De ofuscados, lambiscones y ofendidos

El imperio tiene la culpa

El discurso de victimización fue un discurso criollo, mestizo, independentista, revolucionario y hasta institucional, que en nuestros días ha devenido en autóctono-universal y contestatario.

Aquel que se miente a sí mismo es también el más propenso a sentirse ofendido.
—Dostoievski, Los hermanos Karamazov

© David Alfaro Siqueiros

Amén de vastos gustos y placeres, cada vez que regreso a México me aguarda una serie de golpes culturales inesperados; golpes producto de la extrañeza generada por el exilio —¿es el exilio una forma de desintoxicación cultural? Y el primer golpe, de mi más reciente viaje, ha sido el volver a encontrarme con la descarada lambisconería cortés como un aditivo social omnipresente.

La lambisconería se puede encontrar en todo el mundo en diversos avatares, pero en algunos sitios se le mira con sospecha y desdén, mientras que en otros, como en nuestro rancho, tiene un hálito de requisito.

Por su parte, la guasa, la carrilla, la burla, suelen cumplir la función que las palmadas tienen en nuestros abrazos: demostrar que teniendo la posibilidad de hacer daño decidimos no hacerlo. Mi lengua puede herirte, putito, pero hasta ahora mantengo una tregua contigo. Y se suele agradecer, porque si en México articulamos la adulación en todas sus formas, la posibilidad de la ofensa nos produce un horror atávico.

Como nación nos auto-adulamos de forma constante, casi tanto como nos apuramos a sentirnos ofendidos —un anuncio de hamburguesas puede llevar al país al filo de una crisis diplomática porque en aquél se nos retrata bajos, prietos y rechonchos. La sensibilidad que mostramos ante cualquier cuestionamiento a la inocencia lúbrica de nuestras madres se extiende de forma generosa como una sobreprotección al buen nombre e imagen de México y de los mexicanos. Nos protegemos como a un animal débil.

Y la Gran Ofensa Histórica, claro, ha sido y es la Conquista Española, de la que no resolvemos desembarazarnos y que aparece constantemente como argumento de todas nuestras desgracias —y ahora cada vez más, entre otros lugares, en esos baratos espejos contemporáneos que son las zonas de comentarios en la Red. Y esta Gran Ofensa, claro, se basa en una Gran Mentira consensuada: que antes de la conquista éramos una suerte de paraíso tropical con música de teponaxtles.

La lambisconería se puede encontrar en todo el mundo en diversos avatares, pero en algunos sitios se le mira con sospecha y desdén, mientras que en otros, como en nuestro rancho, tiene un hálito de requisito.

En su libro Los nahuas después de la conquista James Lockhart desvela una simple verdad: las comunidades indígenas (nahuas, en este particular estudio) no experimentaron la Conquista como un radical parteaguas de su devenir y vivieron durante la colonia en un continuum donde asimilaron religión e instituciones europeas a sus costumbres y tradiciones. Ya lo habían hecho antes las comunidades sedentarias que recibieron la invasión de las tribus nómadas del norte; sobrevivir, absorber y transformar. Lo hicieron esas mismas tribus nómadas, sobrellevando condiciones muy adversas, para configurar el mapa cultural de Mesoamérica. ¿No es la conquista, si hacemos a un lado nefastas diferencias raciales, un paralelo de lo ocurrido con la llegada de las tribus toltecas y mexicas al altiplano?¿Por qué no lloramos la caída del reino de Azcapotzalco?

El discurso de victimización fue un discurso criollo, mestizo, independentista, revolucionario y hasta institucional, que en nuestros días ha devenido en autóctono-universal y contestatario. Es el mismo tinglado de ideas que culpa al imperio de todas las desgracias en América Latina; el mismo que culpa al presidente en turno de todas nuestras taras; el que culpa en todo el mundo al neoliberalismo globalizante hasta de la muerte de los osos polares.

La alta sensibilidad que tenemos a la ofensa no me parece el producto de un trauma indígena por la conquista, sino la ostensible falta de un lugar orgánico para el mestizo en el mundo que se establece a partir de aquella. Nuestra auto-adulación y recelo a las críticas son hijas bastardas de la hiperbólica Grandeza de México, del peninsular Bernardo de Balbuena, y el lento y áspero camino de la inserción del lépero en una sociedad angustiosamente piramidal y clasista.

Si algo me quedó claro al tomar mi avión de regreso a Liubliana al inicio de este 2012 es que la descarada lambisconería cortés, la proclividad a sentirnos ofendidos y la rutina de culpar a los otros de nuestras deficiencias continuarán haciendo más empinado un camino que es ya de cualquier forma tortuoso. Y que ninguna de estas tres dinámicas va a desparecer mientras no nos decidamos de una vez por todas a exorcizar el pecado original de nuestro origen. ®

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Publicado en: Cartas de Liubliana, Enero 2012

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  • isabel cosico valente

    Al menos yo nunca me he creído que antes de la conquista eramos el paraíso.
    Pero una cosa es cierta, o al menos creo yo, es que si bien toda la culpa no la tiene lo ajeno o lo externo, bien que han ayudado a que nuestro pensamiento siga así. En lo particular a mi no me ofende que me digan india o que nos hagan referencia la publicidad del Viejo Mundo y de los Estados Unidos o Canada como unos chaparros, feos y come frijoles, flojos. A ellos les conviene generar también una opinión en su pensamiento colectivo de que se es así. Pero puedo comprender el porque algunos se molestan con ellos, no lo asumo como un “nacionalismo” o complejo social de sumisión y de victimización, si no como un síntoma de hartazgo.
    Yo igual he podido confrontar la experiencia de vivir fuera de México, pero no lo veo como una desintoxicación. Desde ahí asumimos que somos tóxicos y ese cuento no me lo creo.

  • Gracias por tu comentario, José.

    Si te interesa leer algo sobre mis razones para emigrar a Eslovenia, puedes encontrar mi ensayo “Qué carajos estoy haciendo aquí” en el siguiente enlace: http://www.elmalabar.org

    saludos

  • José Hernández

    De acuerdisimo con lo que usted escribe, es tan extraño esto de que sintamos tanto orgullo y seamos tan egocéntricos pero al mismo tiempo tengamos una bajisima autoestima que da como resultado un pueblo apático y fácil de engañar y manipular.
    Solo una pregunta ¿que circunstancias lo llevaron a vivir en Liubliana? seria una buena idea un texto en el que nos platicara el como es su vida allá y el como y por que llego usted ahí.