DE SAGAS, PRECUELAS Y SECUELAS

¿Y si las segundas partes fueran buenas?

Si el cine es el arte de los mundos posibles, las secuelas desafían a la misma palabra “imposible”. Las segundas partes sí pueden ser buenas, o muy buenas, así como hay primeras partes de las que nunca queramos ver una posible continuación, dice el autor, cinéfilo y cineasta.

Robert De Niro en El Padrino II

En un número de la edición estadounidense de Premiere se ofreció un listado de las que lectores y redactores de esa revista consideraban como las cien frases más memorables de la historia del cine. En el primer sitio figuró la siguiente: “I know it was you, Fredo. You broke my heart. You broke my heart!” (“Sé que fuiste tú, Fredo. Rompiste mi corazón. ¡Rompiste mi corazón!”), extraída de El Padrino II, película que desde su estreno en 1974, y hasta la fecha, permanece en el inconsciente colectivo como la mejor secuela jamás filmada. (Aunque tampoco olvidemos que El Padrino II es también una rara avis por tratarse de un filme que es al mismo tiempo precuela y secuela del primer Padrino.)

En el libro apócrifo Muletillas cinéfilas también hay una frase memorable: “Nunca segundas partes fueron buenas”, aunque el autor, Casimiro Lumiere, advierta al pie de la página: “Si bien sobran los casos de estupendas secuelas, o de secuelas en todo caso interesantes, sólo recomendamos citar El Padrino II en caso de emergencia, y posteriormente recordar qué malas fueron Hannibal y La mosca II para dar por zanjada la cuestión”.

En el cine mexicano las secuelas fueron casi uno de los primeros lugares comunes, desde las películas de El charro negro en las funciones de “permanencia voluntaria” (hoy tan remotas como el cine mudo) hasta el director Ismael Rodríguez, quien incluso anunciaba la secuela en el último plano de la cinta primigenia. Hay que recordar cómo en A toda máquina, sobre las manos estrechadas de Pedro Infante y Luis Aguilar, se nos invita a esperar Qué te ha dado esa mujer. Rodríguez e Infante se volvieron a anotar un éxito doble con La oveja negra y No desearás la mujer de tu hijo.

La secuela es un recurso del que un cineasta puede echar mano para mucho más que sólo “pegar el taquillazo” respaldado en el buen sabor de boca que dejó “la primera”. Ahí está el caso de François Truffaut, quien no sólo empleó al personaje protagónico de Los 400 golpes (1959), Antoine Doinel, para películas posteriores totalmente alejadas de la crudeza de “la original”, sino que además fortaleció su mitología personal de la mano del histrión Jean Pierre Léaud, al que los cinéfilos pueden ver convertirse de un adolescente a un hombre a lo largo de las cuatro “secuelas” de los llamados “filmes de Doinel”, que se cierran con L’amour en fuite, en 1979.

Alien vs Depredador II

Otro caso es el de la saga Alien. Aquí es donde Casimiro Lumiere entra en conflicto, pues si bien en la primera edición de Muletillas cinéfilas recomienda decir “De Alien sólo vale la pena la primera, las otras son mamadas para mocosos adictos a los monstruos”, en la última reimpresión, de 2001, apunta: “Dado el reconocimiento que a la postre han ganado los directores de Aliens y Alien 3, es preferible sólo denostar la cuarta película”. En Aliens James Cameron exploró el estrés postraumático del personaje de Ripley y su instinto materno, y en Alien 3 David Fincher se sirvió de un escenario medieval y una historia lúgubre para filmar la que Fincher llama “la primera cinta hollywoodense acerca del sida”.

Dos secuelas que merecen especial atención son El imperio contraataca y Mad Max 2, el guerrero de la carretera.

En El imperio… George Lucas cedió la dirección a Irvin Kershner para concentrarse más en la escritura del guión y la producción. El resultado fue una película que sobrepasaba a la primera en espectáculo e historia, acumulándose ahí los mejores momentos de toda la saga, románticos y bélicos, cómicos y esotéricos. Para Mad Max 2 el australiano George Miller colocó al atormentado Max Rockatansky en un escenario posapocalíptico que dio como resultado una obra maestra del cine moderno y una de las road movies cyberpunk más impresionantes y conmovedoras de que se tiene memoria. Pocas veces una voz en off ha sido tan efectiva para abrir y cerrar una película. Toy Story 2 es otro de esos casos en los que decir “segundas partes nunca fueron buenas” se convierte en palabrería snob. Recientemente, Toy Story 3 podría ser incluso para muchos la mejor entrega de la serie, o en el “peor” de los casos un más que memorable cierre.

Las secuelas nacen en muchos casos ante el descubrimiento de una franquicia, como ocurrió con Rocky o con Duro de matar. Para los que siguen considerando a Rocky un peliculón, sus “continuaciones” sólo desvirtuaron el ángel de la primera, como le pasó a Scream, cuyas secuelas no fueron sino justo el tipo de películas que Wes Craven pretendía satirizar desde la secuencia inicial con Drew Barrymore. Lo único interesante de las secuelas de Tiburón es cómo cada una es diez veces peor a su antecesora, al punto de que la tercera y cuarta partes sólo sirvieron para redefinir el concepto de “churro”. Pero todavía más lamentable fue ver al propio Spielberg echando a perder su propio trabajo con El mundo perdido, donde ni la saturación de dinosaurios y escenas de persecución le quitan a esa película el título de “El valium está en peligro de extinción”.

Los fanáticos de 2001: Odisea del espacio tampoco tragan a 2010: El año que hacemos contacto, y pocas secuelas son tan discutidas como Volver al futuro 2, un trabajo que es mucho más interesante en el papel que en la pantalla, donde Robert Zemeckis y Bob Gale parecen haberse complicado la existencia con mil malabares guionísticos con el único fin de garantizar la existencia de una tercera parte. Aun así hay que reconocer a las secuelas de Volver al futuro —la primera es simplemente inmejorable— como un gran placer culpable y un soberbio ejercicio de guión y goce fílmico. Un crítico mexicano resaltó que era imposible considerar como malos comentarios el decir que las secuelas de Garganta profunda eran “puras mamadas”, y qué decir del subgénero del videohome, donde las secuelas llevan en el solo título una delicia perversa.

Si el cine es el arte de los mundos posibles, las secuelas desafían a la misma palabra “imposible”. Las segundas partes sí pueden ser buenas, o muy buenas, así como hay primeras partes de las que nunca queramos ver una posible continuación.

En una escena de Celebrity, de Woody Allen, Joe Mantegna señala a un tipo que dice estar trabajando “en la adaptación de una secuela de un remake”. En El último gran héroe el tagline de Jack Slater IV (la película apócrifa de Schwarzenegger a la que “entra” el adolescente de la historia) es “Matar a su primo segundo favorito fue un gran error”. Si el cine es el arte de los mundos posibles, las secuelas desafían a la misma palabra “imposible”. Las segundas partes sí pueden ser buenas, o muy buenas, así como hay primeras partes de las que nunca queramos ver una posible continuación. ¿Se imaginan Danza con lobos 2? ¿O qué tal una secuela de Japón, donde la “viejita” Magdalena Flores llegue a una ciudad y se involucre “filosófica” y genitalmente con un velador? A ésta se le podría titular como Venecia: Japón 2. ®

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Publicado en: Agosto 2010, Cine


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