De la ciencia a la pseudociencia

John W. Campbell, editor de Astounding Science Fiction

Como director de Astounding Campbell impuso su criterio: descubriendo y promoviendo a un nuevo grupo de escritores, entre ellos Isaac Asimov, de apenas dieciocho años, y Robert A. Heinlein, un exmilitar autor de la novela Extranjero en tierra extraña.

En los comienzos de la ciencia ficción estadounidense solían surgir como editores personajes mesiánicos que prometían soluciones inmediatas a sus lectores, adolescentes en plena crisis que necesitaban una guía de vida, por poco convencional que ésta fuera.

Entre 1926 y 1939 el género fue dominado por Hugo Gernsback, un inmigrante de Luxemburgo que fundó Amazing Stories, primera revista norteamericana de ciencia ficción, formando a un grupo de jóvenes escritores para que escribiera exactamente lo que él quería publicar: relatos de superciencia, paradójicamente, sin ningún rigor científico, protagonizados por héroes aventureros ocupados en salvar la galaxia, cuyo máximo exponente fue E. E. Doc Smith y su serie “Alondra del espacio”.

El mismo Gernsback escribía novelas y cuentos que usaba como modelo para explicarle a sus autores lo que quería leer. Como los editores que vendrían después de él, pretendía que el género girara exclusivamente alrededor de sus ideas.

Su periodo de gloria terminó en 1938, cuando John W. Campbell se hizo cargo de Astounding Science Fiction: Campbell había escrito relatos a la manera de Smith, e incluso había plagiado ligeramente su serie “Alondra”, pero como editor buscaba historias con una sólida base científica protagonizadas por ingenieros y especialistas, no por meros aventureros con más músculo que cerebro.

Como director de Astounding Campbell impuso su criterio de la misma manera que Gernsback: descubriendo y promoviendo a un nuevo grupo de escritores que suplantaran a los antiguos, entre ellos Isaac Asimov, de apenas dieciocho años, y Robert A. Heinlein, un exmilitar que veinte años después, paradójicamente, con su novela Extranjero en tierra extraña inspiraría, al mismo tiempo, al pacífico movimiento hippie y a Charles Manson.

El mismo Gernsback escribía novelas y cuentos que usaba como modelo para explicarle a sus autores lo que quería leer. Como los editores que vendrían después de él, pretendía que el género girara exclusivamente alrededor de sus ideas.

“Éramos prolongaciones de él mismo, éramos sus clones literarios, cada uno haciendo a su manera las cosas que él sentía que tenía que hacer”, escribió Asimov. Según Harry Harrison, otro de sus autores: “Decía: sí, muy bien, pero ¿has pensado en esto? Y te daba cuatro o cinco posibilidades que amplificaban tus ideas básicas. Después de tres o cuatro seriales me di cuenta de que, si trabajaba contigo de este modo, siempre compraba el libro”.

Aunque las ideas de Campbell eran rigurosamente ortodoxas en todos los relatos y novelas que publicaba, en sus editoriales declaraba que el método científico tradicional era imbecilizante y la ciencia debía buscar nuevas fronteras a través de hombres desconocidos que usaban el ensayo y el error para probar sus inventos aislados de la comunidad científica tradicional.

Su obra más importante como promotor —aunque nadie lo asociaría explícitamente con él— fue la dianética, con la que su inventor, el escritor de ciencia ficción y terror L. R. Hubbard, proponía curar los “enagramas”, supuestas heridas emocionales causadas por el feto a su madre.

Alfred Bester fue un testigo accidental de los hechos cuando el inmenso Campbell (que medía un metro noventa y ocupaba, según Asimov, toda la oficina con su personalidad y sus interminables monólogos) lo llamó para pedirle que sacara todos los términos relacionados con Freud de un cuento porque la dianética los había dejado obsoletos; luego, sin previo aviso, intentó someterlo a una sesión de curación: “Ahora. Piense. Retroceda con el pensamiento. Aclárese. ¡Recuerde! Puede recordar cuando su madre trató de abortar con una grapadora. Nunca ha dejado de odiarla por eso”.

Bester escapó para tomarse tres martinis en su oficina y veinticinco años después escribió: “Ese fue mi primer y único encuentro con John Campbell, y por cierto mi única entrevista publicable con él. He hecho algunas entrevistas extrañas en el mundo del espectáculo, pero ninguna igual a ésta. Reforzó mi opinión personal de que la mayoría de los tipos de la ciencia-ficción, a pesar de su brillantez, tienen un tornillo flojo. Quizás es el precio que deben pagar por la brillantez”.

Posteriormente, Hubbard transformó su pseudociencia en una religión llamándola cientología, abandonando su carrera de escritor hasta 1983, cuando publicó la novela Campo de batalla: la Tierra, donde explicaba cómo había usado la ciencia ficción para “financiar” sus investigaciones científicas.

Su obra más importante como promotor —aunque nadie lo asociaría explícitamente con él— fue la dianética, con la que su inventor, el escritor de ciencia ficción y terror L. R. Hubbard, proponía curar los “enagramas”, supuestas heridas emocionales causadas por el feto a su madre.

Para la década del cincuenta, Campbell, el astuto y duro director que había cambiado el género en los cuarenta, se había vuelto un inocente dispuesto a apoyar públicamente cualquier cosa que cumpliera sus expectativas, aunque no era el primero ni sería el último en hacerlo: Alfred Russell Wallace, fundador con Darwin de la teoría de la selección natural, creía que el estafador William Eglington era un verdadero médium y, cuando el mago S. J. Davey imitó todos sus efectos, Wallace escribió: “Los efectos de Davey son presuntamente todos trucos, y, a menos que todos puedan ser explicados en esos términos, muchos de nosotros confirmaremos nuestra creencia de que Davey era en realidad un médium, además de un mago”.

La mente de Campbell funcionaba como la de cualquier creyente, siempre dispuesta a creer y apoyar lo que coincidiera con sus ideas, por tontas o extravagantes que éstas fueran.

“El ocaso de Cambpell”, cuenta Asimov, “fue ocasionado por sus propios cambios de orientación. Le gustaba moverse por los límites de la ciencia y deslizarse más allá de la pseudociencia. Parecía tomar en serio los platillos voladores, las facultades psiónicas e incluso insensateces como el mecanismo de Dean… Todo eso influyó en los relatos que Campbell compraba, y, en mi opinión, empeoró la revista. Varios autores escribían artículos pseudocientíficos para asegurar sus ventas a Campbell, pero los mejores abandonaron, yo entre ellos”.

Campbell había estudiado en la Universidad Duke, famosa por los estudios de Joseph Rhine sobre la percepción extrasensorial, ideas que terminarían, según Asimov, influyendo en sus excéntricas creencias posteriores.

A pesar de las acusaciones y burlas de sus colaboradores y amigos, Campbell afirmaba, citando palabras de Arthur Koestler (otro hombre brillante al que le gustaba pararse en ese límite impreciso que separa la ciencia de la simple fantasía), que tenía razón: “Es confortante saber que las mismas acusaciones se esgrimen contra una elite de científicos que son una excelente compañía en el banquillo de acusados”.

Campbell siguió publicando Amazing hasta su muerte en 1971, con todo su fervor intacto, porque, como escribió en uno de los editoriales de su revista, sabía que “alguien, en alguna parte, inventara un artefacto para negar la gravedad con una tabla de amasar. Y alguien más ensamblara alguna máquina descabellada para la clarividencia… con perillas de control”. ®

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Publicado en: Cómic, Diciembre 2011


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