “Sweet Child o’ Mine” pueda ser considerada la mejor canción de todos los tiempos, pero el personaje que habla es un adolescente fanático del grupo; lo perdono porque lo comprendo.

Lejos de ese afán pueril de a ver quién escucha a la mejor banda —en mi caso ambos escuchábamos a Pink Floyd y a los Beatles—, esos años de adolescencia son también los del descubrimiento de los gustos personales, o al menos se moldean un poco. La lectura, relectura y traducción de la novela de Meno me reafirmó mi idea de que la música —queriendo o no y en grados muy variables— tiene un peso en la vida de quienes la escuchan, más cuando es durante la juventud. Brian pasa del desengaño amoroso a una búsqueda por encontrarse a sí mismo, sin romanticismos del viaje interior, pero sí vadeando entre diferentes círculos de amistades —a veces reducidos a una o dos personas—. La característica común es que con cada nuevo amigo viene un género musical diferente: agrupaciones más cercanas al metal o punk.

Sea por nostalgia o porque el espectáculo será bueno, hay conciertos que atraen aunque ya no escuchemos al grupo cotidianamente, más si te ofrecen un boleto que resultó sobrante: ¿cómo desaprovechar la oportunidad? Me anoté para la primera fecha de Guns N’ Roses en México cuando Héctor —mi hermano del que he hablado— me dijo que tenía un boleto de más. La primera desde los noventa con parte de la alineación original. Mi hermano, cuatro años mayor que yo, no asistió a su primerísima fecha en Guadalajara, en el Estadio Jalisco en abril de 1993. Por centralismo, en esta ocasión sólo agendaron un par de fechas para la capital.

Desde Guadalajara suele haber “tours” directos para conciertos en la Ciudad de México. La dinámica es salir la noche previa, llegar por la mañana al recinto, turistear o quedarse por la zona para esperar hasta la hora del evento. Y de retache a la ciudad de origen cuando acaba la música. Decenas de camiones de varias ciudades de la república se amontonan en el estacionamiento del Foro Sol cuando han estado grupos como los Rolling Stones, Radiohead, Roger Waters o cualquier otro que se nos ocurra —y que empiece con erre, por lo que veo al releer la frase.

Con tantos accidentes en las carreteras nacionales, era cuestión de tiempo para que uno de esos viajes de melómanos resultara accidentado: el 20 de abril se volcó un camión con seguidores de Guns N’ Roses provenientes de Querétaro. Un muerto y 29 heridos. Según el diario El Financiero, el accidente se debió a la pérdida de control del conductor y el asfalto mojado. No me sorprendería que el cansancio del conductor haya sido un factor. Con quienes yo viajé subcontratan a una empresa que renta autobuses, cuyos conductores laboran en condiciones de extrema exigencia de horarios: salidas constantes, incluso de madrugada cuando recién terminan un viaje en la noche previa, según comentó el conductor del camión en el que iba. “Si les ponemos peros”, agregó, “nos van a decir que si no queremos el trabajo ahí están otros que sí lo van a querer”. En esos días sí había descansado, por suerte.

El libro de Meno.

El libro de Meno.

Llegamos al Foro Sol pasadas las nueve de la mañana —gracias al tráfico que nos demoró al entrar a la Ciudad de México—. Como los boletos que tenía no eran para las secciones más cercanas al escenario no tenía caso permanecer en el Foro Sol esperando todo el día hasta el concierto. Además tenía que encontrarme con mi hermano. Tomé el metro para reunirnos. Luego de desayunar, la duda: ¿cómo matar el día? Un tour al sur de la ciudad nos hubiera quitado mucho tiempo por el tráfico —había manifestación—, así que nos quedamos en el centro. El puro viaje hubiera valido la pena nada más para ver la exposición en Bellas Artes titulada El arte de la música. No suelo comprar los catálogos de las exhibiciones, pero éste lo ameritaba. En buena medida porque la visita fue fugaz, en comparación con las varias horas que uno puede permanecer allí adentro entre las obras que tiene el recinto en su exposición temporal, frente a las creaciones de Tamayo, Orozco, Matisse, Kandinski, Dalí, incluso John Cage y tantos otros.

La comida, una cerveza y un café, y entonces sí ya era buena hora para irse acercando al concierto. Sigo sin entender el clima de la Ciudad de México, o será el efecto del cambio climático. Primero nos sorprendió una leve llovizna vespertina, pero que no fue nada en comparación con lo que se avecinaba: ya dentro del recinto se soltó el aguacero. Tuve un déjà vu de otra noche de abril, en el mismo foro pero entonces para escuchar a Radiohead y con otros compañeros de viaje. A diferencia de esa vez, ahora el viento no fue tan frío y logramos resguardarnos en el poco techo que cubre a los asistentes en el sitio. Pero incluso durante la presentación de The Cult, los teloneros, la lluvia arreciaba. Lo lamento por las multitudes que no encontraron resguardo. Tomé mis binoculares y alcancé a ver a las personas más cercanas al escenario: algunos con el impermeable de diez pesos sobre ellos (diez pesos afuera del lugar: hasta cincuenta adentro). Además del precio tan variable de los impermeables, sorprende el afán comercial de los organizadores: aun con la lluvia, incluso con el gentío apretujado de hasta adelante, varios vendedores se escurrían con la charola de madera en alto, con las chelas a la intemperie a pesar de las inclemencias del tiempo —me pregunto si con el agua de lluvia no se podría considerar adulteradas a esas cervezas.

Terminó The Cult y otra duda surgiría: ¿Guns N’ Roses sería fiel a la tradición impuesta por Axl de comenzar los conciertos dos o tres horas tarde? Resultó que no, ahora la banda salió con puntualidad: y es que en esencia es otra banda. Aquel Guns N’ Roses de 2000 a 2015 parece ahora sólo un grupo de cóvers. Incluso Axl se ve en mejor forma, física e interpretativamente —física, pese a la lesión que sufrió—. ¿Cómo no mofarse de la mala pata (literal) de Axl Rose al fracturarse el metatarso de su pie izquierdo días antes de su esperado regreso? Recuerdo que vi la noticia en Facebook, un contacto melómano resumió la noticia: “Axl, siempre cagándola”. Inevitable, también, la comparación con Aristóteles Sandoval, gobernador de Jalisco que se lesionó un par de días antes de su informe anual de actividades, todo por practicar el motociclismo deportivo —fue fractura de tibia y peroné—. ¿Cómo pueden suceder esos descuidos? Poco después del accidente del priista, el conductor de televisión Joaquín López–Dóriga platicó con Aristóteles, en una charla que parecía más regaño de madre en el que sólo le faltó al empleado de Televisa decirle: “¿Pues qué? ¿Estás pendejo? ¿Cómo se te ocurre salir en moto antes de tu informe?”

Para fortuna de los seguidores con boleto en mano, Axl no canceló ninguna de sus presentaciones —a diferencia de Aris, que sí tuvo que cancelar su informe—. El ocho de abril Guns N’ Roses subió al escenario en Las Vegas, como estaba anunciado, con un vocalista cuasiinmovilizado por su pierna. ¿Su lugar en el escenario? Una curiosa silla, que ya había servido para otro músico: Dave Grohl, de los Foo Fighters. El guitarrista y ex baterista de Nirvana se lesionó en acción: pudo dar algunos conciertos con la pierna enyesada y sentado en una especie de trono diseñado para guardar las guitarras. Dave se lo prestó a Axl, tras saber de su inconveniente. En su concierto en Las Vegas —en el que Grohl estaba presente— aún se leían las “FF” de Foo Fighters: para sus fechas en México ya se vio un parchado “GN’R”. Las guitarras, ahora de ornato, se dejaron a los costados del trono. ¿Quién será el siguiente rockero en utilizar esa silla?

El concierto también fue más compacto: en sus anteriores visitas a México (2007 y 2011) Axl lidereó un tipo de concierto con solos desparpajados, hechos tal vez para hacer tiempo y descansar. Así alargaba sus conciertos, pero sin aportar mucho musicalmente. Ahora, los solos fueron breves y sirvieron para introducir las canciones: el clásico “Sweet Child o’ Mine” precedido por un largo parafraseo del tema musical de la película El Padrino o una versión instrumental de “Wish You Were Here” de Pink Floyd. ¿Otros cóvers? “The Seeker” de The Who, “Attitude”, de los Misfits —muy presentes en Los peinados de los malditos, por cierto— y un par de los que grabaron en los discos de Use Your Illusion: de Wings y de Dylan, “Live and Let Die”, composición de Paul McCartney, y “Knocking on Heavens Door”, de Bob.

“Al escuchar las canciones de antaño cuando iba en la preparatoria recuerdo esos sentimientos. Es un fenómeno interesante. Diez años después eres una persona diferente, el contexto es distinto, pero al volver a escuchar las canciones que escuchabas cuando pasabas por etapas difíciles es como viajar en el tiempo. Se sienten inmediatas, menos intelectuales, recuerdas los momentos vulnerables. Cuando escuchas una canción que conociste cuando tenías quince años, esa música revive la sensación que capturaron cuando las escuchaste por primera vez”.

Del resto del setlist: me sorprendí al recordar toda la letra de “Civil War”, además de casi toda la letra de “Estranged”, canciones que he escuchado muy pocas veces desde los noventa —aunque sí escuché mucho en mi infancia–adolescencia—. La memoria musical, dicen, sólo necesita las primeras notas para reactivarse. En ese mismo sentido, me imagino que más de alguno dentro del mar de gente del Foro Sol habrá dicho con sorpresa “¡La de Terminator!” cuando comenzaron los primeros compases de “You Could be Mine”, soundtrack de la película de ficción científica. Hace varios años charlaba con un cantautor que lo resumió: “Las canciones son como pasaportes emocionales”. El viaje, por supuesto, es por el tiempo, o como lo dijera L. P. Hartley, “El pasado es un país extranjero”. O, dicho en palabras de Joe Meno —en una entrevista que le hice para Buensalvaje México—: “Al escuchar las canciones de antaño cuando iba en la preparatoria recuerdo esos sentimientos. Es un fenómeno interesante. Diez años después eres una persona diferente, el contexto es distinto, pero al volver a escuchar las canciones que escuchabas cuando pasabas por etapas difíciles es como viajar en el tiempo. Se sienten inmediatas, menos intelectuales, recuerdas los momentos vulnerables. Cuando escuchas una canción que conociste cuando tenías quince años, esa música revive la sensación que capturaron cuando las escuchaste por primera vez”.

Aunque nunca fui enganchado por los canales de música, cuando comenzó la canción “Estranged” recordé el video que lanzaron, que empezaba con un fondo negro y la definición de illusion —el track aparece en Use Your Illusion—. Es parecido al comienzo de Pulp Fiction, filme contemporáneo de esa primera mitad de la década y que encumbró a Quentin Tarantino: allí la acepción que se da es de pulp. Al igual que con la música, le debo a mi hermano las primeras películas que vi: él las rentaba o alguien se las prestaba y las veía por las noches en el cuarto contiguo. Yo sólo escuchaba. Al día siguiente, entonces sí, me enteraba del nombre de la cinta que había puesto: si lo que había oído me había resultado bueno, pues la veía. Pulp Fiction fue una de ésas, de allí la mención. No recomendaría la práctica de “escuchar” una película antes de verla, pero no niego que estimula la imaginación: la verdad es que las veía casi todas, en gran medida por la curiosidad de resolver cómo es que se veían las escenas que ya había oído a lo lejos. Quizá por eso seré, como los personajes de Joyce, más sensible a las artes auditivas frente a las visuales. ®

Publicado en: Apuntes y crónicas

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