De Playa Girón y otros espíritus burlones

“La primera gran derrota del imperialismo yanqui en América”

Por décadas Fidel Castro nos mantuvo bajo absoluto control, atemorizados, odiando visceralmente al enemigo imperialista, esperando —y casi deseando— un Vietnam en El Caribe y convencidos de que, como en Playa Girón, podrían exterminarnos pero jamás derrotarnos.

Fidel Castro en Playa Girón, 1961.

Fidel Castro en Playa Girón, 1961.

Crecí a una cuadra del aeropuerto de Ciudad Libertad, donde en 1961 bombardearon los aviones estadounidenses pintados con insignias cubanas que desencadenaron, por carambola, la radicalización del proceso comunista en la naciente revolución verde olivo. Siendo escolar —“pionero” en la jerga soviética que ya para los setenta era regla— no pocas veces participé de visitas dirigidas al luego renombrado Estado Mayor de la DAAFAR (Defensa Anti Aérea y Fuerza Aérea Revolucionarias), donde se mostraba una reliquia nacional: un trozo de puerta de madera con el nombre de Fidel escrito con sangre. El joven artillero Eduardo García Delgado, víctima del ataque, además de inspirar uno de los peores poemas del insigne Nicolás Guillén (“La sangre numerosa”), demostraba con su último aliento lo desproporcionadamente errados que andaban los servicios de inteligencia de Estados Unidos de aquel momento, al considerar que una gran parte de la población cubana estaba en contra del gobierno.

La invasión por Playa Girón (también registrada en los anales de la Guerra Fría como The Bay of Pigs fiasco), tuvo su preludio en aquellos bombardeos a los aeropuertos Antonio Maceo en Santiago de Cuba y San Antonio de los Baños y Ciudad Libertad, en La Habana. El problema fue que los aviones gringos, disfrazados con los colores de la fuerza aérea nacional, en lugar de desatar la confusión al simular un levantamiento interno, le pusieron en bandeja de plata a Fidel Castro el pretexto ideal para radicalizar su proceso. No podían estar más desinformados: para abril de 1961 la épica revolucionaria había calado con virulenta profundidad en la mayor parte del pueblo y el apoyo a Fidel Castro era casi unánime. Unos miles de opositores y disidentes urbanos fueron encerrados de inmediato en cárceles sembradas de explosivos para garantizar, en caso de necesidad, la eliminación instantánea del apoyo interno al enemigo. La CIA, mal informada por exagerados informes, desconocía que entonces mucha gente como García Delgado habría ofrecido la vida por el recién estrenado ideal, con placer y honor. Creían ciegamente en el máximo líder, en su mística y en las promesas con que les atiborrase los cerebros desde enero de 1959.

Nadie se va a morir, menos ahora

Un plan inicial, pensado por Richard M. Bissel, alto funcionario de la CIA, planteaba una invasión por algún punto cercano a Trinidad, ciudad en la que se establecería un gobierno provisional contra Fidel Castro. Esto fue cambiado por J. F. Kennedy casi cuando ya todo estaba en marcha, bajo presión del secretario de Estado Dean Rusk, quien ya se empezaba a preocupar por lo difícil que sería negar la participación de su país en el acontecimiento.

Para abril de 1961 la épica revolucionaria había calado con virulenta profundidad en la mayor parte del pueblo y el apoyo a Fidel Castro era casi unánime. Unos miles de opositores y disidentes urbanos fueron encerrados de inmediato en cárceles sembradas de explosivos para garantizar, en caso de necesidad, la eliminación instantánea del apoyo interno al enemigo.

El desembarco por Playa Girón el 16 de abril era, en mayor escala, parte de la misma simulación de que el pueblo cubano se sublevaba en contra del castrismo, manteniéndose la Casa Blanca a cierta distancia para evitar, en lo posible, cualquier conflicto internacional. La operación contaba con mil quinientos exiliados que confiaban en que su desembarco abriría las puertas a una invasión estadounidense de mayores proporciones. Suponían que los ataques del día 15 habrían aniquilado a la mayor parte de la aviación castrista y que tomarían la playa en un terreno propicio —cerca de una pista aérea, aguas profundas y carretera estrecha que limitaría el acceso a las fuerzas defensoras— cuando lo cierto era que los ataques internos, lejos de causar grandes destrozos materiales (cinco aviones en total, un Sea Fury y dos B-26 en San Antonio, dos aviones de transporte en Santiago y en Ciudad Libertad sólo dos viejos P-47 Thunderbolt ya descontinuados), habían alborotado más al avispero, generando un estado de opinión favorable a la simbiosis pueblo-gobierno en una trinchera única, aparentemente amenazada por el ejército imperialista, y peor aún, ignoraban que, a última hora, el alto mando estadounidense evitaba llevar la operación hasta sus extremas consecuencias.

Fidel Castro llegó a la playa en un tanque cuando ya los aviones habían inutilizado al Houston.

Fidel Castro llegó a la playa en un tanque cuando ya los aviones habían inutilizado al Houston.

Con los aviones ya en el aire, Kennedy ordenó reducir a la mitad la cantidad de bombarderos B-26 de 16 a 8. Poco podrían hacer en esas condiciones los mil quinientos soldados de la brigada 2506 contra 200 mil soldados y milicianos leales a Castro. La fuerza aérea cubana conservó de los ataques previos cuatro aviones a reacción, cuatro cazas Sea Fury, muy potentes, y siete B-26, suficientes para repeler con eficacia la repentina cortedad del desembarco.

Los barcos Río Escondido y Houston fueron acribillados por la aviación defensora y en la práctica no fueron muchos los miembros de la brigada que llegaron a tierra firme o fueron apresados en calidad de soldados invasores. La mayor cantidad de los pertrechos quedaron abandonados en los barcos destruidos y, aunque la propaganda gubernamental se las arregló para representar un masivo apresamiento en tierra firme, lo cierto es que centenares de invasores llegaron a nado a la playa, después de que sus barcos, sin el apoyo aéreo prometido, fuesen puestos fuera de combate. Los que pudieron desembarcar resistieron por tres días en Playa Larga, Playa Girón y San Blas, hasta que fueron apresados y desarmados por las fuerzas, muy superiores, del ejército castrista.

Pero Nemesia no llora

En un poema aún menos afortunado y mucho más cursi que “La sangre numerosa” de Nicolás Guillén (y tan difundido como aquél), titulado “Los zapaticos blancos” y escrito por Jesús Orta Ruiz, se cuenta la historia real de Nemesia, niña habitante de la ciénaga que quedó huérfana a raíz de los bombardeos invasores (“eran los aviones yanquis/ eran buitres mercenarios”), y la destrucción de sus recién comprados zapatos de charol (“vio un huracán de disparos/ agujereando los lirios/ de sus zapaticos blancos”), un símbolo de la reivindicación del campesinado por el nuevo orden revolucionario. La suerte de Nemesia fue la de tantas víctimas civiles que sufrieron en medio del fuego cruzado, pero también sublimada hasta lo ridículo por una propaganda posterior que pretendía hacer creer al mundo que un ejército mal armado y precariamente entrenado había vencido a la fuerza militar estadounidense, la más poderosa del mundo, tan sólo con el concurso de la razón y las ideas nobles.

[…] Pero Nemesia no llora
sabe que los milicianos
rompieron a los traidores
que a su madre asesinaron.
sabe que nada en el mundo
ni yanquis ni mercenarios
apagarán en la patria
este sol que está brillando
para que todas las niñas
tengan zapaticos blancos.

En adelante, el gobierno denominaría a Playa Girón “la primera gran derrota del imperialismo yanqui en América”, una etiqueta rimbombante que acompañaría por siempre a cada recuento de la epopeya. Tanto al interior de la isla como en los crecientes clubes de fans en todo el mundo el mito de que las fuerzas castristas (compuestas por el “pueblo uniformado”) habían propinado una descomunal y vergonzante derrota al ejército norteamericano, proliferó y se colmó de sobregirados detalles heroicos.

La realidad, contaminada por las metidas de pata y torpezas en ambos bandos, sólo emergió a la luz luego de que los ánimos se calmaran y la historia buscase un equilibrio conceptual. El resultado no ha sido del todo honorable para ninguna de las partes.

De lo sublime a lo no tan sublime

Para el 18 de abril el almirante Arleigh Burke, encargado de las operaciones navales de la invasión, reclamaba a Kennedy por la responsabilidad hacia los cubanos invasores, mientras que el asesor militar del presidente, Lyman Lemnitzer, sugería que los invasores huyeran a las montañas del Escambray para iniciar la guerra de guerrillas. Ya con la seguridad de que las tropas de Castro les superaban diez veces en número, Kennedy, apoyado por su secretario de Estado, retiró de golpe cualquier ayuda militar, para tratar de mantener la “mínima visibilidad” y con ello alejar la posibilidad de que el mundo descubriese que su gobierno había patrocinado la invasión a un país soberano.

Festejando la victoria.

Festejando la victoria.

Kennedy, atacado de los nervios, optó por jugar al escondite, pretendiendo que nadie había visto dónde se escondía, y su orden final sentenció a la invasión y al destino de los 1,189 capturados. Ello, si bien quizás evitó —como en la Crisis de los Misiles— una confrontación mayor, y muchas más víctimas, no fue para nada saludable a la imagen de su gobierno, mucho menos para la futura democracia cubana. El poder estadounidense quedaba inevitablemente tachado, al mismo tiempo, de abusador, cobarde y mentiroso. Su ridículo quedaba acentuado por la creciente victoria propagandística del castrismo, en planos de diplomacia internacional y de aceptación interna.

Tanto al interior de Cuba como en las áreas de la nueva izquierda mundial, el mito del David venciendo a Goliat se había vuelto la mejor carta bajo la manga de Fidel Castro, quien, no conforme con haber hecho magistral prestidigitación con el “carácter socialista de la revolución” en la mañana del 16 de abril —aun a pesar de que desde 1959 había negado enfáticamente tal determinación—, en Playa Girón dio rienda suelta a sus dotes histriónicas, coloreando con pinceladas de heroísmo su propio papel de líder en la primera línea de combate.

El material fílmico, como la historia escrita por los vencedores, quedaría por mucho tiempo como testimonio —fabricado pero épico— de que el comandante en jefe, en persona, había dado el cañonazo fatal a la nave estadounidense.

Según testimonio de Andrés Alfaya Torrado, sobrino del entonces presidente Osvaldo Dorticós y cercano al alto mando cubano, Fidel Castro llegó a la playa en un tanque cuando ya los aviones habían inutilizado al Houston, cuando ese buque, ya con la conocida columna de humo elevándose a los cielos, permanecía encallado y vacío. Desde horas antes el realizador de cine Santiago Álvarez había arribado a medir el terreno y preparar emplazamientos de cámara. Al llegar el comandante “se puso a conversar en privado con Santiago Álvarez y después se montó en el T-33 con la escotilla abierta y sacaba la mitad del cuerpo afuera del tanque y apuntaba con el dedo hacia el mar […] Fidel descendía del tanque y le preguntaba a Santiago Álvarez si estaba bien. Este le respondía que tenían que hacer otras tomas para estar seguros”.

El material fílmico, como la historia escrita por los vencedores, quedaría por mucho tiempo como testimonio —fabricado pero épico— de que el comandante en jefe, en persona, había dado el cañonazo fatal a la nave estadounidense, y con ello se reforzaba el mito de su invencibilidad. Fidel Castro, en realidad —como era su costumbre desde el Moncada o la Sierra—, había permanecido alejado de la zona del combate, a salvo en el Central Australia, o en su puesto de mando en La Habana, entretenido con falsas informaciones de desembarco en otras regiones como Pinar del Río.

Cambiamos mercenarios por compotas

Desde el mismo comienzo del acontecimiento el gobierno catalogó como “mercenarios” a los invasores. El término pasó automáticamente al léxico nacional, a los libros de historia y a cualquier referencia (“cambiamos mercenarios por compotas cuando Playa Girón, y a las fiestas íbamos con botas” según tema del trovador Carlos Varela) que sobre ellos se hiciera en la isla. Aunque la primera acepción del Diccionario de la RAE diga: Dicho de una tropa: Que por estipendio sirve en la guerra a un poder extranjero, moralmente la participación de estos invasores (llamados “brigadistas” en La Florida), si bien estaba financiada por un poder extranjero, los Estados Unidos, no encaja del todo en el concepto “mercenario”, que igualmente supone un enfrentamiento a enemigo extranjero por paga, no por posturas políticas. Tampoco la invasión perseguía una ocupación real de los Estados Unidos, una toma directa del poder de La Habana a manos de la Casa Blanca, sólo un apoyo a un sector de cubanos que — con independencia de lo provechoso que ello fuese para el gobierno estadounidense— tentativamente accederían al poder e instaurarían una democracia soberana en su propio país. Pero llamarles “mercenarios” mejoraba lo humillante del crédito para estos supuestos “burgueses” o “batistianos” que eventualmente querían recuperar las riquezas y los nichos de corrupción que el Estado revolucionario les había arrebatado.

Por si a alguien se le olvidaba.

Por si a alguien se le olvidaba.

La deshumanización de los combatientes anticastristas se canalizó también a través del mito del cambio por compotas. Aún hoy la mayoría de los cubanos cree que los prisioneros fueron devueltos a los Estados Unidos a cambio de confitura, de puré de manzana en conserva para niños. El trueque sí tuvo lugar, pero fueron canjeados, a fines de 1962, por 53 millones de dólares en alimentos, medicinas y tractores.

En mi sábana blanca vertieron hollín

Mis padres —ambos oficiales de las DAAFAR— tenían por costumbre guardar en un escaparate una bolsa con alimentos no perecederos, leche condensada y una linterna. Eran los años setenta y mi hermana y yo éramos instruidos para que, en caso de bombardeo enemigo, buscásemos esas vituallas y corriésemos a un refugio seguro. Nuestra infancia y juventud transcurrió en la perenne paranoia de que en cualquier momento seríamos bombardeados por un enemigo cruel y sádico, por el imperialismo que no quería permitirnos ser libres a sólo noventa millas de sus costas.

Nos entrenábamos militarmente desde pequeños —la materia Preparación Militar era tan importante como las matemáticas en la escuela— y en nuestras mentes siempre figuró la posibilidad del sacrificio, de la gloriosa muerte en combate defendiendo a la causa más bella de todas.

Creíamos en la invencibilidad y valor a toda prueba de nuestro máximo líder tanto como en la crueldad y saña de los presidentes del país al otro lado del mar. Nos entrenábamos militarmente desde pequeños —la materia Preparación Militar era tan importante como las matemáticas en la escuela— y en nuestras mentes siempre figuró la posibilidad del sacrificio, de la gloriosa muerte en combate defendiendo a la causa más bella de todas.

Ignorábamos que ni la Casa Blanca ni el Pentágono, más allá de aquella escaramuza fallida que ni de cerca implicó a sus tropas regulares, nunca habían tenido la real intención de invadir directamente a la isla. La experiencia de la Crisis de los Misiles y el pacto entre Krushev y Kennedy nunca nos fueron explicados al detalle, así que por décadas Fidel Castro nos mantuvo bajo absoluto control, atemorizados, como en el tema de Silvio, soñando “con aviones que nublaban el día”, odiando visceralmente al enemigo imperialista, esperando —y casi deseando— un Vietnam en El Caribe y convencidos de que, como en Playa Girón, podrían exterminarnos pero jamás derrotarnos.

Playa Girón (o el “fiasco de Bahía de Cochinos”), aunque hoy día ya se desclasifican archivos de la CIA y se celebran congresos con veteranos de ambos bandos en la propia Habana castrista (y más allá de su papel protagónico en el videojuego Call of Duty: Black Ops), fue el punto de partida a la paranoia miliciana, y también, cómo no, un capítulo del diferendo Cuba-Estados Unidos que pasó a la historia de las guerras modernas como un auténtico descalabro militar, como un penoso incidente sobredimensionado en sus significados políticos.

Las muchas pérdidas humanas, tanto enlistadas como civiles, no tuvieron aquí un verdadero marco de gloria bélica, a no ser en la imaginación calenturienta de los vencedores y en la necesidad de reconocimiento moral de los perdedores. ®

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Publicado en: Marzo 2014, Paisajes de guerra


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